jueves, 14 de octubre de 2010

NORBERTO CODINA [1.512]


Norberto Codina 



(Cuba, 1951). 
Poeta y editor cubano-venezolano. Desde hace veintisiete años dirige la revista de arte y literatura La Gaceta de Cuba.
Ha publicado los libros de poesía: A este tiempo llamarán antiguo (Premio David 1974. Unión, 1975); Un poema de amor según datos demográficos (plaquette, Extramuros, 1976); Árbol de la vida (Colección Foro, 1984); Los ruidos humanos (mención Premio de la Ciudad de La Habana, Extramuros, 1986); Lugares comunes (finalista del Premio de la Crítica. Letras Cubanas, 1987); Poesía V (UNEAC-Ministerio de Cultura, 1988); Cuaderno de travesía (antología, Unión, 2003); Los ruidos humanos (antología, Mucuglifo, Mérida, Venezuela, 2004); Convexa pesadumbre (Letras Cubanas, 2006 y Monte Ávila, Venezuela, 2006); El leve viaje de la sangre (Isla de libros, Bogotá, Colombia, 2013; segunda edición ampliada Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2014); En el año del conejo (Ediciones Doblefondo, Bogotá, 2014).

Mereció en 1996 la Distinción por la Cultura Nacional otorgada por el Ministerio de Cultura de la República de Cuba; en 1997 la Medalla Raúl Gómez García, por más de veinticinco años de labor en el sector cultural; y en el 2006 la Medalla XX Aniversario de la Asociación Hermanos Saíz. En el 2002 fue merecedor del Premio Nacional de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro. Ha recibido igualmente, en su país natal, la Orden Batalla de Carabobo en su tercera clase, y el Botón de Honor de la ciudad de Mérida.

Es miembro de Latin American Studies Associaton (LASA), y miembro de las asociaciones de escritores de Cuba y Venezuela. Colaborador de la Fundación Nicolás Guillén. 


Poemas inéditos para REVISTA PROMETEO



Certidumbre
El mendigo ha regresado
vértigo ajeno
con ese extraño melindre que lo descubre todo
con esa mitad de explorar para humillarnos
desconociendo nuestro desamparo
ignorando con su aristocrática siniestra
que purga en los residuos de la madrugada
frente a su gesto oculto.
La línea del mendigo ha retornado
muerde la calle
armándose con las partículas del destierro
más real que antes.
¿Es un signo, una cabeza desnuda
un amigo o un ladrón
en mala racha?
¿Qué gloria o que sombra
salta de sus cuencas
penetrando la inocencia?
El protagonista y el círculo
son cómplices
frente a los imperativos del tedio
viniendo de atrás
recogiendo talento, materia, abandono
simulando ser mendigo y ser parábola.



Preludio

¿Es la muerte?
Puede confundirse el monólogo
con el balance de las apuestas perdidas
el fraude de los sueños
la hora de imposibles amistades.
Y esa conciencia taciturna
alimenta mi resistencia frente al horror
del ateo desnudo
que como el tiempo
duda.
Estoy largamente
para redescubrir que la gota,
el río, el mar,
son más antiguos que la casa,
el puente, el barco,
más antiguos que mi madre incluso
y tienen de la muerte al invierno o al ciego
pero no se destruyen.
¿Qué es el rey?
Un pálpito de poder,
pero el amigo es la suma,
la voz es la suma,
la vertiginosa razón de mis vigilias
que cuenta cada mañana, y duda.



El viajero invisible

¿Qué otro ciudadano puede ser,
qué otro patriota, puente, o animal?
Un otro
incapaz de compartir su silencio,
devorando la realidad como quien
multiplica sus angustias
y practica la amistad sin concesiones.
Existe el lobo solitario,
o el páramo invisible
o el largo segundo
de los desencuentros.
Existe la vergüenza del viajero
o el niño o el cáncer,
trágica es la imagen
de la mujer final,
como el desamparo de la tierra
o la bestia sollozante.
Hay profesiones inventadas por la soledad
como el maratonista, el gladiador,
el centerfield, el mago,
el jugador de solitarios,
y todos bajo el acecho de la sociedad.
Pero ni aún así,
ni por solemnes, ni por suicidas,
ni por huérfanos,
ni por lucero absoluto.
Cuando su luz nos anuncia
buscando al último testigo.
Sólo de eternidad me encuentro
a pesar de la música de mis órganos,
de mi mujer y mi hija,
sin documento, profesión o leyenda
que ampare mi escritura
y libre mi demonio.
Sólo de eternidad
porque no ceso de pelear, y sueño.

