miércoles, 15 de septiembre de 2010

1095.- HERNÁN VARGASCARREÑO


Hernán Vargascarreño nació en Zapatoca, Colombia, 1960. Poeta, docente, editor y traductor. Dirigió desde 1991 hasta 2007 el programa nacional Poesía Mar Abierto, en la ciudad de Santa Marta. Libros publicados: Plural, 1993; País íntimo, 2003; y de sus traducciones al castellano Almenas del tiempo (Edgar Lee Masters, 2003) y ¿Quién mora en estas oscuridades? (Emily Dickinson, 2007). Ha obtenido, entre otros, los siguientes premios: Premio Nacional de Poesía Antonio Llanos (Cali, 2000), Segundo finalista en el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá (2002), Premio Nacional de Poesía sin banderas (Bogotá, Casa Silva, 2003). Premio Nacional de Poesía José Manuel Arango DEL AÑO 2010.



POEMAS DE HERNÁN VARGASCARREÑO

Poemas del libro País íntimo

Trenes

Para El Guardagujas,
de Juan José Arreola

1

Una estación que ve llegar
trenes rojos
trayendo como único pasajero
la noche;
un día el sueño se cumple:
llega el tren rojo,
se baja la noche, y se instala para siempre
en la estación del olvido.

2

Los trenes que siempre han pasado
silenciosos, vacíos
y en su última ventanilla
un niño muerto
dibujándome un adiós
con su mano triste.

3

O el tren perdido,
el que nunca regresó
y tampoco llegó a su destino;
dicen que ahora es un fantasma;
a veces aparecen sus huellas
en los sembrados.

4

Los trenes deseados,
los que nunca humearán;
alguna vez nos despertará
su estrepitosa presencia ante el asombro de la Muerte.

5

El tren transparente,
repleto de hermosa gente transparente;
ahora pasa cada nueve lunas
ante el estupor de los aldeanos,
pero nadie lo comenta
por temor a que los crean locos.

6

El guardagujas perverso;
el que enredó los hilos metálicos
e instauró el Caos.

7

El maquinista de sueños
que añora su oficio
en la última estación.
Cómo anhela que los rieles
vayan más allá de su memoria.

8

El vendedor de boletos
que una tarde
vino a comprarse a sí mismo
un boleto sin regreso.

9

El tren de los dioses.
Pasa solo una vez.
Alguien se baja, gira la aguja,
borra la memoria de los hombres
y todo vuelve a empezar de la Nada.

10

El pregonero de rutas
que jamás ha subido a un tren.

11

El tren que sueña con ser tren;
cada vagón una pesadilla
y su único pasajero yo mismo;
una vez se bajó y vino
a tomar el café conmigo;
desde entonces compartimos
la misma tumba.

12

El tren de los cuerdos.
El que sí pasa puntual todos los días;
el que regresa con mercancías
y pasajeros nuevos;
hoy ha llegado con un cargamento
de ataúdes importados, veinte
prostitutas vestidas de monjas
y cien cerdos blancos y hermosos;
ese tren nunca lo espero,
sin embargo, es el único maldito
que me humilla con su presencia.






Estancia

Quien aprende a amar
los altos muros de su casa,
los lamentos que allí persisten,
los perros ancianos y silenciosos
que se niegan a morir,
aquellos peldaños que ya nadie sube,
los ruidos de la cocina y el espectro
de la madre ofrendándonos el café
y su bendición,
le será fácil aceptar
–mas no comprender-
que esa, ya no es su casa,
sino los altos muros de su tumba.






Relojes

Hay relojes que nos indican las horas,
existen otros aún más perversos que olvidan
un encuentro que no hemos de gozar.
Una gota cae: ¿cómo contará su tiempo?
Una flor se perfuma: ¿qué será la noción
de una tarde para ella?
Un relámpago nace y muere en un instante:
¿notará él su brevísima existencia?
Pero hay un reloj universal, eterno,
silencioso armonizador del Cosmos, del Todo
y de la Nada.
Su mecanismo gira sin ruido ni estridencias,
y alguien poderoso, oscuro, lubrica
perversamente cada pieza,
cuida bien de su eterno oficio.
Poca cosa para ocuparse de nosotros.
No contamos para él.
Nuestra insignificancia es absoluta.
Mientras aquí, adentro del alma,
nos apuñalan cada uno de sus segundos,
nos arrancan lágrimas, nos niegan caricias,
nos destrozan lentamente sus garras invisibles.




