martes, 7 de septiembre de 2010

931.- JAIME PINOS


Biografía de: Jaime Pinos:
Jaime Pinos Fuentes nació en Santiago (Chile), en 1970. Es Licenciado en Literatura de la Universidad de Chile. Fue editor del sello La Calabaza del Diablo y de la revista homónima. En 1997 publicó la novela Los bigotes de Mustafá, mención honrosa en el Premio Municipal de Santiago. En 2003 publicó el libro de poesía Criminal. Recientemente ha publicado: Almanaque. Actualmente es editor de la revista digital Lanzallamas.




Vista general

En el espacio,
la ciudad se extiende
sin control,
como una hoguera,
piedra por piedra,
calle por calle,
consumiendo el paisaje,
llenándolo de gente, ratas
y pájaros sucios.
Aquí,
la cultura es salvaje
y se construye lo mismo de savia
que de sangre.
El hábitat,
un pequeño gran vertedero
de la modernidad periférica
al pie de Los Andes,
bajo el inmenso cielo de América.

En el tiempo,
la ciudad se desvanece
bajo el rigor de los cíclicos terremotos
o a manos de la afición nacional
por las demoliciones.
Aquí,
nada se conserva,
todo se destruye.
Los lugares y las cosas
apenas ofrecen resistencia
a la continua disolución de este pueblo
fantasma,
ahogado en el río del olvido
donde todo cambia sin permanecer.





Humo

Como tupido velo,
la férrea cortina de humo
cubriéndolo todo.
La neblina densa
de gas y de polvo
gravitando,
depositándose,
sucio sedimento,
sobre los habitantes y las cosas

Aquí se vive
como dentro de una caja cerrada,
en la jaula viscosa del smog.

Peces enfermos
en las aguas podridas de un mar muerto,
boqueamos en medio
de la enorme nube oscura.
Nadamos en ella,
llenando las branquias
con su tufo metálico.
El veneno que asfixia a la ciudad
(la televisión mostró hoy los hospitales
atestados de niños y de viejos)
es nuestro líquido elemento.

Aquí ni siquiera el cielo es horizonte.
Y la mirada,
hecha humo,
ya no es capaz de ver una cordillera,
aún estando al pie.

Aquí,
como dentro de una caja o una jaula,
transcurren la vida y la muerte
sin respiro.






Pánico

Estridente ulular de las sirenas,
rojo de las balizas
destellando
cuando cae la noche
y la escenografía del pánico
se hace más patente.

Aquí el miedo es parte del paisaje.

La paranoia,
una minuciosa construcción social
urdida por intereses y consorcios
cuyo negocio es propagar
la sensación del asedio,
la solitaria indefensión del habitante
frente al enemigo interno.
La ocupación policíaca,
una política de Estado
aceptada por la inmensa mayoría
deseosa de vivir en paz
soslayando la cotidiana guerra de clases,
sus consecuencias sangrientas.

Aquí se vive bajo sospecha.

Todos los gatos son negros
cuando cae la noche
en las calles,
a cada minuto más desiertas
y caminan los últimos transeúntes,
desconfiando de su propia sombra,
apresurados,
rumbo al hogar
y su tibio amparo
de rejas,
alarmas
o pistolas
bajo la almohada.






Domicilio

Fuera de la existencia impersonal
en la ciudad,
el domicilio como acotado espacio
de lo sentimental.
Objetos como talismanes,
metáforas nimias pero tangibles
de la propia biografía,
vestigios conservados para retener
en la memoria
la sustancia de otros días,
su aura perdida.
Fotografías, retratos,
recuerdos de viaje,
reliquias familiares.
Cosas íntimas sobrepuestas
en el ámbito neutro
y meramente funcional
que definen la arquitectura
y el mobiliario.

Escenario privilegiado del exceso
que somos,
el domicilio como lugar donde acontece
lo doméstico.
Ese orden inestable
que revelan los detritos
de la vida cotidiana:
la pasta de dientes a medio terminar,
el diario abandonado en el sillón,
los zapatos perdidos,
las tazas vacías sobre la mesa.
La geometría aleatoria de las cosas
puestas fuera de lugar,
una y otra vez,
en los mínimos desplazamientos
del habitar.

Dentro de la vida política de la ciudad,
el domicilio como otro teatro
de sus operaciones.
Aquí,
la demostración de uno fijo o legal
es requisito para la existencia civil
y económica.
La propiedad de una vivienda,
una aspiración mayoritaria
y un conflicto social.
La seguridad residencial
una obsesión justificada
por la atmósfera del pánico.
Aquí,
el calor de hogar
se vive a puertas cerradas,
mientras los homeless,
los desalojados, los invisibles,
se agolpan por un plato de comida
frente a las puertas del llamado
Hogar de Cristo.





