domingo, 14 de noviembre de 2010

DAVID PREISS [1.896]



DAVID PREISS 

Nació en 1973 en Santiago de Chile.

Es Licenciado en Psicología y Sociología por la Pontificia Universidad Católica de Chile.


Ha publicado:

-Señor del Vértigo (1992, edición aumentada 1994), 

-Demora el Alba (1995), 
-Oscuro Mediodía (Santiago, 2000) 
-Bocado. Ediciones Tácitas, Santiago, 2011
-Retrato en movimiento, 2015


En 1998, coedita el libro de ensayos Configuraciones Sociales del Arte. Señor del Vértigo fue distinguido con una Mención Honrosa del Premio Municipal de Literatura en 1993. David Preiss ha sido becario de la Fundación Pablo Neruda y del Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Estudia un doctorado en Psicología Cognitiva en Yale University, Estados Unidos. 

Los poemas que presentamos corresponden a su último poemario, Oscuro Mediodía (Santiago, 2000).


POEMA

De una guerra secreta y olvidada
nadie espera el retorno de los náufragos.
No hay mujeres en la costa
agitando pañuelos en el aire,
no se ven las enfermeras
trajinando en los puestos de combate:
nadie envía un beso en la última postal
y espera el regreso del cartero:
nadie llora al amante que se va
y arroja los dados del azar:
nadie clava banderillas en los mapas
de nuestro descontento
pues en este guerra secreta y olvidada
nadie ocupa los cuarteles del invierno.
No hay espías en el frente:
nadie mitiga su deseo en una copa
de coñac: nadie
vino huyendo del amor:
nadie tiembla a minutos de morir
ni las madres imploran por los hijos
que no vuelven:
no hay soldados en la guerra
donde nadie se enriquece
puesta en esta época de paz
nadie llora la muerte de un poema.


XVII


Sólo el Silencio amanece

en el lenguaje de su cuerpo.


Soñada o no soñada
en él estuvo la palabra.



VÍSPERA DOLIENTE


Escancio –veneno ignoto-

el licor secreto del que espera:


Triste y lento como una mar bañado de petróleo
avanza un viento mortecino sobre el alma;
ángel desnudo, avanza la luna separada y abatida.
Dolor de amarte, amante del dolor, entonces: amo;
ven, deja desnudarte como los párpados al iris,
ven, mírame, tan desnudo y tan cubierto
sobre mí, tu desnudez, única manta,
única y doliente manta: tus ojos míos.
Ven, tócame el alma como el cuerpo,
elemental hermosa, ven siniestra,
bebamos licores desiguales,
éxtasis cansado de lozano.


POEMAS DE: Oscuro Mediodía (Santiago, 2000)


SITIO

A esa hora en que la poesía enmudece
cierras los libros a mitad del silencio
tal si buscaras a uno que no te refleje.

A esa hora en que la poesía enmudece,
algo te rodea. Mas desde ti,
sombras y muros que te cercan.

Hermosa bestia enjaulada, de tus pasos
cada círculo repite sobre otro
el mismo gesto solitario.

En el centro, aliento: nada que llama.
En la transparente habitación,
no sales de ti. Te lamentas.

Y las palabras que podrían liberarte
se escapan en bandadas de luz hacia la muerte.
A esa hora en que la poesía enmudece

te rodeas. Solo escapas sobre el alba
hacia la noche que anuncias en el mundo.
A esa hora que la poesía enmudece

cierras los libros en mitad del silencio.




SENDERO CON VOCES



De los poemas que escribías
ninguno queda. A contraluz suya
se abre un sendero de espinos y silencio.
Lo caminas arrullado por los pasos
que te llevan fuera de esta hoja.

No escuchas el llamado que te advierte:
-no toques la corteza ni te tiendas,
avanza por el claro hacia la sombra,
y sé más sombra que la sombra,
más niebla entre la niebla.

Sordo a las estrellas cortas una rama
y la enciendes y despiertas
con cenizas al borde de tu lecho:

vuelves a escribir palabras sin objeto
en busca del umbral: apilas
piedras y vocablos hasta que el día
te da de bruces contra el rostro.

Con su luz, pierdes el dolor y tu memoria.