ACTOS LIBERTARIOS ANTE UN CRUCIGRAMA

Cuando aparezcan ante tus ojos, borra primero todos los cuadros oscuros; continúa con el entramado de las líneas incluyendo sus odiosos contornos y conjura con un gesto viril a quien pretendió encerrar tan exótica bandada de sueños.

Luego sácalas de tu casa memoriosa y lánzalas una a una o en parejas o como quieras. No interesa cómo caigan ni las trampas que hagan para liarse deslizarse o desplegar sus alas ocultas.

Ellas buscarán su orden o su desorden.

Algunas simularán dormirse, otras harán sus ejercicios pasionarios, y las más, no tendrán reparo en mostrar sus fastas o lánguidas desnudeces.

Degustarás el verdadero sexo de cada una y recibirás más de una sorpresa.

Lo importante es liberarlas, ser celestino con ellas (la profesión más noble, según Don Quijote), y prestar atención a sus deliciosos vicios y voluptuosos caprichos.

Deberás aprender bien de sus tácticas y oficios.

Ya sé que los crucigrameros nos odiarán por esto. Eso es lo de menos si has de tener a tu lado la fiel dulce amarga y ambigua alianza de las Palabras.





LA POESÍA

Para Mick Jagger

La poesía nos presta sus asombros, sus devaneos, las formas irrepetibles de una tarde, ese leve temblor de aquellos labios que hemos deseado en secreto, o cualquier otro deseo por fatuo que sea.

Algunos creen poseerla; ignoran que la poesía es hermana de la demencia; no se deja poseer; es ella quien posee, quien acoge.

Podemos ver a través de ella, pero no atravesarla. Su esencia no permite el otro lado, tampoco el de acá; no hay portones, pestillos, aldabas. No se entra o se sale de ella. Se está o no se está.

Momentáneamente puede ser un espejo. Pero ya. No da lugar a vanidades; solo a reconocimientos no muy alentadores. También es una sombra que pasa, o una luz, da lo mismo. Se piensa entonces en un espíritu o algo así; y hacemos bien en pensarlo. Para acercarse a ella hay que profesar actitudes místicas, demenciales o pasionarias. Quienes lo hacen están muy cerca; han tenido sus roces con sus bellezas y sus crueldades. La invitan a su mesa y ella acepta el pan y el vino. Pero no el pan y el vino en sí, sino la idea del trigo hecho alimento y la idea del licor hecho amistad y locura.

Y quien se resigne morirá lejos de su canto. Hemos de seguir intentando con la poesía, haciendo trueques con ella, intercambiando afectos, deshonras, nimiedades. Tal vez un día nos deje en casa un poco de su luz, o en la mano uno de sus talismanes, o en el pecho, una pócima de su dolor.





OFICIOS CONTRA LA POESÍA

Persuadir a cierto cuchillo
para que ignore el pan
y solo se ocupe de los enemigos.

Abrir los ojos de los muertos
que se resisten a ver
las vísceras del infierno.

Dirigir la flecha
al corazón del único guerrero
que podría liberar a su pueblo.

Desparramar sobre cierta palabra tierna
un olor pestilente y ocre
para que sea abandonada por los hombres.

Advertirle a un iluminado del mal
su secreta vocación para crear el Caos.

Pintar de verde pútrido
el rostro de los ahorcados.

Abrir las fauces del Terror
solo por capricho
de los dioses ignorados.

Provocar en un varón
–que desdeña la dicha por temor a su virilidad-
el Deseo acendrado en los labios de un muchacho.

Cimbrar el último estertor
en el bello ciervo
desangrado por los bellos tigres.

Purificar el lecho al que nunca podrán
llegar una pareja de amantes
que se consumen sin poder acariciarse.

Bruñir el odio mortal entre dos hermanos
para que al otro lado del Universo
renazca un dios perverso.