Separación

La ciudad está organizada
según el principio de la segregación.
Ciudades dentro de la ciudad,
los guetos se sitúan
a uno y otro extremo de la escala social.
Arriba, los ricos,
amurallados,
consumen el producto de la acumulación.
Abajo, los pobres,
a la intemperie,
se consumen en el rigor de la supervivencia.
Un tramado de impermeables membranas,
mantiene ambos territorios sociales
rigurosamente incomunicados.
Al interior de sus respectivos sectores,
demarcados por el límite
del temor o la sospecha,
ricos y pobres se mueven
cuidando no traspasar la frontera interna.
El extenso muro invisible
que oculta a unos de otros,
que los separa a uno y otro lado
de la ciudad dividida.

La vida está organizada
según el principio de la competencia.
El sistema productivo impone
el individualismo a ultranza
como moral e ideología.
La selección natural
como norma de convivencia.
La vida privada
como único lugar de los afectos.
Lo demás,
el espacio público,
un eriazo hiperpoblado,
la experiencia cotidiana de la separación.
La multitud de los solitarios,
el abismo de distancia
que media entre una y otra biografía.
Cada uno en su claustro,
en su diminuta celdilla hermética,
viviendo su vida.
La multitud de los desconocidos,
nuestros semejantes,
ese vacío en que nos movemos,
a golpes o a empujones,
codo a codo
con nadie.






Subterráneo

En los andenes,
emplazadas en lo alto,
las nuevas pantallas
(propaganda, clips, últimos goles)
concentran la mirada
de los que esperan,
inmersos en una luminosidad de acuario,
la llegada del próximo tren.

A su arribo,
apresurados,
subirán a los vagones
disputando los asientos.
Sin hablarse,
sin mirarse,
apretujados,
pasarán las estaciones.
Cada cual en su túnel,
apartados,
desconocidos y meramente casuales
compañeros de viaje,
pasajeros
hacia sus respectivos destinos
entre una y otra oscuridad.



De 80 días (Deriva de Santiago)




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“Discurso del Resentimiento”:

Lo que hice lo hice,
no lo digo por victimizarme,
pero yo estaba marcado.

La pobreza,
la droga,
la violencia.
Estigmas,
cicatrices de nacimiento.

A los otros les tocó el premiado.
A mí, sólo una mierda de vida
y toda una vida de mierda para malvivirla.
Una niñez con dolor.
Una madurez prematura impuesta
por los rigores de la supervivencia.
Una vejez indigna entre el abandono
y la enfermedad.
Una muerte anónima recibida
como un alivio.
Así fue para mis padres
y los padres de mis padres.
La miseria, qué duda cabe,
es un mal hereditario.

No fui el único.
He visto las mejores mentes
de mi generación
destruidas por la locura.
Lo que nunca entenderán
los psicólogos y los terapeutas
es que la droga no es una puerta falsa
cuando la mente es el único lugar adonde ir
más allá de los límites del gueto.
Cuando se prefiere la angustia
de la pasta a la droga,
muchísimo más dura,
de la realidad.

En cuanto a la violencia,
una mera abstracción
para los privilegiados,
los parámetros cambian
cuando se ha vivido en ella
como un pez en el agua.
Cuando un punzón o un fierro hechizo
son simples utensilios domésticos
y la sangre y la muerte
eventos cotidianos,
apenas parte del paisaje.

Que me dieron oportunidades, dicen.
Que pude ser otra cosa.

Pero si alguna vez me dieron algo
fue la condena de crecer en el encierro.
Desde niño, una cárcel tras otra.
Hogares, las llamaban.
Si alguna vez me dieron algo
fue tan sólo para sacarse fotos.
Un ejemplo de rehabilitación,
decían entonces,
mientras sonreían a la cámara.
Si alguna vez me dieron algo
fue un destino jugado a la ruleta rusa,
las cartas falsas del perdedor.
Fue la impotencia, la frustración.
Fue esta rabia.

Repito,
no es por victimizarme,
pero yo estaba marcado.

Yo soy la cosecha.
Yo soy lo que sembraron.





