jueves, 11 de noviembre de 2010

1804.- GUSTAVO SOLÓRZANO-ALFARO


GUSTAVO SOLÓRZANO-ALFARO, Poeta, ensayista, editor y profesor universitario, nacido en Alajuela, Costa Rica, 15 de enero de 1975. Estudio Filología Española en la Universidad de Costa Rica (UCR), donde también obtuvo una maestría en Literatura Latinoamericana. Actualmente, es doctorando en estudios culturales en dicha universidad. A partir de los años noventa ejerce la docencia, tanto en secundaria como en universidad. Desde el 2007 es editor de la editorial de la Universidad Estatal a Distancia (EUNED). Formó parte del Círculo de Poetas Costarricenses, del grupo literario Urú y fue miembro fundador y editor de la revista Fijezas. En el 2003, su segundo poemario fue Libro de Poesía del Año de la EUNED. Poemas y ensayos suyos han aparecido en diversas publicaciones, digitales e impresas, tanto en su país como en otros de Hispanoamérica. Invitado a los festivales internacionales de poesía de Costa Rica (2003, 2009 y 2010) y de El Salvador (2009). Ha publicado cuatro poemarios: Del sudor de tus ojos (1994), Las fábulas del olvido (2005), La múltiple forma del delirio (2009) y La condena (2009). El ensayo La herida oculta. Del amor y la poesía. Una lectura del poema "Carta de creencia, de Octavio Paz (2009) y la compilación Retratos de una generación imposible. Muestra de 10 poetas costarricenses y 21 años de su poesía (1990-2010) (en prensa)




De: La múltiple forma del delirio (2009)


FIJEZA DE LOS TRENES

Hazme humano, oh noche, hazme fraterno y solícito.
Sólo humanitariamente es posible vivir.
Sólo amando a los hombres, a la acción,
a la trivialidad del trabajo.
Solo así -¡ay de mí!-, sólo así es posible vivir.
Sólo así, oh noche, ¡y yo nunca podré ser así!

ÁLVARO DE CAMPOS
Apuntes

1

Me vengo fijando desde hace mucho.
Doy vueltas,
acaricio cada contorno de piedra y sal,
y yo me fijo y no hay nada.
Nada que pueda hacerme sentir de otra manera.
De otra forma menos ligera y tranquila.
¿Te has fijado?
Mira cómo puedo quedarme:
fijo en un punto,
en un punto sin salidas ni senderos,
sin otra aspiración que quedarme sentado,
esperando,
hastiado de mí mismo,
como una estatua, un lecho,
un árbol sin ramas ni raíz.
La fijación se me vuelve una angustia
y la angustia una apatía
y la apatía empieza a enojar mis manos
y mis manos también se quedan mudas,
fijas y absortas,
moderadas y abiertas.
Deambulo por estas calles
con los pitos de los carros
queriendo fijarse
en mis oídos.
Y me quedo fijo de nuevo:
fijación siempre.
La fijación no es un instante.
La fijación es toda la vida.