Cavar mi propia fosa
y morirme en los demás una y otra vez
sin poder abrazar mi propia muerte.



Venenoso Cicatero Retorcido y Malnacido
Amo de las miserias: ¿cuántos viles oficios más
tendremos que soportar contra la Poesía?






LOS RAROS

Aunque rara vez caen, van por ahí dando traspiés
contra todo, remendando la soledad, coqueteándole a
los árboles o prefigurando en las nubes terribles e
ingenuas batallas de diablillos enamorados;
los otros, solo se ocupan de ellos cuando de
criticarlos se trata, pues no saben entrar en la
inmensa posibilidad de sus actos y de sus palabras;
cargan siempre un extraño dolor difícil de definir
y sus abrazos ni son programados ni pretenden
ser otra cosa;
cuando los obligan a trabajar son objeto de burla
por su encantamiento, mas ignoran su inteligencia
atenta al mínimo susurro del viento;
en mi casa suelen dejarse caer algunos: los vecinos
cierran sus narices creyendo que huelen mal,
abren sus ojotes ante sus vestimentas y
agudizan sus oídos para tratar de entender lo que
nunca entenderán (mis vecinos, que son horribles,
se mueren de envidia, enferman y van al médico,
pero el médico no les halla nada porque los otros
siempre han sabido camuflar cualquier vergüenza);
pero sigamos con los nuestros:

si sientes tristeza, puedes contar con ellos,
si quieres hablar de cosas insignificantes, también,
pero nunca trates de enjaularlos en lo que llaman
“una personalidad estructurada”, pues solo los otros
soportan semejante suplicio;
un maúllo, una palabra vieja, una luna despistada,
un capullo de nada, un amorcito ajado, todas esas
cosas y muchas más puedes hallar en sus bolsillos
o en sus pupilas si tienes el privilegio de tratarlos;
para el sexo son música-marea-brasas,
dan tanto como quieren recibir y saben compartir
el dolor hasta volverlo trizas;
tienen el don de ubicuidad, y sin proponérselo
descrestan y desenmascaran a los moralistas sin moral;
cuando miran el agua son agua
cuando se echan sobre la tierra son tierra
cuando prenden un fuego son ellos los que arden
y así sucesivamente con todas las cosas bellas y feas;
y con el mismo silencio con que se embelesan
observando cómo una arañita entreteje su universo,
se duelen con los perros callejeros ante la crueldad
diaria y se instalan frente al mar
para soñar que siguen vivos;
por eso es imposible vestirlos de etiqueta
o llevarlos a un club social (sin que sean asociales)
o hacerles una propuesta deshonesta (como el matrimonio)…
pero invítelos a un vino
o a elevar una cometa
o a descifrar el llanto de los árboles envejecidos…

Nunca verás sus nombres en tarjetitas de presentación
ni tendrán jamás una chequera,
ni los oirás hablar sobre la devaluación
o sobre la “primura” de sus hijos,
que cuando los tienen, los creen pájaros y
los empujan a la libertad;
y tendrás que esforzarte para entender cuando te hablen de…
la melancolía de una fruta
el olor de los arreboles
la belleza cadavérica del amigo que acaba de morir.
Los raros (todos) ellas y ellos,
me han salvado enviándome unas alas cobrizas,
una nuez como brújula, un trocito de noche,
unos ojos para transparentarlo todo
y una bebida hecha de ganas de amar
tan grandes como de morir;
esos abalorios, esa pócima de amor y muerte,
aún me mantienen en pie ante la rapacidad de los otros.

Los raros ¡ay los raros!
sin ellos, no podríamos asistir al aleteo de la Belleza.






