jueves, 11 de noviembre de 2010

1822.- DIEGO MUZZIO



DIEGO IGNACIO MUZZIO



Poeta y narrador argentino nacido en Buenos Aires en 1969. Cursó estudios de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado: El hueso del ojo (Editorial Filofalsía, 1991), Sheol Sheol (Grupo Editor Latinoamericano, 1997), Gabatha (Editorial Práctica Mortal, México, 2000), Hieronymus Bosch (Ediciones del Dock, 2005), Tratado sobre la ejecución de animales (Ed. Honorarte, 2008), Mockba (Cuentos, Ed. Entropía, 2007) También ha publicado libros de cuentos infanto-juveniles: La asombrosa sombra del pez limón (Cuentos infantiles, Ediciones SM, 2005), y Un tren hacia Ya casi casi es navidad (Cuentos infantiles, Ediciones SM, 2008). Obtuvo los siguientes premios: Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes (1997), Primer Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz (2000), Primer Premio de Poesía Honorarte (2006), Segundo Premio de Poesía del Fondo nacional de las Artes (2004).




Poemas Éditos



De: Sheol Sheol, Grupo Editor Latinoamericano, 1997

1. CARTA A MI PADRE

La luz que crecía detrás del palomar,
entre las patas de los pájaros;
esos pequeños filamentos de luz
entre una pata y otra,
esa luz ya no está.
Lanzábamos piedras a las palomas
rojas del barro del aire,
y esperábamos, junto a los pinos,
que volaran a dormir en nuestras manos.
Las hormigas que iban y venían
en la cocina,
entre cáscaras de papa y fósforos apagados
han cambiado de territorio;
ya no se las ve, laboriosas,
correr entre las legumbres.
Los primos las perseguían;
debajo de la lupa
el sol las calcinaba.
Yo miraba, fuera del círculo infantil,
y pensaba en nosotros en lugar de las hormigas.

El tiempo sólo me ha dado tiempo.
Ahora recuerdo
estas pequeñas cosas que nos pertenecían.
Ayer una paloma quedó enredada
en las ramas de un árbol
como el barrilete rojo hecho de cañas;
ya no seré sacerdote,
sigo creyendo en Cristo.

A veces siento que hunde sus manos
en la neblina verde que rodea mi cabeza,
y su sangre entra en mi sangre
como un torrente oscuro, un río melancólico;
entonces apoya sus labios en mi mejilla
y en un susurro me dice:
"Resiste. Debo abandonarte."





De: Hieronymus Bosch, Ediciones del Dock, 2005

2. EL VALLE DE JOSAFAT

Y todo aquel año deambulé por casas prestadas
arrastrando ropa sucia, libros, poemas sin concluir,
las manos hundidas en un iceberg, los ojos
fijos en el Valle, Gehenna, la múltiple Maremma,
así me dejé estar durante días en esos
cuartos desconocidos, los descosidos músculos
murmurando humo, humo..., nos hundimos
y el agua helada taladraba la estructura de la pesca,
y estoy completamente solo, mudo como un buzo
en traje de etiqueta, raquítico, inmóvil, soportando
la electrificada corona de espinas del insomnio.
Almas aullaban bajo sirenas de bombardeo, alarma:
Deutsche Reichsbahn Deutsche Reichsbahn. SNCF.
Dos gigantescos vagones rusos con la hoz y el martillo
mal tachados. Deutsche Reichsbahn. Luego, Caballo,
8 hombres 40 Tara, Portata: un vagón italiano
avanzando sobre la nieve, cargando mis libros
huesos, zapatos, nueve ediciones de la Divina Comedia,
mis medias, las noches que lloramos,
los trípticos de Hieronymus Bosch y, en un rincón,
altas y blancas y con empapados hábitos flotantes,
las cinco monjas ahogadas (7 de diciembre, 1875).
El semen que sembré sobre senos y gusanos,
una visión del mundo del medioevo o quizás
renacentista, lagunas, lenguas, y un obtuso
espíritu que especula aún con el ojo de Dios
sobre cada uno de mis actos, como un padre ausente,
aunque sin duda furioso. Salgo a caminar.
Es de noche. Estas calles son para mí desconocidas.
Pero detrás de las copas de los árboles, la triste
Jerusalén se precipita hacia la ruina. En todo caso
(¿y cómo debo llamarte: Señor, Adonais, Elohim,
Cristo, Eli, Jesús, mi dulce Jesús de la Cruz?):
la tierra que veo ya no se diferencia del infierno.