2

¿Por qué te quedas en el portal de mi puerta?
¿Por qué no entras y platicamos de nuestros hastíos?
Ya no puedo soportar más verte ahí,
de pie, esperando,
solapada en el umbral de mi puerta,
cavilando mi defunción,
tomando medidas
para el traje que habrás de hacerme en la mañana,
vestido de encajes como el de la niña muerta.
Y mamá llama a todos a comer.
Y todos comemos
y nos vamos de nuevo a jugar.
Y el cartero insinúa palabras
que se quedan en ciudades
donde mis manos juegan a ser niñas,
y niños que pronto descubren
la delicia del hastío,
y entonces viven para él,
se alimentan de él y lloran con él,
y penetran a solas
los lugares donde yo estuve hace mucho.
Vamos, entra,
¿no ves que me canso de hablar solo?
La puerta,
tu figura carmesí
en la sombra de mi puerta.
No entras, tienes miedo,
todos tenemos miedo:
las personas que buscan
el calzado de su medida en tiendas equivocadas,
los señores apurados
que no saben que el tren hace mucho ha partido
y que la estación de tren fue clausurada
por unas manos ilustres
y por eso el tren nunca más regresa,
y sus esposas se quedan esperándolos
al otro lado,
sin saber que nunca llegarán
porque el tren fue clausurado hace mucho.
Y sus hijos ya son grandes y van a la escuela
y la maestra les habla de la historia de los trenes
y los niños no saben
que esa es la historia de sus padres;
de las personas que buscan trajes a su medida
en las tiendas equivocadas
porque el tren fue clausurado.
Y los niños ya son abogados y arquitectos,
y tienen en su puerta una mujer indecisa.
Y uno de esos niños, ahora grande,
convertido en abogado y arquitecto,
levemente susurra, cada vez más audaz
-porque ahora ya es grande y fue a la escuela y creció solo-
susurra a la mujer,
a la mujer detenida en el umbral de su puerta:
-Por favor, entra, ¿no ves que triste y solo que me siento?
¿No quieres entrar?
¿Prefieres quedarte ahí en el umbral de mi puerta?
Y la mujer le responde:
-Me vengo fijando desde hace mucho,
y ser el instante -efímero y eterno-
es lo único que puedo darte.
Y entonces el muchacho, ahora grande,
compra un tiquete para el tren de las doce,
pues ha olvidado que su maestra le hablaba
de que habían clausurado los trenes.

3

¿Adónde va mi mano en esta sombra?
Mano, sombra que se acaba,
el juego se repite,
pero siempre queda algo de sombra en la mirada,
en los sitios donde se supone
que no deben quedar ya sombras.
A dónde voy ni yo mismo puedo saberlo,
si lo supiera no escribiría estas líneas.
Líneas absurdas que se trazan solas
y que jamás debieron haber empezado a trazarse.
Líneas opacas y desnudas:
cosas raras, ¿qué será
lo que ellas significan?
¿Significan?
¿Dicen algo las malditas?
Condenas de mi esperanza,
yugos de mi carne,
laceran a placer todas las voces
que gritan y responden,
hablan y se pudren
como una banalidad
a la sombra de jardines
donde llegan los vecinos
a preguntar cómo les ha ido,
cómo están los hijos,
a qué se dedican,
y si tienen algún regalo que ofrecer;
como si eso bastara
para cimentar una buena relación de vecinos.
¡Qué impertinentes son los vecinos!
Tan necios y tan ciegos
como estas líneas
que poco a poco avanzan sin razón,
absortas en sí mismas,
perdidas, buscando no sé cuáles
jeroglíficas serpientes
que se muerden la cola
y chillan como degeneradas
intentando decir algo que nunca dicen,
porque están condenadas a nunca decir ese algo
que eternamente están a punto de decir,
porque muy bien saben que si lo dijeran
no serían ya palabras,
sino cosas útiles
que podríamos endosar en los álbumes,
pegar en las paredes,
incluir en tratados de libre comercio,
enviar en cartas
a los que se quedaron lejos,
expresar nuestro afecto,
conquistar a la novia,
entusiasmar al auditorio.
Por eso no dicen
lo que siempre están a punto de decir,
y eso es todo lo que nos queda.

4

Hasta este punto llega mi hastío.
Hasta sus propios y desnudos límites de asfalto.
Solo sirvo para escribir que escribo,
para decir lo hastiado
que estoy de mí mismo.
Yo quisiera volver al mundo,
eso es todo lo que quiero.
Mundo, lejanía que se pierde.
No me encuentro,
no te veo, no veo a nadie,
y la estación del tren está vacía.
¿Qué me pasa?
¿No será todo producto de estas líneas
que no saben tampoco donde detenerse?
A veces solamente quisiera descansar,
sin estar obligado a escribirlo todo,
a pensarlo todo y a exprimirlo todo.
Palabras vacuas como todas las palabras.
Profetas de otros lugares
que a veces mi vista quisiera conocer,
pero si los conociera,
lo conocería todo y lo sabría todo,
y entonces el hastío sería otro.
El hastío de serlo todo
para siempre y hasta siempre:
dios seguro de lo que debe hacer,
dios al borde del pecado y siempre bajo control,
comprando en las tiendas correctas,
tomando el tren en punto
porque los trenes no estarían clausurados.
Y entonces podría decirte de nuevo:
-¿Quieres entrar,
o prefieres quedarte al borde del camino,
dónde el mundo ya no es mundo
y mis manos no lo alcanzan,
dónde el hombre está perdido
y sus pasos no se escuchan?
¿No vas a entrar?
Y tu voz no me responde
y me quedo solo a la orilla del mundo,
y nadie me espera al final de la estación,
y yo pregunto por qué los trenes tan vacíos y tan quietos
y el mío que no llega,
y tu piel que se aleja,
y yo me quedo fijo, esperando,
como si algo estuviera a punto de ocurrir,
pero nada pasa
porque los mundos fueron clausurados desde siempre.
Y yo fijo, mirando la estación, tu figura,
mi propia fijeza al borde de los cielos.
Y nada ocurre,
y todo gira y permanece como si algo nuevo
estuviera por fin a punto de ocurrir.
Pero todo quieto,
y nada.
Nada pasa por el mundo.








