miércoles, 24 de noviembre de 2010

2080.- JAVIER CÓFRECES


Javier Cófreces nació en Buenos Aires en 1957. En 1975 egresó como técnico químico de la Escuela Industrial Nº 1, Otto Krause. En 1976 ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en la carrera de Letras. En 1977 fundó el grupo Onofrio de Poesía Descarnada, junto a Jonio González y Miguel Gaya. En 1981 fundó la revista de poesía La Danza del Ratón, junto a Jonio González, publicación que dirigió hasta su último número, aparecido en 2001. En 1989 editó el casete de poesía Historias de la gran boa (Circe-Ultimo Reino). Integró el grupo poético La Epopeya, junto a Alberto Muñoz y Eduardo Mileo. En 1993 obtuvo una beca del Fondo Nacional de las Artes en investigación. Fue colaborador del diario Clarín, donde publicó artículos sobre las calles de Buenos Aires. Como antólogo publicó Siete surrealistas argentinos (Leviatán, 1999), Poesía Buenos Aires x 10 (Leviatán, 2000), Los V latinos (en colaboración con Matias Mercuri, Ediciones en Danza, 2005) y Primera poesía Argentina (Ediciones en Danza, 2006). Editó los siguientes libros de poesía: Grupo Onofrio de Poesía Descarnada (Crisol, 1979); Años de goma (La Claraboya, 1982); La liebre tiesa (Trocadero, 1985); Pasaje Renacimiento (Tierra Firme, 1988); Amianto (Tierra Firme, 1991); Mar de fondo (Tierra Firme, 1994), Ropa íntima (Tierra Firme, 1997), El ojo de agua (Ediciones en Danza, 2001), Venecia Negra (con Alberto Muñoz, Ediciones en Danza, 2003), Canción de amor vegetal (con Alberto Muñoz, Ediciones en Danza, 2006) y Onofrio, grupo de poesía descarnada (segunda edición, con Jonio González y Miguel Gaya, Ediciones en Danza, 2007). Fue traducido a varios idiomas y aparece en antologías argentinas y extranjeras.




FLOGISTO

(del libro inédito Últimos poemas)

Juan Joaquín Becher (1635-1682)


El fuego eterno

Su Diccionario de idioma universal
De diez mil palabras
Encargado por el regente de Maguncia
Contenía una palabra de invención propia
Flogisto: del griego, incendiar
Los grandes filósofos ya se habían detenido
Donde Becher posó su ardiente mirada, el fuego
Para Aristóteles: fue el origen de todas las cosas
Para Heráclito: la fuerza universal de la creación
Para Platón: el principio inflamable de los combustibles
J. J. configuró una entidad con peso propio
La Terra Pinguis: su tierra grasa presente
En los elementos que arden
El Flogisto: la sustancia química
De tipo ferroso seco y adaptado
A la combinación sólida
Una explicación posible
A las reacciones vinculadas al calor:
Combustión, oxidación y calcinación
El hallazgo no sorprendió demasiado
Ni le generó renta alguna
Lo mismo que su diccionario
Por el cual no percibió una moneda
La existencia de Becher se complicaba
En una sociedad que miraba de soslayo
Al delirante que intentaba
Producir seda a escalas desmesuradas
Inventar el reloj de movimiento continuo
Que escribía la Physica subterránea
Y el Méthodus didactica
En apenas diez días
Nadie creía en un sujeto
Que falsificaba sus documentos
Para quitarse diez años de edad
Y que por todo mérito científico
Obtuvo el gas etileno
Un siglo más tarde
La mala reputación
Y su fama de embustero
Persuadieron a Madame Lavoisier
A cortar por lo sano
Y darle a Becher su propia medicina:
En ceremonia ritual
Encendió una pira con sus obras completas
Aquella combustión no evitó
Que la Terra pinguis de los escritos
Se preservara intacta
Y llegara encendida hasta aquí:
“Al quemarse una sustancia su flogisto
Se desprende violentamente en forma de llama”.





