domingo, 12 de septiembre de 2010

HERNÁN CASTELLANO GIRÓN [1.041]


HERNÁN CASTELLANO GIRÓN 

Hernán Castellano Girón. Nació en Coquimbo, Chile en el año 1937. Murió en abril de 2016. 

Fue un escritor y pintor chileno que incursionó también en el cine. 

Castellano Girón terminó la enseñanza secundaria en el Liceo de Aplicación en 1954 y después estudió Química y Farmacia en la Universidad de Chile, donde se tituló en 1960 (siete años más tarde comenzaría a trabajar como profesor en su alma máter).

Después del golpe militar de 1973, encabezado por el general Augusto Pinochet contra el socialista Salvador Allende, tuvo que abandonar su trabajo universitario y exiliarse, primero en Italia y, después, en Estados Unidos.

En la capital italiana fue investigador del Instituto Superior de Sanidad (1974-1980) y en La Sapienza obtuvo una maestría en literatura latinoamericana con una tesis sobre Rosamel del Valle (1981).

Ya en Norteamérica, sacó un doctorado (PhD) en la Universidad de Wayne, Detroit (1985) y al año siguiente comenzó a trabajar como profesor en la Universidad Estatal Politécnica de California, en la ciudad de San Luis Obispo, que dejaría en 2007 para regresar a Chile.

Reside en Isla Negra desde 2008, en una casa ubicada frente a la de Pablo Neruda, convertida en museo.

Como pintor, HCG (que así es como le gusta que le llamen), ha sido ante todo ilustrador de la obra de otros poetas como Neruda, César Vallejo, Rosamel del Valle, Vicente Huidobro y Federico García Lorca. Ha participado en numerosas exposiciones colectivas y ha realizado muestras individuales en Roma, Detroit, Santa Bárbara y San Luis Obispo.

El primer libro que publicó fue uno de cuentos, Kraal, en 1965. Ha continuado practicando este género, además de escribir poesía y novelas. Sus artículos de crítica literaria han aparecido en diversas revistas especializadas, ha participado en variados festivales y algunas de sus obras han sido traducidas a otros idiomas.

A principios de los años 1970 incursionó en el cine, rodando Nosferatu, una escenita criolla, película en la que el mismo HCG interpretaba a un cura loco. Aunque la terminó antes de que llegara la dictadura, no la pudo editar completamente y la tuvo que enterrar en el patio de su casa: el problema era que el filme, una adaptación libre de Drácula de Bram Stoker, «tenía alusiones a Patria y Libertad al mostrar unas arañas con las formas del símbolo del grupo armado de derecha, arañas que infectaban al pobre vampiro». El título es una parodia al del primer filme de vampiros (también basado en el personaje de Drácula)", del director expresionista alemán Friedrich Murnau: Nosferatu eine simphonie aus grauens (Nosferatu, una sinfonía del terror; 1922).

Aunque tiene una docena de libros publicados, Castellano Girón ha sido en Chile "un escritor casi secreto", desconocido, lo que se ha debido en gran parte probablemente a su largo exilio. El mismo autor, sin embargo, considera que su "pecado mayor ha sido uno sólo, ser original, llevar adelante un discurso que no calza con ninguna de las líneas aceptadas y aceptables sobre todo en narrativa".

Reconocimientos[

Poeta Laureado de la ciudad de San Luis Obispo 2000-2001

Obras

Kraal, cuentos, El Viento en la Llama, Santiago, 1965
El bosque de vidrio, cuentos y collages, Ars Nova, Santiago, 1969
El automóvil celestial / L'automobile celestiale, poesía, Gea Edizioni, Bari, 1977
Teoría del circo pobre, poesía, Ediciones Cordillera, Ottawa, 1978
Los crepúsculos de Anthony Wayne Drive / Twilights of Anthony Wayne Drive, poemas, Operation DOME Press, Detroit, 1983
Otro cielo, poesía, Ediciones Sur, Concepción, 1985
El ilegible: las nubes y los años", novela corta, Ediciones Sur, Concepción, 1988
Calducho o las serpientes de calle Ahumada, novela, Planeta, Santiago, 1998
Un Orfeo del Pacífico, antología de Rosamel del Valle, LOM, Santiago, 2000
El huevo de Dios y otras historias, cuentos, LOM, Santiago, 2002 (Extractos en Google Books)
Nosferatu, una escenita criolla, guion e historia fílmica, Tralcamahuida, Isla Negra, 2009
Las palabras ásperas, ensayo, Ediciones Una Temporada en Isla Negra, 2010
Llamaradas de nafta, novela, Cuneta, Santiago, 2012
Espectros, novela, Ediciones Una Temporada en Isla Negra (según el autor, es una autobiografía fantástica, que había comenzado en 2007)6
El Invernadero, novela, Cuneta, Santiago 2013
Coral de invierno / Winter Chorale, poesía, Ediciones Una Temporada en Isla Negra, Isla Negra, 2015.








LA AUSENCIA

Pero también la ausencia es un milagro, un claro
Milagro engendrado en lo más hondo de las vísceras
Magulladas como pista de carreras
De pingos tan infatigables como exhaustos.
En la ausencia nos comemos la comida bien caliente
Y sorbemos gota a gota el néctar
Que se preparó hace tantos años, cuando a su vez
Cada uno era ausente y desconocido del otro.

Es la perfecta ausencia la que forjó nuestros rostros
Que se miran viendo el hueco fosforescente
Dejado por los cuerpos que éramos
En los cuerpos que somos, en sus auras danzantes
Y en el polígono de tiro donde nuestras palabras rebotan
Como balas disparadas por un ciego, arrasando
Con la ternura y el silencio, y con los objetos innumerables
Que lentamente formaron una pirámide en torno de nosotros.

Cómo no estar ausentes en medio de esa montaña rupestre
Y cómo no buscar las huellas de los pasos perdidos
Tropezando a cada paso en ruinas, zapatos, cintas, platos sucios
Incluso las hernias que antes tenía, se me devuelven en la ausencia
Y crecen en mi rostro como pámpanos.

