sábado, 11 de septiembre de 2010

ISMAEL GAVILÁN [1.008]


ISMAEL GAVILÁN

Ismael Gavilán Muñoz (Valparaíso, Chile 1973). Poeta y ensayista.

Licenciado en Lengua y Literatura Hispánica por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Magíster en Literatura con mención en Literatura Chilena e Hispanoamericana por la Universidad de Chile.
Ha publicado los libros de poemas Llamas de quien duerme en nuestro sueño (1996) y Fabulaciones del aire de otros reynos ( 1° ed 1999 y 2° ed 2002).

Algunos poemas suyos han sido traducidos al inglés y al griego y varios más han sido incluidos en diversas antologías chilenas y extranjeras.
Ha obtenido la Beca del Taller de Poesía de la Fundación Pablo Neruda (1997) y la Beca de Creación Literaria que otorga el Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2001).

Como ensayista ha colaborado en diversas revistas nacionales y extranjeras (Everba, Pensar y Poetizar, Vértebra, Plagio, La Linda Pelirroja, Inti, Tambor, Los Poetas del Cinco, Pausa, El navegante, Aérea, Mapocho etc).

Tiene en preparación un libro de ensayos, una monografía acerca de la poesía de Eduardo Anguita y un nuevo libro de poemas.

Actualmente se desempeña como docente en el Instituto de Arte de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y como monitor del Taller de Poesía del centro cultural La Sebastiana que depende de la Fundación Pablo Neruda.



I

De Llamas de quien duerme en nuestro sueño (1993-1996)
Ediciones Nuevo Reyno, Villa Alemana, 1996.


ARTE MAYOR

Tan bien que estaba entrando
en la escritura de mi Dios

Gonzalo Rojas


Tenso la piel y me adentro en tu fuero como escriba
áureo
simultáneo
yendo con labios desgarrados
al golpe tempestuoso de los días
miedoso a la Palabra que sale de tu abismo
como vino
luz
o música
siendo el desterrado que regresa con el semblante carcomido de silencio
al ver que desbordas humo y noche con una lámpara en tus senos
graciosa
haciendo preguntas en un lenguaje de llamas
que la juventud sumerge en el instante irrepetible
sonora
ilegible con los signos que mueren por mi voz
pero que te surcan como olas creyéndome hechicero:
un Orfeo de tercera con su lira usada
sin himno
encantado por la desnudez de tus líneas invisibles cuando deseo
(deletrearlas.

No hay sino el ruido de voces que fantasmas construyen con restos de
(arena.
Pero te alza la mudez
mi mudez ebria que se precipita mineral
debajo de las máscaras en vértigo creciente
más allá del latir momentáneo de muertes necesarias
o de relámpagos que vivieron y son ahora cuadros colgando en la pared.


*


No basta ir vestido como escriba sino serlo
(mi túnica está arrugada
mis sandalias tienen barro)
y bajar al precipicio hasta ser un extranjero,
un extranjero destruido en el sollozo de la sangre
al no poder interpretar este Arte
que constata el sentido inefable que posee lo Real. 



HIMNO

Voy a tu cima cargado de cenizas
a libar tu fuego que se abre entre glorietas,
semejando un danzarín que se eleva sobre imágenes
seguro de la magia de tus sellos.
Y deseo atrapar en su comienzo cada uno de tus ríos
al nadar tus abismos y vorágines;
escombros deleitables ladera abajo de tu piel,
poniendo la esperanza en el ardiente firmamento
que se yergue arriba de mis ojos.

Voy a tu forma entre orillas que sonríen
concluidos los momentos de las lenguas como enigma en mi destello,
enredando voces, lágrimas de ángeles terribles,
alfanjes como bocas.
Y voy siendo sueño, transparencia,
ebrio en la fogata de la pausa de ascensiones
al mirar el precipicio a mis espaldas
como imposible memoria de retorno,
levantando vigías en mis dedos y sumido en la densa maravilla
del fuego de la altura y su aire delirante.

Que me vean hacia ti
cuando el viento roza muros y contesta.
Que me vean hacia ti
recogido en la penumbra como sacerdote solitario.
Que te vean con tu voz
hacer crecer la semejanza de las cosas, inasibles en sí mismas.
Que te vean con tu labio
quemado al resplandor de las entrañas, lejos en tu brillo de columna.

Yo voy hacia tu cima cargado de cenizas
a libar tu fuego que se abre entre glorietas
dando certeza al rito que estremece con guirnaldas,
cielos y festines como razón oculta de un estío subterráneo.



