martes, 7 de febrero de 2012

5783.- CARLOS EDUARDO CENZANO





Carlos Eduardo Cenzano
Nació en Santiago de Cuba (1957). Poeta y profesor de Español y Literatura. Se licenció en Educación en las especialidades de Español y Literatura en la Universidad de Oriente (Santiago de Cuba, 1982). Ejerce la docencia como profesor de preuniversitario y universitario hasta 1992, año en que emigra a los Estados Unidos y establece su residencia en la ciudad de Miami. Desde 1993 trabaja como profesor de Español y Literatura a nivel preuniversitario. En 1997 culmina una maestría en la Universidad Internacional de la Florida donde actualmente completa los cursos para su Doctorado en Filosofía y Letras. En Cuba obtuvo varios premios en concursos provinciales y nacionales de literatura para niños con los libros, aún inéditos: Un arcoiris del tiempo (poesía, 1987), Los sueños de Nino (poesía, 1988), El libro de Mónica (poesía, 1989) y La araña y la libélula (cuento, 1989). Tiene en proceso de publicación los poemarios Otro gallo cantaría (1992), Meditando a la orilla de los tamales (1999) y Sombras Sacras (2004). Su libro de poesía País de agua (1992) salió publicado por Editorial Betania en Enero del 2004. Es también trovador y ha incursionado en varios géneros de la música cubana.






PERFIL DE SANTIAGO


"Siempre he dicho que yo iré a Santiago
en un coche de agua negra."
Federico García Lorca


Por la escalera de Padre Pico
el tiempo sube
como una rosa cuajada de estrellas
escalones que respiran serenatas,
escaleras que se visten de pregones


Una cerveza se bebe
a una mulata,
y la mulata se bebe a
una trompeta,
una trompeta se bebe
a una carroza,
y la carroza arrolla con un solo pié,
con un solo pié
viene arrollando el carnaval.




Berbena, berbena,
Padre Pico invita
con la luna llena


Por la escalera de Padre Pico
la vida baja,
mujer hecha de sueños y danzones,
escalones que resisten las arrugas
y se maquillan de encajes y promesas.


Una muchacha se asoma
a su ventana
y Pepe Sánchez la besa
en Sol Mayor,
el sol dobla temprano
por la esquina
y en la ciudad de esta mujer
está naciendo un trovador.


Berbena, berbena,
Padre Pico invita
con la luna llena.












OTRO GALLO CANTARÍA


"los gallos cantan
por la mañana
su dulce canto…"
Canción popular


Si Santiago fuera de neón
y el metro estremeciera su esqueleto
mitigando la prisa del hombre
para llegar puntual al crimen.


Si el concreto se empinara
más cerca del azul
en su misión de rascacielos
cercenando el vuelo de la luz.


Si no estuviera mi ciudad
poblada de gorriones
y palomas donde anidan
su cielo y su virtud.


Si un mar de tejas y balcones
no fueran su paisaje natural
atravesada de norte a corazón
por el Caribe.


Si no fuera Santiago
un patio de begonias
de arecas y de helechos y de menta
con la humedad del tiempo en los jazmines.


Si perdiera Santiago el tibio aliento
que envuelve sus callejones
ese verano familiar que la derrite
cuando el látigo del sol dobla sus rejas
entonces otro gallo cantaría.














EL MEDIODÍA


Los rayos se hunden perpendicularmente
sobre las tejas de la ciudad
y extienden sus tentáculos de fuego
-con toda irreverencia-
entre las piernas de los transeúntes.


El aire se mece lento,
aparatoso,
como un anciano de vidrio.
Las calles sudan y se quejan
del látigo indecente de las ruedas
que van y vienen sin piedad
por todo su esqueleto,
dejando en el rostro de los de a pié
el zarpazo de la combustión.


La ciudad se asoma a los balcones
con el torso desnudo.
Una guitarra endulza el mediodía
“…con su trova fascinante
que me la quiero aprender.”


