miércoles, 24 de noviembre de 2010

CÉSAR CANTONI [2.073]



César Cantoni 



Nació en La Plata, Argentina en 1951. Publicó varios libros de poemas como Confluencias (1978), Los días habitados (1982), Linaje humano (1984), La experiencia concreta (1990), Continuidad de la noche (1993), Cuaderno de fin de siglo ( 1996), Triunfo de lo real (2001) y La salud de los condenados (2004). Si bien es cierto que por vecindad se lo ha identificado con La Plata y con el imaginario provinciano de “la ciudad de los poetas”, no es menos cierto que su poesía rebasa esos límites fáciles y concesivos. Así como la de Castillo, Preler, Ballina o Robino.



Hay una geografía de la escritura poética donde se determina el mapa construido por la experiencia individual, pero no necesariamente debe coincidir con ciudades y grupos sociales. Es una zona imprecisa que, al contrario de lo que se piensa comúnmente, nos confunde más que ilumina.

No deja, por ello, de ser una instancia de nuestro mundo acontecido en su fugacidad y su despojo. Ahí regresamos con los fantasmas de la memoria, tanto como con la lectura y con la palabra, para engañarnos con una lucidez que sólo existe en el objeto de nuestro afán: el texto. Esta zona imprecisa de la existencia no la barre el viento o la historia de un país. Por el contrario, la historia y esa dignidad que reposa en “los huesos, con su destello mineral/ de piedra pulida por la lluvia” (de La experiencia concreta) se vuelven incertezas que motivan la persistencia en el poema.

La poesía de César Cantoni habita esa geografía de la escritura que comparte con una tradición argentina afincada desde fines de los años 40, en la obra de Joaquín Giannuzzi y proseguida, luego, en los poetas de la promoción de los 80. Los registros de esta tradición, siempre desromantizados, a veces irónicos y otras amargamente escépticos, son sumamente vastos y cubren variantes enriquecedoras en un panorama en que se dan cabida las voces de Ricardo Aulicino, Héctor Freire, Alejandro Schmidt, Ricardo Costa o Abel Robino. Esta tendencia de la poesía abreva principalmente en la poesía norteamericana de Williams y Stevens, pero no deja también de alimentarse de corrientes europeas como la de Ponge y Benn, o en las exterioristas hispanoamericanas que hallaron en Veiravé su intérprete criollo. Mal llamada neo-objetivismo, redundó en nuestros días en toda una amplia gama de epígonos hiperrealistas que se aplanaron en una superficie tautológica tras la cual difícilmente se encuentra la experiencia poética.

En el caso de Cantoni, por el contrario, el poema desata la conciencia ante los fenómenos de la cotidianeidad que, en su manifestación concreta, contradicen los grandes relatos de la historia y la metafísica. El poema a partir de entonces no es sólo un trabajo con la palabra, es la aproximación a esa experiencia del vacío y la orfandad que se trasunta detrás de la superficie árida de las palabras. Los materiales artísticos están, así, destinados a la desidealización del lenguaje literario. Este procedimiento característico está fundado por un convencimiento raigal: la intemperie de la existencia. Un ejemplo es el poema “Un surtidor en el camino”, donde leemos casi como un arte poética la pregunta: “¿Por qué un surtidor debería ser lo que no es,/ componer, acaso, una metáfora,/ encarnar un símbolo arbitrario?”. El paisaje vacío del desierto –con todo su potencial simbólico– sirve de soporte a un largo viaje en que se da el acontecimiento del mundo vivido o mundo circundante aún en su estado anterior a la conceptualización. Es el mundo que los alemanes llamaron “Lebenswelt” para definir el espacio vital de los fenómenos anónimamente subjetivos. En ese mundo anida esta poesía, para luego construir su exasperada crítica de la vida cotidiana y social: “cada banco es un lecho sombrío/ la plaza entera, un asilo de expatriados” (Intemperie, de “Cuaderno de fin de siglo”, 1996). En “La salud de los condenados” se hace explícita la sobrevivencia del testimonio de la derrota, una sobrevivencia en que cabe la pregunta por las desapariciones y la afirmación de una resistencia continua, casi eterna.

