domingo, 31 de octubre de 2010

ANA GORRÍA [1.673]


ANA GORRÍA

Ana Gorría (Barcelona, 1979) es una poeta española en lengua castellana, licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Su obra se encuentra presente en diversas antologías nacionales e internacionales. Ha ejercido la crítica literaria en espacios generalistas como La tormenta en un vaso, en la Revista 7 de 7o Diario Público. Además, sus textos aparecen en diversas revistas de especialidad como Sesión no numerada, Ínsula o Quimera, entre otras. Su obra aparece en diversos recuentos y antologías de la poesía reciente. Ha realizado diversas traducciones del gallego, del inglés y del catalán.

Recepción crítica

La autora y sus libros de poesía han merecido la atención de la crítica especializada. José Luis Gómez Toré reseñó Clepsidra en la revista Literaturas.com y subrayó la transparencia y la capacidad de sugerencia y de crear símbolos de la autora. Carlos Huerga relaciona la poética de Gorría con la de Antonio Gamoneda. Jorge de Arco destacó su último libro como una profunda reflexión en torno al poder de la palabra y a las posibilidades que propicia el conocimiento creativo de la misma. Y, finalmente, Pablo Jauralde prestó atención al Presente desnudo en su bitácora personal: reseñó El presente desnudo en su bitácora personal Han ganado los malos y destacó su tono esencialista y su precisión métrica,

Obra poética

Clepsidra. Plurabelle, 2004. [1]
Araña. El Gaviero Ediciones, 2005.[2]
El presente desnudo. Cuadro de tiza ediciones, 2011.
La soledad de las formas. Sol y sombra poesía, 2013.



No hay justicia, dice Albert Camus, sólo límites

“En el armario/ la inocencia y el luto/ huelen a limpio”. Los versos de Ana Gaviera siempre recogidos, huidizos, son versos que pudiera haber escrito. Una guía que va más allá de lo estético para convertirse en un referente moral. Secretos. Esquivos. Atentos siempre, como su persona, hacia el otro y el mundo. “No me importan las palabras, sino lo que hacéis con ellas.” La lucidez del breve recordatorio, exhorta e ilumina a un mismo tiempo, sin exigir jamás “Ni siquiera en la traducción encontramos consenso.”

No hay justicia, dice Albert Camus, sólo límites

El saber ser otro, el querer ser otro, el estar en otro son el raíl de la poesía. Un hueco ético que traspasa lo estético aunque, como ella diga, “la libertad ha devorado a los rebeldes”. La poesía como ese gesto que tensa el eros y el logos. Sobrevive el eros y la delicadeza: No entiende el haikú/aquel que ignora el frágil/sueño del mirlo.Saber que la naturaleza esconde un misterio. Que lo real está ahí, no para aceptarlo, sino para cuestionarlo y para revelarse: “Autorretrato:/ bajo esta piel extraña,/ ardo a lo bonzo.”

No hay justicia, dice Albert Camus, sólo límites

“Cristal roto, fragmentos de extrarradio”. Las palabras movidas y promovidas de Ana Gaviera se saben en la periferia del corazón. Son fuertes, habitan el naufragio: “hemos variado el rumbo otra vez”, se abren a la belleza: “Leo el último poemario de Juan Antonio González Iglesias. Me duele tanta belleza”. La nostalgia elegíaca que late en los versos de Ana Gaviera, ama el mundo. Lo llora en su absoluta intensidad. Desea: “Cartago también se parece a mi tristeza”.

No hay justicia, dice Albert Camus, sólo límites

Una vida la suya, que no ha dejado de crear, de procrear, de sentirse cercana:”” corazón que no dejó nunca de amar corazón que no cambia/ inyectado por el amante/ que está cerca/ compartiendo la extrañeza/ de esta nueva vida. En Ana Gaviera el yo es un nosotros, el nosotros un yo. El lazo es el amor.: “Tejer/Tejerte/ Tejernos/Ternura.” Un yo sensible a la realidad ampliada del mundo:” Existe la noche aumentada en el vacío de mis sueños”. El dolor y el placer, siempre puja, son la cartografía de la vida que late en Ana Gaviera, contra el orden, a favor del orden: “que el amarillo sea gris/ que el rojo sea gris/ que el verde sea gris /que el gris sea blanco/ y el blanco no exista/ exista/ no exista/ exista.”. Un yo frágil y fuerte. En cada mirada, “el primer día para el amor y el odio”.

No te sorprendas,
todos somos los otros:
esa es la lucha






(De Clepsidra, Córdoba, Plurabelle, 2004).