3. MALLEUS MALEFICARUM

Tampoco hay que encerrar demonios en un frasco
si se desea librarse del brazo secular.
Nicolau Eimeric
Manual de los Inquisidores

Cómo me gustaría mirar viejas películas para siempre,
los dos en la cama, bajo mantas amarillas, con grandes
tazas de café y el invierno tejiendo su escarcha entre
techos y torres como una inmensa araña blanca.
Pero la Fama, abandonando su palacio de bronce sonoro,
reclama mi presencia en los estrados de Rialto, o lejos
en Monte Spinato, o aún más lejos en Blakulla, y debo atender
a mis asuntos porque, amor: estamos perdiendo la perspectiva.
Estamos perdiendo la partida de ajedrez contra la sombra.
Cuando salgo a caminar y me demoro en algún bar y
oigo los postreros saxos del desmembramiento
o mientras espero al gondolieri que me lleve
a la otra orilla del Canale della Misericordia:
si tus ojos vieran lo que ven mis ojos, entonces, amor,
debería excomulgarte, colgarte de tu pelo rojo,
hundir tu pulmón de oro en el pájaro de sangre de la lluvia.
Ayer a la mañana: ¿no estábamos de buen humor?
¿No reíamos y retozábamos entre las reliquias,
no pesaba yo tus senos como dos cabezas
de gemelos que salieran de tu tórax, no buscaba,
tembloroso, orando por las dudas, el tercer pezón
que alimenta los rebaños de espíritus inmundos?
Pero hoy estás tan triste... El biper no deja de sonar,
mientras tus manos ordenan, amorosas, los instrumentos
en la maleta de terciopelo negro, regalo del Dux
en reconocimiento a la quema de brujas en Bolonia.
Tengo dos entradas para el cine. Esa es la sorpresa.
Y reservas para un largo viaje más allá de los canales,
más allá de San Michele y el regno della morte gente.
Amor: no te aflijas. Nuestras acciones suben sin cesar
en los cofres de la Jerusalén celeste. Somos inmortales.
Y estamos en el mejor momento de nuestras vidas.






4. LOS ILUMINADORES

¡Si durante un año se escribiera para pintar,
/y no para hacer música, oh Casella!
Ezra Pound

Apenas unas monedas por su sexta crucifixión
pintada en el margen de una Biblia in octavo;
una semana sembrando sangre de su Salvador,
sentado sobre el sometido semen susurrante
y cuando el dueño del libro, un sastre holandés,
examinó el trabajo e inquirió por el sentido
del ciervo que huía en un bosque a la izquierda de la cruz,
él sólo se encogió de hombros, sin siquiera responder.
Aquel holandés pagó por el privilegio de una inmóvil
escena incrustada en la escritura, y yo pago
una entrada para el cine. En la oscuridad me guía
un hombre con linterna; el haz de luz cae sobre la butaca,
rayo de sol sobre un tronco calcinado,
y me hundo en la húmeda pelambre de penumbra
como un joven animal perseguido y aterrado.
Hay precedentes, una tradición lícita, cantar una cosa cuando
tu canción significa otra...; por mi parte, no puedo dar cuenta
de la manada de palabras que mana en la mañana,
pero puedo huir al abrigo de los árboles
masticar el hueso del agua de la duda,
puedo entrar a cualquier cine con el único propósito
de que alguien ilumine brevemente mi camino.
En la pantalla, Jesús recorre las habitaciones de un hotel:
se inclina ante cada orgía como a punto de beber
y las manos agujereadas juegan con oscuros genitales
mientras un enjambre de ángeles clava su sexo en una tabla.
El pintor sale a la nieve. En el bosque brama un ciervo
y él, manoseando la bolsa de monedas,
se dirige a una taberna. Allí hay una mujer que,
por una mínima suma, se deja penetrar
sobre el heno del establo. Huele a humo, a sudor
pero ríe siempre y dice que sobre su cuerpo
un hombre puede entrar montado al Paraíso.