También mi ausencia son los chinches
Que me picaron en la noche austral
Donde llegaba como un sueño a ti
Despejada y ausente y por ello mismo, más cercana
Que cuando hablamos frente a frente sin poder entender
Una palabra sola del discurso mutuo, porque cada uno habla
Para sí mismo, y se responde hacia dentro, sumiendo las palabras
Como si fueran sollozos o espinas de pescado.

Ah qué bello sería si la ausencia
Se trocara por una vez en presencia
Por ejemplo si yo llegara y me fuera a la vez, y si el que llegara
Fuera el otro, el ausente, el mejor, el bueno:
En un solo milagro podríamos identificar
A los vivos y los muertos que llevamos en nosotros
Y los pedacitos de alma buena
Y los otros pedacitos también, sí, los otros
Los que nos oscurecen como un enigma resuelto
Por un Edipo despistado del todo
pero también claro, transparente:
El rostro de los que fuimos.

Este es un poema escrito para ambos, y puede servir
Para algo o para nada, porque los poemas no sirven
Si no traen una mirada nueva que despierte a la vieja
O si no abren la puerta que nosotros mismos cerramos
O tal vez, nada, después de recibir nuestro luto y dolor
Y hacer de eso una semilla, acaso ahí esté todo
Y el ausente sea presente y viceversa
Como cuando cambiábamos
Instantáneamente la lágrima en sonrisa
Y entonces éramos otra vez nosotros.

Día de San Valentín, 2004



LA MUSA DOLIENTE

La musa de los desesperados
La pincoya de los desesperados
Los que se pusieron un sombrero naranja con cinta verde
Y la barba perfectamente recortada en triángulos isósceles
La que fue robada del corazón de otro que agonizaba
O bien dormía muy cerca de ella, cerca de un barranco
Y un camino donde los ciervos iban a abrevarse
Y tenían que caminar mucho, mucho, muchas leguas
Para encontrar un arroyuelo en medio de casas
Habitadas por profesores ya muertos
Y por guacamayos que sabían proferir una que otra palabrota.

En este eclipse total de luna saldremos a verla
Por si en el astro comido por un dragón chino
O por una tortuga con apetito insaciable
Aparece desnuda, como las ninfas solían darse
Al delirio de los sátiros, que conocían
A la perfección los senderos frecuentados por las bellas.

En la ribera del lago, Nereida asolea sus muslos
Prietos y morenos como torneadas espigas de canela
Que vinieran recién llegando de la Nada y regando
Su misterio para los ojos sin luz que la veían
Sólo en la transparencia de las noche tristes
Las que traen lágrimas sobre todo
Y también el cólico miserere, que suele premiar
A los más descabellados en el propósito
De amar sin sentido, sin norte ni destino, sólo
Por el acto cabal de herirse lo más profundamente posible
Para ver si en el momento que nos desintegra
Vislumbramos su imagen y sonreímos
Con la paz bobalicona que traen las consumaciones
Las tempestades eléctricas con rayos
Que se precipitan sin vacilar encima del único ojo
Que permanecía abierto.

25. 10. 04



NADA MÁS QUE UN CORAZÓN SOLITARIO


Nur wer die Sehnsucht kennt…
Tchaikovsky

Nada mejor que embriagarse, saturarse con el kitsch
De la canción que, en su inocencia, habría ablandado las piedras
Porque la intención es más bien sollozar con la música
De una melodía muy bella, tan bella
De no merecerla estos versos, nacidos de soslayo
Escritos con el mucílago de los que nunca olvidan
Las ofensas y las alabanzas que bocas agrias
Por igual profirieron mientras el cielo
Lentamente cambiaba de sitio.

Era la precesión de los equinoccios, que nos daba
Estaciones del clima, luces crepusculares y atardeceres rojos:
La Era del Toro, donde las tripas de hombres y animales
Estaban más tiempo vaciadas por tierra que dentro de los cuerpos
Y luego la de Aries donde nos quemaban a todos
En los altares de Baal y de Moloch.
Y en la Era del Pescado, los peces del océano
Venían a besarnos en la boca, como ese atún del cuento
Que besó a Pinocho fuera del agua.

En cada tiempo le hicimos puntería a los ojetes de la muerte
Que tiene tres, dice la leyenda, tres choros velludos
Con perfume adormecedor, tres copas de succión de la vida
Porque la cópula con la muerte traía necesariamente
Una especie de resurrección, una risotada al menos
Y luego un letargo bueno para hibernar
Para dormir tremendas siestas de paranoicos dopados
Y para quedarse en un rincón o una tapia
Tratando de bajar la luna como lo hacían los Quijotes
Y los niños consentidos.

Porque volvíamos a la infancia, al encantamiento
Y a la canción que tantas veces cantamos, en horrendo alemán
Pero con el corazón pleno, como si sospechásemos
Que todo ello mucha falta nos haría cuando todo faltara
El tiempo, desde luego, la piel del amor
Porque los hombres no lloran
Pero se suicidan.

Ahí, muy cerca, Saturno se daba
Su segunda vuelta por el cielo esa mañana, sabía
Que cuando se ponía insoportable había que destronarlo…

Así, en los burros celestes cabalgamos
Las estaciones más dolorosas y en eso
Todavía estamos, oh corazón solitario por sobre todo
Porque así estará para siempre el que persigue
La Fata Morgana, el beso del hada, el vuelo del moscardón
Los prodigios del fantasma, los fuegos fatuos
Quemando el interior de la retina
En el viejo cerebro, tu desolado laberinto.

31. 8. 04



LA NOVIA DEL LAGO


leyendas chilenas

Ahora recorramos otra vez los caminos del dolor
A patita o en tren, vagón de tercera antiguo
Como esos donde había ebrios y cerdos aterrados
Acezando y chillando por la muerte que se les venía encima.

Caminemos sin caminar, sin llegar a ninguna parte
Los que estamos juntos por la ilusión
Pero separados por el destino
Que manda sobre todas las cosas
Y nos traza dibujos quemados a soplete
Más abajo de la piel, empujando
Las compuertas de nuestras aguas al vacío.

Allá en un lago muy lejano, al final
De todos los caminos, cerca de Yumbel
Se dice que una novia blanca camina
Sobre las aguas como si fuera una Jesusa en camisa nupcial
Que tuviera un camino más ancho que la muerte
Donde esperar a su novio designado
O a su propia ilusión cocinada en los alvéolos
Del cerebro maquinador y esclavo de sus vicios.

