domingo, 14 de noviembre de 2010

1871.- CLEMENTE RIEDEMANN


CLEMENTE RIEDEMANN (Valdivia, Chile, 1953): Se incorporó al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) cuando era estudiante de liceo y luego en la universidad. En 1973 fue prisionero político de Pinochet, hasta 1974. Con su creación y promoción de las artes trabajó por la recuperación de los derechos civiles entre 1977 y 1989, tanto en la poesía como en la canción popular, con el dúo Schwenke y Nilo. Trabajó por la Concertación para el plebiscito de 1988 y las elecciones presidenciales de 1989 y 1994, siempre en posiciones vinculadas al ideario del actual presidente Ricardo Lagos. Fue presidente provincial del PPD Llanquihue entre 1994-1996. Elegido consejero nacional del mismo partido para el periodo 2002-2004. Ha publicado teatro, poesía y crítica cultural. Durante los últimos años ha escrito ensayos sobre el proceso cultural de la transición política en Chile. Figura en casi la totalidad de las antologías de poesía chilena generales y temáticas publicadas en el país y el extranjero a partir de 1985. Su obra ha sido traducida parcialmente al inglés y alemán. Distinguido con el Premio Pablo Neruda en 1990. Ha viajado a los Estados Unidos, Argentina, España y México. Ha publicado: “La hamaca”, (Teatro, 1978); “Hacia la casa de ninguna parte” (poesía, 1981); “Karra Maw´n” (poesía, Ed. Alborada,1984); “Primer Arqueo” (poesía, El Kultrún, 1989); “El Viaje” (Crónicas, Tamarcos, 1990); “Karra Maw´n y otros poemas” (El Kultrún, 1995); “Rito de Pasaje” (poesía y gráfica, 2000); “Gente en la carretera” (El Kultrún, 2001); “Isla del Rey”, (El Kultrún, 2002).





Los siguientes poemas corresponde al libro inédito “OK. KO.”


ALLAH KERIM

¿Por qué me quedé en los ñadis, en la lúgubre vulgaridad? ¿Por qué desprecié la ruina hispánica, la aria perversión? ¿Qué vine a hacer a este territorio sin héroes?

Yo que sobreviví al saber y la lujuria, me encuentro ahora a merced del desvarío. ¡Si tan sólo tuviese una jornada de delirio! Una tarde, una displicente hora de ocio truculento y mordaz, dispuesta ante mis ojos con sus pliegues de luz esparciéndose por el cuarto.

Los libros que fueron mi cohete, son ahora mi bastón. Aún amables, cobran venganza de mi antiguo orgullo. "¡Te sobreviviremos!" -dicen- desde los anaqueles.

A merced de una pequeña fama sin posibilidades de crecer, ni de darme el privilegio de insultar con garbo.

A merced de un cuerpo que cayó como un relámpago una noche de abril y que al amanecer desnudó su pobre alma indecisa. ¡Me queda aún penetrar a una abisinia! ¡Administrar la sintaxis del declive, la lenta marcha hacia al torreón de los canelos!

Pero soy lo que quise ser y no cabe volver atrás.




AMANECER EN ROOSTA

No sé cómo he llegado a este lugar. No logro identificar ninguna de las marcas que cuelgan de las paredes. Mi cabeza en su sitio. Mi estómago en reposo. Mis piernas se alargan hacia el extremo de la cama con total displicencia. Reconozco que la mayoría de los zapatos que he comprado son de color café.

Oigo un rumor de procesión que avanza pecho afuera desde el centro de la tierra. Veo a mi tribu cruzando los valles hacia el fin de los tiempos sin mi. Los que lucen intactos van delante sin mirar atrás. Los mutilados y los melancólicos van de cola sin prestar demasiada atención a las colinas circundantes. Casi todas mis camisas han sido desabrochadas por mujeres que no sabían muy bien con quien se estaban metiendo y van ahora en medio de la fila que cruza el valle.

Cuando era joven prefería decir la verdad, de acuerdo con las recomendaciones de mis padres. Por tal motivo, perdí credibilidad ante los mayores de mi tribu y hube de pasar gran parte de mi madurez vagando a solas por las carreteras del país. Iba y volvía sin mucho asunto, pero dichoso de poder moverme constantemente entre dos puntos. Ahora estoy aquí en este hotel extraño, como un tenista eliminado en primera ronda, sin que mi vida parezca importarle un comino a nadie que no sea el conserje.