NOCTURNO

El universo está en la noche
Gerard de Nerval

Ahora nos envuelve algo oscuro y tibio.
Y somos boca en tránsito en el umbral construido de silencios
dispuestos al naufragio como arco ardiente que se tensa.

Afuera son ruinas el temblor deforme de la luz,
su garganta cercenada que desea percibir coronas de tierra seca.
Cántico de huesos, dices.
Y nos envuelve el movimiento
agazapados tras todas las ventanas,
alzando catedrales con la desnudez de las estrellas
y sintiendo visiones que nos tocan al inicio del ahogo:
sacudida de las piedras que forjan olas con sus pieles
al mojar la intimidad de nuestros valles.

Somos la cara de la noche, sus huéspedes y sus ráfagas;
palabras enhebradas con azote y júbilo
junto a la espuma de las venas que cae en bosques de interior.

Asombrados vemos el número infinito
que marcamos con tiza en la muralla,
alternancia de los aires en el vientre que posee nuestra imagen,
sigilosos a la sed,
a las raíces que la luz abandonó,
lúcidos en la escena cambiante de la sombra.
Y el secreto que aceita nuestro rostro
estalla en el trance que sofoca por sus giros,
sudor de sueños en la bella hondura del banquete:
ahí se distinguen siluetas que sonríen,
nuestros dobles en un mundo erguido del brillo oscuro de los cantos.

Así, somos el ojo reluciente
que se apodera de la memoria bautizada de humedad
cuando hojas laten en las manos gracias al tono majestuoso de los
(cuerpos
Ahora nos envuelve algo oscuro y tibio
y somos ser en tránsito en el umbral construido de silencios.


ESTÍO

A la sombra holgando
de un alto pino o roble
o de alguna robusta o verde encina
Garcilaso de la Vega


Los frutos maduran junto al aire que se eleva de los cuerpos ya tendidos.
Y estás allí, con tus ojos de océano para rescatar el balbuceo de mis labios,
vestida de soles
o con los ecos somnolientos de las lejanías,
pareciendo un pétalo de leche que abre con voz grandiosa
el ardor de los ríos en secreto.
He aquí mis manos de árbol caminando en tu rostro
o dando la sombra necesaria para el trueno.
He aquí mi tierra desprendida a gotas sobre el verdor de tu lengua
en la profundidad de los senderos que persisten.
Sé que cada ventisca asoma tus palabras entre los tejidos multicolores de la tarde y que, grácil, el sueño se aproxima para configurar a las cosas reposadas
como promesa de un rumor vespertino.
Hacia silencios que otorga la placidez rompiente del calor
tu cuello repite la respiración de líneas que no fueron acabadas,
tu sonrisa rebelde trastoca el lenguaje sombrío de los destierros de lluvia,
tu cabello se embriaga con música de flautas.
Y eres en tu origen, el paisaje:
bosques y campanas entibiadas entre dedos
como el regocijo de párpados sobre hierba,
pradera que convida al canto como mirada y ceremonia.
Y en ello está el paraje familiar que el torbellino desconoce
alzándote con el fulgor súbito de ocasos,
con la máscara del viento que rastrea pasadizos de miel en sus preguntas.
Oiremos por donde transita la legión de aguas y su lecho de fiesta,
conversaremos acerca de horas devorantes con un temblor en las gargantas.
Y junto al aire sabremos ser más que imagen en la belleza de la fruta. 



FABULACIONES. Ismael Gavilán

De Fabulaciones del aire de otros reynos, (1996-2002) 1° ed Sol Invictus, Valparaíso, 1999; 2° ed Altazor, Viña del Mar, 2002.


De una epístola de August von Platten

Sólo vivirá ese paisaje que soñamos,
ese paisaje donde la luz es brisa
que consume interminable.
Sólo vivirá en la presencia
de cuerpos ebrios de sí mismos
cuando brillan magníficos e inútiles.

Ese paisaje semeja perfección sin serla,
saeta furtiva de una guerra
que no concluye nunca.
Es lo soñado como el rostro ígneo del rubí,
la Rosa herida por la lluvia,
su mirada ofrecida por Apolo.

Lo soñamos,
aunque la tristeza sea el fruto de su estío
y el silencio la humedad sonriente
que arranca sus máscaras de fiesta.
Lo soñamos
aunque flote dibujado en las ramas invisibles de los ríos
y su fragor sea efímero como la pureza de la nieve.