5. EL RINOCERONTE

Cuántos Cristos cargando la cruz y cuántos
San Sebastián y Descensos a la Tumba
habremos visto en nuestra breve vida,
Domenico, en Florencia, aquí en Venecia,
colgando iluminados de los rascacielos
o interrumpiendo las aéreas cañerías
que siembran el semen de la masturbación
en el lago de limo de los limbos.
Mi amigo, mi amadísimo Domenico:
he conocido una mujer, ayer, cerca del agua.
Su pelo negro y su vestido demasiado amplio
dejaban en el viento un perfume indescifrable.
Caminamos. Bebimos vino. Más tarde
me guió a los altos de una casa en Cannaregio.
La noche me empapó las manos. Al amanecer,
sin que ella lo pidiera, le mostré la foto
de mi óleo más logrado: Ascenso del Calvario.
Ella lo miró con indiferencia. Y luego,
Domenico, escucha..., luego se levantó
y enseguida regresó con el dibujo
torpe y desproporcionado de un rinoceronte.
La imbecilidad del tema y su peor factura
convocaron a mis labios la sonrisa, y ella dijo:
éste es el espíritu acosado que no sabes pintar.
Me vestí. Salí de allí. Espero no volver a verla.






6. EL RAYO CAE CON PREDESTINACIÓN

¿Puedes responder a mis preguntas
Tú, San Juan Evangelista en Patmos,
colgado de un clavo en la pared de Berlín,
escribiendo aún mientras se arrastran
las larvas del tiempo sobre largas galerías?
De la blanda muerte por agua a los caballos
trompetas peste hambre fuego hemos
evolucionado: se torna más complejo destruirnos.
Todavía puedo respirar. Encerrado en este cuarto
huyendo de mi prójimo, hojeando guías de viaje,
riéndome de la ruina e ignorando la pobre
prosa de la maquinaria animal del día.
Quiero ir a pescar con mi padre y con su primo.
Estoy dispuesto a atravesar el dilatado páramo
para llegar al río, así que dejemos a un lado
la destrucción del mundo
y, si es posible, dame una respuesta:
¿qué quedará de mí luego de que el rayo
calcine los trigales que conducen a mi puerta?






7. ECCE HOMO

Un dios que deviene hombre, luego animal,
pez o cordero, y el hombre que desciende
del turbio animal y debe transformarse en dios:
¿Es este el mudo nudo del problema,
la ecuación dispersa en las hojas del cerezo,
el agua, las nubes, las noches sucesivas?
¿Verdad? ¿Qué es la Verdad? Un espejismo,
fragmentos de espejos entre espejos enfrentados,
esta sala en penumbras tal vez sea la Verdad.
Tú morirás hoy, yo moriré quizás mañana,
tú adoras a tu dios y yo a los míos,
pero ni siquiera nuestros dioses tienen un sentido
en esta breve y patética comedia.
La luz del sol es buena, y bueno es escuchar
esos relinchos, saber que los guardias lavan
ahí afuera mi caballo, que los satélites vigilan
cualquier intento de alteración del orden
en el estado de cosas conocido.
Y si la Verdad, esa utopía, fuera finalmente develada,
tenemos métodos para acallarla, distorsionarla,
hacerla pasar por un simple anuncio publicitario
transmitido en lenguas por cadena.
Y ahora, aléjate de mi vista. ¡Agua, quiero agua!
¿Escuchas los pasos del esclavo, el eco
cada vez más débil de esos pasos?
Eso es la Verdad.