Dmitri Ivanovich Mendeléief (1834-1907)


La tabla elemental
En el siglo XIX
No había rusas célebres
Que deslumbraran al mundo
Con su belleza
Los Sharapova
Y los Kurnikova
Ni sospecharían
El destino mediático
De sus divinas descendencias
En Siberia
Una beldad tártara, María Korniloff
Criaba a un científico
La dicha de esa mujer
No se instalaría
En las tapas de Play Boy
Sino en el secreto orgullo
De darle vida a un profeta
Su hijo Dmitri determinaría
La existencia de elementos
Incomprobables hasta entonces
Y urdidos por su mente
Sólo para completar los huecos
De una lógica
Que respondía a un esquema periódico
Dmitri se sentó a esperar
De la conjetura
A la razón
Mediaban pasos que excedían
El rigor siberiano
Propio de reclusos y condenados
Capaces de imaginar
Un mundo cargado
de elementos ocultos
Que apenas se sospechan:
Eka aluminio
Eka silicio
Eka boro
Entre otros agujeros negros
Grises, blanquecinos
O gaseosos
Mientras Dmitri esperaba
Bebió vodka
Leyó a Tolstoi
Fabricó pólvora sin humo
Escribió acerca de la unión del alcohol y el agua
Y descubrió los yacimientos petrolíferos de Bakú
Hasta que un día murió rendido
Ante las páginas de Julio Verne
Pasados los años las profecías se cumplieron:
Los elementos fueron hallados
La tabla periódica se llenó por completo
La lógica de Mendeleief
Estableció los principios
Que ordenarían para siempre la química:
“Las propiedades de los elementos
Son funciones periódicas
De sus pesos atómicos”.





Amedeo Avogadro (1776-1856)


El número de Avogadro
Abogaré por ti
Avogadro
Como que me llamo Canizarro
Abogaré por ti
Admirado turinés
Por tu hipótesis
Por tu teoría
Encerrada en el Journal de Physique
Durante medio siglo
Lorenzo Romano Amedeo Carlo
Avogadro di Queregna e di Cereto
Abogaré por tu molécula
No será en vano el
Sunto di un curso de Filosofia Chimica
Ni la exposición
En el Congreso de karlsruhe
Ante la indiferencia de mis colegas
Finalmente aceptarán
La irrupción molecular
Y accederán por caso
A la fórmula del agua
H2O.
Una memoria póstuma
Propia del letargo
Con que se le rinde
Tributo a los poetas abandonados
Certificará en los laboratorios del mundo:
“Iguales volúmenes de gases
En iguales condiciones de temperatura y presión
Contienen el mismo número de moléculas”.







Marie Curie (1867-1934)


Mujer de radio

La sencilla polaca
Recitadora de poesía
Humilde institutriz
De aristócratas rusos
Se convertiría en “Madame”
Oui oui
Primera mujer catedrática
De la Sorbona
Doble premio Nóbel
Y paradigma
Del mundo científico
Oui oui
“Aquí tenéis el polonio
Más activo que el uranio
Pero no cejaré en procura de
Radio radio
Apenas un gramo
Calderos hirvientes
Radio radio
Polvos en dispersión
Radio radio
Gases venenosos
Radio radio
Tinas de líquido en ebullición
Radio radio
Asfixiantes humaredas
Radio radio
Cochuras de sustancias pesadas”
“Radio radio
Apenas un gramo
Las ruedas de un camión
Destrozarán la cabeza
De mi amado Pierre
Pero no cejaré en procura de
Radio radio
Apenas un gramo
Del extraño elemento
Con sales autoluminosas
Que brillan en la oscuridad
Como lamparillas eléctricas
Que emiten 250 mil veces
Más calor que el carbón
Por lo tanto
Una tonelada de radio
Podría hacer hervir
Mil toneladas de agua
Durante doce meses”
“Radio radio
Escurridizo radio
Que esteriliza semillas
Que cura el cáncer
Que mata microbios
Que electrifica el aire
Que penetra los sólidos
Y quema mi vientre
Mientras transporto una ampolla
En secreto a Varsovia”
“Radio radio
Piedra mágica
Probetas incandescentes
Centellantes tubos
Estrellas terrenas
Radio radio
Brillantes glóbulos
Que empañan el aire”
“Radio radio
Solo aspiro a fiscalizar un gramo de radio”.






