sábado, 12 de abril de 2014

MATEO RELLO [11.514]


Mateo Rello 

Nació en Badalona en 1968. Actualmente vive en Santa Coloma de Gramenet (Barcelona). 

Es autor de los poemarios Orilla sur (Ediciones del Grupo León Felipe, 2002), Libro de cuentos (Paralelo sur Ediciones, 2009), A lomos de salamandra (La Garúa, 2009), Tahúres y emplumados (Sol y sombra, 2012)y Meridional asombro (Igitur, 2013). 

Ha participado en la antología Barcelona. 60 poemes des de la ciutat (Eumo editorial, 2004), junto a poetas como Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo o José María Fonollosa.

Dirige Caravansari, revista de poesía contemporánea en lenguas peninsulares, de la que acaba de publicarse el cuarto número. Es miembro del Aula de poesía de Barcelona. Ha colaborado en numerosas revistas y periódicos, interviene activamente en recitales, charlas y jornadas, y es redactor de Solidaridad obrera. Ha participado en la 8ª Bienal de Literatura Mariano Picón-Salas, celebrada en Mérida (Venezuela) en 2009.

Cosas que pasaban en las calles de Barcelona hace menos de 80 años (Mateo Rello y dos de sus casi mediúmnicos poemas)





LA LIBERTAD LLEGANDO POR LA CALLE DIPUTACIÓ,

19 DE JULIO DE 1936

Adiestrados en viejos arquetipos
durante milenios cultivados,
te esperábamos vagamente alegórica,
pero idéntica a ti misma, inmaculada
y, así,
definitiva, de una vez.

Por eso nos costó reconocerte
en la ardua brega, acuciada de moscas y calor,
en la urgencia inmediata
del tiroteo
                   y confundidos
en uno solo los olores de sudor y miedo.
A lo que olías también tú,
Niké de hombro desnudo
como nosotros sudorosa y asustada,
y a pólvora, y a grasa de máuser
-por eso nos costó reconocerte,
delicada y bellísima hasta oliendo
a entrañas de caballo muerto.

(En A lomos de salamandra, Mateo Rello, La Garúa Libros, 2009)




VÍA DURRUTI, 1936

Fueron días radiantes.
Del otro lado del umbral,
atronaban banderas en balcones,
tranvías y paredes.
Pañuelos en los cuellos.
Pintadas en los coches.
La Historia, esa madre distante y exigente,
bajó a la calle con sus grandes tetas
al aire y dispuestas para todos.

Luego, entre un estruendo de certezas,
los puentes cederían a la excesiva tensión;
quedamos nuevamente de este lado, entre despojos retorcidos
-escorias de plata, cabezas de Medusa, troncos
de un olivar efímero.
Luego, a la embriaguez le sucedieron
los rigores de a diario;
los incendios
en las ramas de todos los rosales se apagaron.
Luego, en fin, el invierno
y aquel entierro cuyo luto
serpenteó por toda Barcelona
-sobre el clamor de puños
y banderas rasgadas,
negras tormentas llovieron aquel día;
llovieron tenazmente, con una precisión
de símbolo. La ciudad para entonces era
un enorme rescoldo.

Vimos pasar la caja
a hombros de adustos milicianos
y fue en vano que pusieran su nombre
de difunto ecuménico
a una avenida que conduce al mar
pues por otra se iba yendo todo,
todo ya se perdía,
mejor: otra vez,
otra vez nos lo robaban.

(En A lomos de salamandra, Mateo Rello, La Garúa Libros, 2009)





De Tahúres y emplumados (Sol y sombra, 2012)

Ulises

A Enrique Badosa, por su generoso magisterio.

Abres, tahúr, los ojos de repente: es medianoche, estás
en lo hondo del bosque, no entre tus sábanas. Tienes
llena de musgo la boca, y vas tocado
con una absurda guirnalda de flores
que se deshace en tu cabeza.

Te mira con piedad hasta el porquero.
                                                                  Para él,
las certezas y la saciedad.
Tú vives
                     en un bucle de aire,
eres un habitante de los puentes.
Ávido, arisco, desvelado, vagas
por los pasillos,
balbuceas, fantasma,
como a punto de decir un nombre
que desconoces, y en ese mismo trance,
en ese filo
                      te consumes. Eres tú
el morador de los puentes:
sólo tu sombra toca el suelo.

Abres los ojos de repente, es medianoche, estás
en tensión asomándote
al balcón del palacio, y te ahogas;
los abres —medianoche, tahúr— y te sorprendes
recorriendo la blonda de espuma de la isla;
los abres y no estás en el precario
límite de tu piel;

en vano, ya lo sabes, te embruteces
con las hecatombes, con el vino
cada vez menos rebajado.
No se cierra esa puerta tras de abrirla
y el hechizo es tu casa —es tu exilio—,
amarrado al palenque de un instante,
para siempre sumido
en un silbo de sirena.

Extranjero, tahúr, ya no te pertenece
el reino de la vida. Quedas
a las puertas de un reino insoportable.

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