UNA MORADA EN LAS PALABRAS

1

Blancas señoras, señores de negro
-no de luto-
en la sala en que se expone
sola
la miseria
ante un público selecto:

la visitan, la contemplan
con mirada perfumada,
no pueden escuchar

como un músico interpreta
su número pequeño:

un lamento que recorre
el pentagrama del silencio
y la herida
que es su réplica en el alma:

esta sala en que se expone
un poema de Celan
para contemplación de los ausentes
y desolación de los presentes.


2

Hurta del aire
pálida ceniza: letras
que arroja o acomoda:
libros a la hoguera:
huesos,
brasas y guijarros.

Busca una morada en las palabras.

Con voz materna,
él calla
voces extranjeras.
Para contemplación de los ausentes
y desolación de los presentes.


3

Sobre escena, una hoguera y una pala.
                   -Mirar, séanos prohibido.

La mano pica una palabra.
                   -Oír, séanos prohibido.

La mano apila cuerpos en el borde.
                  -Contar, séanos prohibido.

La chimenea sopla a los ausentes.
                  -Respirar séales prohibido a los presentes.

Porque esto ha sucedido.


BUCÓLICA



Mudos salimos en busca de las huellas de la furia:

abandonadas ciudades transparentes, arribamos
a las villas domadas por negros jinetes.

Hacia el Este, siempre hacia el Este:
pantanos en que la muerte pasta
y la huella ha sido borrada por el trabajo de la tierra.

Sin embargo, he aquí: éste es el lugar.

Aquí los campesinos se fingieron inocentes. Aquí marcaron su garganta
imitando el golpe de la parca. A cinco pasos, respiraron y criaron.
En el valle de los lobos, las ovejas cultivaron su alimento.

Si: éste es el lugar.
Aquí las llamas ascendieron hasta el cielo
y dejaron nuestro cuerpo entregado en usufructo,
lejos de la tierra y de su gente, en el umbral de la Palabra.


NO ES CIERTO

No.

Encargos de la muerte a tiempo de volver por los amigos.
El tránsito metálico que hace respingar
al gendarme de una estación abandonada:
las cosas y las gentes que hacen de una villa el sitio de su lengua.

No.

El comercio del azar con la materia,
los bosques que se mueven lentos bajo el bosque que un hacha decapita,
el pálpito del tiempo entre las ramas
prestas a lanzar un quejido germinal.

No.

El viento colando las noticias de la última vigilia.
Un llamado solitario que recorre los caminos invisibles de la radio,
el rumor creciendo al paso de las tropas
que penetran como el sol un sitio imaginario
donde copula el cardo con la rosa.

No.

La vida inmóvil rotando en torno de su eje alrededor de tus cabellos derramados sobre el lecho.

¡No!





SOBRE EL RÍO, LA NIEBLA



No te escribo: sobre el río baja la ceniza.

Me arrodillo y desde el borde
dejo pasar el cielo tras de mí. En él,
tu cuerpo se desvanece.

La tremolina te confunde con la niebla.
Libera tu mano de mi amor:
con tus ojos marca las estrellas.

No hay más rastro que tu rostro empujado por el viento.

-Y desde aquí
miramos los pantanos quemados.




HABLA RASA



Deja crecer la maleza en el sendero
que ha dejado el paso de su huella.
Aparta su trazo de la espiga. Avanza.
Orea entre la niebla.
Huye, demasiado oscuro,
blanco que corre
por poblados transparentes.

Aire, agua, el fuego que marca
el ritmo del miedo. Una cruz
entre la noche, equis que delatan
al cuerpo ligero, desnudo,
en vuelo demasiado ágil.

Corre. Tan lento.

No hay estrellas en el cauce que retorna
donde paran a beber sus victimarios.
Llega a tiempo para el rapto.
Lanzaron redes, encontraron nada.

La víctima propicia se ha tendido
sobre el valle: todo el valle
la protege con las ramas
que el hacha decapita.
Luego, la lluvia, el viento.
El tiempo sin memoria.

-¿Quién pisoteó sus osamentas?



SABÁTICA



¿En qué jornada el día se renueva?
¿Qué día cae el día sobre ti?
El tiempo ha de pasar: palabras
que los seres queridos dejan en la mesa:
pan, sal, vino.
El fuego acerca a Dios; aleja al forastero.

El Shabat ocupa las esquinas del altar.
-Tú, ¿por qué no te arrimas a recoger tu bendición?
Inclinan la cabeza.
Caen ante su fantástico dominio.

Aquel que teme a Dios no hace apuestas sobre el tiempo.
Nada le faltará, salvo la memoria.
Ésta es la mesa de los justos, donde nunca falta el alimento.

