sábado, 11 de septiembre de 2010

992.- THIAGO DE MELLO


Thiago de Mello nació en Barreirinha, Brasil, en el corazón de la Selva Amazónica, en 1926. Tiene más de veinte libros publicados desde 1951. En el conjunto de su obra, se destacan: Está; Oscuro pero Canto; La canción del Amor Armado; Bochorno en la Floresta; Viento General y En un Campo de Margaritas; Noticia de la visita que hice en el verano de 1953 al río Amazonas y sus barrancos; Arte y Ciencia de Elevar Cometas; Amazonía, la Niña de los Ojos del Mundo; y El Pueblo Sabe lo que Dice. Su poema Los Estatutos del Hombre fue editado en más de treinta países. Ha traducido al portugués a César Vallejo, Pablo Neruda, Ernesto Cardenal y Eliseo Diego, entre otros. Thiago de Mello piensa que el arte debe siempre servir a la vida; que además de su finalidad estética, debe tener también una finalidad ética.



Poemas de Thiago de Mello




Los Estatutos del Hombre

Artículo 1.

Queda decretado que ahora vale la vida,
que ahora vale la verdad,
y que de manos dadas
trabajaremos todos por la vida verdadera.

Artículo 2.

Queda decretado que todos los días de la semana,
inclusive los martes más grises,
tienen derecho a convertirse en mañanas de domingo.

Artículo 3.

Queda decretado que, a partir de este instante,
habrá girasoles en todas las ventanas,
que los girasoles tendrán derecho
a abrirse dentro de la sombra;
y que las ventanas deben permanecer el día entero
abiertas para el verde donde crece la esperanza.

Artículo 4.

Queda decretado que el hombre
no precisará nunca más
dudar del hombre.
Que el hombre confiará en el hombre
como la palmera confía en el viento,
como el viento confía en el aire,
como el aire confía en el campo azul del cielo.

Parágrafo único:

El hombre confiará en el hombre
como un niño confía en otro niño.

Artículo 5.

Queda decretado que los hombres
están libres del yugo de la mentira.
Nunca más será preciso usar
la coraza del silencio
ni la armadura de las palabras.
El hombre se sentará a la mesa
con la mirada limpia,
porque la verdad pasará a ser servida
antes del postre.

Artículo 6.

Queda establecida, durante diez siglos,
la práctica soñada por el profeta Isaías,
y el lobo y el cordero pastarán juntos
y la comida de ambos tendrá el mismo gusto a aurora.

Artículo 7.

Por decreto irrevocable
queda establecido
el reinado permanente
de la justicia y de la claridad.
Y la alegría será una bandera generosa
para siempre enarbolada
en el alma del pueblo.

Artículo 8.

Queda decretado que el mayor dolor
siempre fue y será siempre
no poder dar amor a quien se ama,
sabiendo que es el agua
quien da a la planta el milagro de la flor.

Artículo 9.

Queda permitido que el pan de cada día
tenga en el hombre la señal de su sudor.
Pero que sobre todo tenga siempre
el caliente sabor de la ternura.

Artículo 10.

Queda permitido a cualquier persona,
a cualquier hora de la vida,
el uso del traje blanco.

Artículo 11.

Queda decretado, por definición,
que el hombre es un animal que ama,
y que por eso es bello,
mucho más bello que la estrella de la mañana.

Artículo 12.

Decrétese que nada estará obligado ni prohibido.
Todo será permitido.



Traducción: Mario Benedetti







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Amor más que imperfecto

Del amor no. Dudo de mí.
Del modo más que imperfecto
Que tengo de amar todavía.

Con frecuencia me doy cuenta
Que mi mano está escondida
Dentro de la mano que recibe
La rosa de amor que entrego.
Mirando bien mi mirada
Estoy escondido detrás
De los ojos que me ven.
Conmigo mismo reparto
Lo que pretende ser dádiva,
Pero de mí no se aparta.

Por más que me prolongue
En el ser que me reparte,
De repente me siento
El dueño de la alegría.
Que estremece la piel
Y hace nacer lunas
En el cuerpo que abrazo.

Del amor, no. De mí yo dudo
Cuando en el centro más claro
De la ternura que invento
Engasto un sabor a precio
Aún sabiendo que el premio
Del amor es sólo amar.





Como un Río

Ser, como un río, capaz
De llevar por su cuenta
A la canoa que se cansa.
De servir de camino
Para la esperanza.
Y de lavar al límpido
La pena de la mancha,
Como el río que lleva
Y lava.

Crecer para entregar
En la distancia callada
Un poder de canción, Como el río descifra
El secreto de la tierra.

Si el tiempo es de decir
Retener el don de la fuerza
Sin dejar de seguir.
Desaparecer incluso,
Pero, subterráneo,
Aprender a volver
Y cumplir en el trayecto
El oficio de amar.

Como un río, aceptar
Esas súbitas olas
Hechas de impuras aguas
Que traen a flote la verdad
Oculta en las profundidades.

Como un río, que nace de otros
Saber seguir junto con otros
Y construir el encuentro
Con las aguas grandes
Del infinito océano.

Cambiar en el camino
Pero sin nunca dejar de ser
El mismo ser que muda.
Como un río.





Cantiga de claridad

Campesino, plantas el grano
En lo oscuro — y nace un albor.
Quiero llamarte hermano.

De noche, comiendo el pan
Siento el gusto de esa aurora
Que te despunta en la mano.

Haces de sombras un haz
De luz para multitudes.
Un compañero tan claro
Que vive en la oscuridad.

Y mientras no llegue el día
En que la tierra sea un reino
De trabajo y de alegría,
Cantando juntos alcemos
Armas de amor en acción.
La rosa ya se hace llama
Al hilo del corazón.

Campesino, plantas el grano
En el oscuro y ya nace el agua.
Un día serás el dueño
Del sueño verde del campo.
Nunca vi verde tan verde
Como el de tu corazón.





La creación del mundo

No desfloré a nadie.
La primera mujer que vi desnuda
(era adulta de alma y de cabellos)
Fue la primera que me mostró los astros,
Pero no fui el primero a quien se los mostró.

Vi el resplandor de sus nalgas
De espaldas a mí: era morena,
Mas al darse vuelta fue dorada.

Sonrió porque sus pechos me asombraron,
Por mi mirada de adolescente no acostumbrado
A la gloria de la belleza corporal.
Era de mañana en la selva, pero nacían
Estrellas de sus brazos y resbalaban
Por el cuello, lo recuerdo, era el cuello
Lo que me enseñaba a deletrear secretos
Guardados en la clavícula. Pedía,
Ya echada de bruces y llamándome,
Que posara mis labios por los pétalos
Con rocío de la nuca, eran lilas;
Que alisara, levemente, con las yemas
Las espaldas de espumas y esmeraldas;
Quería que mi mano recorriera,
Yendo y viniendo, el valle de la columna,
Trés doucement, porque me cuidaba.
Ella inauguró en mí la alegría
Inefable de dar felicidad.
Tanto conocimiento no podía
Ser sino innato, pienso ahora.
Pero no.
Era un saber hecho de experiencia,
Más que ingenio para transmitirlo.
Ella era de otras aguas, una fuente
De treinta años, que vino desde el Sena
Con el destino de darme de beber
—en la aurora de sus ojos, en sus pechos,
En la boca musical, en el mar del vientre,
En la risa de azucena, en la voz densa,
En las cejas y en el vértice de las piernas—
La miel antigua de la sabiduría,
De saber que el deseo crece cuando entiende
Que la chispa se enciende en la ternura,
Que las antesalas se prolongan
Hasta que uno esté listo para entrar en el cielo.

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