“Primer Carta a la Poderes”


Señor Ministro del Interior:

Usted habla de mi vida
Como si hubiese elegido dedicarla
a delinquir.
Pero se equivoca.
Yo quería hacer algo con ella.
Tenía aspiraciones, tenía proyectos.
Nunca quise este final,
todo el horror,
todas esas muertes.
Alguna vez imaginé las cosas
de otra forma.
Los delitos que cometí
fueron para mejorar el remedo
de vida y de familia que tengo.
Sin embargo, todo fue inútil.
Todo sucedió como si estuviera escrito.
Hasta llegar a la soledad de este cubículo
donde la luz permanece encendida
día y noche
mientras el tiempo no pasa
y lo mejor que puedo esperar de la vida
es una muerte rápida.

Usted habla del crimen
como si fuese un vicio que algunos
practicamos
por una especie de abyección congénita
o de desafío antisocial
a las reglas de la colmena.
Pero se equivoca.
El criminal no nace, se hace.

Y el camino de la abyección
es un largo aprendizaje
que, para muchos como yo,
coincide con el de la supervivencia.
Ser un individuo útil para la sociedad.
Lo intenté.
Nadie quiso contratarme
por mis antecedentes.
Sesenta lucas.
Eso es todo lo que pude ganarme
honradamente.
Es la sociedad la que nos rechaza,
Señor Ministro.
Es esta colmena la que, como a zánganos,
nos desecha por inútiles.

Finalmente,
aunque hoy sea acribillado
por quienes en algún momento me exaltaron
y sea una vergüenza nacional,
le recuerdo, Señor Ministro,
que soy parte del producto interno
de esta sociedad.

Aunque usted,
desde la cómoda oficina
en que se encuentra,
jamás entenderá.

Desde las alturas del poder,
nunca podrá siquiera imaginar
lo que es la vida
acá
en los bajos fondos.




Jaime Pinos Fuentes: Criminal

TOMADO DE: Celedonio Torres Ávalos




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Matar a los viejos

Dina Ortiz (69)
ex profesora,
la Madre.
Fue rescatada el sábado en estado
de desnutrición extremo (29 kilos)
desde la pieza nauseabunda
donde yacía peor que un perro, sola,
comiendo trozos de colchón
y sus propias fecas.
Héctor Marro (72)
ex contador,
el Padre.
Dice dormir sólo tres horas diarias.
Y lo hace a la intemperie en un sillón
inmundo desde el pasado invierno.
En el interior del palacete el hedor
no se aguanta.
Dina, Héctor, Francisco,
Jorge, Graciela, Enrique, Elizabeth,
profesora, homeópata, ingeniero, músico,
asistente social,
los Hijos.
Uno de sus hijos, juró a los detectives
que no tenía recursos para cuidar
a su madre. Sin embargo posee auto
y se nota que no le falta para comer.
Un caso entre muchos
fugazmente iluminado por los flashes.
Alimento para el morbo del público,
ese apetito insaciable.
Retirados
del trabajo y el consumo,
animales inservibles
bajo el frío látigo
de la indiferencia.
Indigna la vejez cuando agosto
es todo el año.
A cambio de
una vida de trabajo,
moneda dura,
EL PAGO DE CHILE.

(Fuente: lacuarta.cl)






Nota al margen

Escribe a la manera
de Rosa Araneda
de José Hipólito Casas,
de Bernardino Guajardo,
de Daniel Meneses,
de Juan Bautista Peralta,
de Patricio Miranda,
de Pancho Romero.
Escribe a la manera
de los poetas anónimos
o perdidos en las neblinas de Chile.
Prensa Amarilla.
Crónica Roja.
Últimas Noticias.
Versos a lo humano, por literatura.
Palabras para colgar en el tenderete
del charlatán ciego.
Escribe LIRA POPULAR





Musa

“La poesía chilena es un perro
y ahora vive a la intemperie”
Roberto Bolaño


Irrumpe en el territorio.
Edad media,
maciza, morena,
pelo cano y desgreñado.
Empuja un coche
cargado de ropa, botellas,
bolsas plásticas.
Los primeros días,
permanece sentada con su coche
junto a la cortina del local en arriendo,
a la vuelta del minimarket.
No pide dinero.
No vende nada.
Concentrada,
escribe en un cuaderno de espiral,
murmura algo.
Un paraguas desvencijado
le sirve de sombrilla
cuando se tiende sobre la acera,
como una bañista,
sin importarle los que pasan a su lado
desviando la mirada
La observa desde lejos.
Cuando pasa a su lado,
hace lo mismo,
finge que no la ve.






UN MIEDO INCONCEBIBLE
A LA POBREZA

Los días que siguen,
la ve dormir en la noche
del parque desierto;
la ve orinar, a ojos de todos,
encuclillada como una chola;
la ve insultar al dueño del minimarket
cuando intenta correrla mojando la acera.
Le oye decir,
sin levantar la vista del cuaderno sucio:
Y a mí,
¿quién me devuelve el tiempo perdido?
Desaparece del territorio.