Quizás el poema “Diógenes…” que cierra esta antología nos dé la estremecedora respuesta que la lectura total nos propone desde el inicio. Volvemos a la noción de intemperie desde una perspectiva positiva, cuyo sentido se alcanza a partir de un uso primigenio. Tito Livio y los agrónomos latinos usaban esta palabra como intemperies caeli, las inclemencias del clima. Luego pasó a ser la negación de un estado deseado, el de temperatus, con el que se quería hablar de lo convenientemente distribuido y dispuesto. De ahí que la intemperie esté en el orden de lo caótico y de lo injusto. Pero en el poema, se revitaliza como condición de lo humano, como desarraigo en el orden catastrófico de la historia y sus injusticias, contra las vidas hechas a medida de lo convenido y concedido social y políticamente. Una imagen basta, entonces, para dejar aparecer la condición vagabunda del hombre, en la cual la orfandad y el vacío son asumidos con la libertad “incondicional del viento”.

Mundo e intemperie son las circunstancias de nuestras vidas. Lo demás no deja de ser falso acontecimiento con el cual se resigna la libertad. Cantoni lo sabe y lo hace saber.

Osvaldo Picardo
Mar del Plata, enero de 2005




Lo más digno de nosotros


Siempre pensé que los huesos, con su destello mineral
de piedra pulida por la lluvia, son lo más digno de nosotros:
sobreviven largamente a la putrefacción indecorosa de la carne
y no tienen la astucia ni la maldad del alma.


(De La experiencia concreta, 1990)




Noche estival


Por la ventana abierta de mi cuarto
entra el viento encendido que viene del oeste,
entra el perfume de las flores del patio,
entran la luna y las estrellas,
y en medio del bochorno de la noche
entra también una mágica luciérnaga,
un minúsculo universo que se basta a sí mismo
y deja en la penumbra sus improntas de luz
para desvelo de la mente absorta.


(De Continuidad de la noche, 1993)




El tiempo irreparable


Quién iba, entonces, a pensarlo.
Lo cierto es que mi padre está muerto
como si nunca hubiese estado vivo.
Un día se le helaron las manos y los pies,
y la casa se llenó de parientes,
y mi madre lloró, de rodillas, junto al lecho.
Todavía lo recuerdo.

Mi padre está muerto o ya no está,
y no es suficiente ahora saber que fue feliz.
En este callado amanecer de otoño,
mientras el agua burbujea en la pava,
y la radio reporta las últimas catástrofes,
y yo cumplo con el rito habitual de afeitarme,
sólo una cosa es real: su ausencia, que no cesa.


(De Continuidad de la noche, 1993)




Intemperie


La noche oficia de enfermera
entre los miserables que duermen en los bancos de la plaza.
Cada banco es un lecho sombrío,
la plaza entera, un asilo de expatriados.

Mendigos: allí fueron dejados a través de milenios
y allí permanecen, estoicos, todavía,
esperando que la muerte venga a despertarlos
o algún patrullero se los lleve.

(De Cuaderno de fin de siglo, 1996)




Un surtidor en el camino


Tras mucho viajar por el desierto,
vi un surtidor en el camino.
No era un sueño, no era un árbol talado,
no era una estrella que caí­a.
Era un surtidor en el camino.
No tení­a alas, no tragaba monedas
ni proponí­a ninguna reflexión en especial.
¿Por qué un surtidor deberí­a ser lo que no es,
componer, acaso, una metáfora,
encarnar un sí­mbolo arbitrario?
Lo que yo vi, fuera de toda controversia,
era un surtidor en el camino,
sí­, un surtidor en el camino,
nada más y nada menos que un viejo surtidor.


(De Cuaderno de fin de siglo, 1996)





Momento en la carnicería


En hilera, contra blancos azulejos salpicados de sangre,
las reses colgaban de las gancheras hasta el piso,
y yo sentí­a que la poesía de todas mis horas
se confundía con esas carnes irredentas
de una manera vulgar e inocente,
y por un momento padecí la insalvable contrariedad
de ver enfrentados los sueños de los hombres
al filo mundano de la cuchilla del descuartizador.


(De Cuaderno de fin de siglo, 1996)





Hotel


Ella está sola en un
cuarto de hotel, escuchando
viejas canciones por la radio,
mirando pasar autos
desde la ventana.