8. ARARAT

Ahogada junto a mí, tu túnica se mueve aún,
no encuentra reposo la tela que te sirve de mortaja
y flota también tu pelo entre las cabras,
los negros bueyes hundidos, se mueve tu vestido y
pareciera que estás viva, respirando todavía bajo el agua.
Cuelgan llanuras de los peces; recuerdo
haberte visto entre los autos con idéntico atavío
o remando sobre la morosa grasa de las olas
una mañana de lámparas paralelas al degüello
de los corderos junto al mar, del mar junto a la sombra.
Arriba, corren las nubes sobre el Ararat.
Si pudiera elevarme hasta la cima donde el rayo
con su hoz de luz siega la siembra, si yo mismo
me elevara desde lo profundo y me sentase luego
solo sobre la montaña a mirar pasar las nubes,
a pensar en cómo todo cambia volviéndose invisible
o simplemente despreciable... Esto ya no es una película:
yacemos bajo el lento espanto de los santos.
Quiero estar en paz con el pez de mi memoria
nadando en las tibias tardes de mis mejores años.







De: Tratado sobre la ejecución de animales, Ed. Honorarte, 2008

9. ASESINATO DE UNA MUJER

Me comí tus muslos. Corté
la pierna derecha arriba
de la rodilla; luego la izquierda

y eran blancos tus muslos como
tinajas de nieve, frescos, tibios
en mi paladar. Sangre espesa

corría por mis labios hacia abajo
corría como un río subterráneo
río en el preciso

momento del deshielo
cuando la superficie se quiebra
y salta el agua liberada. Los peces

truchas y salmones que durmieron
en el fondo frío, saltan también,
reciben la caricia del sol

y de noche el zarpazo de la luna.
Truchas y salmones son
los peces más sabrosos

pero no pueden compararse
con tus muslos: colibríes
desquiciados en la sangre.





10. ASESINATO DE UN APICULTOR

La sangre es miel:
cuando chorrea sobre mis manos
hundo los dedos en la boca
la lengua lame la lava
que circula dentro de los cuerpos.

Las abejas danzan en el aire
se confunden con las gotas
de sangre suspendidas
en el rayo oblicuo del sol.

Pero las gotas caen:
ahora brotan sobre el prado
pequeñas flores rojas.

Y mientras yo descanso
de mi árido trabajo

llevan las abejas
sangre a las colmenas.


Inéditos

1. JAVA

El vapor que se eleva de la taza sugiere el contorno
de archipiélagos donde la lluvia doblega
la verde penumbra de una selva.
Sobre la playa avanza una familia de tortugas,
y luego sólo ves los caparazones vacíos,
útiles aún para ocultar a los peces más pequeños
de las fauces de depredadores mayores;
y los mismos pensamientos vuelven
con el reflujo turbio de la marea:
el azar que te permite estar sentado, imaginar
viajes improbables como morir momentáneamente
para descender a dispersar el denso
cardúmen cebado en tu costado.
Y si al regresar lo harías al mismo lugar,
bajo las mismas condiciones, y cuánto de tu vida
estarías dispuesto a resignar por el dudoso privilegio
de nadar en esas aguas; si al retornar encontraras
que algunos objetos o incluso tu cuerpo cambiaron
y tu mano ya no sostiene una taza y tu mano
es sólo el dorso de tu mano acoplado a una mandíbula.
La luz no pacta con la oscuridad
y es necesario encontrar una estrategia que te permita
atravesar la longitud del día, segregar un caparazón,
otro cielo bajo el cielo, prevalecer un tiempo
sobre el agua que aguarda
la caída y dispersión de tu precaria arquitectura.







