viernes, 9 de marzo de 2012

6064.- ANTONIO SILVERA ARENAS



ANTONIO SILVERA ARENAS ( Barranquilla, COLOMBIA 1965)
Cursó estudios de literatura en la Universidad Nacional de Colombia.
Sus poemas y comentarios sobre obras literarias han aparecido en antologías y revistas nacionales. La primera edición de Mi sombra no es para mí, aparecida en 1990, le mereció la participación en el Foro Joven, encuentro de nóveles escritores, celebrado en Málaga (España) en febrero de 1993.
Autor de los poemarios: Mi sombra no es para mí (1990), Edad de hierro (1998) y Cuesta trabajo (2006).






VESPERTINA


Todo en él era viejo, salvo sus ojos…
Ernest Hemingway


Se te afofa el abdomen,
carian las muelas,
el vigor de los nervios se atenúa
(ya no eres tú la antena de la vida),
tus pulmones no son los del atleta
(es contraproducente la carrera
con que, ayer aún, medías hasta la calma.
Raudo, se pierde el autobús del mundo
allá, en el horizonte, donde un sol declina
para siempre, mientras, sin darte cuenta,
te ha dejado
en el áspero sardinel de su autopista).
Y, sin embargo,
una cosa perdura en el declive,
en la factura de cuentas incesantes
que te cobra hasta el aire,
tan profuso:
tus ojos,


tus ojos, que no abandonan su costumbre
de develarte,
como entre aquellos barrotes de una cuna,
los límites, los bordes, las distancias.


Columbras, ves, espías, observas.
Todo lo sabes ahora por la vista:
esos dos soles marcan aún, insisten
en registrar, con precisión que duele,
cada objeto fugaz aun en lo oscuro.


Pero en vano se esfuerzan,
pues, si, distraída, alguna, entre las púberes,
que ahora pasan tan frescas a tu vera,
demorándose adrede en el camino
que el hogar le señala
al fin de su escolar faena,
reconoce un fulgor en tu mirada
y una sonrisa emite
cuyo fin, no hay nadie más, tu regocijo exalta;
antes de que se fije en los estragos que ha forjado
en tu figura triste el tiempo
y al traste eche el encanto,
no aligeran ya tanto tus neuronas
y cuando al fin concibes la palabra
que, ante el abismo de la edad, cual puente, apelas,
ella capta el cabello, las marcas de la hora …


y el paso que ha perdido de las otras
pronto retoma y sigue.


… Y, con un nudo que cierra la garganta,
tú la sigues atento con tus ojos,
ávidos, húmedos, invictos,
antes de confundirse con los bultos
en que toda figura se disuelve
más allá de los rayos del ocaso.












PRINCIPIAE GLOBALIS


Que el legislador no siga ley alguna,
que el policía pastoree crímenes,
que el juez carezca de juicio,
que el presidente sea el último,
que el sacerdote sea un pecador impenitente,
que el maestro ande desorientado,
que el niño se emborrache,
que Dios descrea,
que no haya más que pobres diablos,
que la máquina sea madre,
que el aire desaire,
que el río regrese,
que el fuego se haga fatuo,
que el agua ensucie,
que haya más tigres en los circos que en Bengala,
que los viejos sean adolescentes,
que amamanten las niñas,
que la luna se venda al mejor postor,
que las torres se caigan,
que crezcan los enanos,
que los celulares superen a las células,
que los genes sean fines,
que harte el artista y se harte,
que todo cueste,
que nada cueste…








NUEVA CANCIÓN DEL ORO


¡Cantemos el oro!
Rubén Darío


Por su brillo sin mácula
en medio de las tinieblas que lo cercan,
por su intacta firmeza
ante la morbidez que se le rinde,


cantemos,
otra y otra vez,


el oro,


siempre impoluto,


a pesar de las intensas descomposiciones que provoca.












TIEMPOS DEL MORIR


1


Quizá primero fuese un imposible,
una ilusión de hojas,
una precaria forma de acabar
la ardua lucha de Ahab y la ballena,
el puro amor de Efraín,
el tierno sueño de Saint-Exupery
por cifrados asteroides de miseria.
La prueba era que podías recomenzar,
volver a la temible boa
y al cordero, al ancho, intenso, mar,
a las trenzas oscuras de María,
esa última rosa del viejo Paraíso.


Después fue la noticia.
El registro fugaz
que pronto amarilleaba en el papel, ajeno aún
al mundo vario
apenas atisbado en la ventana.


Pero empezó a mostrar su cara escueta
y sonreída. Su inaudito silencio:
en la adusta bisabuela que te malquería,
en el solar macabro de aquella última tarde de la infancia,
en el huérfano
y callado camarada de la escuela.


Ahora es la amenaza cercana y efectiva
que de golpe
se lleva al viejo sabio, al primo más vital,
a la muchacha
cuya figura te alegró la víspera.


Y aún no te convencen sus maneras.


2


Aunque sólo una vez
nos lleven, entre ritos y graves pensamientos,
a ocupar la medida de tierra
exacta que nos toca,
ocurre en nuestra vida varias veces la muerte.


Tampoco al terco cuerpo le sobrevive el alma.
Como un ligero traje
rasgado sin esfuerzo por un violento amante,
inocua es la materia de ese sutil escudo
al ímpetu del sino.


Con el solo nacer, perdemos aquel ámbito
ameno, comedido, que cielo rotulamos.
El resto es la nostalgia
del agua primordial y de la oscura calma,
que la noche y la lluvia, en su derroche,
ignoran.


Después, al razonar, nos abandona el sueño,
ese vasto consuelo limitado a los niños,
porque saber y muerte son la misma moneda
con que, un dios comerciante,
el favor chapucero del ser capitaliza.


A este único recreo
le sucede el amor, ese felón sagrado
que al besar en la alta noche del huerto delicioso
también nos da al martirio
de clavos y estocadas.


En zombis convertidos, ya desatada el alma
con tales golpes rudos,
nuestro cuerpo deambula, buscando tras quimeras
su perdido sosiego
(el arte, altas empresas, la simple humanidad
de nuestras hembras pródigas)
hasta cuando,
hasta que…

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