De: La Condena (2009)


BALADA

Hoy me duele más que nunca tu mirada.
Hoy me duele esta casa, tan grande y tan vacía.
Me duele el deseo y me sabe a tiempo tu palabra.
Me duelen las distancias, me duelen las ventanas,
y las notas de un piano sumergido en las tinieblas.

Esta mañana es una de esas
que irrumpen en tu cuarto y te desnudan en silencio,
te acosan y te gritan con sonidos secos,
con nombres sordos, con espejos brillantes
que no cesan de iluminar una esquina,
un recodo de mi pecho, una estancia del recuerdo.

Esta mañana está vacío el mundo y quietas las aguas.
Están detenidos los almuerzos y las reuniones,
están abarrotadas las librerías y vacíos los cafés.
En una esquina de mi cuarto escucho el llanto.
Escucho tu latir desesperado y tus venas agolpadas.

Hace ya tantos días y mi hermano no regresa.
Su cuarto está vacío desde el último rincón del sueño.
Tiemblo en las tardes al pensar que no se duerme,
tiemblo al recordar que su nombre es una tumba
y su alma una montaña.

De todos los que lloran,
es mi madre quien más sufre:
come a deshoras y habla poco.








LIBROS

1

Estuve enfermo y volví a mis libros,
y en ellos encontré de nuevo la esperanza:
vacía y seca, pero nueva;
terrible y muda, pero grande.
Acostado, de pie, sentado o aburrido,
me dediqué a buscar las horas,
los sueños, los recuerdos,
y solo respondieron por ellos
las páginas inconclusas de la muerte.

En esos libros, raros y olvidados como los de Poe,
vetustos según decía,
habitaban las llamas secretas de mi pasada historia:
cada instante estuvo siempre en esas letras,
cada letra era un nombre antiguo
equivalente y total de la tristeza.

Descubrí así la mentira, pude decir "Yo" de nuevo,
pude hablar con mi sombra como hacían antaño los poetas,
como añoramos aún a pesar de los tiempos y las modas,
a pesar de que nada importa y todo esté perdido.

Pero, ¿quién sabía que todo estaba dicho?
¿Quién podría jurar, por la sangre y por el miedo,
que sabía que el tiempo estaba escrito?
Nadie supo jamás de las distancias,
nadie me acompañó en mi viaje mortal hasta la noche.

Ese día, hablé con Dios.
No dijo mucho porque sabía que su nombre
me borraría para siempre de la Tierra.
Me dio más tiempo, me dio más vida,
como un miserable me concedió el dolor de sufrir más.

Quizás como a Borges, me concedió los libros,
pero no la noche,
la noche final que tanto busco,
el momento fugaz de la derrota,
la mortal encrucijada y la mañana.

Estuve enfermo esa vez y volví a mis libros.
Hoy leo esta página y me sonrojo:
¿cómo pude conformarme con eso?


2

Soy un cobarde.
No hay más poesía que eso.
No hay poesía.


3

Está roto el vaso que guarda mis entrañas.
Está vacío el corazón que ruega por la noche.
Están negados para siempre los recuerdos.
Está sellado el aposento de tu risa.
Estoy vestido para la fiesta
y la fiesta es una nube pasajera.
Está olvidado mi rencor y olvidadas mis riquezas.
Estoy sentado en una silla de mármol
en la esquina más profunda de mi casa.
No escucho llantos ni veo las llamas desde Roma.

