viernes, 22 de julio de 2011

4228.- ALEJANDRO PÉREZ GUILLÉN


Alejandro Pérez Guillén nace el 21 de octubre de 1973 en Benalup-Casas Viejas (Cádiz).
Es Licenciado en Filología Hispánica y trabaja actualmente como bibliotecario en su localidad donde ejerce también como animador cultural.
Ha publicado los poemarios Entrevista con la palabra (Benalup-Casas Viejas, Cádiz: Ayuntamiento de Benalup, 1997), Sueños de hadas sin hada madrina (Salobreña, Granada: Alhulia, 2003) y actualmente Monedas de papel (Cádiz: Diputación de Cádiz, 2006).
Ha sido columnista del Diario de Cádiz.
Es columnista del diario La Janda Información y es crítico literario en El Faro, de Motril (Granada).
Participa activamente como analista de textos literarios en el portal comentariosdelibros.com.
Asimismo, figura como presidente de la asociación cultural Partenón o Ruinas de la palabra y, junto a Francisco Alberto Sánchez Mazo, codirige una revista del mismo nombre.






QUEMADURAS

Aquí tienes la palabra
en carne viva, desnuda,
para que la azotes siempre
si te atreves a rozarla.
La sangre de la herida
escribe en rojo estos versos.
La herida de la sangre
huele como nadie el fuego.
Yo no juego con la llama.
La vida no es un juego.
Yo hablo y nunca me callo.
Definitivamente yo me quemo.






Primavera

Sueño con la melodía
antigua de una canción
que aún duerme en la memoria.
Le doy vueltas a la noria
del mundo y el mundo
no despierta, no se despereza
como un niño en los brazos de la cuna.

Poco a poco la mañana entreabre
sus hojas a los ojos de los versos.
Parpadean las palabras
en el fuego ciego de una guitarra,
cuando unos dedos traviesos
se entretienen en hacerle cosquillas
a la dormida panza de unas cuerdas.

Gime y gime el viento entre los acordes
de la música y cada vez que suena
se oye el ronquido sordo de un lamento.

Se han roto las ramas del silencio,
la rama verde de un alma en flor.









Fantasmas

Cuando todo llegue a su fin,
cuando la noche se derrame
sobre la luz de los amantes
y abra el telón a un nuevo día
y el eterno fantasma de otro cuerpo
a levantarse tienda
para entrar plenamente
en las hojas marchitas del recuerdo,
cuando la cama se despierte
y siga latiendo en un gesto
de despedida impreso
en los ojos miopes de un sueño,
cuando entren todos mis fantasmas,
háganme el favor de cerrar
la puerta.

¿Oyes el llanto de la lluvia?
¿No ves cómo se queja de algo
que de sus manos azules se escapa?
¿Cómo lanza sus gritos de granizo
a la intemperie con su llanto?
Se me escapa así el mundo de las manos.
Así revolotea en la distancia
un alma ausente totalmente,
a pesar de que el cuerpo lo desmienta.

Mi alma es una ciudad hermosa
con sus rincones en penumbra.
Mi cuerpo es un plano hecho a vuela pluma
con un sinfín de callejones
vivos en el olvido
y olvidados en las fuentes
anónimas de la memoria.

Me recuerda a Venecia
desnuda como agua que duerme
en el estanque misterioso
de la historia y sucia
como las huellas repetidas
del humano en cualquier escaparate.

Yo me encuentro perdido en este mundo
y me refugio bajo la sombra de una luz
que nunca ilumina el camino,
sino que me ciega del todo.
Deambulo ciego por entre
la carne de la tarde
a la espera de que la luna
se acerque a mí con disimulo,
me cuente los secretos de la noche
y me deje dormir tranquilo.

Deja que el otoño perenne
en el suelo se desparrame
como hoja seca que aún se resiste,
al quedar suspendida en los árboles,
a la horca de las ramas.

Deja ya de fingir
y espera a que los sueños
se hagan los dormidos,
a que el dormido se haga
el despierto por fin.
A que el ciego lo vea todo espera
y nada vea el vidente.

No busques ahora mi rostro
en el escaparate de los mares.
La juventud perdida
con la arena sí se entretuvo.

Un grito ronco que sobre el papel
se desmaya, derrama todo
su arsenal de belleza en un poema
y huyen las tardes persiguiendo sombras
que fueron luces antes.

Cuando entren todos mis fantasmas,
háganme el favor de cerrar
la puerta.









Atlas

A Ana Belén Lozano León

Tu desnudez no se acota
en los relieves de un atlas,
sino en la memoria dactilar
de mis dedos, en la sed
de mi lengua trepadora,
en el eco borracho de un beso.

Si pudiera entretenerme
con las horas del pasado,
al abismo de tus ojos
me habría lanzado,
al abismo de mis miedos
esperando a que me mate
o abriendo una puerta
donde de nuevo morir.

Que ésta sea la última
habitación en la que me encierro.
Cansado estoy de tirar
puertas y puertas al suelo.

Déjame entrar en tu cuarto.
Jamás salgas a la calle
y me dejes con ese barato
perfume que huele a recuerdo usado.

Por favor cierra los ojos
y quédate ya conmigo.








Racismo

Bajo la espuma borracha del mar
se tira una rubia a la piscina.
Se tiran a una rubia en la piscina.
¿Qué es? La cerveza de la risa.

Sobre la telaraña gaseosa de la oscuridad
se lanza una negra con gafas de sol.
Se lanzan al sol unas gafas negras.
¿Qué es? La cocacola del dolor.

Tras el cristal líquido del algodón
se arroja una blanca al ombligo del mundo.
Se arroja el mundo al ombligo de la blanca.
¿Qué es? La leche de la fiesta.

Mala leche si uno es rubio.
Café con leche.
Mala leche si uno es negro.
Café solo y cargado.
Buena suerte de ser blanco.









La incomprensión

Era muy joven.
La flor de la inocencia
no había llegado a su otoño.
Cuando aún racismo
me sonaba a una manera cursi
de decir racimo.
Los hombres eran un conjunto
de racimos que respondían
al nombre moderno de sociedades
y las sociedades una armonía
conjuntada de hombros.

Era demasiado joven para comprender
que aún no había nacido
y la muerte campaba a sus anchas
en la alfombra ensangrentada de mi cuna.

Todo presagiaba ese fin.
Un mendigo deshojaba
los pétalos crucificados de la muerte
a los 33 años.

Era el año 33.
Me di cuenta
de que los hombres eran abejas
que acudían a un racimo de uvas
para beber el licor ciego de la sangre.

Un lobo republicano jamás debe ser
el pastor de unas ovejas anarquistas.

Ojalá la muerte se pudiera contar
con los cinco dedos de la mano.

La historia no supo cuantificar las víctimas.

Había dos barajas.

La mano derecha y la izquierda
no se ponían de acuerdo.
Unos contaban con cinco,
y otros con Seisdedos.

Asesinada la paloma de la inocencia,
la escoba del tiempo
barre los escombros fusilados
de unas chozas antiguas,
recoge las cenizas de una Casas Viejas
desvencijadas por unos desalmados
que arrojaron sus colillas.

Todavía colean las colillas del tiempo.

Los disparos apuntan siempre
al hambre, a la barriga.

Los billetes están siempre blindados..

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