Las oraciones han caído ante la mesa.
Él toma una solamente.
Masca en el silencio.





David Preiss a los 19 años 



En el vértigo
"Señor del Vértigo" de David Preiss

Por Miguel Arteche 
La Época, 18 de julio de 1993


David Preiss con su libro "Señor del Vértigo", me abre, a mí, por lo menos "una luz no usada" en la poesía chilena, tan contaminada, como el cielo santiaguino, de "oralidad barata", como ha dicho Guillermo Trejo.

Alguien, con algo de insolencia también barata, habló de desacralizar la poesía (la poesía chilena, se entiende). Lo cual es una doble o triple insolencia, porque para desacralizar la poesía hay que saber si antes fue sacralizada (la chilena se entiende). Hay que saber, además, qué es poesía, y cómo practicar el arte de la poesía.

Jorge Guillen dijo que a él le bastaba y sobraba con la poesía como para preocuparse de la antipoesía. Y la "oralidad barata", que engendró la antipoesía, ha hecho, entre otras cosas, que todos los gatos sean pardos. Nadie sabe lo que es un verso, aunque todos dicen que escriben en verso. ¿Y cómo se puede escribir en verso si no se sabe lo que es un verso? Cualquiera se pone frente a una hoja de papel en blanco, "produce" líneas más o menos cortas, más o menos largas, y luego monta un libro de poemas, en el cual no se sabe si lo que dice es coloquio, jerga, coa, habla rebajada a telegrama, dialecto, cualquier pijotería.

¿Cómo escribir poemas, buenos poemas, con la mente nebulosa? Las nebulosas engendran nebulosas, no relucientes galaxias de palabras. 

Wordsworth pedía que los poetas se acercaran al coloquio de todos los días. Este es el ideal, cuando pensamos, con Pound, en la poesía como speech, como habla, y en la poesía como song, que un crítico traduce como "cántico". Pero, ¿de qué ideal de coloquio se trata? ¿Del coloquio inglés? ¿Del español? Claro: se trata del coloquio chileno. Nadie escribe como habla, y en todo caso lo que importa es que sea, en primer lugar, poesía, sea "hablada" o lejos de lo hablado.

Y esto es lo que me parece sorprendente en el libro de Preiss. Lo insólito de sus poemas, lo sorprendente del peligro que su poesía encierra.

Escribir con tal precisión de la palabra, y hacerlo con tanta profundidad, es lo que me parece peligroso. "Perfecto" es el adjetivo que podría aplicar a sus palabras, pero "perfecto" es lo concluido, lo finito, lo acabado, por lo menos en una de sus acepciones. ¿Y cómo ser perfecto, es decir, cómo estar concluido a los diecinueve años? ¿Y después? Jerusalén es un poema tan intenso, tan preciso, que a mí me parece extraño. Me ocurre igual con Evocación en Chelmmo, o con Víspera doliente, o con Al polvo volverás, o con Oración del sobreviviente. Desde luego, allí está la sevicia del hombre, su crueldad, su locura cainita; pero no hay lamento de desprecio, una palabra que desborde odio. Esto es lo que yo llamo dignidad de poeta, tan menguada en estos tiempos.

Desde luego, estos poemas no son perfectos, gracias a Dios. ¿Qué poema es perfecto si está sometido al tiempo? Hay dos tipos de poetas: el que después de escribir poemas débiles termina por escribir poemas notables, según pasan los años; y el que escribe poemas notables desde que comienza a escribir, y parece que continuará haciéndolo. A esta clase pertenece Preiss. Sólo le pido una cosa, que yo creo que aprendió en el taller de Guillermo Trejo: que practique el arte de la humildad.

Nada hay tan fértil como el arte de la humildad, que no hay que confundir con la humillación. Porque la humildad ante el acto de escribir, es la única fuente de sabiduría. El don de la poesía es un terrible carisma. La poesía es un "ejercicio de pobreza", y lo es en un mundo que no entiende cuál es el sentido de la pobreza, porque lo mide todo con la altura del becerro de oro.