En el reino del agua no hay fronteras, ni vísperas, ni tardes ni barreras que extenúen el cauce de las manos.
En el reino del agua hay sólo un horizonte que se empuja a sí mismo, con la tensión perpetua y estelar de un rostro en las pupilas.


OVILLO

Como una cucaracha boca arriba, roza la voz las cosas,
tocándolas en vano.
Como madeja sucia de hilo negro, la voluntad baldía.
Soñar y deshacerse.

Y lejos el fantasma que condena. El látigo apagado.
Los naufragios.



BEMOL

Con los ojos clavados en el techo,
ignorar
              por qué pesan los párpados,
cuánto tiempo perdido
y cómo despertar de la parálisis.



FUERZA DE LA EROSIÓN

Respiración:
la lenta
incertidumbre de las cosas.
La desnudez del aire, su recelo
de arena movediza.

Casi de piel mojada.

Negro metal que teme
su roce con la tierra.



VISTIENDO SOMBRAS

Un cuerpo deshaciéndose para nacer de arena
como una flecha lenta, amarga en geometría.

Indumentaria huérfana
que niega su gramática
con ronca pesadez de cementerio.

O solidez aguada en su contorno,
donde se hace temor el aire, a veces.



LÍMITES PARA EL CIELO

Después el sueño
lento,
la morosa

caducidad de un niño.

El pájaro que olvida la distancia.



UMBILICAL

Para Elena y Alejandra

Estación transparente resuelta en luz y herida,

Lento espacio sin voz
abriéndose a la tierra.

Canción hasta el dolor, sueño de cal:
ardiendo
qué hilo no nos separa de la nada.




Del libro “Araña” (El gaviero ediciones, 2005)


SOLSTICIO

Canción de cuna inmóvil sobre los matorrales.
La luz
descansa
entonces,
Rendida,
de incendiarse.



LAMENTACIÓN EN LA CIUDAD DE AIRE

Trenzados los espejos, tienen
el canto roto
de un cielo desahuciado.
La luz no se conforma
con una muerte a medias.
Soñar es ser un héroe abandonado,
la soledad del viento.
Trenzados los espejos,
reconocerse en nada:
ser de arena.



EL MIEDO ES VERTICAL

La habitación emerge con la inercia
del alba acostumbrada a sus retornos.
Agostada su luz, tiembla en los ojos
la empresa derrotada y la ceguera.
El miedo, imán del frío,
precipita la vida y la contiene.



Spider

Louise Bourgeois

A solas con la fiebre,
temblando,
sobre la niebla azul

qué camino trazar,
por qué la urgencia
a quién alzar
este
alfiler de vidrio
incandescente,

cómo cesar la luz,
dónde
depositar
los firmamentos

que arrastro entre las manos,

sin voz,
con la emergencia del hambriento

que niega los eclipses,

el óxido ordinario de las tardes,
lo fácil de las líneas,

que apuesta el estupor
a la temeridad de las visiones,
con la fe del que arriesga
en el costado
la sal de la victoria.



Ovillo

Como una cucaracha boca arriba, roza la voz las cosas,
tocándolas en vano.
Como madeja sucia de hilo negro, la voluntad baldía.
Soñar y deshacerse.
Y lejos, el fantasma que condena. El látigo apagado.
Los naufragios.



Escombrada

Es la cornisa rota y el mundo que se cae.

Igual que el sueño, vuelve
la tarde a ser carne apagada,
cáncer en las paredes de la luz.

Oscuridad que tiembla en un alambre.



CÁMARA DE NIEBLA

José Lezama Lima

Suave,
como una flor naciendo
entre la escarcha.

Suspendidos
los dedos,
son los hilos los que tejen
también
la soledad
en la que anida el frío
como una mariposa
                              desganada.

Como cayendo lluvia en los tejados
era el círculo en nieve que se abría.

Suave,
tan despacio como
cesando el ácido en el ánimo.




Del libro “El presente desnudo” (Cuadro de tiza ediciones, 2011)


en ausencia de símbolos

la voz en su mediana incandescencia
así
la lejanía
leve espiral de sol
vientre
llanto
decir es lo que duele



entraña

golpe tras golpe
como pólvora seca
sobre la escarcha




Trasluz

Hogueras que se encienden en las faldas del sueño:
la luz, que no dormida, agota las luciérnagas.

Enfermo de horizonte, el cansancio que incendia
su clave de amapola.

Los párpados cansados de la noche,
la altura de la luz,
su almena rota,
el dardo meridiano que se extingue
después de las ventanas.