A LA VIDA VINE A VIVIR

A la vida vine a vivir.
Que no me falte la sagrada carne
ni el espíritu que la hace bella;
que tu mirada sea siempre
el espejo donde me pueda revelar;
que jamás jamás me abandonen los dioses de la poesía y
los avatares para llegar a ella;
que la noche no me niegue nunca sus alas
de vuelos alucinógenos y que el día
no me aplaste con sus esplendente verdad.
Que nunca me olvide agradecer lo recibido y
el ingenuo narciso que deje asomar de ninguna forma
sea malintencionado;
que el deleite del vino me secunde siempre
el fragor de la amistad;
que por el umbral de mi casa entren menos fantasmas
y más seres reales, pero con la condición de que
posean la belleza que ilumina la poesía;
que el universo aleje de mí –lo más remoto posible-
a mezquinos y fanáticos, maulas y malnacidos,
y que a cambio, no me falten
tus deseados labios que llevarme a la boca,
ni los árboles y sus cantos de pájaros,
ni el misterio de los gatos
o la hondura de la música y los atardeceres.
A la vida vine a vivir.
Pero no me lo hagan tan difícil,
que tengo pocas fuerzas
y estos tiempos son realmente precarios.
Abran paso. No estorben, no malquisten.
Déjenme alucinar con el horizonte de los sueños
y no metan zancadilla solo por envidia,
que soy yo quien debo gozar
mis propias alegrías y mis íntimas tristezas.
Miren que la vida regala poco
y todo lo cobra generalmente por adelantado.
Abran paso. No estorben. No jodan.
A la vida vine a vivir.






CONFESIÓN

Que no tengo personalidad ni quiero tenerla
Rafael Cadenas

Me confieso culpable de entender más a los animales
que a las personas
de solazarme días enteros ociosamente mirando pasar
las nubes mientras el mundo trabaja y trabaja
de haber tenido serios deseos/ de matar a unos cuantos
de no ser rápido para tomar decisiones y
pasar como un tontazo cuando no entiendo lo que
hablan a mi alrededor, por ejemplo, la teoría literaria,
el índice dow jones, la ley de educación, etc
de no haber aprendido a pintar para evadirme con
el furor o la tristeza de los colores
de aburrirme soberanamente
de desconfiar de los alumnos que pretendan ser
más imbéciles que yo
de no haberme fugado de casa cuando chico y haber vuelto
unos cuantos años después convertido en
prestidigitador o en trapecista
de no abrazar ninguna religión más que la naturaleza y
su poesía viva
de llorar cuando al alma le venga en gana aunque
últimamente eso ya no esté de moda
de tener pocos amigos y muchos amores idos
de soñarme a veces Don Quijote Minotauro Atila o
la hetaira más hetaira de la gran decadencia griega
de jamás ofrecer la otra mejilla/ sin antes sacar
el arma que siempre llevo conmigo
de haber declinado con el hachís /porque es tan
difícil conseguirlo
de no saberme bonachón ni estable ni dócil
de creer en el delirio en la insania en el caos
de no ser inteligente ni sagaz tanto como
despistado amnésico y abúlico
de haber sido feliz/ solo hasta la adolescencia
de que los demás me confundan conmigo/ cuando en
realidad me he pasado la vida sin encontrarme
de haber abandonado mi familia y ser incapaz de
convivir con alguien
de hablar solo o con los perros o con la lluvia o
con los muertos
de detestar el trabajo con horarios tanto como
los pésames y las condecoraciones
del gusto por abandonarme en mi hamaca y repasar
inútilmente en ella la película de mi vida
de haber deseado muchas veces que un enorme enorme
meteorito se estrelle contra la tierra y ¡zas! todo
(y todos) quedemos convertidos en pavesas, en
polvillo del universo
de amar a Emily a Charles a Kavafi a Dalí
de haber preferido ser un gusano en el buen sentido y
apetito de la naturaleza
de haber llegado a los cuarenta y seguir vivo usurpando
el oxígeno que otro aprovecharía mejor
de no saber engañar a los demás
(que de mí me encargo yo)
de aullarle a la luna y querer ser una sombra nada más…
en fin,
que soy culpable culpable de sentirme
débil olvidado ajeno prestado
presa de dichas y desdichas, aquí, entre todos ustedes,
cuando aún (dicen) puedo dar la cara,
pues una vez me haya ido
ni del hedor mío podré sentirme culpable.






