viernes, 10 de septiembre de 2010

988.- CARLOS HENRICKSON




CARLOS HENRICKSON, Santiago (CHILE) 1974. Poeta y crítico literario.
Ha publicado Ardiendo (plaquette de poemas, Ed. Etcétera, Concepción, 1991), Y si vieras la mañana (cuentos y poemas, Ed. SRF, Concepción, 1998), Aviso desde Lota (poema-tríptico, NeaVista Ed., Concepción, 1998), En tiempos como éstos (cuentos, Gobierno Regional de Valparaíso, 2002). Ha sido traducido al catalán, Old Blues Songbook (poemas) (Ed. Del Temple) Antalogador: La orilla inquieta (antología de la poesía contemporánea de Valparaíso) y la traducción de Les Amours jaunes de Tristan Corbière, adelantadas en las revistas Encuentro de Suecia y Aérea. Reside en distintas ciudades de Chile., 1893.



CASI UN HOMENAJE

He vuelto a ver a la mujer más bella
de la ciudad. Hacía tanto, tanto tiempo
que se me calmó el alma, y ahora
esta quietud no me deja tranquilo. Ah
el fulgor, que tan sólo yo he visto, y
que el resto de almas simples de ese bar
de segunda ni siquiera sospecha; bajo
esa ropa vulgar, ese rostro cansado; repentino,
esplendente, este fulgor. Y bien, ¿qué hacer
sobre esto? Las apuestas no corresponden
a esta categoría de luz hiriente. Puede
que sea un monstruo de egoísmo, o que
su frialdad pueda matar dolorosamente,
mas no eliges esta fisura en la pupila: esa
herida te elige a ti, y no hay libro de reclamos
para esta violencia. Ni siquiera
hacerle poemas a la más bella de la ciudad:
su mano barrería con todas los versos
de una sola pincelada. El deslizarse de sus dedos,
su rostro nítido, más más acá de toda
palabra. Quizá, y sólo quizá, dejarle
este papel pauteado como quien espera
el juicio seco y artístico de una colega. Porque
es así el oficio: siempre la poesía es la envidia
al destructivo y fugaz rayo de las
tormentas. ¡Ay, este relámpago!
¡En el iris, en el seso, en la carne, este
relámpago!






SALÓN DE BAILE

En torno a la más bella de la ciudad,
el mundo entero oscurece: la brumosa
figura de los danzantes se precipita
como un abismo que a sí mismo
se encuentra, hediendo a humo y al
sudor y la pena infinita de los condenados.
Mas el anguloso dibujo de su rostro
no reconoce el extravío mecánico
del tiempo, los sólidos seres en su rueda
final. Este salón de baile sería igual
a sí mismo -todos los días, todas
las horas, la tediosa bailanta se repite:
mas hoy otra es la noche que lo cubre.
La noche que no es. Cumple esta sombra
su destino final sin obedecer el debido
paso: verse ciega y precipitada hacia su propia
negrura. Sólo ella, hermosa, es la Noche
-la que se incendia, permanece y es-; ella,
el Día que no sabe de horas. El tiempo
no responde al idioma de sus labios finos,
los ojos fascinados. Ahora, esta mañana,
le he pedido al mundo la embriaguez
del exceso: su concreto afán de plásticos
y losa. Y sobrio y sin reposo me ha obligado
a tenerla delante. Aparecerse así, claro,
es un daño. Un golpe de trueno. Y a mí mismo
me cargo en las espaldas -así ni siquiera
se puede dormir, ni siquiera la banalidad
del deber o la estúpida alegría de los danzantes,
ni siquiera, ni siquiera la letra, dibujito
deforme.







DESPEDIDA

¿A quién vio la más bella cuando
me vio? ¿Cuál de todos los fantasmas
de mi casa muerta se le dio esa noche
de baile y licores, mientras toda la ciudad
dormía como animal en invierno bajo
nuestros pies? Ah quisiera ser uno, hoy,
uno solo, que no se pudiera ella equivocar
de ojos cuando encuentre mis ojos, de manos
al dar la breve mano; que dos sólo estuviéramos
en esas estaciones azarosas, y no este montón
de restos de otros, esta multiplicidad ridícula. Mas
las condenas son condenas: el peso de mi casa
muerta rompe el puente débil del matiz
que, esfumado, dibujan las horas luminosas.
Fácil, tan fácil ser el ligero vagabundo
de siempre: que todo vuele, y al diablo el pasado.
Pero me ha caído tu relámpago, y de tan suave
mano que fue imposible esperar o prevenir: los climas
son tibios, ni siquiera llueve ahora. Ni el rock,
ni la quieta deriva del alcohol, van a liberarme.
Regalo bello y doloroso éste, el de este trueno:
quizá tan sólo el silencio sea la retribución
única. O hacerse el de este espejo, frío, vertical.
O quizás elegir el hermoso bar que conoces, la barra
respirando un beso, el tiempo que no quiere abandonarlo
a uno, este rostro maniático a la hora de dormir.
Trivial, dirás, hermosa, con tu boca sonriendo.
La clásica pena del que ha quedado solo,
porque no supo subirse al carro de la historia, porque
quedó preso de enigmas que es inútil escarbar,
porque le buscó la quinta pata al gato de la vida.
Es que tú misma no has visto, no puedes ver,
el hermoso y terrible vacío de tus ojos. En fin,
probablemente no viste a nadie. Yo mismo
estaba en otro lado. Los dos, como siempre,
nos equivocamos de lugar: tan sólo las seis letras
de nuestros nombres estaban, y eran otras voces
quienes pronunciaban esas viejas maldiciones
de dos sílabas. En el fondo nunca, nunca
dijimos nada. Fuimos más inteligentes. Nos envidiarán
hacia atrás, en el recuerdo, cuando el silencio sea
la única ley; por adelantados al tiempo, por la sonrisa callada,
porque ya triunfamos sobre esta edad final. Ahora sabemos
que vamos a morir. Es hora de irse a reposar la cabeza.
No hay nada que escribir, nada que plasmar
en telas. Hagamos el trabajo como el jornalero.
Acabemos con esta impostura.


