martes, 12 de julio de 2011

4145.- MARÍA SOLEDAD QUIROGA


María Soledad Quiroga Trigo. Nació en Santiago de Chile el 22 de marzo de 1957. Tiene nacionalidad Boliviana. Ha publicado los libros de poesía Ciudad blanca (1993), Maquinaria mínima (1995), Recuento del agua (1995), Casa amarilla (1998) y Los muros del claustro (2004), y el libro de relatos Islas Reunión (2006). Su obra ha aparecido en diversas antologías, entre ellas: Escritoras de América del Sur (1996), El aliento en las hojas. Otras voces en la poesía boliviana (1998), Revista Prometeo del Festival Internacional de Poesía de Medellín (2006). Es licenciada en Sociología por la Universidad Nacional Autónoma de México y ha realizado estudios de Literatura en la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz.

Participará de las actividades del Festival en La Paz y Oruro.







El deseo

El deseo es como un árbol
copioso
abierto y verde
húmedo en la profundidad
morado
oscureciendo el territorio de los besos.
Una elipsis incolora
vibrante y quebradiza
en la orfandad de los impulsos.
Un árbol crecido a dentelladas
erizado en el hambre
cubierto de pétalos filudos
florecido
en la límpida altura
enraizado en la atmósfera pura del grito
abigarrado y desnudo
solo en el cielo amplio
vacío y encabritado
caracoleando en las aguas turbias
del clarísimo relámpago.
Cometa desgarrado
volumen de sal ardiente
cuerpo celeste
extraviado
agitado por la muerte que no es muerte
fugitivo prisionero
del instante.







Quiero ser contigo en el agua
sentir en la transparencia
el peso del cuerpo
ser volumen cierto
en medio de lo que fluye
bajo un cielo abierto
–nubes diluidas y translúcidas–
ser color, forma definida
contra la espuma y el aire
ser sombra entre los brillos
que se encienden y se apagan
superficie
para el golpe líquido de la marea
y su abandono
ser cuerpo
y poseer sus límites.





Los muros del claustro
(fragmentos)
María Soledad Quiroga

La mañana cruza el patio
lento animal sediento
buscando
un trago de sombra.

En el abrevadero de la luz
la piedra se sumerge
íntegra
un instante de claridad
y otro
acumulan su latido
en el laberinto denso
del tiempo coagulado
antes piedra
ahora ámbar.

La piedra empedernida
la larga piedra que no acaba
aquí el mar es de piedra
silencioso mar que se curva
ondula
se repliega
estalla.

Recorro la piedra
con los dedos
toco sus borde
sus costuras
su superficie límpida de agua
pongo mi lengua sobre la piedra
y recupero la sed
áspera de la marea detenida.

La piedra permanece
lúcida e intacta
sumida en su oleaje de granito
la superficie en calma
no revela la marea
la tensa corriente de sus venas
el relámpago
que aún calla.
En su lenguaje acuoso
la piedra habla
dócil
escucho la corriente tersa
el lazo de luz y silencio
que ata el tiempo.

De Los muros del claustro.







Serpientes

Lento arrastrarse
en el calor que funde
los párpados
la hamaca suspendida de algún clavo
gira en círculos el piso
serpiente ovillada
se vierte y moja
el pie
que resbala en el sueño.
Atravesada en el vano de la puerta
en el trozo de luz
sorprendida
casi lenta
se arrastra en cascada
sobre las piedras
mientras piensa
y encadena argumentos
sobre la inutilidad del Paraíso.

Amarilla
me llama
entrelaza mis palabras
encadena
recoge uvas con la boca
y las pone en mi boca.

Me conoce
más que yo que no sé
quién soy ni para qué.
Sabia se retira
pero ritma lo que hago
tras la puerta.

Despliega sus latidos
me recorre
como una flecha
de sur a norte
me endereza
me retiene
me lanza entre las olas.
¿Por qué no ceder a la cascada contenida?

Silente
el hilo que en mi espalda
estalla
es un árbol de caminos.

¿Es ella esta lluvia
que lenta arrastra
la luz consigo?

Ni ardiente
ni fría
húmeda se derrama
contra la piedra pura
y demorándose
se anuda y desata
tejiéndose a sí misma.

Quieta
en su piel ajedrezada
sueña
ceñidas tinieblas
y con su dulce lengua
sus colmillos envenenados
sonríe.

Por el muro de piedra
se desliza
sol líquido
derramándose sobre los vidrios
invisible
en la puerta entreabierta
y cauta recorriendo el piso
en el centro
muerde gozosa
el corazón amarillo.
Poderosa ahora
puede llamar o no
verterse desde el vaso
o anidar
ocultando su veneno.
No importa:
ya la serpiente
es la casa amarilla.

[De Casa amarilla]


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