martes, 12 de octubre de 2010

1476.- OSVALDO PICARDO


Nació en la ciudad de Mar del Plata, Argentina, en 1955, donde actualmente reside, es profesor de literatura y dirige la revista La Pecera.

Ha escrito ensayos y crítica literaria para publicaciones y periódicos en el país y en el exterior. Entre sus libros de poemas podemos mencionar: Apenas en el mundo (1988), Dejar sin ventanas la verdad (1993), Quis, quid, ubi. Poemas de Quintiliano (1997), Una complicidad que sobrevive (2001), libro que le valió el Tercer Premio de Poesía del Fondo Nacional de Las Artes. Recientemente ha publicado la plaqueta Mar del Plata, poema dividido en 12 partes dedicado a su ciudad natal.

Entre sus otras publicaciones se destacan: Primer mapa de poesía argentina. Solicitudes y urgencias. El noroeste: La Carpa y Tarja (2000). Ha obtenido en estos últimos años los premios Alfonsina Storni, de la Municipalidad de General Pueyrredón, y el premio a la trayectoria Lobo de Mar, de la Fundación Toledo de Mar del Plata. Su último libro publicado es Pasiones de la línea (Poemas de Nicolás de Cusa), Ed. En Danza (2008).




F. Q.I: El pasado

Para que alguien todavía diga Fabio Quintiliano,
para que esos sonidos por un instante amable emerjan
y se hundan en los largos siglos de tapas y páginas empolvadas
hubo muerte más que nacimientos. Una Roma en llamas.
El recuerdo de los higos que Catón trajo de Cartago,
y el horror de Herculano y Pompeya.
Un Séneca con un alumno siniestro
y un Pedro y un Pablo que profesaron en una secta y repetían:
"una sola palabra tuya bastará para sanarme".

Todo esto está en mi nombre y en tu oído
trepa lento como el caracol sobre el vidrio
(detrás dicen haber visto una historia de salvación,
otra de progreso y ésta sin novedad).


(De Quis quid ubi: Poemas de Quintiliano, 1997)







Picaflores

Antes de correr la cortina frente a las calas
la velocidad se congeló en el aire.
Primero fue uno borroneando las alas
en el hilo desatado ante un gladiolo.
El otro cayó al lado en rebote pausado
y giraron trenzando el tallo de la tarde.

No los habías visto hasta entonces. Luego
leíste que tienen corazones enormes
para el tamaño diminuto de sus cuerpos.

Y también
que mueren de quietud durante el sueño.

(De Quis quid ubi: Poemas de Quintiliano, 1997)







En un viejo laboratorio de fotografía

Hay una suma de cosas en la sombra que las ventanas clausuradas
dejan crecer desde hace años. Además del piletón, la ampliadora,
el abrillantador, los frascos de ácido y la luz inactiva. Hay además
ese presentimiento, el mismo de la primera revelación
cuando la inexistencia tuvo un colapso y mil partículas
se concentraron en la historia de una sonrisa.
No es algo nuevo sino todo lo contrario, apenas si es algo.
Se parece a los bares oscuros del puerto entre putas
y algún extranjero. No se trata de palabras ni de costumbres,
hay una suma de cosas flotando como cadáveres
que nadie podrá identificar.


(De Quis quid ubi: Poemas de Quintiliano, 1997)








Una casa

Once it beld laughter
Once ir beld dreams
Did they throw it away
Did they know what it means...
T. Waits


La sala había sido construida
con las geometrías impalpables
de los cuatro vientos. Con un vestíbulo
chiquito, una escalera
de un par de peldaños y a cada lado
una pieza.
La casa fue desenterrada en Tell Madhur.
Había restos de madera carbonizada
una noche de invierno
de hace casi seis mil quinientos años.
Dos ollas pintadas, un mortero tallado,
una cuchara abandonada sobre una mesa,
una azada que hablaba del campo
amarillo de trigo.
Y esa urna debajo de la cama
con los huesos de un niño.

Habrías visto aquí una razón para vivir,
con una ventana igual a ésa
a través de la cual llega el olor áspero
del agua salada con su grabado de olas.
Y enterrada como la casa, ella
–como lo sabe hacer– se habría llevado
lo escrito y lo aún sin escritura,
apretando tus piernas con sus piernas.
Hubieran reído juntos y llorado
alguna vez junto al fuego de la cocina
o ante la puerta cerrada
y sabrían lo que significa esa urna
debajo de la cama.