Antonio Lorenzo de Lavoisier (1743-1794)



Perder la cabeza
Una madrugada de mayo
Con el último ruido seco
De un cráneo que cae
Sobre otros cráneos inertes
Se colma una cesta con 27 cabezas
En la Place de la Revolution
Un día antes
El Tribunal del Palacio de las Tullerías
Había resuelto separar
El cerebro de Lavoisier
De un cuerpo menudo
Que jamás fue hallado
Tras el cruento suceso
En el interior de la cesta
Una boca (con dentadura completa)
Mana sangre y murmura
Una instrucción dirigida
Al oscuro asistente de laboratorio
Que permanece encerrado
En una bolsa de seda
(Bastante hermética)
Y que realiza ensayos
De procesos respiratorios
A la espera de indicaciones
“-Quítate la bolsa, Seguin
Ya no más experimentos”.
Dijo la boca ensangrentada
Con un resto de aire comprimido
Las apologías de colegas
Y los ruegos de discípulos
No lograron evitar la decapitación de Antoine
Esgrimían: “Generó el alumbrado de las calles parisinas”
“Desdeñó el flogisto y acuñó el calórico”
“Promovió la nomenclatura química”
“Determinó la composición del aire”
“Descubrió la función del oxígeno”
Coffinhal, director del sumario de sentencia
Fue concluyente:
“La República no necesita sabios
Decapitadlo, no debió humedecer
El tabaco de los soldados”
Lagrague, el matemático
Procuró atenuar la acusación:
“Sólo se trató de una accidentada práctica analítica”
Pero no hubo indulto
Y Lavoisier perdió la cabeza definitivamente
Antes de concluir su drama Novelle Héloise
“En las cosas que no vemos ni sentimos
Es donde resulta necesario precaverse
De la extravagancia de la imaginación
Que siempre se inclina a trasponer
Los límites de la razón”







Friedrich August Kekule (1829-1896)

A Alberto Muñoz


El dormilón
1840, calle principal de Bonn:
Una madre intenta despabilar a su hijo
Para que abandone el lecho
Y asista presuroso a clase
“Despierta, Friedrich
Despierta, dormilón” – le susurra dulcemente –
“Madre, déjame soñar un rato más” – responde el niño-
1850, Universidad de Giesser:
Un profesor de dibujo reprende a un alumno
Adormilado sobre su tablero
“F.A.K. –le dice-
“Despierte ya mismo”
El estudiante sorprendido in fraganti, replica;
“No estoy durmiendo, señor, estoy soñando”
A partir de entonces
Sus compañeros le cargarán
El mote de “F.A.K. dormilón”
1851, Universidad de Liebig:
El mismo alumno abandona
Los claustros de arquitectura
Quizás abochornado por el escarnio
Y aborda la ciencia
Que abrazará de por vida
1857, Universidad de Heidelberg:
El propio Kekulé reconoce
Su propensión letárgica
“Me quedé dormido en un autobús
Y soñé que los átomos jugueteaban ante mis ojos
Se unían entre sí según su tamaño”
Este destello onírico
Le permitió concluir
Que el carbono es tetravalente
Y que sus átomos pueden unirse
Formando cadenas
1864, laboratorio de Gante:
“Me quedé dormido frente al fuego
Y soñé que una serpiente burlona
Se mordía su propia cola
Y daba vueltas
Con sorna ante mis ojos”
Este destello onírico
Le permitió determinar
La estructura del benceno
Y propulsó el florecimiento
De la química orgánica
Estudios y comprobaciones
Certificaron las visiones del sabio
El inmediato desarrollo
De la farmacología y la petroquímica
Dieron cuenta de que, en verdad
Un dormilón despertó al mundo
Y sus siestas despejaron
A científicos que relegaban horas de sueño
A químicos que se quemaban las pestañas
Con velas que apenas
Alumbraban buena voluntad y cansancio.
“Aprendamos a soñar, caballeros
Entonces quizás encontremos la verdad”.






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