miércoles, 27 de octubre de 2010

ANTONIO AGUILAR RODRÍGUEZ [1.620]


ANTONIO AGUILAR RODRÍGUEZ

(Murcia, España, 1973)
Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia. Actualmente es profesor de Lengua Castellana y Literatura en el instituto Ricardo Ortega de Fuente Álamo (Murcia). Ha publicado tres libros de poemas: El amor y los días (Universidad de Granada, 1998), El otoño encarnado de Ives de la Roca (Editora Regional de Murcia, 1998) y Allí donde no estuve (Rialp, 2004). Han aparecido sus poemas en los periódicos La Verdad y La Opinión de Murcia y en las revistas Litoral, Hélice, Isla desnuda, El Coloquio de los Perros, Némesis, Müsu… Ha sido antologado en Yo es otro. (Autorretratos de la nueva poesía) de Josep Maria Rodríguez (DVD, 2001), y en Periféricos. Quince poetas de Ignacio Elguero (San Sebastián de los Reyes, 2004). Actualmente edita y dirige la colección de poesía Los Cuadernos Portátiles.


REDENCIÓN

La cabeza que pende hacia la barra,
la luz hecha de pan,
el pelo rubio, largo,
que casi alcanza la madera.
De entre todas las cosas la mañana
la ha elegido a ella, Dulce nombre de María,
también cabe el dolor
como un cáliz abierto de cristal
entre sus labios,
como un hilillo de saliva
entre las comisuras,
igual que una canción
puesta al aire...

Ella no es de este mundo. Lee
arrobada las últimas noticias,
las crónicas, el obituario,

y con una mirada dulce nos bendice
desde fuera del tiempo,
más allá del café,
de las mesas vacías, más allá
de la luz refractada en los cristales,
de la retama y de los hilos telegráficos.
Ella no es de este mundo. Ella cierra,
desde fuera del tiempo,
los ojos, más allá.
Ella que nos envuelve con su luz no violentada
a modo de esperanza.



LA CANCIÓN DE LOS GATOS

Nunca pensé que en una vida se pudiera
vivir dos veces. Retornar a casa,
vestir de nuevos las habitaciones,
apuntalar el corazón en el jardín,
decirte buenos días, y que sea cierto,
escuchar esa música que es nueva,
las notas de tus pasos diminutos
a media noche en el pasillo,
decirte amor a ti, de quien apenas sé nada,
amor mío, y que sea cierto.

De Canciones para el día de mañana.




MAÑANA DE DOMINGO

Mi alegría es la melancolía
y mi reposo son estas molestias.

Miguel Ángel Buonarroti.

Ha preparado el desayuno esta mañana,
se levantó temprano y lentamente
dejó crecer la masa.

Como en un sueño
ha recordado
la espesura del tiempo,
el ritmo giratorio de las cosas,
que pasaron, que pasan.

Por un momento breve
anidó por sus ojos
el ajetreo de los pájaros.

Después en esta poca luz
que la mañana ofrece a quien madruga,
rocía los buñuelos,
y se sienta a fumar
contemplando en silencio las volutas del humo
frente a la calle.




La noche del incendio. Madrid; Huerga & Fierro editores, 2015.


ES LA MANERA DE GUARDAR EL EQUILIBRIO

La manera en que tiendes la colada
-el pelo recogido,
el olor a café-,
la forma en que te adentras en el bosque
de la ropa tendida. Te deslizas,
fluyes, vas en volandas. Es lo fácil
que parecen las cosas en tus manos,
lo fácil que haces esto o aquello.

Es también la mañana, el patio, los vencejos
sobrevolando la espesura de la noche.

Es la manera de guardar el equilibrio,
mientras el universo gira imperceptible
y tiendes las constelaciones
con apenas un movimiento de tus brazos.

Es la canción que tarareas,
algo más que un deseo,
lo que pone cordura a la mañana,
la manera en la que entras
y con tus manos húmedas
desordenas mi pelo.



SEGUÍ LA GUÍA DE LOS ÁRBOLES

Seguí la guía de los árboles
a través de la acera.
Todo estaba tranquilo.
Miré por la ventana.
La casa estaba a oscuras.
Los platos de la cena
se amontonaban en la mesa.
Al final del pasillo
alguien cantaba.