LA HERMANA

La hermana que rumia un evidente dolor
y tritura un candor entre sus dientes;
la que nunca fue buena estudiante pero tenía
la mejor caligrafía y la más sólida disciplina;
esa hermana que pareciera tener por corazón
un alacrán;
con la que nunca me he dado un beso sentido
porque la gente recia de mi raza jamás nos enseñó
lo que es un abrazo y mucho menos un beso entre
hermanos;
la que no soporta un hombre por mucho tiempo
porque nació indómita altiva y cerrera;
la que decidió ser madre soltera y de madre
no tiene la más mínima vocación;
la que le da lo mismo una flor que un cuchillo;
la que se encierra en su corazón para
no encontrarse ni consigo misma;
la que resultó excelente enfermera y tal vez
haya amado heridos y moribundos en las
largas noches de los hospitales;
la que siendo siempre responsable no se entrega
no se rinde no concede;
huraña hiriente explosiva y atroz contra
los que se atreven a enfrentarla;
tan débil de salud y tan recia de carácter;
la que no sabe irse por las ramas ni conoce freno
en la lengua para esputar la verdad;
la que prefiere dormir a contemplar atardeceres;
a esa hermana, ¿qué odioso óvulo engendró su vida?
¿Por qué el destino la obsequió con toda su frialdad?
A esa hermana mía, muy mía, yo la amo por sobre
todas las demás, y cada vez que puedo,
sin que ella siquiera lo sospeche,
rozo sus bellas mejillas con mis labios
y con mi beso endulzo toda la hiel
que le heredó la vida.






TU VIAJE A LA SOLEDAD DE TU NOCHE

Para merecer los caminos del mar el hombre ha de ser su propia nave guiado por el pensamiento y la perplejidad de su lenguaje. Cualquier punto servirá como partida llevándose como equipaje a sí mismo, su carga delirante de recuerdos, su pasión apuntando a la deriva y su doliente Itaca fulgurando en la memoria.

Nada más acorde con los sueños que la aventura del infortunio; nada más certero que la propia incertidumbre y su íntimo dolor enfrentándose a su rostro; despertarse una mañana en tierra lejanas y encontrarse en una mirada que nunca volveremos a contemplar; descubrir que no es el atavío de la palabra poética lo que nos desconcierta sino su huella y su música profunda asestando nuestros sueños; avanzar herido hacia un puerto imaginado buscando alivio y protección; en fin, saborear la desazón de nuestro destino al cruzar el umbral de otras vidas desconocidas cuyas miserias nos están anhelando tanto como nuestras ilusiones.

Solo hay que dejarse ir, desnudar ciertos temores, sentirse, como lo somos, dueños de nada, y creer con vehemencia que el universo todo lo provee, desde la dicha del amar y ser amado, hasta el faro de la muerte vislumbrándonos en su justo momento.

Para alucinar los caminos del mar solo faltas tú como viajero. Aférrate a tu nave y no permitas que su quilla estalle antes de tiempo. Arrea su última vela, así esta sea tu propia alma. En una de las tantas rutas podremos cruzarnos; reconoce esta mano hermana, que más que un adiós dibujado a la distancia, alentará tu viaje a la soledad de tu noche.






¡AH, DICCIONARIOS!

Díganme que no es bella esta definición:

“Flujo de partículas energéticas desprovistas
de masa, que se desplazan a una velocidad
de trescientos mil kilómetros por segundo”.

Tanto esfuerzo poético-científico para definir la Luz,
para que el diccionario salga con semejante simplonada
cuando define
“Oscuridad: falta de luz o claridad”.

¡Qué falta de seriedad, señores enciclopedistas!
Si la ciencia y la poesía –que no ustedes-
contribuyeron a definir la Luz,
la misma poesía y la lógica elemental
podrían darnos una mano para definir Oscuridad:

“Inmanencia de partículas de la Noche Eterna, peligrosa-mente
atractivas pero desprovistas de toda presunción, las cuales
emanan del sueño profundo de los Dioses después de una intrincada
orgía amorosa en la que no hay poseedores ni poseídas pero
todos se entregan –al decir de Borges- y en la que el Tiempo
es infinita y deliciosamente imposible de medir”.

¡Ojo, señores enciclopedistas!
Los autorizo para que plagien en sus diccionarios
esta íntima definición de Oscuridad,
no sin antes registrarla en este libro
ante mis pocos lectores como testigos.
Su seguro, constante y atento lector,
Hernán Vargascarreño. Punto y firma.


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