Esa novia es la novia de todos
Los que alguna vez esperamos y no tuvimos
Pero también de los que tuvimos sin espera alguna
Salvo la de infinitos años signados por rasguños
Que despedazaban y a la vez recomponían
Todos los vericuetos del alma.

En ese lago también, cuando la realidad
De verdad existía, había cueros acechando
La profundidad del ojo de agua, que decían
Llegaba hasta el infierno o muy cerca de él.

Los cueros se comían vivos al ganado
A las especies aviares inocentes y a los hombres pecadores
Y como en el dolor es cuando se se escriben los versos
Ahora lo escribimos para recordar esas muertes y maravillas
Y recordar también esos pasos que nunca dimos
Mientras el sueño y las ideas cabalgaban juntos.

Ahora que nada parece posible
Y que un cuero más grande que el que pudiera existir
En el lago más vasto del planeta
Nos devora desde el cielo, la tierra y las aguas
Corrientes y estancadas, ahora mismo
Es posible soñar otro poco
Y caminar sollozando y orillando ese lago
Donde hay una novia y un cuero esperando
Cada uno esperando hacer lo suyo sin reparos
Bajo la luz de un plenilunio espléndido
Para que el orgasmo y la agonía sean
Las dos mitades de lo que nos desmenuza y nos siembra.

17. 10. 04





PANNONICA

Allá en la iglesia de Harlem
Thelonius Monk yace muerto
En un ataúd de terciopelo morado
Como un obispo triste que llegara de lejos
Y con una sonrisa sardónica en sus labios arriscados
Pero también morigerados por la muerte.

A su lado se sentaban Nellie su esposa y Pannonica
La baronesa flacucha que también compartió su amor
Y su odio, sus demonios, y el humo
De miles de cigarrillos negros. También el amor
De unos cuarenta gatos que ya serán polvo del planeta.

Eran lindos y trágicos, aquellos gatos
Como lo era el Hudson, lleno
De témpanos grises del petróleo, y gaviotas ateridas
Que buscaban algo más sustancioso que la muerte.
Al menos, un trozo de pescado vivo.

Ambas, Nellie y Nika, ya estaban más allá
De los celos, como si el viejo Nietzche les hubiera dado
Su bendición escalofriante, a la vera de ese ataúd
Que saldaba todas las cuentas de esta vida y las otras:
Crepuscule with Nellie .

Pero antes, mucho antes
Los acordes de Pannonica sonaban en aquella casa
De New Jersey, con todos esos gatos
Refrendando el milagro de existir y donde
Le estaba designado morir. Ahí Monk
Sonreía como si llorara, como solía hacerlo
Al sentarse al piano, hilvanando su exquisita
Balada de amor hacia la otra, que era ésta
Al lado zurdo del Hudson, del Leteo
Que es el río imposible de cruzar en vida
Y lloraba Monk lentas lágrimas sucias
Porque los amores le salían caros
Porque siempre la música estaba en la otra ribera
Porque los gatos pedían
Más carne cruda y menos galleta marinera
—Y Nica se la daba generosamente, como todo, perfectamente
Cortada en cubitos: se la ve perfectamente
En Straight No Chaser —
Porque el sueño y la vigilia se devoraban mutuamente
Al llorar, que era como reír y viceversa.

La música con su verdad llegaba a borrarlo todo
Y a sostener su miembro flácido y a llenar los alvéolos
De sus pulmones con oxígeno de otro planeta
Donde se hubiera nacido al revés
Como en ese cuento de Calvino en el que se nace viejo
Un esqueleto danzante y se muere
Siendo un feto que desaparece
En la jeta de la Nada.

Y entre canción y canción puede irse una vida
Pero también ella se recrea, renace de las cenizas
Que se esparcieron de los cigarrillos y de los cuerpos
Mojados por el fuego de sus propias contradicciones
Y desnudos, por fin, del regocijo y la angustia
Entre gallos y medianoche o alrededor de ella
Cuando la música se convierte en luz
Y ese viento zodiacal arrastra tu nombre.

11. 3. 04




CANTO DE LO OSCURO

Afuera aúllan los coyotes
En el horizonte del Hollister Peak
Esperando una luz que se abra todavía más lejos.

Allá afuera también caminan los gatos entre los sotos
Como si fueran las sombras que antes teníamos
Entre ceja y ceja. Y las arañas tejen las telas
Que en un momento muy próximo, mañana acaso
Podremos ver a plena luz como ejemplo de lo insólito
Que el destino aún puede dejar a nuestros pies.

La vida es una hoja de papel en blanco:
Siempre afuera, el árbol centenario, la encina enana
Se apodera de otra gota, la última, de rocío
Cuajando en sus ramas que vieron otros siglos y otros soles
Cuando aquí había osos, iguanas, y muchas moscas amarillas.

Mi rostro viejo se hiela con ellos, los gatos pobres
Bajo esa luna tan simple como para repartir
A cada mísero habitante un poco de su plata fundida
Y sumar a cada momento otro momento mágico:

Temí por mi sombrero y lo hallé
Colmado de plumas de quetzal:
Un antifaz me buscaba para terminar mi cara.
No sabía que era mejor morir que ser enterrado
Y que el arcoiris también estaba hecho de sombras.

Mientras buscaba un libro de Felisberto Hernández
Tropecé con los gestos que mi boca exhibía
Con desidia, con gusto, con orgullo académico:
En un par de huevos fritos encontré consuelo…
En el hemisferio doliente de una uña…

Duele y duele todo este trabajo del noble hígado
Buscando preservarme, preservar
El instante ínfimo en que creemos existir
Como espíritus dilectos. En cambio
Los animales sufren en silencio bajo la luna
Tienen sueños exactos sobre la muerte y despiertan
Cuando viene otro rayo con su mensaje cifrado a la conciencia:
Así en su dolor y su pobreza otra esquina del mundo se abre
Mientras nosotros dormimos torturados
Por las mismas visiones que creamos
Mientras el Don Diego de la Noche vela
Sobre nuestras caras lívidas, ya que la espera es larga.

