martes, 12 de octubre de 2010

1479.- XIAO KAIYU


Xiao Kaiyu (Sichuan, China, 1960), ha publicado varios volúmenes de poesía, pasó varios años en Alemania y ahora vive en la ciudad central china de Kaifeng.




Años 80

La primera vez que nos vinos (dónde?) vestías con ropa de fotógrafo;
hablamos de cualquier cosa, y también comimos (creo) algo.
La segunda vez (o en realidad la primera), de imprevisto,
viniste a mi casa prestada, con la noticia de la muerte de Haizi.
Yo ya había enviado mis condolencias pero me hundí de nuevo en la aflicción;
cuando murió mi abuelo me sentí ahogado
pero esta vez parecía como si no fuera un muerto,
aunque el muerto era uno más entre los muertos,
y ni siquiera me gustaba su poesía. Lo mismo vos.
Tu punto de vista te trajo lágrimas? Yo un poco admiraba
la audacia del muerto, aunque no quisiera admitirlo. Encontré
tu casa, busqué y no encontré, pero en ese lugar
no viviste mucho tiempo. Ahí vimos películas,
freímos rodajas de papas y bebimos cerveza.
No encontré la casa de tus padres. Ellos pensaban
que la poesía era para vos una excusa para la vagancia.
No estaban equivocados. En tu casa temporaria
yo escribí varios poemas y una novela, vos escribiste mucho más.
Alegría en medio de la tragedia, desaliento y esperanza mezclados;
levantarse a la tarde, el sol alto en la ventana, y adelante
campos sin trabajar: esa era la mañana del noctámbulo!
Ibamos a la librería a robar y a comprar libros, el botín era grande,
larga la noche; al saber viejo se sumaba un hartazgo nuevo.
Qué impresión sacabas de tus visitas a mi casa? Eso era el campo,
y no el campo de tu imaginación, mi casa apenas
podía llamarse casa, el pequeño pueblo no es un pueblo,
ambos me expulsaban. No estaba nada mal ahí,
vivía arriba del director del hospital, junto a la enfermería,
alteraba las cosas y personas
de la calle, y el río Kai resonante
me daba mis palabras. En los atardeceres de ese verano no hubiera pensado
que los años pronto me pasarían por arriba. Me he acostumbrado.
Lo que deseaba se alteró ligeramente, desapareció de golpe.
Callejones, caras conocidas, insultos…
El desenlace de una partida de ajedrez en una casa de te al pie de la montaña.
De los personajes que habitaban en aquellos poemas que me diste sólo resto yo,
yo no vivo ahí. Intenté recuperar
aquel yo. Fue en vano. Te mudaste a Beijing.
Chengdu no era tu ciudad, Beijing tampoco lo es.
Caminás rodeado por un círculo de sombra. Escribís el nombre del lugar,
o dibujás de golpe unos pechos en tu cuaderno. No cambiaste.
De haber cambiado, el día no sería día,
la noche no sería noche. Yo, por mi parte, me muevo lento
como si protestara. El papel blanco te encierra en la punta del lápiz,
no hay tiempo, tampoco hay espera.
Puedo ir a la estación a buscarte. En cualquier momento, cualquier estación.


Traducción Miguel Angel Petrecca
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El árbol petrificado


El campo removido por la empresa constructora
parece una tumba saqueada. Abajo, a cinco metros de profundidad,
dos árboles de piedra con sus raíces entrelazadas,
como dinosaurios dormidos sobre la arena
que cubre el lecho viejo del río- casi los escucho roncar.

Tal vez no fueran más que dos árboles hermanos,
pero la siesta prolongada premió finalmente su sueño
convirtiendo la madera en piedra, la carne en inmortal,
y a la larga, larga oscuridad en carne y hueso.

Los expertos traen su pequeño pánico de traficantes;
los adolescentes hacen planes en noches sucesivas,
proyectan enamorarse y casarse frente a la única escultura
de toda la aldea: el tiempo es el único artista acá,
y en días despejados contribuye con un camino de sombra.

Abril comienza con una libación, termina con un casamiento.
Una raíz ya fue serruchada. Mientras esperan la llegada de la grúa,
los hombres vienen, bajo la curva luz de la luna, a la playa,
miran el movimiento del río, y se lamentan.

Versión de Miguel Angel Petrecca
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Narrador

Ya que has sido condenado, mantendré tu nombre en secreto.
Nadie nunca pudo terminar de leer tus novelas, no tenés talento
para hacer luchar de verdad a esas personas extrañas y sufridas,
y ahora has ido a parar a la cárcel. Luego de que la finca que construiste
fuera subastada, toda la culpa recae sobre veinte años de libertad.

Ahora lo que tenés son noches tranquilas recostado contra una pared
y la desgracia envuelve con una bandana tu cabeza.
Nunca pensaste que utilizarían los peores rumores
para retirarte su amistad antes de lo esperado. De golpe
te regresaron a las desgraciadas ilusiones de un novelista

y te proveyeron con una puñado de imágenes negativas.
Bajo la luz del ventanuco de tu celda soportás
un juicio a vos mismo. Mientras explicás una declaración previa,
una novela se despliega frente a vos: el protagonista, vestido de soldado,
gritando slóganes, sube a un tren empapelado con posters.

Descubierto en la mitad del viaje, él es un impóstor,
usurpa el sentido alternativo de una oración. Todavía es un niño
pero ya se ha ganado el título de estafador y comienza
a engañarse a sí mismo, logra algunos triunfos:
una y otra vez es enviado a prisión, visita los tribunales, escupe:

un héroe duro en una era equivocada. Vistiendo viejas ropas militares
va a parar al banquillo renovado de una nueva era,
relatando razones maduras pero siempre extrañas;
oficiales de la ley y público comienzan a roncar.
Realmente, sólo es capaz de jugar juegos literarios.

¿Es un viejo maestro en el arte de la distorsión linguística?
No. El es vos. Has engañado a los archivos,
engañado a tu madre, a tus amigos, a vos mismos pero
a partir de un lógica absurda hiciste una fortuna – lo hiciste
por cien fincas, porque creías en cien vacaciones.

Traducción Miguel Angel Petrecca
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Domingo a la tarde

Corriendo lejos del padre los chicos suben al carro
que baja a toda velocidad; sus gritos agudos,
de alegría, atraviesan el parque de diversiones
y llegan hasta un aula y al cuarto de una casa.

Vestida a la moda, la esposa se sienta junto al joven marido.
Sabe de algún modo que él camina cautelosamente
sobre el agua. El siente que ha aumentado de peso,
que el peso de todas las cosas ha aumentado.

Un pequeña sonrisa de placer se insinúa en su cara.
Envuelto en la multitud sale del parque, las luces se encienden,
las flores del durazno se abren bajo las luces. Cuando todos
suben al colectivo, él se duerme lánguidamente.

Traducción Miguel Angel Petrecca
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