*

La mano rutilante
es la quimera
del hombre en su primera edad
es la semilla de su sabiduría.
Y es el barco de papel
la estrella
la piedra en el placer.
Parábola y homenaje
todos a una
como el bastimento de la travesía
cuya proclama inicial
es ese tentar
mi mano con mi mano
en el vacío.





Estos poemas forman parte de la antología Convexa pesadumbre, de Norberto Codina, Editorial Letras Cubanas, 2006.


Noche de El Vedado

La posibilidad de no vernos
pese a encontrarnos tan cerca y tan lejos.
Las sombras de nuestras manos y tus senos
todo me recuerda
la temperatura de tu garganta
la memoria de tus ojos
el sonido de tus dedos
el candil de tu aliento
los treinta sentidos de mi corazón.

Se multiplican como hojas
de nuestro propio invierno
ramas azules que van techando este cuarto
y esta cuartilla inocente
invadida de citas comunes sobre la noche
las sábanas, el golpe asombroso de tu cuerpo
los barrios nocturnos, la imposibilidad
de abrir los ojos estando despiertos
dos intensidades dos noches dos
caras comunes dos incredulidades
benditos y vedados
y dos animales ciegos uno junto al otro.



Objetos invisibles

Que tiemblan en la cópula
que llamamos memoria.
El pequeño reloj de arena que me regalaste
como una certeza, ¿del tiempo o de lo frágil?

En esa foto de cumpleaños
hay un niño descalzo
¿es la breve noticia de su desamparo?

Sobre el relieve del cementerio se deposita
lo que ayer fue una boda
(el novio murió de ambos lados).

Cuando la infancia y la soledad se acompañan
bajo la noble arquitectura del bosque
queda el péndulo de las circunstancias.

Y la desgarradura, el límite
la forma empozada del recuerdo.

Regreso a esta tiniebla
a la zaga del hombre que fui ayer.
Y creo, como los compadres en su sabiduría
que la muerte no mata a nadie.


Breve historia del Cuzco

Aquí no encontraremos la moneda, el hierro
la rueda, ni acaso la escritura.
Es el linde de una civilización
en el ombligo del mundo
todos devotos a un mismo dios.

¿Cuánto sabemos acerca de ellos
que son los verdaderos herederos de mi tierra?
Más allá de expansiones, resistencias
campañas en el norte
y al otro lado del reino
la práctica regular de la poligamia
sacrificios y servidumbre y deudas al sol
con el favor de los dioses
en el territorio del alma
eran felices y ninguno había muerto.

Un rey sirvió a otro
sin cambios apreciables
nacieron los sucesores del trono
destinados a la grandeza.
Para el momento de su muerte
a la llegada de los conquistadores
queda el dominio de sus fantasmas.



Gracias, Señor, por el béisbol

¿Qué luz inventa la vida?
¿Qué mano de Dios se deposita en los signos
que están por llegar?
Una palabra amargada nos devuelve
la sustancia primitiva,
aquella a la que renunciamos sin atrevernos
a pedir, a pelear,
duros, únicos vencidos
al regreso de la batalla donde el niño
trata de salvar al hombre,
donde el dios de los ateos nos convoca
con su arrogancia de académico y verdugo,
de titán, de bárbaro iluminado por la lucha.
Y el signo de la lucha
como una lanza o un relámpago
atraviesa mis huesos,
demonio particular en la podrida noche
de los fieles difuntos.

¿Qué cosa inventa el hombre
para ofrecer albergue
al fantasma del soy?
Como un recuerdo de navidad,
donde cada personaje
nos hace más solitarios, incrédulos e insomnes
sin poder reencontrarnos
extraños en nuestra infidelidad,
o pedir una sola prueba de que estoy vivo.
Tan increíble como esa foto de Rimbaud
sentado sobre el cadáver de un elefante,
cazador de sí mismo
sin importarle cien años de su muerte.

Así se empoza
con la antigüedad del poeta y el paquidermo
la tristeza del huérfano
de nuestra propia alma,
la soledad del mar,
mínimo a la altura del bote,
a la mitad entre dos trasatlánticos.
El fantasma de Rimbaud recorre África,
cubierto de pieles y café,
con un proyecto de constitución comunista en el bolsillo,
y su amor por Verlaine en la mirada.

Nueva tierra para los desesperados.
Querer ser sombra
sin haber sufrido.
Como el mancebo estremecido por la noche,
burló los celos de la madre,
la más doméstica de las alucinaciones,
la primera de su mitología.

El resplandor del armario,
voz infinita y pura,
ahogada costumbre
como un vaso de ron
en el fondo del día.





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