Celda

           Recogimiento,
                                       voz
que alumbra las paredes:

primavera en secreto.



Límites para el cielo

Después el sueño
                           lento,
la morosa
caducidad de un niño.

El animal que olvida la distancia.



[Ariadna olvida el mar]

El rostro reclinó. Desde la orilla
todo era paz. Olor. Inmensidades.

Verdades concedidas al espacio,
suavemente oscilando entre las ramas.

Aspiró el aire frío que se abría
como un sol de papel en los pulmones.

Saber del mar su luz, su pasadizo.
Atrás dejar la sal. Volver a casa.



Tantálida

Balsa que en el estómago
naufraga,
lejano el sol,
imperio de la sed.



Sintaxis en ceniza

A pesar de la duda y del cansancio,
triste animal,
                             vencido,
que la tierra
consiente.



Invierno

Estación de cristal
donde la lengua acude
a olvidar signos.

Pulso de paz y cielo,
la nieve enciende flores de ceniza.




Del libro “La soledad de las formas” (Sol y sombra poesía, 2013)


Fantasmas

El centro de la lengua es imperfecto como pequeñas láminas de uranio. Después lo vertical. En la saliva, temblar en carne viva es la frontera contra lo que se esfuma. Lo que dijimos límite es orquídea. Tan frágil entre huellas es este pasadizo que se borra. Alzada como el humo, quién vuelve a aparecer. La borrosa celeridad del paso, aquello que amenaza: ser primero ceniza, luego humo. La rigidez, entonces, elevada se va hundiendo en el centro del hueso: pequeñas transparencias invocadas como si fueran nombres imperfectos. La ruina de la imagen como un tránsito siempre hacia el mismo laberinto en donde fluye un torpe manantial.



Curvas

La mano que busca se desliza como un caracol frío. Encontrar. No encontrar. Todo lo que deshace. Algo más, contra el tiempo las formas aparecen como huesos alzados de una fosa común. Sin embargo, volvemos a aparecer tan rápidos y hermosos como una nueva era: los dichosos y tristes. Todos rostros sin nombre. Los cuerpos marcan minúsculos caminos como lentos meandros. Alrededor, sin embargo, lo que aparece ha desparecido.



Mojada

Casi gotas de agua, hasta que la distancia se interrumpe. Sucede al tiritar bajo la voz, húmeda y neutra. Es posible pensar aquí en la muerte. Lo que no vemos es. El paisaje que es cuerpo que es paisaje. Respirar como un río contra todo lo que desaparece. Pronto se incendiará la hierba seca, ya el horizonte es curvo y el resto del placer tal vez no baste.



Desórdenes

Un juego por debajo de la vida. Las cosas aparecen. Este rumor que hemos sentido cuerpo. Lo que ha empujado con fragilidad. Cada paso que arrastra, de nosotros, entre los laberintos y la puerta. La tiranía impaciente, abrimos la distancia y lo precipitado: la lengua –balbuceos, incómodo lenguaje- Naufraga del idioma, todo es distancia aquí. Son pequeños los ruidos que hacen la realidad. Atravesada y lenta, indefinida, tan rota para el nudo como un golpe voraz. La boca aguarda solo lugares impacientes.



Paralaje

Sobre nosotras, la curva de los astros, la del cielo o la curva del mundo. No estuvimos en lo que observamos. La sombra de la luz en las fachadas ya no nos pertenece. Hay un hilo brillante que une lo que separa, habrá correspondencias y vamos enhebrando geometrías a contraluz. Caeremos o caímos. El vientre inoportuno, la arena movediza. Perdimos nuestros pasos, tal vez por confusión. En la incomodidad o en la tiniebla. Una vez fuimos sin dirección, como tú no sabes cuál es el camino del viento. Nunca nos encontramos bajo la misma luz ¿dónde está dónde? Y sin embargo, la tierra nos comparte y nos extrañará. La gente en la ciudad, la luz en las colinas.



Garabato

Más temblorosas cada día, las letras. No en el oído porque fue cegado. No en la lengua porque su carne sigue abriendo los rieles de la voz. No en el papel que nace. La mano viene y va como un arado: las trazas de su sombra, un pedazo de nada.



Desnudez

Tiempo dedicado a la nada: masticar las palabras como hojas muertas. El grumo del sentido florece en el sudario y el óvulo se entierra en la placenta. Andar en el desierto. El pensamiento gira sobre la carne ciega, unas manos se abren, el tiempo muere en lentas bocanadas.






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