Ella está sola y nunca
espera a nadie.

Los hombres que recibe
pasan tan rápido como los autos
allá afuera. No guardan
la nostalgia de las
viejas canciones.

(De Triunfo de lo real, 2001)




Aquí no hay Dios


Aquí no hay dios, ni griego ni romano,
que presida ninguna ceremonia.
No hay oro ni laurel para los vencedores.

Aquí no hay más que un piquete de obreros,
con martillos neumáticos, rompiendo la calzada,
haciendo un pozo que no será nunca

el ombligo del mundo, la fuente de las revelaciones.
Un pozo más hondo que el sentimiento de los dioses,
más negro que el propio corazón humano.

(De Triunfo de lo real, 2001)




A la manera de William Carlos William


Sólo quiero que sepas
que si detuve mi marcha
ante tu puerta,

y no seguí de largo,
y no crucé la calle,
y no doblé en la esquina,

no fue porque olvidé
donde vive
el jardinero

(al que buscaba
para podar
la ligustrina),

sino porque tus ojos
me distrajeron
del camino.

(De Triunfo de lo real, 2001)




Album de familia


Murió mi padre, murieron mis abuelos,
murieron mis tíos carnales y políticos.
Una familia entera de herreros,
ebanistas, curtidores, albañiles,
yace ahora sin fuerzas bajo tierra.

Y yo, el más inútil de todos,
el que no sabe hacer nada con las manos,
he logrado sobrevivir impunemente
para llorar delante de una foto
lo mejor de mi sangre.


(De La salud de los condenados, 2004)




La salud de los condenados


Si es más ejemplar la cicuta que la hoguera,
atosigar las vísceras que hacer leña del cuerpo,
la muerte de Sócrates que la muerte de Giordano Bruno
(¿dónde encuadrar las desapariciones?),
son los temas menores del patíbulo.
Porque, a la postre, el condenado sobrevive siempre.
Su voz transmigra en las voces del viento,
fluye a través de los cauces subterráneos de la historia,
toma por asalto las villas, los pueblos, las ciudades,
y sin necesidad de lengua que la asista
les habla a los verdugos.


(De La salud de los condenados, 2004)




Diógenes o el ideal del vagabundo


Yo sigo prefiriendo al hombre sin casa.

Abel Robino


Vivir a la intemperie.
Vivir al arbitrio de la intemperie.
No tener nada, no querer tener nada.
No aferrarse al pasado ni al presente,
menos al porvenir. (Incluso,
renunciar a la vana tentación de dejar huella.)
Ir simplemente de un lugar a otro,
como un acólito incondicional del viento.
Encarnar la metáfora del viento.
Salvarse por el desarraigo.

(De La salud de los condenados, 2004)







Un arte invisible, Libros de la talita dorada, City Bell, 2016.


Retrato a lápiz

Cuando el artista J. R. Butin me retrató a la edad de siete años,
no imaginó, seguramente, que se me caería el cabello,
tampoco que sería poeta –título discutible–
y mucho menos que, luego de cinco décadas y media,
su dibujo continuaría colgado en una pared de mi escritorio,
como si el niño lleno de ilusiones
no quisiera abandonar al hombre de hoy.



Familia tipo con perro

En la foto estamos papá, mamá, mi hermana,
el perro de la casa y yo.
Papá está serio, como siempre,
mamá está linda, como siempre,
mi hermana está asida al brazo de mamá,
el perro está absorto
y yo estoy más rígido que un soldado,
pendiente de la cámara.
Papá y mamá salieron de foco hace bastante,
mi hermana se jubiló,
al perro lo mató un tranvía
y yo, momentáneamente,
me aferro a esta foto que encontré entre otras,
plena de reminiscencias
y tan implacable como el tiempo.



El mayor problema del hombre

El mayor problema del hombre
no es el analfabetismo sino la cultura:
las hormigas son analfabetas, pero tienen sabiduría;
el hombre suma conocimientos,
pero aún no ha logrado entender nada.



Los caminos de la vida

Buda transitó el Noble Camino,
Lao-Tsé eligió seguir el Sendero,
Cristo tomó la ruta del Calvario,
yo, menos proclive a dogmas y vía crucis,
ando y desando una calle periférica
cuya única verdad son los grafitis.  







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