Otra vez los pobres animales podrían hacer un coro o un corro
Un apretón de garra o de pluma, un saludo benemérito
Entrando o saliendo de ese espacio donde nuestras almas escaparon
Y buscaron desaparecer o conjugarse
En el silencio del bosque, donde más de una marmota escucha en su cueva
Y donde los pajarillos, cabeza bajo el ala
Protegidos por los buenos fantasmas
Esperan la mañana para considerarnos en sus trinos.

Ojo al charqui, ojo a las Musas
Que es el momento de escuchar a Stan Getz, solos en la noche
Que nos abriga y nos da sus caramelos de luz y de plata
En las huellas de los caracoles.
Hay una almohada para cada tragedia
Y un grillo que, oculto dentro del cemento de la pared
Suena con su cricrí como el de los lejanos colocolos en El Molle
En casonas donde se respiraba el aire de las estrellas
Y mi madre y mi tía con los Apey cabalgaban burros de prodigiosa inocencia
Y destreza para atravesar los ríos del valle de Elqui.

Allá abajo están, donde está todo frío
Y duermen los gatos enroscados
En sus cajas de cartón con mis suéteres viejos
Y donde los ojos de las otras criaturas
Despiertan del sueño de los sueños
Para vivir otra vez y otra vez y otra.

Mi rostro blanquecino les da la bienvenida
Y hasta los poetas regresan, en el rocío de la luna
Y en las copas vaciadas del vino del estío
Porque es el invierno allá en el Sur
Ese mundo donde aún estoy
Y donde todo lo perdí y todo lo tengo.

Mayo, 2004



CHEYENNE, WYOMING          

Detenerse una vez, un rato largo
En los lugares que la muerte engorda
Entre montañas  dientudas, como las que amenazan
Los sueños de los hombres probos.

Cheyenne, Wyoming:
Un punto invisible en medio de la Nada.
Ibamos encapsulados, secuestrados en un bus
Reservado a parias, convictos, fugitivos
Y nos detuvimos por inercia
Para degustar un café barroso, negado además
Por una rubia rolliza con couperrose
Porque ahí tener acento hispano era peor
Que andar salpicando a los vaqueros
Con sangre contaminada de SIDA.

Y de haber vaqueros, sí que los había:
Eran como fantasmas embadurnados
Con brea o regaliz que no era de este mundo.

Ataviados con sebosas gualdrapas de cuero
Se estaban ahí parqueados, tirándose las pelotas
Afuera del café de la estación del Greyhound.

Te miraban con un odio tan inmenso como inocuo.

Ese mismo odio los tenía petrificados en el pavimento
En su capa ligera de escarcha
Con lodo y esputos rojizos de tabaco.

Los miré a mi vez con compasión infinita
Porque no es indispensable ser un cabrón, un pendejo
No es completamente inevitable recoger
Todos los gérmenes de la canalla.

No necesitamos lamer ese suelo
Cubierto de peanut butter, cuidadosamente batido
Con los orines de los últimos soldados de Custer
O con la sangre de los que murieron en Wounded Knee.

En Cheyenne, WY, uno pisa y recorre
El más completo vacío que pudiera existir
Lejos de un hoyo negro:
El vacío del alma y del cuerpo juntos.

Sólo cabe volver al bus moqueando y vertiendo
Lágrimas de cocodrilo: precisamente
Uno de ellos acababa de devorarnos.

Hay que volver, sí,  al bus pringoso, infecto
De emanaciones  malignas, radioactivas
Donde un negro ronca ya en tu asiento usurpado
Y hay que buscar otro en esa maraña
De cuerpos dormidos donde el sueño es un enigma
Menos oscuro que el acto de estarse ahí parados
Musitando blasfemias dirigidas a Cervantes
O a Quevedo, o a tu Santa Madre.
Lo maravilloso es que ellos
Jamás supieron del Siglo de Oro
Ni de ningún siglo semejante.

Luego el bus se pondrá en movimiento
Nunca más en la vida veremos ese paraje:
Agradezcámoslo con una ferviente plegaria
Y un pedo silencioso que permanezca ahí
Por mucho rato, flotando y congelándose
Para ser respirado por las generaciones venideras.

31.1.08 



EL  JAZZ

El jazz, miel de la noche y del día
Armonía de los difuntos, caramelo
Donde tus molares rotos se recomponen
Y reviven el piano donde tocaba Art Tatum
Y tocaba tu tío Cochecho, y el gringo Carnegie de Coquimbo
Que se parecía a Leslie Howard y como Glenn Miller
Murió piloteando un avión entre Inglaterra y Francia.

Con el jazz mis huesitos cantan y cantarán
Porque cuando ellos sean música, habrá un xilófono
Salido de mis despojos, donde Lionel Hampton
Hará de las suyas, o serán los palillos de su batería
Que percutirán la piel tensa del universo
Arrojando estrellas de la nada a la nada
Como si fueran migajas o chinches.

Con el jazz se hace menos dura la falta de amor
Y en su exceso o plenitud, también el jazz
Se convierte en orgasmo, para los amantes
Que sepan entregarse a su sabiduría
Como instrumentos pitagóricos del más allá.

En ese interminable país del silencio, donde los que sueñan
Se llevan cada uno una trompeta a los labios
Y donde hay un piano de marfil y ébano en cada esquina
Y las palomas se arrullan con semifusas
Y con las armonías suculentas de Al Haig
Ahí buscamos en nuestros bolsillos el espejo
Trucado de Nostradamus, donde finalmente
Se halla escrita la cuartina que nos lleva al Carnegie Hall
El 16 de enero de 1938, cuando Goodman descartuchó
A los cartuchos para siempre y donde quedó un disco
Que será el tesoro de esta vida que nos llevaremos a la otra
Y Anubis será convertido a la música sincopada
Para iluminar las tinieblas del Reino de Occidente.

El jazz merece continuarse en ese reino imposible del otro lado
Porque si hay algo que vale haber conocido en esta vida
Fue la trompeta de Miles Davis
Doliente como un ruiseñor que se muere cantando
Escuchada en los arreboles de un ocaso, junto al mar
De Isla Negra o en el Lungomare de Génova
Donde una vez encontraste a Jorge Toro
Haciendo eses, borracho como la pelota goleadora
Que se le había perdido para siempre.