2. FLAUBERT OBSERVA UNOS FLAMENCOS

Esos árboles detrás de la ventana, imposibles de alcanzar:
¿cómo los describiré? Sin duda cambian con el paso de la tarde,
la luz los transforma permanentemente en otros árboles
y la ausencia de luz los hace semejantes
a temibles criaturas en el lodo junto al agua.
Y las aves, inconstantes en la elección de los ángulos
del río donde descienden, y el dibujo irrepetible de las nubes,
tus pies, que seguramente han cambiado, o el mar
que no veo desde hace años y que a lo largo
de kilómetros de costa renueva sin cesar
su invitación a hundirnos en lo indistinto.
He entablado una guerra con lo real y el conflicto
ocupa cada minuto de cada uno de mis días.
Me preguntas qué he debido soportar para haber
llegado a donde estoy. No lo sabrás, ni tú ni los otros,
porque no se puede decir. La mano que me quemé
y cuya piel está arrugada como la de una momia,
es más insensible que la otra al frío y al calor.
También mi alma pasó por el fuego:
¿puede maravillar acaso que no se caliente al sol?
Aquí y allí, osamentas humanas, restos de la guerra.
Y luego, a lo lejos, el mar, siempre el mar.






3. EL ERROR

La lluvia cae como una red...
Eso quise escribir para continuar luego
con alguna reflexión personal sobre
la capacidad elemental del agua a la hora
de rescatar recuerdos, restos de recuerdos.
Sin embargo, en el primer intento
la red salió de mi mano convertida en res
y me demoré pensando en ese error involuntario:
la lluvia cae como una res...
No puedo justificar la comparación
pero sin ningún esfuerzo imagino
la carne caer con su sonido final
hacia un desenlace abrumador.






4. VENTANAS ILUMINADAS

Abre los ojos. Su mano cae sobre los libros
apilados junto a la cama, toma uno al azar
y lee un poema: es como abrir una ventana
en una casa desconocida, a la que llegamos por la noche,
agotados de caminar bajo la lluvia helada.
Aún somnoliento, su cerebro organiza el trabajo:
¿puede aprovechar algo de sus sueños?
El asno que cae de lo alto de la montaña
o aquella voz que, en la oscuridad, afirmaba:
"la muerte es una silla en una habitación vacía".
Escribe. Corrige. Vuelve a escribir. La tarde despliega
la pregunta de siempre y, al anochecer, cree encontrar
una respuesta en otro libro abierto al azar:
debo escribir poemas, la más fatigante de las ocupaciones.
Enciende la luz. Se acerca a la ventana. Otras luces
resplandecen a lo lejos, entre las copas de los árboles.
Algunas permanecerán encendidas hasta la madrugada.







5. NOX

Si la oscuridad resbala sobre las ventanas
y paralelo a mi mano persiste el fósil
de una taza de café, es que llegó la noche.
No puede extrañarme que llegue la noche.
No debería extrañarme. La noche siempre llega.
En silencio, empujada por la espuma de otras
noches disueltas tras su espalda, o quizás al despertar
de una siesta prolongada. Cuando los ojos se abren
a la oscuridad, la penumbra desconcierta.
Pero ahora habrá que levantarse, tender la cama,
cenar, permanecer despierto hasta el alba;
y pensar, bajo la luz de la lámpara, en lo que dejé atrás:
tardes en que el movimiento de mis brazos
trazaba en el aire la fugaz arquitectura de la pesca,
aquellas tardes en que el dibujo curvo del músculo
de mi brazo insinuaba una estructura
forma única y falaz de eternidad posible.
El sol hundido en la nuca, anzuelos que parecían de oro.
Y después abandonar el muelle con un volcán
de hirvientes pejerreyes, aun sabiendo que,
tres días más tarde, los peces comenzarían a morir
muy lentamente. Aun sabiendo que una mañana
encontraría diez tajos plateados en el agua estancada.
Ahora miro mis manos con el mismo asombro de entonces.
Nunca dejaron de asombrarme, mis manos,
ni tampoco el mudo puño que retiene
el orden momentáneo de mis venas, de mis huesos,
el orden de la luz en los ojos siempre abiertos
ante la inminente caída de la noche.