Está la silla abandonada y la mesa puesta.
La mesa y la silla se ríen en mi cara.
Sé que las dos detestan mi poesía.
Mi hermana me dijo que me quedara.
Mi perro ladró cuando partí.
¡Qué feliz debió estar!, pues no tengo perro
y las mascotas en realidad me parecen mala idea.

Estoy sentado, ya lo dije.
Tomo un libro y leo:

Me gustan
más tus labios
que mis libros.








JACQUES PREVERT

Oh, Prevert, qué sabio y qué ingenuo:
ese día salvaste a todos los ignorantes,
igual que el monje medieval que nos regaló el cielo
y nos condenó a la estulticia cuando olvidó su latín:
"non intelegere cum legere".

Está ciega la puerta y dispuesta la entrada,
arropados los instantes y la memoria en remojo.
Todo está guardado, perdido y olvidado.

He estado enfermo muchas veces,
pero jamás como hoy me duele tanto.
He estado enfermo muchas veces,
pero jamás como hoy leí tanto.
He estado enfermo muchas veces,
pero nunca enfermo como hoy lo estuve.








EL ENTERRADOR

Aquí yace la sombra:
allá la duda,
allá el misterio,
más allá los tejados, las montañas.

Y allá, mucho más allá
de donde el tiempo imagina,
las mañanas y el espejo
de otros nombres y otras sombras.








LA CONDENA

Soy la última bandera que ondea,
el último bastión de los perdidos.
La escaramuza en la plaza,
el licor de los malditos,
el redentor de los ciegos,
el mártir del ensueño.
El último animal que se devora,
la última señal en la vigilia.

Soy espacio y estrellas,
mástil que tambaleante se aferra,
puerta hacia el infierno y paraíso en ruinas.
Soy quien no te mira, quien no canta,
quien no peca ni claudica.
Quien abre las ventanas de tu nombre herido
para rescatar del pasado el aliento,
la maña, el colmillo, la flecha y la daga.
Soy quien come a deshoras y habla poco;
quien se tiende en tu lecho para dormir la siesta.
El último emisario que tu casa habita,
el último hermano que de sangre vive.
El pequeño que se esconde en la mesa,
el tirano que arroja los pestillos
hasta encontrar la salida de este laberinto,
de este jardín donde los frutos se han perdido,
donde todas las sombras reclaman
y todos los abismos se olvidan.
La alimaña viva en tu carne muda,
el amante dulce en tu espalda abierta,
el capitán volátil de tu barco enhiesto.
Soy inmortal y soy perecedero,
soy todos los imperios y soldados,
todos los reyes y princesas,
los enanos y bufones, consejeros y asesinos.
El pájaro intacto de la noche ígnea,
el ladrón imposible de la nada.

Pero no fue sino hasta hoy, en medio de la tarde,
que supe quién era el enamorado,
quién la doncella y quién la tarde.
Hoy descubrí que cargabas la cruz y las llagas,
que soñabas con dioses de piedra,
que hablabas con la muerte como hablar conmigo.
Hoy estoy calmado. Estoy de pie y dudando.
Aguardando este presagio
de que el mundo sea de aire y yo de asfalto.
Yo de hierro, yo de odio, yo de sangre y lentejuela.
De savia perforada y hambres que se olvidan.
Yo de mentira, de aspaviento,
de aullido y de lujuria; de ríos y legiones.

Seguiré siendo el frío intenso,
el impío final que te calumnia.
Un instante, una rosa, un pedestal,
un grillete, un amuleto;
una mancha en la pared del fondo,
una silla, un cigarro,
una despensa, una fiesta y un sudario.

Soy una insignia,
un medallón de tus batallas,
un dedal en tu cabello,
una tumba en tu mirada.

El último, el primero,
el que no acaba, el que no cesa,
el anciano cruel que sodomiza,
el villano oportuno que no calla,
el demonio brutal que te condena,
el arcángel feroz que te culmina.

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