Hubo un tiempo en que bastaba
El pianito de Fats Waller y su cascada de luces
Para ser felices hasta las últimas consecuencias.

Después las cosas cambiaron
Se murió Fats Waller en un tren expreso
Que a su vez iba rumbo a la muerte y todos los de su Ritmo
Slick Jones, Herman Autrey, Al Casey
Gene Sedric y el resto de la tierna banda
Bajaron también a tocar el Baile de los Negritos
En un subterráneo sin fondo y sin salida.

Sin embargo
En ese misterio que somos o que fuimos
Bastará un acorde de piano de Bill Evans
Para volvernos a la vida, por oscura e indecible
Que sea la noche donde habremos de morar
Y por ancho e innombrable que sea el río
Que deberemos atravesar a su tiempo
Allá lejos o aquí mismo
Entre las argucias de la piel y la memoria.

Hay que recordar para existir:
Con las sombras no se juega.
Y menos con tu oreja cortada
Que cuelga de la noche.

27. 1. 06


EL  PADRE  MUERTO

Allá abajo, volviendo
Del abismo azul de los sueños
Con sus manos de artista negado mientras vivió
Mi padre muerto me trae a mi gato muerto
Apenas ayer, en el anillo espantable de los días
Donde estoy mascando ceniza en la vigilia
Y en el sueño, vienen imágenes de otros horrores
Mezclados a las del amor despojado de todo límite.

Allí una sílaba pronunciada equivale al silencio de años
Y una palabra puede remontar el río
Que alcanza al cerebro mientras duerme
Pero lo mismo pena en sus hemisferios desiguales
Y del mismo modo  nos sumergimos
En los misterios diáfanos que se resuelven muriendo.

Allá en ese territorio infinito
Que los muertos poseen para su goce
Más allá de los sentidos
Allá mi padre puede traerme por unos minutos a mi gato
Y mostrármelo junto a una ventana abierta
En un patio con geranios como el que había
Donde juntos existimos en el tiempo ido.

Vamos pues a dormir
Que mientras más largo sea el sueño
Mejor será para poder encontrarse
Todos los que fueron y ya no son
Todos los que fuimos y ya no somos
Todos los que ahora son, pero tampoco existen.

15.  12.  05


HIMNO DE LA NOCHE

La luna creciente ha desaparecido, la niebla
Se la comió hace tiempo, lo suficiente
Como para aniquilar todos los deseos: con la luna ida
Llega la obsequiosa muerte a masajearnos las costillas
Y a pronunciar una sarta de palabras vanas.

Pero también con la noche los mapaches llegan
A satisfacer el más elemental de los deseos:
Comer  una mezcla de pirulos de comida de gato
Junto a la baba seca que yo les deposito cada noche
Con mi piel que se descascara como la de una vieja serpiente
Que decidiera mudársela por una última vez en su vida
Para vivir otro agosto, y que sabe a la orina de la Parca
Y al último pétalo de una rosa inexistente.

A esta hora de la noche, hay que reconocerlo
Con una sonrisa que al menos se nos abre sin reticencias
Gran parte de nuestras miserias se atenúan o disfrazan
Y el corazón va deteniéndose en su fuga, acólito
De las epifanías donde nos masacraron
Y donde en vez de agonizar, respiramos hondamente
En los pranayamas  aprendidos hace cuarenta años
Y olvidados justo a tiempo para que pudiéramos envejecer
Sin gran remordimiento, sin vacilaciones o tartamudeos
Porque  las palabras, en ese estado de gracia, salen solas
Bendecidas por el silencio mortal de la niebla
Que sólo triza el graznido lejano del búho
O, todavía más lejos, crujen las bellotas
Pisadas por los gatos vagabundos y por los venados
En busca del agua que ya escasea, porque es junio
Y tal vez no lloverá en otro siglo más, por suerte.

Los caracoles son quienes lo agradecen más:
Ya no serán ahogados por la lluvia insensata, pero ellos ignoran
Que un sol igual de inclemente, camuflado bajo la niebla
Los secará y los dejará inmóviles para siempre
En la puerta mecánica de mi garage
Que esconde todos los secretos del universo.

Ahora que está de noche, ahí mismo se oculta
El secreto de mi nacimiento, el por qué me trajeron
Defectuoso en medio de un mundo de efebos
Que emergían debajo de las piedras como cascarudos.

En todo espacio que está solo y  aparentemente duerme
Durante la noche primordial, ahí tengo un nido
Y un paraíso perdido donde podría resucitar un día
Entre las arañas muertas y las hormigas que sí son inmortales
Por toda una estación esquiva, cuando somos o no somos
En medio de una oscuridad tan vasta y tan cadavérica
Como para apegarse a tu piel, musitando canciones de cuna
Mientras tus dolores se atenúan porque se van a otro sitio
Como el padre Jon[1] que se va a atormentar a un buey o un ratón
Después de desgarrar impunemente tus tripas.

Pero ahora tengo un dolor clavado en medio de la espalda
Un dolor que no se va, que no querrá irse sino hasta el alba
Donde ni yo ni tú, ni los gatos ni los coyotes existimos
Porque las criaturas de la noche sólo pueden abrigar
Una leve esperanza cuando todo ha desaparecido.

7. 6. 05  enfermo del ‘mal de vivre’



           
MARIACHIS

Desde hace unos años que vivo rodeado de mariachis
Cuando abro los ojos y cuando los cierro
Hay mariachis que suben y bajan detrás de los párpados como moscas de la fruta.
            Cuando meo, mariachis cristalizados caen con la orina, y suenan con ruido 
            de arenal en el resumidero.
A menudo me cuesta sacar los mariachis que se atascan en las muelas, me cuesta escupirlos
Porque con tanto violín, tanta trompeta, a veces tengo que estirarme las fauces
Como apagando un incendio o confesando una mentira.

Si llego a casa, hay mariachis esperándome en el vestíbulo junto a la ropa colgada
Y también al acostarme, tengo que sacudir
Los mariachis que se quedaron enredados en la sábanas
Como migajas que tocaran las Mañanitas 
Cantadas en muy lejanos cumpleaños por  mi tía y mi madre.

