sábado, 9 de julio de 2011

4120.- ÉMILE MARTEL


Émile Martel nació en Amos, en la provincia de Quebec, Canadá, en 1941. Ha publicado trece obras de poesía y de ficción, entre ellas, Les enfances brisées (1969), Les gants jetés (1977), Le dictionnaire de cristal (1993), y, Humanité, nouvelle tentative (1997). Ha traducido al francés a Sor Juana Inés de la Cruz, Miguel Hernández, Jaime Sabines y una antología de poesía mexicana. Actualmente es miembro del Consejo de Administración del Festival International de Poésie de Trois-Rivières, en la Provincia de Quebec.



Traducción del autor
Mi cuerpo

Mi cuerpo, una red mineral tejida con antiguos árboles quemados en un fuego que anunciaba el infierno.

Mi cuerpo, un sumario de la historia del planeta y todo me deja pensar que algunos recónditos, algunos mecanismos arcaicos y sorprendentes vienen de otra parte.

Mi cuerpo, el acogedor continente de mortales asperezas y de venenos apenas adormecidos.

Mi cuerpo, un arma y mi cuerpo, un escudo; yo soy una paz y todas las guerras y tengo que escoger.

Mi cuerpo, una suite musical y los temas que se repiten son jalones llenos de perfumes pero las cuerdas y los cobres se irán algún día cada uno por su lado y mi cuerpo será todo percusión.

Mi cuerpo, es regresar y es volver, nunca estar de verdad y siempre irse.

Mi cuerpo, un itinerario, una posada y un coto; mi cuerpo, una geografía conocida de memoria donde se pierden el poeta y su sombra, el maestro y su guía, el padre y su hijo huérfano.

Mi cuerpo ante ti y mi cuerpo se ausenta y tiene la opacidad del medio día y le haces alba y reinventas las horas y mi cuerpo es el reloj de tus tiempos.

Mi cuerpo a tus pies y no caminas; mi cuerpo alrededor de los desiertos como una isla y las mareas nos mecen y las arenas nos acarician; mi cuerpo se vacía de todas las distancias.

Mi cuerpo, un trapo y una raíz, una limosna y un oscurecimiento en pleno día de las tenues huellas impresas en tierras movedizas con surcos vacíos.

Mi cuerpo, eco y reflejo; nada franco, nada verdadero, nada más que piezas quebradizas que crujen en la grava o que marchitan la hierba.

Mi cuerpo es ayer; mi cuerpo es por qué; mi cuerpo es sin embargo; y gritar sin encontrar las palabras.

Mi cuerpo, el vaho y la escarcha, la niebla y la llovizna, la brisa y el viento; nada que hiere pero sin sol, sin calor, sin color, sin olor, sin ruido, sin gusto.








Poemas de Para orquesta y poeta solo



Es una habitación que no es muy grande, pero tiene, de cada lado, cuatro ventanas y una puerta. Así, una vez recorren las cortinas,

el pabellón se abre a cuatro paisajes diferentes que sirven como interlocutores para la música que allí se componemos.

(…)

(…)

En cuanto a la gran claraboya que abre sobre el patio de la casa, revela arcos multiplicados, fuentes,

muchas de las cuales tienen pilas con nenúfares aromáticos,

pequeños jardines llenos de caléndulas y estanques llenos de lirios; se oyen entonces músicas de agua y, cuando nos esforzamos,

al cerrar los ojos creemos que son barcas que nos arrullan y ecos sobre el Támesis que nos persiguen.

*

Algunas tardes, pero más bien avanzada la noche, el simple hecho de tocar tres vasijas de cobre con una uña

o pasear el índice húmedo alrededor de un vaso medio lleno de vino

hace surgir aromas de incienso e imaginar volutas entre las lámparas.








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