Discurso del acecho

Soy el que acecha.
El que anda por ahí,
merodeando,
agazapado entre las sombras,
oculto en lo más profundo de la noche.
Ansioso por iniciar las ceremonias
de la cacería,
la profanación de todo lo que,
para ellos , es sagrado.
La ley.
La propiedad.
El dinero.
La decencia.
El buen nombre de las buenas familias.
Para evadirse de mí,
ellos han acumulado
rejas, alarmas, dispositivos,
guardias a contrata y policía regular,
armas, celdas de castigo,
picanas eléctricas.






Época


Ningún llamado a asaltar el cielo,
nula esperanza de cambiar la vida.
No Future.
Nadie reunido bajo ninguna bandera.
Otra época,
Historia sin heroísmo.
Gritos de guerra
girando en el vacío,
consignas revolucionarias
parodiadas por el marketing.
PORQUE LA VIDA ES AHORA
reza la promoción de la tarjeta de crédito.
YO QUIERO OTRO MUNDO
reza la promoción de la bebida de fantasía.






Elegía I

used to want to live
to avoid your elegy.
Yet really we had the same life
the generic one
our generation offered.
Robert Lowell


Como ves,
nada ha cambiado.
Violencia, Poder, Dinero.
El Dictador ha muerto
en su cama
cuando ya no importa,
nadie recuerda o quiere recordar
la hora de los chacales.

El confort es la única utopía,
la gente vive para trabajar,
compra cosas, paga créditos,
bebe, toma pastillas, consume cocaína,
ve televisión, mucha televisión.
Espectadores
esperando nada,
sobreviviendo al vacío de esta ciudad
donde se choca o se revienta
en los campos de fuerza
de la productividad y la competencia
o en la ruleta rusa
de los hechos de sangre.
Mucha gente deprimida,
solitaria,
los adolescentes se suicidan
con mayor frecuencia,
los viejos suelen morir
en el abandono absoluto,
proliferan los teléfonos y las farmacias.
Como sabes,
llegamos tarde.
Niños jugando entre los escombros
de una revolución fracasada,
a contramano de un país
que eligió a otros
como sus hijos pródigos.
Nuestros amigos, nuestros compañeros,
condenados al fracaso,
el margen o la asimilación.
Una generación
colgando
en el vacío. Como tú
esa noche de septiembre.
He pensado en Rodrigo Lira,
su largo alarido,
sirenas de incendio, perros aullando,
las ventanas del Edificio Diego Portales
estallando en varios miles de pedazos.
He pensado en Abbie Hoffman,
escribiendo su nota,
abandonándose al sopor del alcohol y el fenobarbital.
Es demasiado tarde. No podemos ganar.
Se han hecho demasiado poderosos.
He pensado en John Berryman
saltando desde un puente de Minneapolis.
He pensado en la decepción definitiva,
en la soledad final.
En tus últimos momentos
antes de emigrar a tierra de nadie.
Escritura de los suicidas,
letra al pie de la muerte,
texto sin glosa, metáfora límite.
Salto al silencio.
A pesar de todo,
a pesar del dolor y la culpa,
otros recuerdos prevalecen en mí.

(es verano, somos muy jóvenes,
tenemos diecinueve o veinte años,
viajamos por la carretera en el auto
de mi padre, hemos encendido un porro,
vamos camino a la costa, escuchamos radio,
hablamos de sexo, de amor, de discos
o de libros, bromeamos, nos reímos,
nos ponemos sentimentales o rabiosos,
hablamos de la mierda de país que nos tocó,
de cómo salvarnos de todo ese lastre,
la dictadura, el colegio de curas,
la plaza provinciana, somos muy jóvenes,
nuestra esperanza y nuestra imaginación
están intactas, todo es posible,
creemos que vamos a lograrlo,
que nuestra vida será una gran aventura,
que el país cambiará, que encontraremos
la forma de ser libres y felices,
vamos llegando a la costa,
sacas medio cuerpo por la ventana del auto,
el sol brilla sobre el mar,
la brisa fresca nos llena los pulmones)
La imagen fija es tu sonrisa de Gato de Cheshire.
Hice cuanto pude para seguir mi vida
y evitarme tu elegía.
A pesar de todo,
aquí estoy,
escribiendo.
Para hablar contigo,
sigo las instrucciones de Teillier.
Elijo palabras que puedas reconocer.
Aprendo a esperar.


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