No deseo continuar nada ni menos recomenzar. Soy, nomás. Y estoy. Disfrutando del amanecer en Roosta, lugar por el que no siento apego ni animadversión. A veces suelo ponerme una venda negra y un poco de perfume al acostarme para hacer más agradable la travesía a las otras realidades. Así logro inmiscuirme entre los demás de la caravana y caminar un tramo junto a los míos, hasta que un persistente sonido me arroja violentamente al exterior, donde vuelvo a sentirme honesto, solitario e inútil.




COLDITA

Me encontré contigo en las primeras gradas del zigurats. Me di cuenta que tus ojos eran un adelanto del paraíso. Llevabas unos jeans gastados y húmedos. Dentro de ellos todo parecía estar en orden: las venas de América perfectamente ocultas, pequeños planetas distribuidos sobre el fondo rosado del universo, la provocación del fémur al mediodía de la vida.

Todo en su lugar, latiendo para el futuro. Tus zapatos traían la época antigua pegoteada en los bordes. Y esa mochila que exudaba músicas extrañas y envolventes, literaturas escritas para un mundo que aún no existe.

Hablabas y yo me limitaba a oírte, yendo de tu boca a tus ojos como devolviendo al cielo la lluvia caída durante el último invierno. Venía de no sé dónde un viento que me helaba la sangre.

Entonces decidí entrar en ti. Crucé el umbral luminoso de tu rostro, que a esa hora, ese día -en aquel año de la época de la dispersión- me invitaba a reunir todo lo existente y todo lo vivido, tras el deseo de subir al cielo repentinamente despejado en mi corazón.




ERA TAN FELIZ

Durante mucho tiempo me dediqué a rezar en sinagogas equivocadas. En tanto lo hacía me daba cuenta de la inutilidad de mis desvelos. Oraba con escepticismo o, mejor dicho, tenía fe en mi incredulidad, pues intuía que era ella lo que me ponía verdaderamente a salvo de cualquier forma de opresión. Luego, abandonando la incómoda posición de permanecer de rodillas y con la cabeza inclinada, salía al encuentro de las nubes errantes, a quienes admiraba por su aparente descontrol, por su falta de apego a toda suerte de arbitrariedad.

Avanzaba tras ellas por el resto de la jornada - a veces al volante de lujosos automóviles - sólo por darme el gusto de conducir mi vida con acuerdo a reglas dictadas por la naturaleza. La persecución se detenía a orillas del mar. Les contemplaba, entonces, alejarse con velocidad de crucero hasta que se desvanecían en el horizonte. No había asomo de angustia en mi corazón, pues me asistía la certeza de que volvería a situarme bajo su alado manto de dulzura y fragilidad.

Nunca volví a estar tan libre, despojado de toda herencia instalada de facto en mi condición: casa paterna, iglesia, partido, club, publicidad. Nunca fui tan ligero, ni menos temeroso, ni más pacífico que en esa etapa delirante. Hasta que senté cabeza y torné a las correctas jornadas de cinismo que caracterizan mi actual desempeño en el colectivo.




LAS CRUCES QUE DEJARON LAS GUERRAS Y LAS FLORES POLVORIENTAS DE LAS PROCESIONES


¿A qué huele todo esto? El festín púrpura sobre el agua del archipiélago y la entrada a la gran madera, sin clavos, ni torniquetes. ¿Qué quieren decir las muchedumbres sino "no podemos vivir sin jefaturas, no podemos ser como el viento".

Y aquél arrastrar de calzones sobre el lodo y la sangre en el culo de los toquis; la sangre de los brazos que cortaron con hachazos; los que mataron con viruela y sífilis y cadenas y más cadenas durante siglos de encomienda, ¿Los borrarán con el codo? ¿Con letanías?

¿A qué huele todo esto sino a podredumbre de moluscos en un foso bajo la chamiza humeante de las maldiciones que hicieron saltar del pecho de los que ahora desfilan tras el perdón?

Taparon con flores polvorientas las cruces que dejaron las guerras. Metieron cánticos de dolor en el alma de esos infelices; Les educaron en la aceptación de la derrota y sellaron su destino de parias. Y avanzan cada mes las procesiones en dirección de los rascacielos, donde acuden a pagar la luz, el agua, las conversaciones.



