domingo, 25 de marzo de 2012

6343.- MAURICIO VALLEJO MÁRQUEZ

Mauricio Vallejo Márquez (San Salvador, 1979). Escritor, poeta y periodista Ha publicado: Tiempo en la marea (poesía, 1999), Cantar Bajo el vidrio (poesía, 2000), La Casa (poesía collage, 2001), El último salmo (poesía, 2007), Cuentos de Ocio (microcuento, 2006) y El libro La decisión, la venganza y otros cuentos (cuento, 2011).






Instante


Cuando diluyes la luna
quiero tomarla en un grito
ser lobo encerrando la ciudad en su aullido
llorar como un condenado a muerte que teme la aurora
y clamar como Yoshua durante aquella batalla
en el Libro
tal y como clamaron los antiguos
en sus sendas que formaron a fuerza de error el desierto
y arroparon sin remedio la sombra de Dios
como hoy nos inunda su Nombre
vacío entre los hombres
llenos de olvido


anhelo evadir mi voluntad
porque en la noche amanece, y en el día anochece
y vuelve y se va y vuelve y
a la tarde es eterna y lánguida,
y a la noche inmuta y ruidosa
tan temperamental y ajena a mí
tal como las calles que son propias en un paso
mas se vuelven lejanas mientras transcurren los pasos
teñida de eras, de máscaras, de dinastías, de anchura


no pasas Dios
mientras que los hombres pasan como las horas
algunos despacio, otros más rápido
como aquel en una tarde que olvidó entregar las guías
ponerse el cinturón
doblar el pañuelo
olvidó sin remedio
detenerse
crecer, seguir, llamar
romper la puerta a golpes
correr y tomar las calles
antes que se volvieran vacías
y amargas y espesas y ajenas
deseando arrancar el puño y la vida
pero continuó lúgubre
consolando con la muerte
el terrible respirar de los días
y así
se fueron juntando las veredas
en cada gesto
y actuaba con elocuencia ciega
hasta la noche que no fue noche
y decidí llorar por él y por mí
por nosotros,
por todos
conociendo que en una ancha fogata
se apaga el día
hasta que se vuelve un estero apacible
y nos llena el temor como los cipreses del osario
que nunca relacioné con la muerte
sino hasta velar la historia
cuando colocaban anillos
y rezaban algo
como si aún escuchara
porque lejano quedó ese día
de paredes lisas y finas
blancas y largas
ahora eternas aunque ausentes
por ese deseo de arrancar el puño y la vida
pasan los años y no avanzan los días
y allí queda ese futuro incierto
con una sonrisa fingida pero hermosa
sin planos, sin estructuras, sin cimientos
avanzando sobre la arena
sin la angustia que las décadas llenan
sostenida por su frente y sus hombros
crece
aumenta
como una ciudad entre los valles
que desnuda las montañas
y en una leve hoja verde y humilde
crea entre las piedras la vida
mientras sigilan las horas
y toda huella
es eterna
aún en un instante.








Despedida nocturna


Odio que te marches,
como también la negritud de las calles.
La soledad, en ningún momento, puede sentirse tan profunda
como el adiós eterno
que intento dejar en tu corazón cada despedida.
Se va tu olor,
rosa, brisa y el mar de la madrugada.
Creciendo en desventaja tomo mis únicas pertenencias
y retorno.


Un día, amada, un día
se agitará el viento entre los árboles,
y tú, como yo, no pondremos reparos
para sentirnos cómplices de un delito del mundo.


Amada, entre mis pasos, he pensado ciegamente en tu rostro
de sol por el día, de luna por la noche.
Mis manos se abaten al sentir los golpes
que del cielo van cayendo,
sin saber que Dios en su omnipotencia
va guardándome en sus manos.


Odio que te marches
como verme solo en las calles
y no saber que junto a mí
va un corazón latiendo al mismo ritmo que el mío.
Un corazón que promulga la paz de los toques de tus dedos
y que siempre me arropa como una madre.
Entonces, cuando la noche es negra
sé que a la mañana, amada,
te veré en tu reposada tranquilidad.










Corazón en movimiento


1


Mi corazón en movimiento
rota en un sordo latido
en calles de granito y ceniza,
en la rubicunda cabeza del viento.
Sus manos de rudimentarios pesares
buscan entre los compactos tubos
del ayer, un alma,


unos ojos hondos,
rotos, en busca de la inmortalidad
como auténticos relojes
deseando elevar el alma por los cielos
como una cometa.








La copa


Aquí en los techos
el vino sabe a cielo,
hoy solo, lo bebo a sorbos.
Los tejados
Como siempre
Airando el firmamento
Con un vaso
De vino tan amargo,
Mientras bailas en un beso.
Yo aquí en los techos
-Como casi siempre-
Ahogándome de cielo.










Amada


La ausencia de tu voz
gasta mi pose erguida
me cala hondo
como un dolor desmedido
hiere mis ojos y no te figuro más.
Aquellas risas que dejaste
han quedado en el jabón
deambulando y olvidadas
acaricio tu imagen de sombra
entre las paredes
tan propias y vacías
¡Vuelve amada e inunda todo de ti!
–¡Qué buena falta le hace!–










El paso de las horas


No importa cuanto pasen las horas,
pasas tú con mi descendencia,
paso yo con tu futuro,
pasa mi madre con mi pasado
¿Qué más nos da el paso de las horas?












Cárcel


Un hombre ve la luna
entrar en la reja de su celda
como aquella noche
en que las hojas eran carruajes en el pavimento
y se arremolinaban a la sombra de un almendro.
En aquellas horas en que era él
y nadie frenaba su tiempo
tanto como hoy
se frena su corazón.










Dos años de Recuerdo


Han florecido ya dos veces los álamos.
Y todo se ha vuelto espuma.
La tarde
que transpiró los cuerpos
de los tiempos
inmensos
decapitados,
fueron una historia,
trémula
o un adorno a secas.












Aridez


Un hombre cruza el desierto
con un paraguas en la cabeza,
va cojeando,
abandonado de razón.


Fue prisionero
del infinito, y voló.


Esta tarde se arrojo de los cielos
y navega en la arena.


Un hombre va feliz
Deslizándose en la arena.











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