viernes, 8 de julio de 2011

4105.- FRANCISCO JOSÉ CRUZ


Francisco José Cruz (Alcalá del Río, Sevilla, 1962) ha publicado los
siguientes libros de poemas: Prehistoria de los ángeles (Premio Barro de Poesía,
Sevilla, 1984), Bajo el velar del tiempo (Sagunto, 1987), Maneras de vivir (I Premio
Renacimiento de Poesía Sevilla, 1998; Trilce ed., México, 2004; Arango ed.,
Bogotá, 2006), A morir no se aprende (Málaga, col. Puerta del Mar, 2003; Arango
ed., Bogotá, 2006) y Hasta el último hueso. Poemas reunidos 1998-2007 (Ediciones
El otro El mismo, Mérida, Venezuela, 2007).
Fue codirector de la revista de creación Ritmo de viento (1986-1989) y
dirige, desde su fundación en 1990, la revista Palimpsesto, especialmente atenta a
la poesía hispanoamericana.
Además es autor de varias compilaciones y ediciones: Antonio Porchia,
Voces (Carmona, col. Palimpsesto, 1991); Roberto Juarroz, Poesía Vertical.
(Madrid, Visor, 1991), Poesía de la intemperie. Selección poética de letras
flamencas (Carmona, col. Palimpsesto, 1996), Antonio Deltoro, Poemas en una
balanza (Carmona, col. Palimpsesto, 1998), Humberto Ak’abal, Todo tiene habla
(Carmona, col. Palimpsesto, 2000), María Mercedes Carranza, La Patria y otras
ruinas (Carmona, col. Palimpsesto, 2004), Pedro Lastra, Datos personales
(Carmona, col, Palimpsesto, 2005) y José Manuel Arango, Poesía Completa (Sevilla,
ed. Sibila-Fundación BBVA, 2009)
También ha escrito ensayos para diversas publicaciones literarias sobre
autores como Eugenio Montejo, Eliseo Diego, Alejandra Pizarnik, Virgilio Piñera,
Gonzalo Rojas, Fabio Morábito, José Manuel Arango, Julio Cortázar y Gabriel García
Márquez.
Creó el proyecto Casa de los Poetas de Sevilla y, actualmente, es miembro
del consejo editorial de la Biblioteca Sibila-Fundación BBVA de Poesía en Español







MANERA DE JUGAR

Mi hija ha descubierto
que las puertas se mueven
sin irse de sus sitios.

No sabe que es el aire
quien las abre y las cierra
a su capricho.

Pero al revés que al aire,
a ella le falta
el empuje preciso

para abrirlas del todo
o cerrarlas de golpe
sin dejar un resquicio.

Mi hija, a su manera,
ya percibe que el mundo
es fronterizo:

entra y sale de todo,
pero aún no distingue
si ha entrado o si ha salido.

Y no sabe, además,
que tras alguna puerta
se esconde su destino.










LA MESA

Si una cosa de las que tiene encima
le dijera que siempre no fue mesa,
que sus patas fueron antes raíces
-aunque las tenga lisas, torneadas-,
lo negaría con todos sus clavos,
barnices y molduras a pesar
de las vetas o venas que la cruzan.

Nunca ha echado de menos una rama
flexible, acogedora. Sin embargo,
siempre dispuesta todo lo recibe
sin quejarse del peso ni del roce.
Necesita sentir encima cosas
como si fueran pájaros dormidos,
confiados al ser de la madera.









MANERA DE COMER

Tengo en el plato, ya partido,
un pedazo de carne
de venado que corre por detrás de las dunas
mientras yo lo mastico y lo digiero
tan despacio
que acaso también él se haya parado
en cualquier tronco absorto del camino.

El cuchillo raspando sobre el barro del plato
me chilla que ahora mismo
él escarba en la tierra.
Y el sabor de su carne le va dando
al deleite furtivo de mi lengua
la tensa fruición de la berrea,
que a la noche extenúa con su celo.

La salsa me revela
que acaban de abatirlo en un recodo
implacable del bosque.
Cuando dejan los buitres en la arena
solamente los huesos
esparcidos
sobre un charco de sangre,
el plato está vacío.












ORFANDAD

Exposición de juguetes del siglo XV.

Se quedaron sin niños los juguetes
que están aquí, al alcance de los ojos,
dentro de la vitrina.

Llevan ya varios siglos aburriéndose:
mutilados y quietos, han perdido
su sitio en la alegría.

Se quedaron sin niños los juguetes.
Niños que son el polvo que ahora cae
por sus formas, sin prisa.

Juguetes olvidados por la muerte
-a salvo de sus manos destructoras-
y también por la vida.

La eternidad los tiene prisioneros
entre frágiles vidrios transparentes
que del azar los libra.

Se quedaron sin juegos los juguetes
y sólo entre ellos mismos ya no saben
cómo pasar los días.









PETICIÓN


Habla un poquito conmigo que después
de muertos ya no podremos hablar.
De Juan Ramón a Zenobia


Habla un poquito conmigo,
dime lo que se te ocurra,
que el silencio es transparente cuando la muerte nos busca.

La corriente del destino fluye por nosotros súbita:
frenemos los dos el tiempo
con nuestras voces muy juntas.

Hablemos aunque no hablemos.
Entrémonos en la duda
de estar vivos o estar muertos y no callaremos nunca.