Tengo sueños malos con mariachis, sueños que al despertar se repiten y, coloreados de azul,  me esperan hasta que oscurece el día.
Una vez en Mazatlán, Culiacán, Sinaloa
Vi unos mariachis congelados, petrificados bajo la luna:
Desde las orejas le salían enredaderas y plantas carnívoras.
Un dardo rojo me llegó desde una de ellas, y una lata de cerveza Tecate.

Hay mariachis persistentes, cuyos guitarrones retumban en las tripas
Y cuando amanece temprano se precipitan del vacío, rebotan en el suelo
Y hacen daño si te caen en el pescuezo.
Con sombrerazos siempre,  con ese picor que viene de sus enormes alas
Que han de cubrirte la vista de todo cuanto importa ver
Como el velo marítimo que enfría la costa en el verano.

Cuando llega el domingo, no menos de tres grupos de mariachis han de tocar tu puerta
Pidiendo desayuno, exigiendo huevos rancheros y finalmente conformándose con comida de gato.
Se alejan matutinamente, se alejan pero no te dejan
Los mariachis llevan sangre caliente, llevan agujas de oro y plata
Clavadas en los pantalones bordados, y también en las ingles
Y pueden llorar cuando no se lo esperaría, esto es antes y no después de cantar
Mariachis esparcidos en la alfombra como polenta verde y roja.

Hay mucho tequila, también
Una marea de tequila abraza los verbos y los pronombres,
Los descabeza apenas nos callamos y quedamos mudos como consecuencia:
La falta de tequila es peor que la abundancia.
Cuánto tequila, cuánto tequila, madre santa
Cuánto tequila nos falta para completar otra tarde angustiosa.

Ay si no viera ni escuchara ningún otro  mariachi, mi vida cambiaría
Pero estoy en este mundo, y voy navegando este río
Río inmutable donde hasta los piojos son iletrados
Y donde hay mariachis abusivos que crepitan al estallar.

Mariachis que no te dejan hablar sino en su idioma aprendido en las letrinas, y cuando lo repites
Esa lengua cambia, como si un mago estupendo te horadara la boca
Buscando a su vez mariachis atascados, trompetas inmaculadas,
Pero el camino es largo y está lleno de hoyos
Que los mariachis practicaron con sus rodillas, con las huevas
Y está flanqueado de una selva de acacias y sicomoros
Que antiquísimos mariachis plantaron, antes de que hubiera un solo hombre
O un solo mono en este mundo.

Porque es un hecho irrefutable que los mariachis llegaron antes que nosotros a la tierra
Y aquí se quedarán cuando yo esté más muerto y olvidado que una palabra que nadie pronunció en un millón de años
O una luna que nunca salió en la oscuridad de otro mundo.

2003


EL LABERINTO DEL SAPO

Cuando se navega en el laberinto
Y uno se acerca a la salida
—que es la entrada—
El Minotauro ya no intenta devorarnos
Porque ha hecho las paces con todo los viejos trucos
Y con nuestras raíces germinadas en el barro.

Ahí los misterios comienzan a develarse y los rostros
Al borrarse descubren su imagen real.
Por ejemplo, cerca de la salida
Ariadna aguarda con intensa esperanza al sapo
Que en verdad  parece príncipe
Y ella, que antes encontró la salida, ahora encuentra
Únicamente  la entrada.

En el presente desolado sólo puede entrar al laberinto
Llevando  su hilo mortal rasgado de su camisa.

Ella espera y escucha:
El beso de Ariadna transforma al sapo en príncipe:
Lo ha dicho la conseja desde siempre.

Pero la verdad es que el sapo sigue siendo sapo
Aun transformándose a la vista de ella y de todos
Y el príncipe en su aroma de sapo,  hecha al mismo tiempo
De mentira y verdad, en la pantalla efímera del aquí y ahora
Se niega rotundamente a perecer
Como sería de rigor con todo tiempo presente.

También la verdad es que el amor
Hace ver a cualquier sapo como príncipe
Y en su presencia el bostezo se transforma en sonrisa
El muro en ventana
Y el sapo—que ogro no es, pero mucho menos ángel—
Se viste de príncipe en el transcurso de un breve o interminable sueño
Y en ese sueño la palabra
Vuelta indescifrable en sus infames circunstancias
Se muta de cieno en agua cristalina
La ofensa se vuelve halago
Y las miradas de fastidio y tedio
Se visten de comprensión y tolerancia
En los otros ojos de admirado color que reemplazan a los viejos
Vaciados de sus cuencas por haberlo visto todo y porque miran
Desde otros mundos a las mismas cosas.

Después, como en los corridos mexicanos  
Viene el tiempo justiciero y vengador
Y sus palabras duras e inocentes rebotan con fuerza
En las paredes del laberinto
Y no dejan huellas de su paso.

El laberinto se cierra y engulle a Ariadna.
También a Teseo, quien ahí supo encontrarla
Hace tanto tiempo como para desvestir a todos los santos
Y ahí también la había perdido
Entre las briznas ásperas de la alfombra nueva
Foresta para enanos malditos y ácaros rumiantes
De la sangre ajena.

También el sapo y el  príncipe son engullidos
En un solo bocado del anticucho frito
Con su carne, emulsión de humano y batracio
Cada uno inmerso en su propio espejismo
Al que se aferran como al agua
Caída del cielo.

Cada uno devorándose
Mostrando cuerpos efímeros como fuegos fatuos
Y en el rostro una vez amado y luego olvidado
Dejan huellas que también han de borrarse.

17. 6. 07
Día del padre 2007



ODA  A MARKET  STREET

Hemos llegado caminando no sabemos de dónde
Hemos salido de la Nada, comiento tostitos y bebiendo
Agua Crystal Geyser en botella de plástico
Intuyendo que el que sabe sabe y el que no sabe aprende
En este territorio de Pancho donde nos sentimos anónimos
Embellecidos por la dicha de estar con los pies sobre la tierra
—Y  es una tierra que tiembla frecuentemente—
Nos hemos vaciado los bolsillos de pelusas y de dólares
Porque aquí hay muchos mendigos con quienes compartir
Los dólares y los dolores
Como  alguna vez dije antes, cuando recién aprendía a hablar.