Las torres de la catedral
bostezan campanadas
para llamar a siesta
y mi madre se duerme religiosamente.
Después hará el café
a las cuatro de la tarde.














LA NOCHE


Es clandestina.
Tiene los ojos pardos
y el cuero terso.


Es caliente en sus contornos,
resbaladiza
un poco desobediente a los silencios
y al orden público.


Le gusta la parranda, el bailoteo,
el guateque, el barullo, la serenata,
y hasta el brete envuelto en papel de cartucho.


Es hembra la noche de Santiago
y le gusta asomarse a las guitarras
y a los timbales para el jolgorio.


Es hembra y tiene sed de varones
rebeldes que se fuguen de las sombras
y la violen soberanamente.


A veces es tan oscura
que corre el peligro de confundirse
con el enemigo,
de que le disparen a mansalva
y le quiebren la cintura
o el equilibrio de la danza…














DEL OTRO LADO


De una ciudad a otra
la vida se demora un siglo.


Mi corazón está del otro lado
y he de cruzar el río
y he de vencer a las montañas.


Debo soñar un largo amanecer
que pasa por lo días,
como los años pasan por la lluvia,
sin detenerse.


Estoy viajando a su encuentro.


El camino se demora entre las siestas
y entre los colibríes,
se entretiene debajo de los nísperos
y se bifurca como las astas del antílope.


A veces pierdo el rumbo
y me detengo en las cortinas de un jazz,
o el traqueteo de un calipso.


Entre una ciudad y otra hay muchos nombres
y me aturdo, a veces, con los gritos.


Trato de seguir el rumbo,
de orientarme en el pulso del mar,
en el instinto de mi raza.


Cuando llego alguna vez a esa ciudad
voy directo al ventanal de los suspiros
y allí me baño de la luz sin llagas.


Mi equipaje es cada vez más ligero.
Ya cruzo el río .
Miro hacia atrás
y veo que el mundo se oscurece.
Ante mi se erige la montaña.
Es verde y azul y equidistante.
Tiene el tamaño de un sueño.
y repite siempre la misma palabra,
hasta el infinito.


Del otro lado me espera el corazón.














FRONDAS SACRAS


El agua,
desesperada en las llagas
se rompe en el triángulo de la congoja.


Viene sin frutas
y arrastra cuerpos inertes,
apagada en sus trinos.


Viene harapienta de polvos bélicos,
roedores de la memoria
y la huella infinita
del amanecer del hombre.


¡Ay agua! ¿dónde te has ido
con tu canasta de flores,
con tus efluvios?


Embalsamada en la ecuación ruinosa,
acuchillada en su blando pergamino,
oscurece los horizontes azules
y las frondas sacras.


¡Ay agua de mi bendición,
regresa por el cauce limpio de las amapolas,
desnúdate de nuevo en tu magnífica heredad
o revienta en huracanes
que sacudan el planeta
de tanta pestilencia mecánica,
de tanta podredumbre














Con mi lira


A los cuenteros del alba
que recogen margaritas en lo más tibio del otoño
y sacan riachuelos del bolsillo
y los ponen a solear en el carrusel de la esperanza.


A quienes llevan los ojos profundos como el mar
y van a pescar sirenas dentro de un caracol,


Para quienes echan a volar guitarras
en las noches cenicientas de la tristeza
y endulzan las estrellas con la miel de sus senos,


A los cazadores de luciérnagas
—duendes traviesos de la infancia—
que guardan en sus ojos el hechizo
de su viaje al país de nunca-jamás,


Para aquellos argonautas
que descubren vírgenes amantes
entre las dulces putas del week-end
y no saben cómo amanecer desnudos
frente a la ruleta del espejo,


A quienes siembran sus pechos de alelíes
y aroman el fulgor de los amantes
y llevan la ternura a flor de labio
para servirla en el banquete de los sueños,
canto.
