6. CIENTO VEINTE BOOMERANGS

Cualquiera que tenga dos ojos tiene también
pocas esperanzas, a juzgar por la intensidad
conque envidiamos el sueño del gato sobre
un espeso charco de sol, o junto a la ventana
cuando la lluvia extiende sus tendones y en la casa
flota la penumbra como humo. Lo que dije ayer,
ya lo olvidé. Pero recuerdo que llovía y también
que no pude completar el poema que podría
haberme cruzado a la orilla opuesta del día
con cierta dignidad y aire suficiente en los pulmones
como para soportar el embate de la noche.
Durante dos horas lancé ciento veinte boomerangs.
Y si hubiesen vuelto, habría pasado la noche en vela
quitándoles la nieve de los lomos, lavándolos como se lava
un brazo fracturado o una pierna en rigor mortis.
Pero en su naturaleza, regresar no es lo mismo que partir,
y la amplia curva que ensayan está cruzada de obstáculos
casi imposibles de salvar. Un roce, un leve golpe de la brisa,
los precipita hacia los techos y quedan atrapados como
ballenas varadas en la playa, o cuelgan de los cables telefónicos,
y más frecuentemente de las ramas, negros como higos o largos
nidos inútiles. En la oscuridad brillan y bajo la luz del sol son
signos, comas colgando del vacío, puntos suspensivos
que marcan la caída de un día echado a perder.






7. EL PORNÓGRAFO FILMA EN SUEÑOS
UN DOCUMENTAL SOBRE SUS MUERTOS

Comienza con algunas nubes dispersándose en el viento;
después te ves de espaldas, alejándote sobre un sendero
entre infinitas canchas de tenis: los movimientos de los jugadores
están sincronizados, pero entre golpe y golpe transcurre
un lapso de tiempo excesivamente largo. Luego está el lago,
la montaña y las sesenta y seis salas de espera en las cuales
te sentaste en el transcurso de tu vida, todos los árboles
que alguna vez contemplaste formando un solo bosque,
el salto en paracaídas que te arroja hacia la casa:
allí están todos, disfrazados con sus cuerpos mortales,
sentados como Budas sobre los mismos viejos sillones, desnudos;
la carne que cuelga fláccida de sus muslos y brazos,
exhibe las indelebles quemaduras de la tumba.
Así termina la primera escena. Las tazas alineadas
en el borde de la mesa mantienen un perfecto equilibrio,
teniendo en cuenta que lo que sucede a continuación se asemeja
al movimiento mecánico de esas segadoras que recorren los campos
siguiendo un rumbo predeterminado bajo el sol, cosechando
el trigo que un hombre sembró en la estación adecuada,
sirviéndose de la información acumulada en la experiencia
de otros que a su debido tiempo también sembraron
y así podríamos remontar el curso de los años
o avanzar hacia el momento en que esos campos
serán transformados en estacionamientos, fábricas o cementerios.
Censurada por el vómito de sal de sus ángeles guardianes
la última escena queda velada; sólo se ve una mano que dibuja
flores amarillas en un ángulo del cuarto y luego el murmullo
de voces que preguntan si regresaré...: ¿cuándo? ¿pronto?







8. PORNOGRAFÍA

Sembraste la oscuridad adecuada alrededor de una idea
que podía ser expresada claramente en un puñado de palabras,
pero esta hipótesis es en realidad la conclusión. El problema es:
¿cómo llegaste aquí? Ahora sólo queda una puerta por atravesar
detrás de la cual, según las predicciones, debería extenderse el mar
bajo la luz helada del invierno, y una sinuosa línea de sueños
como faros internándose en el agua, las luces alejándose del modo
en que lo harían los puntos suspensivos al final de una frase
para señalar la intromisión de una incógnita a develar
en la dispersa ecuación de la carne. Arboles y objetos
se apelmazan bajo la lámpara. Lo que te rodea se encuentra
a una altura inconveniente, como esa manada de mesas
cada vez más altas e inclinadas, sobre las que nieva sin cesar.
Las huellas de un conejo internándose en el bosque te llevan
hacia el claro donde Alicia es violada por los centauros.
La escena es atroz, pero entonces, entre los gestos
de asco y horror que recorren la cara de la víctima,
descubrís una breve, sórdida sonrisa que lo explica todo.
Así culminan los cuentos de la infancia:
con la crueldad coronada, pidiendo a gritos la cabeza
de las personas que te aman; la felicidad mutando
en insatifacción y propagándose dentro de la vida
como una enfermedad infecciosa, de la misma manera
en que vos quisieras multiplicarte en el sueño de los otros
para asegurarte una estadía más prolongada en el mundo.
Allí, en esos sueños, aparecerías desnudo,
completo en tu nimidiedad, dirigiendo melancólicamente
el acoplamiento de las lluvias, las luces y las sombras.