Muy bella es esta calle Market Street:
Por una acera, una multitud sube riendo
Por la otra, la misma gente baja llorando
Y por el medio pasan tranvías amarillos, preciosos
Cargados de recuerdos, de pirañas, de gatitos
Como  aquellos dos, lustrosos, majestuosos, dignos
Que el mendigo más caballero del mundo usa para conectarse
Con almas sensibles como las nuestras: le hemos dejado un dólar
El último destinado a los pobres, ya que los otros necesitados
Esto es nosotros, debemos comer antes de regresar a lo ignoto.
El mendigo de los gatos está sentado con sus animales en la niebla
Que es más espesa en la acera sur, porque ahí pasan las almas perdidas
Camino de la torre del embarcadero, allá un Caronte electrificado las pasará a la otra orilla
A Oakland, a Berkeley, todos irán a estudiar a Berkeley
Para doctorarse en espinas de pescado.

Pero nosotros bajaremos por Market Street hasta sentir dolor en las entrañas
Y luego subiremos hasta un negocio de la Crocker Gallery
Donde un par de zapatos de cuero de cocodrilo vale ochocientos en liquidación.
Me asimilo fácilmente a los mendigos, no me distingo de ellos
Pero los businessmen también me rodean, por cada uno de ellos
Hay un mendigo como un ángel de la guarda de la tristeza y el oprobio
Los mendigos y sus perros son la única riqueza de la comarca
Si con los pobres se va al cielo, esta es la mismísima puerta del cielo:
San Pedro es el portero del Palomar Hotel.

Llorando nos deslizamos por la acera donde se baja.
Por ahí me topé con la imagen de Ben Saltman, la muerte me lo trajo
Por dos segundos, porque él iba subiendo cuando los otros bajábamos
Le dije perdone mi ingratitud compañero, usted se marchó
Mientras yo dormía, mientras yo estaba  todavía más muerto
Enseñando clases donde mi voz no podía escucharse  y su mirada triste
Me respondió al pasar bien compañero, será hasta la próxima
Siempre hay una segunda oportunidad para el que honestamente se desperdicia.

Iba caminando despacio, iba caminando a pie, con un dolor en el talón izquierdo
Pasito a pasito, comiendo mis sagrados tostitos.
De paso le eché un looking a una mina caballar.

Viendo ese desenfreno de luz y sombra
Y sabiendo que de algún modo también yo era parte de ello
Estaba metido ahí hasta las masas, era como un semáforo o una migaja
Botada a las palomas y desperdigada por el viento
Pensé en el árbol de Nietzche:
Ramas en el cielo,  raíces en el infierno.
Porque así como hay gringos que salvan las mariposas y las ballenas
Como Esteban el ecólogo que se juega el pellejo por los alerces de Chile
Así ejecutan a dos por semana, a sangre fría, sean inocentes o culpables
Basta que una ley maldita y espúrea los declare culpables
Ahí están aplaudiendo en el momento de la ejecución
Cuando el infeliz de turno recibe el cianuro en la vena
Aplauden con saña peor que la de Jeffrey Hammer descuartizando chinos.

Vamos para arriba riendo y para abajo llorando
De nada sirve gritar, pero peor es el silencio
Por lo menos, de mi palabra quedará el eco.

Hay que ponerse a la cola del tranvía en Powell Street
Donde los indios ecuatorianos están tocando sus quenas y sus bombos
Desde hace siglos tañen, soplan y musitan con el viento, su música no tiene principio ni fin.
Como  nosotros, esperan la salida del sol
O que den las dos de la tarde, hora meridiana
En que iremos al gran Shopping Center a comer napoleones
En la Patisserie, y yo visitaré el meadero tres veces
Donde el mismo negro está sacudiéndose  la verga
Como un Orfeo que apostrofase a Eurídice por haberlo dejado
En las puertas del Infierno, abandonado a su suerte.
Su cabeza cortada por las Ménades irá flotando frente a la isla de Alcatraz:
Todos somos Orfeo perdiendo a Eurídice más de una vez en la vida
Mientras bajamos al infierno o al paraíso cantando la Marsellesa.

Pero tú me esperarás en la misma puerta de nuestra casa
Para que entremos en silencio, el umbral no tiene término
Nos acompañamos  mutuamente para caminar mejor
Juntos atravesando el Río del Tiempo.

Así por Market Street las almas se reconocen desde otras vidas
Donde caminaban por Arcadia, por Cucaña, por el Valle de los Caídos
Por el Valle de Josafat, por la Vega Central, por los Campos Elíseos
En la calle Aldunate de Coquimbo
En la playa de Terracina mirando el promontorio del Circeo
—Ahí estaban mis compañeros, todavía con cara de chancho—
Junto a la catedral sumergida de Ancud
Todo eso está en el escaparate de un negocio lleno de oros y de nácar
En Market Street, a dos pasos del útero y sus márgenes ambiguas
Entrando o saliendo de los negocios donde nadan las orcas
Los pejerreyes y los  delfines
Trepando por las calles con los cable cars y las vírgenes del sol
Y de la gran Pirámide de la Luna por donde vamos subiendo.
                          
 San Francisco 22. 6. 2000


CON  MONK  Y ‘ROUND MIDNIGHT’

Para leerse con ‘Round Midnight’ de fondo, en la versión de solo de piano  o del cuarteto de Monk.


Supe por vez primera de Monk en las manos de un amigo
De  Thito Valenzuela que a su vez era amigo de Los Jaivas…
En las manos de ese cuate Monk desplegaba,  repetía sus disonancias
En modo especialmente artero.

Después,  en Italia, regresé a Monk en un disco de Bill Evans
Comprado en Reggio Emilia, ciudad que existía sólo por la niebla.
Ahí volvía a hacer piruetas don Thelonius y mucho después todavía
Lo vi rodeado de gatos en un departamento de New Jersey
Donde tocaba ‘Panonika’  para su amiga la baronesa alemana.
Fumaban ambos como condenados
Pero ciertamente se amaban como ángeles.

Apenas al otro lado del Hudson su primera mujer, Nellie, la madre de sus hijos
Esperaba o velaba o se trasladaba de noche
Hacia donde al menos pudiese rescatarlo para sí misma.

