domingo, 14 de noviembre de 2010

1873.- ALEXIS FIGUEROA

ALEXIS FIGUEROA (Concepción, 1957): Ha publicado: Palabras entonadas, 1986; Vírgenes del sol Inn Cabaret, 1986; El laberinto circular y otros poemas, 1995. Ha sido ganador del Premio Casa de las Américas de La Habana, Cuba.




Alicia en la clínica

Una parte suya dice que aún está,
la otra sostiene que se ha ido.
Corolas y canciones se le mezclan en la mente
mientras un gusano aspira el humo del haschís.
Una parte suya dice que no está,
se encuentra afuera,
la otra parte de ella la contempla más tranquila,
con un traje color carne pero vuelto del revés:
le han invertido como un guante,
dejando al descubierto el esqueleto
de su educación sentimental.
Y que caos está Alicia que no está, se encuentra afuera
que caos está Alicia intentando descubrirse
en la Alicia verdadera, reflejada en la imagen de detrás.
Que caos este juego y pobre Alicia,
con los conejos blancos que le llevan tiernas setas,
tiernas setas de crecer y de achicar,
tiernas setas cogidas con cuidado y entre todas una,
ofrecida por la oruga farmacéutica,
que la timbra en la parte superior.
Salud a los circulares fosos de bioquímicos fantasmas,
salud a las esféricas sustancias de chamanes,
salud a las cápsulas redondas en los frascos,
vestidas con el hábito de Hipócrates
y la condecoración de los Hermanos de la Caridad.
Cada seis, cada ocho horas, Alicia corre en círculos,
mas no se mueve, está sentada,
mientras los conejos blancos -helados, espantosos
como el hielo del infierno- dicen
"muerde aquí, después allá, sé buena chica,
no te hagas la heroína y devóratela entera"
(así dice el coro de conejos al compás de sus estéreos).
Y ella patalea sobre el piso de baldosas,
dando un mordisco y otro a un solo lado,
hasta que le meten un sonda y lentamente,
baja el valium del Olimpo a su garganta.




Poema apocalíptico final

En la escena aparece una palabra no muy grande.
Es verde claro y arranca por la selva tropical
La selva es verde oscura, está llena de ruidos.
En las alturas los pájaros se refugian en sus nidos.
Aparece otra palabra aún más grande.
"Didascalia"puede ser, o "calipigia".
(También es verde clara y contra el fondo
se distingue con gran dificultad).
Lianas, enredaderas, árboles y arbustos,
orquídeas, aborígenes, animales que dan susto.
La palabra chica arranca de la palabra grande.
Ruidos de persecución, chillido y grito.
Cae la noche lentamente en el abismo tropical.
La palabra grande atrapa a la pequeña por la pata.
La palabra grande se solaza como gato entre las ratas.
La palabra grande engulle una vocal con parsimonia,
mientras descansa echada en un tronco milenario.
La palabra grande se sienta en un escaño,
mientras mira por la tarde la TV.
(Y usa una servilleta cuadrillé).
Su digestión tiene la forma de un soneto,
derivado de las artes del panfleto.
Con un palito escarba en el cadáver de la palabra chica,
yacen letras aplastadas bajo la gigantesca pata.
Ella, indiferente, se baña en los géiseres de luna,
después se envuelve en una albina bata.
"Corten" dice el director, "todo está malo".
"No saben actuar" les asegura.
Ahora las palabras caminan abrazadas,
buscando un bar para olvidar.
Penetran en un tugurio miserable. Piden vino.
"Trae trago" dice una, "trae trago Marcelino".
Les traen un pequeño monosílabo crocante,
que la mayor coge delicadamente, con sus guantes.
(Comen en silencio: caníbales degustando un canapé).
Piden pan, más vino y ensaladas:
se sienta entre los dos una palabra con pestañas
encrespadas.
Pide fuego. Las palabras sacan fósforos.
La palabra saborea lentamente una chupada.
Más tarde las palabras sentadas a la mesa,
ríen dando muestras de embriaguez.
Han olvidado su fracaso como actores.
Y regresan muy contentas al laberinto circular.




Correspondencia de Alicia

Alexis, no me escribas,
no me uses como imagen tutelar de tu metáfora,
que el viaje literario en que me viste
para mí fue pesadilla,
nunca salí del horroroso universo victoriano.

Ahora estoy bien, descanso bajo tierra,
blancos conejos, umbrosas madrigueras
me acompañan. No hay nostalgia,
tiempo ha que ya vagué tras el espejo,
pero ahora estamos todos muertos, como el dodo.

Y tú insistes en atribuirme más presencia
que la impresa en esta tinta carcelaria.
Pero amor, convéncete, soy fantasma del deseo,
una especie de romántico anhelo de las ansias.

Y bien, has de saber que nunca él
hizo gesto de tocarme, le bastaba acariciarme
/con su cámara.
(Yo bajaba algún tirante de mi blusa,
el hombro joven, dorado y reluciente,
deslumbraba).

De sonrisas sabes tanto como él,
¿Qué luz de doce años
puedes ver en mi sonrisa?
Me ves reclinada en una cerca,
inquietante como nínfula del cine.

Pero él, y yo, casi una niña;
contempláramos ansiados y miedosos nuestro ímpetu,
reemplazáramos deseo por los juegos,
o bien secretamente revolcáramos el cuerpo por los prados,
es lo mismo, nunca salí, nunca salimos
del espantoso universo victoriano.



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