NO QUERÍA SER UN ROLLING STONES

Un amigo me contó que pensaba entablar una demanda por publicidad engañosa
Contra el Cielo S.A.
Fue allá tal como señalaba el convenio
Nadie salió a recibirle
De pronto vinieron unos tipos con pistolas
Le golpearon terriblemente en los flancos
Le pusieron un saco en la cabeza
Apenas podía respirar
Su madre le había enseñado el “Padrenuestro”
Así es como logró conservar las lágrimas en su lugar de partida
Y esperó lo mejor que pudo apuntalándose en una especie de arrecife
Vino otro tipo y le pegó una patada en el culo
"Juguemos a la gallinita ciega" -le susurró al oído
Apenas podía estornudar
Estaba francamente malhumorado
Entonces pensó en entablar en una demanda por maltrato de obra
"Ya" -le dijo otro tipo- "Te subes al camión con los demás"
Y partieron con destino desconocido
Dando tumbos contra el piso de hierro
Dedujo que le llevaban a las afueras de la ciudad
"Me van a fusilar" -dijo que pensó entonces-
Después pensó que ya estaba muerto
"Es ridículo sentir miedo en estas circunstancias" -se dijo
Entonces les echaron abajo y luego a rodar por una pendiente
Sintieron que volaban que subían parece "somos libres" -gritaban
Pero iban cayendo uno tras otro sobre los arrecifes
Y dijo que después sólo se oía el sonido del mar
La espuma del oleaje lavando la sangre esparcida momentáneamente
Sobre las rocas.





THE FUTURE OF MARRIAGE

Ninguno se casará para toda la vida. El matrimonio será un contrato renovable y podrá discontinuarse de común acuerdo, como cualquier otro convenio, sin úlcera estomacal y sin romper la vajilla.

La educación deberá centrarse en el objetivo de proporcionar autonomía a la conducta desde la edad temprana. Muchas veces serán los hijos quienes solicitarán a sus padres terminar con la farsa.

En conocimiento de esas reglas, los esposos deberán esforzarse para obtener una renovación del contrato o, en caso de discordia, aguardarán con disciplina la posibilidad de separarse para sentirse mejor en otro lugar, con otra pareja. O para estar solos según su inteligencia.

Sólo los católicos y los anglicanos se casarán por la iglesia. Y sólo ellos enfermarán como en la vieja época.





ZIGURATS

Son las mujeres quienes pueden hoy avanzar por la calle, pues tienen una calle. Aun de noche la ven iluminada y abierta, con perspectiva infinita. Los hombres han perdido el control remoto entre las cobijas. Y manotean en la oscuridad procurando dar con él para continuar con el desfile de modas.

Y aprietan el interruptor de la lámpara, pero la luz no enciende. Se yerguen, entonces, con esa pesadez de jueves entre los cabellos revueltos y a tientas avanzan hacia la ventana para descorrer las cortinas. Pero no hay gas en los postes. Alargan los ojos persiguiendo una estrella, pero las nubes están gruesas y el panorama nocturno se presenta como un campo minado, circundado de verjas.

¿Qué hace el varón para sentirse hombre? Coge el teléfono y marca el número de un amigo: "No huevees, son las tres de la mañana". Desciende por las gradas en dirección de la cocina donde todo huele a emporio y aceite refrito. Abre el freezer y no encuentra la cerveza.

Sale al patio y el perro le gruñe en los tobillos, le tironea del pijamas como un energúmeno -"hombre soy yo, ¿no me reconoces?". Huyendo del animal se encuentra -sin saber cómo- en la vía pública. Pero ha caído una niebla espesa y no logra distinguir la derecha de su izquierda. Es como si toda la edad se le hubiese venido encima. Solloza.

Con paso titubeante cree dirigirse hacia el parque donde una vez hizo el amor bajo las ramas. Un nombre de mujer empieza a tomar forma en sus labios. Se esfuerza por pronunciarlo, por murmurarlo para si, bajito. Entonces esboza una sonrisa, que es como un recuerdo de la alegría en su boca. Así desaparece, se desvanece sin que nadie lo advierta.

Arriba, en el zigurats, la mujer duerme plácida, acurrucada como una niña, probablemente soñando con una calle aún más bella.

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