Un primer bocado
David Preiss. Ediciones Tácitas, Santiago, 2011, 

Por Jessica Atal 


Revista de Libros de El Mercurio, Domingo 28 de julio de 2013

Dan ganas de volver con este libro. Ganas de volver a ese estado enamorado puro, original, tan entregado. Sí, todas las cartas de amor son ridículas, sentenció Pessoa. Pero, a la vez, ¿a quién no le han tocado el alma -como si volviésemos a vivir ese primer amor ingenuo y pleno- los versos del poeta portugués? Eso también nos pasa al leer la poesía de David Preiss. De alguna manera, tocamos -o volvemos a tocar- pasiones y lugares del alma que recién despiertan, que se empiezan recién a conocer.

No acompaña a este Bocado de portada blanca y lisa ninguna reseña biográfica del autor. Sin embargo, podemos intuir y adivinar su juventud. Este tipo de poemas de amor acaso se escriben una sola vez en la vida. Porque esa pasión a la vez hastiada e ingenua difícilmente se repite. Habría que permanecer eternamente joven, tomando agua de una vertiente secreta, como Ñusta, la mítica princesa quechua. Pero en la mayoría de los casos, nuestras pasiones y emociones -así como nuestras palabras- envejecen y maduran a la par que nuestros cuerpos.

Preiss, en todo caso, está muy lejos de eso aún. Sus versos, livianos a pesar de la pesadez y negrura de la noche, se alimentan de ese fresco amor de beso/boca/labio en donde difícilmente se delinea la frontera entre lo que es palabra y lo que es boca o piel, o mujer. A través de la mujer se llega a la poesía y a través de la poesía se llega a la mujer: " No hay gestos que permitan alcanzar el otro gesto / sobre un lecho ya sitiado por el hedor del amor". Todo se contamina, se funde. " No te hablo, mujer / lanzo palabras a tu rostro./ Tiro guijarros en la arena./ Te hago el amor con las palabras".

Pero el amor nunca es del todo armónico. El amor, la mayoría de las veces, no es más que el inicio de un dolor. Salvo casos excepcionales como el idilio shakesperiano entre Jessica y Lorenzo -y es acaso debido a las célebres palabras de ella ("But love is blind and lovers cannot see the pretty follies that themselves commi t ...") que se salvan de un desenlace desastroso-, el amor en literatura tiende a un destino trágico a lo Romeo y Julieta. Y cómo no, si ese amor imposible o no correspondido es de todas maneras más inspirador que el amor equilibrado. Así, en Bocado, también hay un hablante enamorado que sufre en el silencio, la distancia, la espera. Y es a través de esa espera como se entiende el tiempo, motivo constante en todo el libro. En un tiempo cargado de nostalgia, un tiempo que separa a los amantes, habita la memoria, el frío, la herida. Siempre el extravío: "Giras y rodeas tu propio laberinto", escribe Preiss, recalcando el estado intranquilo, la ausencia de luz, la fugacidad del sentimiento, el gesto siempre mortal.

Si bien el contenido habla de una situación herida, la estructura de este libro se sostiene sólida, sin siquiera rasguños. Preiss experimenta, y versos del tipo "buscando un rastro de tu rostro en esa sombra" son recurrentes, así como son las formas verbales que aluden a la creación o, en el mismo proceso, a la destrucción: trizar, trazar, arrojar, rasguñar, lanzar, quemar, liberar. A veces encuentra. Otras se pierde y retrocede. No importa. Lo esencial es que en este hacer y deshacer se va desarrollando una trama de palabras e imágenes que saltan de un poema a otro, como sobrepuestas, como en una fuga musical, en donde los conceptos se repiten, en tonos diferentes, entretejiendo una estructura coherentemente encadenada.


Nos quedamos quietos ante el sol intacto,
estatuas de sal, quemados
los ojos.

Esperamos del mar de los sargazos
el retorno de un madero:

Nuestros propios desaciertos.


*

El murmullo que mis labios
repasan con desgano
contiene otra manera de nombrarte
infinitamente más pequeña:
-ésta, en que ejercito mi nostalgia.


*

Para marcar el sendero en que retorno
escupí sobre tus huellas.
Vuelvo atrás mas no encuentro la salida
hacia el claro de un poema, me extravío
en la mitad de la insólita foresta
que ha crecido alrededor de tus cabellos:
sin hallar una ventana iluminada
regreso nuevamente
siguiendo el paso de tu huella.

en Bocado, 2011



1

Nadie escucha caer
palabras tan hondas como el agua.



2

Pasos descalzos en el río.
Intactos.



3

El aliento de sus manos
en mis labios tibio todavía.



4

Su mirada
huye con las aguas.


en Retrato en movimiento, 2015




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