miércoles, 3 de noviembre de 2010

1708.- ARCADIO PARDO


Nace en Beasain (Guipúzcoa), 1928 durante la residencia temporal de los padres en esa ciudad. Desde los seis años de edad vive en Madrid (un año) y en Valladolid donde realiza sus estudios primarios, secundarios y universitarios. Castellano por ascendencia y formación.
Catedrático de Francés de Escuelas de Comercio (1955) y de Enseñanza Media (1959). Destinos: Liceo Español de París (1960-1980) y Lycée International de Saint Germain-en-Laye cuya Sección española funda por designación del Ministerio de Educación y Ciencia (1980-1986). Lector en varias universidades francesas (Aix-en-Provence, Sorbona, Paris X Nanterre. Profesor titular de la Universidad de Paris X Nanterre. Reside en Francia y, durante algunos períodos, en Valladolid. Fue cofundador de la Revista de Poesía Halcón con Manuel Alonso Alcalde y Luis López Anglada (n° 1, Septiembre de 1945- N° 13, 1949). Así como de la Colección de libros de poesía Halcón con Fernando González, Manuel Alonso Alcalde y Luis López Anglada (1946-1950). Ha publicado dieciocho libros de poesía.

- POESÍA:
Un tiempo se clausura (1946).
El cauce de la noche (1955).
Rebeldía (1957).
Soberanía carnal (1961). Reedición incluida en Poesía diversa (1991).
Tentaciones de júbilo y jadeo (1975).
En cuanto a desconciertos y zozobras (1977).
Vienes aquí a morir (1980).
Suma de claridades (1983).
Plantos de lo abolido y lo naciente (1990).
Poesía diversa (1991°. Este volumen contiene :
-Prólogo « Reflexión desde la belleza » por Isabel Paraíso
-la reedición de Soberanía carnal;
-Relación del desorden y del orden, y
-Poemas del centro y de la superficie.
35 Poemas seguidos (1995).
Efímera efeméride (1996).
Silva de varia realidad (Archivo de rescates) (1999).
Travesía de los confines (2001).
Efectos de la contigüidad de las cosas (2005).
El mundo acaba en Tineghir (2007).
De la lenta eclosión del crisantemo (2010).





SUELE SER EN OTOÑO (2000)

Suele ser en otoño y en primavera : el polvo
que las hojas cumulan y que la lluvia abate ;
o el polen que se expande y agrede, o el olor
del cesped que se pudre, de los hongos taimados.

O dentro, unas maderas resecas, los escaños
que desprenden su tufo, algún tejido que ha
quedado en un armario, la leña que no ardía,
vete a saber, las vigas, el hollín, las baldosas.

Pero es así y la voz se me apaga. Se merma,
se encoge, se regresa a su origen, y me ando
por cuantos días nacen de frío, incluido dentro
de mí, callado, que la voz se me amedrenta.

Es como un leño que arde y se vuelve ceniza,
como el chisporroteo que cede. Como un leño
que ardía y ya no arde, como ceniza que era
caliente y se ha enfriado y que queda en lo oscuro.

Y un día llego a lo Otro y, Dios, que no me oyen.

(De Travesía de los confines, Valladolid,

Colección Tansonville, 2001, p. 38).








COMO LAS OLAS UNAS A OTRAS

Como las olas unas a otras,
las cosas se hablan entre sí.
Algunos las escuchan desde el sueño,
otros les han oído su difuso lenguaje
como roce de luz sobre la piedra.
Alguien, antaño, supo que decían
-se decían- su vuelo,
desde la confusión de las constelaciones,
a sus formas de aquí.
Los hay quienes las oyen al socaire
de las tardes, a ver cómo les captan
su diálogo de incógnitas señales.
Dicen que se hablan en nocturnidad,
en la cómplice espera de las lluvias,
también cuando el otoño se desprende
de la luz, merma el día y lo enceniza.
Alguna vez un alguien se sorprende,
mira a su alrededor, escucha, acoge
como una crispación en las cosas visibles,
como una voz que sale de guaridas
desiertas.
Su lenguaje remonta a las mareas
primordiales, nos dicen,
hablan vestigio de residuo,
restos de estelas del desplazamiento
de los astros.
Se conversan con signos inaudibles,
entrecruzan sus formas estelares,
confunden su materia y, ya abierta
la mirada profana, se recogen
a su asiento asignado
y simulan sumidas en quietud,
como si fueran muertos.

Eso dicen del habla de las cosas.

(De Efectos de la contigüidad de las cosas,
Palma de Mallorca, Calima, 2005, p.35 )









‘Una vez, cuando aquello’

Una vez, cuando aquello, se me desvaneció
la voz. Se hizo primero roce sordo del aire
por entre ramas secas. Luego se fue mermando,
se hizo rumor de piedras rodadas bajo el agua;
luego, soplo quejoso que frota las paredes.

Fuime animal que me era sin ladrido, ni sin
mugido, hora muerta desprendida del tiempo.
chirrido que no suena, lámpara que no enciende.

El habla se me puso de rodillas.
Se me desmenuzó la voz, la ésta, vocal, sonora,
la que expele el aliento y llama o narra o pide.
Me abandonó la voz y me hice triste.

Después la primavera, o no sé cuándo,
por un calor de días alargados,
supe que me oían quedo, firme más y creciente,
de nuevo estante en mi contorno.

Mi terror: que no me oigan mis míos cuando llegue.

(De ‘Travesía de los confines’)



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