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III

Una imbecilidad encima
de otra: estrato tras estrato
de estulticia, destella el metal
baluarte del mundo, pisa el suelo
y ahora, que no vuelvan sin noticias
dignas de fe. Caminaron
por la vereda, había un circo
donde el curso del río –famoso
por obscenidades de todo género.
He ahí la riqueza, pensaron
-le dijeron de vuelta a mi capitán-
cantan gritan saltan, mano
contra mano arrugada por el deslave
brutal. A lo lejos en Quillota
unas piedras, el fuego -el sello,
el oro viene desde acá, lo trae
esta bendita agua. Cada invierno
se agolpa y echa a perder
el suelo: en mi vida tierra
más húmeda. Juegan dados,
se emborrachan y brindan
hasta que no dan más –cada muerto
en Flandes se nombra. Hay
espectáculos en la noche.
La capitana corta cabezas.
El capitán hace la vieja rutina
del trigo derramado –en la mañana:
todos terminan aprendiendo
que este suelo es débil, que esta ciudad
se hace pedazos de vez en cuando.
11 de Septiembre: el capitán
llora sobre los registros
destrozados, corta una lonja del acta
de la fundación, la quema y termina ebrio
celebrando lo bien que baila
el mozo de los establos, la capitana
entra al edificio flamante tras
la batahola, arroja monedas blandas
sobre mesas atiborradas de mercaderes,
se divierte, todo tiembla aún
y ella baila porque jota y nueve –once,
once no más la mesa, estrato contra
estrato se friega y se remece; imbecilidad
tras imbecilidad, una encima
de otra. Imagínate. En vez de ratones,
vómitos fugaces y vanos
de pólvora, lado a lado del estero

Marga-Marga.





IV

Cae la noche sobre la litera-
tura, en litorales mal alumbrados
muere gente, se pasan la merca
a la salida, se guarda en el botiquín,
segura para que cuando lleguen –¡o sí,
cuando lleguen!- nada pase. Salen
un día a matar al poeta, no encuentran
sino arena agobiante, aromos rubios,
estrellas que titilan ante este melan-
cólico que todavía sueña. Cuando lleguen
-¡o sí, cuando lleguen!- se acaba
el juego, así que echan todas las botellas
a la arena, botan toda la basura
al amplio escenario de las olas
y hacen como si celebraran
amores y declamaran al universo
entero, la boca abierta y la vergüenza
a cien kilómetros. Empleados angurrientos
caminan por la casa del vate,
no hay aspirinas para este dolor
persistente en la cabeza, mas cuando lleguen
-¡oh sí, cuando lleguen!- hasta
lo que ya dimos nos será quitado, y una aurora
-cadenas rotas, sacros himnos,
nuevos nombres- dará al trasto
con toda esta masa penumbrosa.
No saben aún el daño que hacían. Les gustaba
mucho cantar. Toda la noche
contaban historias para que sus hijos
las contaran otras noches –cae la noche, siempre,
sobre la literatura-, y el diablo
les daba clases de guitarrilla, y después
en cualquier umbral, en cualquier
estación, dejan la gorra en el suelo.
Un amplio repertorio para la larga
noche –no olvidar la del arriero, no olvidar
la palomita-, repasan y repasan en la dolida
cabeza, no se les vaya a olvidar;
el poeta va a darse un baño, suban,
compañeros, la felicidad es este
nuevo amanecer, ha muerto alguien más
en la esquina, no prendan la radio,
déjenlo dormir.




BALADA DE LA APUESTA

Para S.

Parece simple empuñar la mano
y dejar las fichas en esta diabólica
mesa reglada: el croupier es un borracho
que sería mendigo sin esta ocupación
de estafa y juegos de mano evidentes
para el ojo bien entrenado. ¿Entrenaste
bien la pupila los doce años obligados y esos
cuantos más que hacen falta para ser
gente de provecho? Así que ves en qué
consiste este mercado de la usurpación:
ni la peor fiesta tropical dominguera
resistiría este tipo de escenas. Las tres patas
de la mesa del mercado del mundo cojean
y son de madera terciada. Todo se ha degradado
tanto, tanto, que obligados ponemos las fichas
en este gesto que parece tan simple. Pero hay
una diferencia. De vez en cuando tenemos que hacer
este truco: ocupamos con el cuerpo en pleno,
de un solo salto, la casilla, y la mesa
tambalea, las patas y la cubierta se despedazan
y dispersan, el resto de parroquianos miran,
aterrados. Y el borracho huye, pues reconoce
a un conocedor. El mundo es así de frágil:
un cualquiera como nosotros, torpe
lo hace caer; y siempre, siempre así, se gana
la apuesta, enteros para otro turno de baccarat,
otra larga noche en el casino, sonrientes,
vivo el color de las mejillas,
victoriosos.





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