Como el canto se parece a la luz


Con restos de humo martillando en mi ansiedad
y la metralla del reloj en su carrera loca de vejez
te desdibujo en mi cordura
y me pregunto cuánto tiempo he de esperarte
debajo de esta lírica tristeza
que me arranca a jirones la esperanza.


Con la cabeza más allá de la tangente
y más acá del corazón,
enfermo de consignas y ladridos
y sin saber quién soy a ciencia cierta,
pero sabiendo que mi sangre duele
y caen a pedazos mis angustias,
quiero que diluvies en mi alma,
al menos tú sabes dónde queda mi asteroide
y el instrumento en que delira mi ser humano propio.


Por eso hoy 14 de septiembre
de un siglo cruel y chantajista
en que me debato entre el ser y el no ser de mi país,
entre un girasol y luego el mar,
me demoro en ti toda la vida
porque eres tú mi única verdad
y porque te pareces a mi corazón
como el canto se parece a la luz.














Porque soy mortal...


Yo he visto en la noche oscura
llover sobre mi cabeza
los rayos de lumbre pura
de la divina belleza.


José Martí.


Porque soy mortal
no he de intervenir las luciérnagas
ni cuantificar el pasto.
Cada rebaño ha de pastar
donde la luz indique
y la fuerza de mi voz sólo está
en la margen del prójimo.


No acumulo todas las verdades,
ni soy un elegido.
Soy apenas un hombre que sabe su lugar,
que tiembla de frío algunas madrugadas,
se aflige,
desespera
y aguarda su alba o su rocío.
Porque soy mortal debo amar las gaviotas,
invento algún verso y me prevengo de los pedestales.
No tengo derechos reservados,
sino sólo a soñar con mi isla de espejos
en el convite de fatuas oratorias.


Porque soy mortal
tropiezo más de dos veces con la misma piedra,
y me equivoco.
No dicto teorías infalibles e incluso mi verso
no es exacto,
no es perfecto,
tal vez sea sólo un destello...


Porque soy mortal
no me resigno al índice que se posa en la llaga
con los ojos vendados
y no quiere mirar detrás de las pedrerías,
más allá de las hipótesis y los engranajes
pues sólo en los ojos bien abiertos sale el sol.


Porque soy mortal te brindo mis manos,
las puedes invitar a las semillas,
las puedes estrechar en los andamios,
ellas saben crecer en las espigas,
ellas quieren fundar en la belleza,
porque la belleza es el único partido
que los hombres no cuestionan.














Metafísica


Hay quien toma pedacitos de sol
para mostrar al mundo
cómo es la claridad.


Hay quien ofrece migajas desde su pedestal
e invoca a Dios o a los mortales
y dice que nos ama.


Hay quien proclama consignas de memoria
para ejercer su derecho de mando
sobre una multitud que se ha cortado las orejas
en memoria de Van Gogh.














Elíptica


No ha de temerse a los volcanes,
sino a las cicatrices.


No ha de temerse a la palabra
cuando es de curar.


No ha de temerse a la muerte,
sino al silencio que nos deja.














Poética


Ningún viajero regresa
sin las huellas del camino,
ningún poeta pernocta
en las llagas del silencio.
En el taller de su alma se cuece
la palabra encantada.












El agua


Si se seca la fuente
no quedarán abismos
ni selvas vírgenes.


Si se seca la fuente
no quedarán preludios
ni balcones en las guitarras.


El agua hace su milagro
sin algoritmos,
ni alquimias,
sin púlpitos,
hace su milagro.












Cuidado que se lanza...


El dilema del loco no son sus piernas,
ni sus zapatos huerfanitos,
o el edificio inconcluso
que ya apesta.


El dilema del loco es esta noche.


¿Cómo va a arreglarse el corazón
para que no le falle
cuando se encuentre con Laura
en la constelación Piscis?


Por eso está en el último peldaño
contando con su pecho las estrellas,
rogando —por favor—
que alguien haga una llamada
para saber con qué armadura
él deberá irse a navegar.







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