Monk hacía piruetas en los conciertos,  lo vimos escuchando Round Midnight en su noche particular
Y en otros lugares lo vimos darse vueltas como perinola
Mientras los músicos ensayaban sus creaciones en algún rincón de Amsterdam o del mar del Norte
Cerca del castillo de Elsinore, cada vez que tocaba  ya se paraba del piano
Parecía no poder estar mucho tiempo sentado en ese instrumento que lo sacaba de quicio
Y al cual se aferraba como a un clavo de Cristo o una imagen soterrada del infierno
Pero del infierno musical.
Cada clavo lo transformaba en maná y ambrosía y su locura se discernía en esos pasos de baile
Frente a las audiencias estupefactas. 
Yo no puedo decir que encuentre a Monk en otro sitio , sólo alrededor de la medianoche
En medio del tiempo que se extingue.

Así lo veo también muy quieto
En su ataúd y en fingida paz,  finalmente descansando de sí mismo
Mientras su mujer y la baronesa sentaban juntas, como es justo que sea
Compartiendo ese muerto, la realidad de su ausencia
Como  debe ser para todo lo que nos une o nos divide
Como  el Hudson helado bajo su sombra y los gatos
Alejados para siempre de su mano y su caricia
Y el piano silente allí frente a los ventanales desde donde se veía el Empire State con la estrella de Rosamel en la cúspide.
En una iglesia de Harlem, por primera vez —como dijo Neruda de su Mamadre— estuvo quieto en su ataúd
Sin hacer irreverencias Monk, sin escupir locuras
Con las manos cruzadas, sin otro piano  que el de la dentadura de los ángeles recibiéndolo.

Round Midnight describe pasos erráticos en mis venas
Aquí ha pasado la medianoche, aquí ha pasado el mediodía
Y todas las medias tardes, los crepúsculos y  las albas
Y escuchamos  esa música una infinidad de veces
Siempre como si fuera el principio, como si nunca se la hubiera sentido
Porque la canción recomienza y se recrea otra vez
Y sus flores se desbaratan en  colores  y  formas nunca vistas.

Alrededor de la medianoche
El corazón se siente henchido y la desesperación pareciera huir
Como  si fuera un perro aullando por las estepas de otro mundo
Debajo  de una estrella roja  y una estrella verde
Monk nos hace guiños y vuelve a darse vueltas
Como  un trompo ebrio de su inocencia, en su corpachón de negro,
Indio, alevín de todos los peces giratorios que perfuman el mundo
Sin harina de pescado, claro,  sino de violetas
De  violetas acostumbradas  a la tierra y  acostumbradas al cielo.

Ahí, viejo Monk, no te sabemos cadáver
Te sabemos desquiciado junto a las uñas que se nos fueron
Pero afirmado a la última neurona visible y permisible
Ahí dentro del cráneo  y desterrado de su propia miseria
Allí esa música nos mantiene vivos.

Viejo Monk se nos hace agua la boca con esta canción
Viejo Monk no nos desesperemos porque acaso otro instante nos quede
Para escucharla y a ti para telegrafiarla desde el más allá
A este lado más traicionero que tarjeta de crédito.
Este mundo gracias a ti
Se vuelve como una almohada mullida cuando llega la medianoche.
Describamos ese paso de vals, ese mambo azul indescriptible en el que termina Round Midnight
Para mejor limpiarnos los oídos, y dejar entrar la música
Que bien se toca en el otro  lado  y que mejor se escucha en éste
Cuando los pájaros picotean en el tejado y hacen sacar chispitas de luz
Desde esa especie de sueño que está sobre nosotros.
Alrededor de la medianoche  los pájaros picotean en los tejados de nuestros ojos
Y nos hacen despertar en medio de otros signos letárgicos
Mientras los monstruos claman por mayor castigo
Más castigo y mejor castigo para nosotros los inocentes.
Sobre el techo se juntan los pájaros de la muerte para hacernos abrir los ojos
Y sobre el techo golpea Monk también, zapateando descalzo
O con escarpines chorreantes de lluvia.
Desde el techo golpea Monk
Percute con los nudillos el piano de las pobres esferas
Alimenta a los dioses del más allá
Para que ya vengan a inventarnos otra canción de cuna.

Los Osos, mayo  2000
Terminada  en Santiago de Chile,  23-7-2000



UN PAISAJE, UN SUEÑO

Soñar de día es un acto permisible
A los que abrimos la boca por la tarde
O cuando la niebla ciega la península de Matanzas
Porque hacia allá se había ido
El sol del último verano.

Los viejos románticos
Por lo tanto morimos boqueando
Como los peces varados por el maremoto
El sismo que torció las almas
De los fugitivos de otro tiempo.

Teníamos una cita trunca
Pactada en otro mundo
Cuando las cabelleras ungidas de las sibilas
O los pechos aceitunos de Safo
Eran tan visibles como las estrellas del Sur
Allá en el Norte que también se hundió en el mar.

Veníamos huyendo
De ese continente perdido
Y aquí era el destino encontrarse
Cuando ya mi cuerpo me había abandonado.

Ahí  me ocurrió transformarme en este sueño diurno
Que sólo puede atisbarse o a medias vivirse
Con los párpados cosidos
O como a través de cerraduras o periscopios
Buscando malamente los rayos esquivos:
El ojo del sueño que nos guía
Lazarillo extraviado, lazarillo ciego
Caminando por las dunas.

Más allá y más acá de aquel cielo diurno
Despojado de toda estrella
Que no fuera recortada y pegada allá arriba o abajo
Con las falanges sacrosantas de mi esqueleto
Que bogaba en nave de bejucos
Con campanillas o cencerros de plata
Anunciando el fin de la navegación en plena tierra
Lago estepario, árido de moluscos y con fantasmas arrodillados
Que lloraban por ti.

Híjole  cómo duele perder lo que nunca se tuvo
Y cómo sangran las venas ya purgadas
Por algo así como una eternidad de vagar por el vacío
Tanto por mencionar una cifra del tiempo
Que me trajo y me llevó
Sin que nunca pudieras presenciar el tránsito penoso
Por estar ambos muertos, devorados
Por el Gran Ogro de la Montaña.


27. 4. 10


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