Yo sólo tuve que poner los labios.



ABRES DE PAR EN PAR LAS VENECIANAS

Me das los buenos días
y abres de par en par las venecianas.
Entra la luz.
A la hora del café
desayunamos luz,
comemos con las manos
sobre un mantel de sábanas y ropas
desordenadas.

Desde la cama me regalas
el ventalle de cedros,
amor, yo con amor te pago,
uso los dedos para rebañar
tu cuerpo.
                   Apenas hace un rato
era de noche
y estábamos dormidos.

Ahora es esta luz
la que ha traído cuanto deseamos
después de la emboscada de las sombras:

tiendo mis brazos y te toco,
tengo sed y me sacias.



HABLA CON LA VOZ DEL CUERPO

Hubo una fiesta en la mañana.
Descalza, con los pies descalzos
por el pasillo, hasta el cuarto de baño.
Toda la casa fría,
menos tu cuerpo,
toda la casa que no era tu cuerpo.

No hay más, me dices.
Tampoco hay menos.
Hay dos cuerpos, hay una cama,
hay ropa en el pasillo.

No hay más. Cierras los ojos. Te acaricio.
El alba huele a noche abierta.



HOY HA MUERTO MI ABUELA

Hoy ha muerto mi abuela,
un ser pequeño, exangüe,
horizontal.
Una sábana blanca y una mantilla,
que alguien le regaló en vida,
tapaban su cuerpo enjuto.
                               No estaba hermosa.
No se podría decir que estuviera en paz.
Estaba allí simplemente
a expensas del dolor.

Todos sabíamos que aquel cuerpo
era el cuerpo sin vida de alguien
a quien habíamos amado,
a quien habíamos conocido,
de quien habríamos oído hablar en algún momento.

Observé a través del cristal
su nariz pronunciada por la delgadez extrema,
los pómulos descarnados,
la piel flácida.
Un ser único e irrepetible,
frente a esa masa informe
que poco a poco iba llenando la sala de espera,
diluyendo el dolor
en un dolor compartido en fracciones minúsculas,
en porciones de un pastel de cumpleaños.

Luego en la homilía
al cura le sonó el móvil.
Un hombre obscenamente gordo
que levantaba los brazos
como marcando unas comillas imaginarias
sobre la palabras de dios.

Tan sólo en una ocasión citó su nombre,
y luego habló de un padre y un hijo,
-de Agamenón y de Ifigenia-,
habló de cosas extrañas
que en algún lugar
dentro de muchos años
tendrán sentido,
cuando ya no nos importen,
cosas que se esclarecerán para tener algo que ver
con los que estábamos allí,
con la que estaba allí,
frente al altar,
dentro de la caja cerrada.

No dijo que el dolor era como un eclipse,
que llega poco a poco,
que lentamente da su bocado seco,
que luego se aleja dejando un rumor
de hojarasca pisada,
que es áspero como una cicatriz.

En aquel momento, en mitad de la homilía,
sólo sentí el estómago vacío,
los pies cansados,
nada que ver con mi abuela,
nada que ver con nadie que estuviese allí,

y aún menos con aquel hombre
que miraba la pantalla de su móvil
mientras recitaba los Evangelios
de una memoria aburrida y monótona.

No dijo que el dolor nada tiene que ver
con quien lo provoca,
que el dolor es cosa nuestra.

Más tarde en el coche
me eché a llorar,
me eché a llorar por mi abuela muerta,
mientras sonaba la música
en el coche
de vuelta a casa, solo,
con esa emisora,
escuchando el adagio de la sonata II
para viola de gamba y clavecín
de Juan Sebastián Bach.

Lloré por mi abuela
en el coche
de vuelta a casa, solo,
cuanto no había llorado por mi abuelo,
al que quise con locura,
como el amor que hay entre dos amantes.

Lloré por mi abuelo.
Lloré por mi abuela.
Lloré por mí.
Espacios estancos.
Eso era todo.
Dolor por dolor.




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