9. CIERTAS OBSERVACIONES EN UN JARDÍN

He olvidado lo que alguna vez supe de los árboles
pero, si fuera pintor, podría pasar mi vida pintándolos,
aunque mis manos torpes apenas sirven para trazar
una y otra vez las negras líneas de ciertas palabras
o para recolectar cerezas dispersas sobre una tierra
al otro lado del océano. Adramandoni; ese es el nombre
que los ángeles confiaron a Swedenborg en sueños:
jardín del Edén; puedo imaginar al hombre y la mujer,
a la serpiente, pero no a Dios: ¿sería sólo una voz?
¿o aparecería imprevistamente entre las ramas como
el gato de Cheshire, sonriendo, desapareciendo luego,
dejando entre las hojas una fantasmal hilera de dientes
y algunas palabras confusas...?: un perro no está loco.
Regreso a las cerezas. Los árboles navegan en la luz,
pero al declinar la tarde yacen de nuevo inmóviles
como trampolines verticales. No hay niños riendo bajo las hojas.
O sólo hay uno: él carga su jardín portátil en la memoria
y, atravesando años de olvido, aparece fugazmente
para recordarme la importancia de cualquier jardín.




10. WEST 67TH STREET

Esas son las últimas palabras que Robert Lowell
pronunció en vida: la dirección de su segunda esposa,
en Nueva York, susurradas al chofer del taxi con
el cansancio de alguien que acaba de atravesar el océano
estudiando la anatomía de las nubes, comparando la veloz
metamorfosis del cielo con la corrupción. Delfines
lo acompañaron bajo el avión, reunidos en la alargada
sombra sobre el agua. Ellos lo sabían. ¿Lo sabía acaso él?
Sin embargo, esa era sólo la primera mitad del camino;
le restaba aún recorrer el resto. Un poema es un acontecimiento,
no la descripción de un acontecimiento, solía decir;
de modo que los árboles a ambos lados de la calle
y los autos que circulan como peces en un acuario,
la luz de un cuadro de Vermeer, los botiquines repletos de torazina,
la casa de piedra de su abuelo y las mansiones bostonianas bajo la nieve,
la celda que ocupó por negarse a matar, el Santo Padre afeitándose,
en una tibia mañana romana detrás de un spinnaker, el humo
de un cigarrillo flotando sobre un poema inconcluso, nada tienen
que hacer aquí. Debo comenzar otra vez, escribir de nuevo.
West 67th Street. Esas son las últimas palabras que Robert Lowell
pronunció en vida, tal vez. No podemos estar seguros;
tampoco es posible imaginar lo que un hombre ve
mientras el barquero lo conduce entre el incesante
movimiento del tráfico y esos inesperados derrumbes de la luz,
una nueva forma de corrupción, como la capacidad de corromper
que la poesía posee y que incluso en ese último instante lo sostiene.
A ambos lados del taxi, delfines lo escoltan en el aire.

"Fernando Sabido Sánchez agradece a Luis Alberto Vittor, Director Editorial y Fundador de la publicación argentina Analecta Literaria. Revista de Letras, Ideas, Artes y Ciencias[http://actaliteraria.blogspot.com/] la gentileza de permitirle republicar los poetas originalmente publicados en la revista en su blog Poetas para el siglo XXI."





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