jueves, 11 de noviembre de 2010

1826.- CARLOS CLARÁ


Carlos Clará (San Salvador, El Salvador, 1974).
Poeta y editor. Director de Índole Editores. Fundador de los talleres literarios El Cuervo y Tayahually. Ha publicado Montaje invernal en coautoría con Danilo Villalta, Ediciones El Cuervo (1999) y Los pasillos imaginarios, Malayerba (de pronta publicación); además, aparece en antologías de poetas jóvenes en Centroamérica y España e igualmente en revistas de la región y Suramérica. Fue editor de la Dirección de Publicaciones e Impresos del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura), fue miembro del consejo editorial de la revista Cultura. Actualmente integra la Fundación Claribel Alegría, Fundación Clic (arte nuevas teconologías), Fundación Cultural Alkimia y participa en el colectivo Maniobra.


SARA

Sara oscura meridional
escasa inmóvil piel
la muerte entre las manos
del último deseo
la luz en la madrugada
en un cuarto lejano

Sara el miedo
la rabia de la raíz que revienta las aceras
el temblor de las hojas en el viento
el ojo de un espíritu ligeramente amarillo

Sara el frío
el pecado abierto en la oscuridad
la voz a medianoche desde un teléfono público
y las letras desteñidas en el disco de acetato

Sara esparcida en el polvo
Sara la foto escondida
Sara mala intención omitir direcciones faroles rotos
Sara diluvio Sara sed
Sara amargo sorbo en el bar solitario

Sara los sitios del alma
Sara ojos que el tiempo duerme
Sara madre hijo uno

oscura meridional
la soledad el último deseo
de llamar
y llamar
y llamar
y llamar a la muerte
con nombres equivocados

Sara








FOTOGRAFÍA DE DOS

mira de reojo
su nombre se extingue en la brasa del tabaco
blanco humo de iglesias

la mejilla roza la espina escondida

observa los techos como los gatos
se ríe a medias de los balcones abandonados
se ve en el reflejo del café
con la mirada furtiva de los pájaros en los ventanales

el vidrio viejo y empañado
no deja de ser invisible ojo de mujer
se da cuenta de que alguien falta en las calles
la ciudad amarilla que la traiciona florece
y toca los ecos del abandono

hechizada por el sepia de una foto antigua
una figura intermitente aparece en las vitrinas
sólo se rearma en los destellos entre la gente
caudalosa como los años pasa y desaparece

todas las esquinas son iguales cuando se espera

el último sorbo de tabaco
se consume en el rojo vivo de los labios que ya no besan
de las escalinatas cruje la madera
de los alambrados y terrazas huyen los pájaros
ella siente en la espalda la respiración tibia como la sangre

la vida pasa furtiva y se ve en los ventanales

ahora los nombres ya no importan

la ciudad
no es más
que un corazón herido







CUARTA REVELACIÓN DEL NO RETORNO

un minuto y es una hora
extiendes tu cuerpo aún joven y fiel hacia el silencio de la habitación
y rasgas suavemente una distinta seda de secreto
tocas un filo que brilla como bestia de la ternura
un péndulo que se detiene herido por el miedo

te acercas a una fuente de sangre antigua que es la noche
y es tu navaja la que hace de la palabra un fantasma
un lenguaje invisible que enfurece a los espejos
una frontera donde los nombres desordenados caen como la lluvia

así pruebas la saliva de los cuerpos tristes
al dormir la sed los muertos el corazón de una tribu de amantes

causa y levadura de un pan amargo es la boca que tapas con maleza del paraíso
la tibia hojarasca de las cosas el cantar de un diluvio de pájaros
el lacio cabello de los ecos que serpentea en los rostros de febrero

así ardes sobre todas las sombras
sobre el líquido espeso de los durmientes los muslos de una ciudad desconocida

padre y madre serás de tu olvido
extranjero en la cima de tu creación

lo sabes

y dejas que el tiempo te beba con la intensidad del primer amor








SÉPTIMA REVELACIÓN DEL NO RETORNO

no debiste regresar
al menos no con el aroma de esa vieja tarde de años intacta
la plena ferocidad de la mejor juventud
o triste el pecho caudaloso que imaginé escarchado

no debiste volver
ni poner un pie en el invierno
ni dejar reposar el silencio de los labios en los labios
ni permitir así la misma mirada de aquellas horas

no tenías que abrir esa puerta y aparecer como un luminoso árbol de niños
no debiste nombrarme apenas

no debí olvidarte sólo con las manos
no debiste entrar a esta casa secreta que se muere desde las hojas
no tenías que arrasar con tu voz la correspondencia de libros y tormentas

no debiste regresar
no debiste volver

no debí mirarte a los ojos
...y entrar





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