(De Una complicidad que sobrevive, 2001)






La abeja

La abeja sobrevuela la caléndula amarilla
con un acento agudo de presente.
Y en realidad, su vuelo enroscado a un poder invisible
no cesa de inventar la vieja y terrible mentira
en que nos ponemos de acuerdo. Es hermosa.

¿Habrá pensado en tu mirada?
¿Tendrá tus ojos su viaje por el jardín de la tarde?
No hay límite. Todo es interrupción entre las flores
y también diálogo
que se quiebra, donde aparece.


(De Una complicidad que sobrevive, 2001)








Siesta

vi de nuevo el rostro de mi madre
José Lezama Lima


Recuerdo de golpe, la oración sibilante de mamá
mezclada al zumbido de un moscardón.
La penumbra de la cocina ya limpia
y su sombra
a través de la fiambrera de la ventana.
La que daba al lavadero y un patio
con macetones de flores sustentadas a pura agua.

De mañana fuimos con mi primo a nadar.
Todavía el mar estaba brumoso
como si sacudieran una alfombra en el viento.
Aturdidos entrábamos de lleno a la combustión
del silencio
con pisadas de gaviotas sin borrar
y ovas vacías entre las uñas de las olas.

Estoy con una maya mojada y el pelo rubio.
Sumido en el cansancio pleno del mar,
poco antes de ser obligado
a la inocencia segunda del sueño.

Mamá –nunca te lo dije– yo te espiaba de lejos,
fabricabas algo seguramente bueno.
El zumbido sin palabras
en el abismo del nacimiento
y la calma ilegible de antes de todo sueño
te han comprendido.


(De Una complicidad que sobrevive, 2001)







El higo

Every fruit its secret… D. H. Lawrence


Hay brevas bajo las hojas ásperas.
No importa que mi mano de ahora
no pueda robarlas de la sombra moteada
que le cae sobre aquellos techos viejos.

Continúa hinchando sus frutos prohibidos,
con el sabor que el tiempo tenía:
Ahí donde leemos oscuros las cosas
que merecen conocerse.
"El secreto florecido hacia adentro"
con la savia lechosa que eyacula la rama,
y el rumor orgiástico de las abejas
ensañadas en la minúscula gota.

Abrir la breva en cuatro pétalos:
su sexo enrojecido de miel
reclamando una nueva lengua.


(De Una complicidad que sobrevive, 2001)






Vida de poesía

No es sino una exageración
por la que mentimos una biografía,
"un terremoto continuo o una fiebre eterna".

¿Quién podría en tal estado, por ejemplo,
atarse los cordones de los zapatos, lavarse
el culo tanto como la cara y
escupir la mala conciencia
con que se escribe de la injusticia?

Los personajes de la poesía
no están en los poemas que hemos hecho.
Son el poeta de sesenta años
que según Giannuzzi
"la época incorporó a su injuria",
pero también, las loquitas angustiadas
que te despiertan a la madrugada;
y el delicado Sufeno al que Catulo
criticaba con una rara compasión.

Ni hablar de los borrachos de Alexander Blok
que "creen que algún dios los trajo acá
para que besaran el viento y la nieve…"

No basta con abrir el Libro de la Poesía
y leer en público. La luz no es suficiente.
Está en otra parte, y nos abandona
en la mesa, ante una verdad ilegible.


(De Pasiones de la línea, inédito)








El ignorante

Nunca sabremos realmente por qué
hemos vivido. No alcanzan las palabras.

Sobre el mismo mar se levanta el sol.
Ante el mismo mar
un mediodía, alguien se para en la costa
y mira. Sólo eso y nada dice. ¿Qué espera ver?
Mirar no es ver sólo esto que se muestra,
ni siquiera lo que existe. Las olas hablan
de regresos largamente olvidados,
a veces sin que nadie haya partido.

Una gaviota y un poste de luz parecen
ser el centro del universo. A su alrededor
la circunferencia de tu ignorancia
es como ese pescador y su caña,
una eternidad demasiado larga.

Hubo muchas veces en que creíste
haber nacido para algo. Fue esa fe
la que te empujó a decisiones definitivas.
Pero el resto lo decidió

un puro instinto de felicidad
acontecido para ser superado.


(De Pasiones de la línea, inédito)



DE CUADERNOS ORQUESTADOS.
Colección de Poesía.

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