COMIDA FAMILIAR

Una mesa, unas sillas, un sofá,
dos sillones y cuadros.
En esta habitación murió mi madre,
donde ahora cenamos.

Comemos y bebemos sin echar
de menos el armario,
ni las mesas de noche ni la cama,
donde nací. Brindamos.

En esa cama se murió mi madre:
nosotros la velamos
en torno al mismo sitio donde ahora
rebañamos los platos.











LA SUICIDA

Si abandono sobre el pretil del río
el bolso
el monedero
las llaves
los zapatos
con el gesto automático
con que al entrar en casa
soltaba todo sobre cualquier silla
será porque a mi cuerpo lo arrastra la corriente
aunque aún yo me encuentre aquí asomada a punto de lanzarme
al fondo de estas aguas familiares
donde de niña
me bañé sin miedo.












NIÑA PERDIDA

Desde que regresó a la infancia
por la calle deambula absorta,
arrastrando los pies (el pelo
blanco, las manos ya temblonas).
Algo murmura mientras anda,
se ríe y de repente llora.

Hasta la puerta de mi casa
llega casi todas las tardes
y, con su voz de niña ausente
dice que la espera su madre.
Le digo que aquí ya no vive
y se extraña de equivocarse.











NO TENÍA IMPORTANCIA

Quedé en llamarlo por la tarde a su casa
pero cuando me acordé ya estaba muerto.
Hablábamos casi todas las mañanas
sobre la faena de cada momento:
poda, abonado o eliminación de plagas.
Esa mañana me llamó por teléfono
porque le dolía mucho la garganta.
Dijo que iba a pedirle al guarda de riego
que durante un ratito cortara el agua,
mientras le mandaba cualquier cosa el médico.
Como en el fondo no tenía importancia,
volvería al campo sin perder más tiempo
(con tanta calor era muy necesaria
el agua para los arbolitos nuevos).
Quedé en llamarlo por la tarde a su casa,
seguro de que le dolería menos.











CANCIÓN

Cómo iba yo a imaginarme,
cuando era chico,
que mi abuelo antes que abuelo,
sólo era un niño
que jugaba a la pelota
con otros niños en una calle sin coches
o en un baldío.

Cómo iba yo a imaginármelo,
cuando era chico,
dando sus primeros pasos
entre dos siglos,
de la mano de su madre
o ya solito.

Cómo iba yo a imaginarme,
cuando era chico,
a mi abuelo en una cuna
recién nacido.

Cómo iba yo a imaginarme
lo que imagino.











CON MI HIJA

Papá, ¿los niños también se mueren?
Creía que sólo se morían los viejos.
Si no me hago vieja,
¿me muero?
Yo no quiero morirme.
Y si no subo al cielo,
¿qué hago dormida en una caja
todo el tiempo?
Todo el tiempo voy a aburrirme.

Papi, cuéntame un cuento












A MORIR NO SE APRENDE

Vivir no es una escuela,
ni siquiera un camino,
que ya hubiera borrado la intemperie.

El tiempo no nos lleva
de la mano: es el aire,
el que arrastra a capricho los papeles.

No se aprende a morir.
Siempre andamos perdidos
en medio de las cosas y la gente.











CANCIÓN DE CUNA

Duérmete, mi niño,
pero no te mueras,
que aún no te he dado
ni una vez la teta.
Duérmete, mi niño,
pero no te mueras.

Con tal de que el médico
te cure de veras,
dejo que te cambie
de pañal cualquiera.
Duérmete, mi niño,
pero no te mueras.

Aunque no soy yo,
sino la enfermera
de turno, quien mece
tu cunita ajena,
duérmete, mi niño,
pero no te mueras.

Quizá te acostumbres
a tubos y a pruebas
antes de que a casa
conmigo te vengas.
Duérmete, mi niño,
pero no te mueras.

Y aunque te acostumbres
también a mi ausencia
y te dé lo mismo
que yo no te tenga,
duérmete, mi niño,
pero no te mueras.






A UNA TORTUGA

Nunca se sabe
de entre qué piedras
del jardín sales,
pero pareces
piedra sonámbula cuando te mueves.

Cuando te cojo
me vienen ganas
de echarte a un pozo
y que resuenes
como una piedra por sus paredes.

Huyes de mí
cuando te suelto
en el jardín: verte y no verte,
piedra entre piedras, dónde te pierdes.









DESPEDIDA

Una semana antes de morir mi madre
dejamos a mi padre en el hospital
con anginas de pecho descontroladas.

Ella en su cama, invadida por el cáncer,
y él de pronto ingresado de gravedad
cuando más necesitaba acompañarla.

Los dos sabían –cómo iban a engañarse-
que no volverían a verse jamás
aunque al despedirse lo disimularan.









FANTASÍA PARA MI HIJA

Me subo al columpio
me agarro me impulso
con ritmo con fuerza
no siento vergüenza
de estar entre niños
pues soy ya otro niño
pero sin querer
a cada vaivén
me olvido de mí
y aunque sigo aquí
ya ocupa mi sitio
el último simio
que hace miles de años
se bajó del árbol
del árbol sin frutos
donde me columpio
con ritmo con fuerza
no siento vergüenza
de estar entre monos
pues soy ya otro mono
que no va a poner
en tierra los pies






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