A ese paisaje lo soñamos
aunque semeje perfección sin serla.
Para lograrla, necesitaría más que nuestro sueño:
necesitaría del beso cristalino de la muerte.


Paráfrasis a un poema de Julián del Casal

para Francisca Lange
Beber en copa de ónix
el capricho que enmascara,
el orgullo sereno del dolor.
Beber tras el biombo de seda china
la cabellera del desorden insinuante:
beber de la Rosa el invisible beso
que avanza en la tiniebla,
beber acaso su cuerpo en el dulce fin
como lluvia de ardor caído,
beber su transparencia hiriente
luego de todas las derrotas, su sangre
que fulmina nuestro viento, su ceniza.
Beber su sombra que enceguece
y sus alas y sus pétalos y mis labios marchitándose.



En la Academia Platónica

Cuando en nosotros el silencio es encendido
el cielo es regreso a una voz original;
máscara de estrellas que abre realidades
más allá de toda transparencia:

belleza de aquella magia celeste
que atraviesa la mirada sugerida por el aire
o ventanal que anuncia el triunfo
de una constelación de escritura perfecta.

Porque detrás de toda imagen
el instante es el rostro móvil de la eternidad.


Un monje de Cluny hace una glosa 
a su trascripción de la Eneida

Somos silencio que descansa pasado mediodía,
viviendo con el compromiso de no estorbar
momentos venideros,
hundidos en un mundo que antaño fue razón de dioses;
la tortura de Eneas al mirar Cartago a sus espaldas;
nada más que un fulgor oculto
cuando el Libro nos advierte que toda epopeya es fantasía.




Carta a un joven poeta

                                                                  “El arte no puede ayudar…”
                                                                                   R. M. Rilke

            La fragmentación de la realidad, el hundimiento de las cosas; decir que se escabulle por la tarde de invierno como voz sepulcral en el bosque, su rostro de abril cuando el cielo tenebroso anuncia desapariciones; rumor de tinajas en la fiebre del esplendor celeste; Rimbaud y el vértigo de la derrota, el recuerdo de haber visto el mar antes de vivirlo; la huída sin duda tras la derrota en Farsalia (acontecimientos, detalles, aproximaciones temerosas a los motivos de la vida) quizás el orden difuso que sugiere caída en un juego de luces frente a un cortinaje de ceniza o desarraigo.



Donde florece el invierno

La tarde sangra apagando su jardín
y en él, la belleza muere como sombra
u oro envejecido; fantasma de carmín
de marchita boca que ni nombra

al pasado y a su luto, ni a colores
que sueñen con el blanco que canta
al hastiado corazón de tristes flores;
un beso o cicatriz que la mañana

pareciera jamás haber tocado
ni en el intento del desear sereno
ni en el tacto puro, siempre amado,
que el fuego atiza en mil senderos.

El oro envejecido es fantasma de carmín
y siempre oscura la ilusión que nombra
a la Belleza ensangrentada del jardín;
voz callada de la Muerte que es su sombra.


Anotaciones de Sebastián Caboto

El corazón es una quimera que nos guía
hacia el final incierto de cualquier mapa y escritura.
Ni islas, ni ansias que propician música
para que el mar se encienda bajo labios
deletrean las ciudades a las que deseamos arribar.

Para este viaje oscuro no hacen falta mapas
ni es preciso el sextante: basta un velamen rojo
y el agua agria de los sueños olvidados.
En la luz del horizonte
se pueden adivinar paisajes imposibles,
su oro que destella para nuestra sed insaciable
(ilusión que inventa la estéril distancia)

Tal vez a otros príncipes haremos homenajes
en medio del naufragio con tal de oír su silencio de espuma
para alejarnos de reinos ya sin dioses.


L’azur

La yuxtaposición 
la ebriedad de la grandeza estética  -criticada por Wilamowitz 
a ese joven filólogo de Basilea- 
música sin duda en la distancia que no quiere decir, 
tensión del lenguaje evocada por el silencio 
(metáfora siniestra tras la anulación de Celan) 
donde giran cristales, biombos japoneses 
la orquestación conversacional 
que la niñez disuelve 
la yuxtaposición 
los muertos que mi abuelo trae a memoria 
la presencia que destruye lo escrito.


Evocación de Georg Trakl

En el dorso de la noche 
duerme la amenaza del mundo celeste. 
No porque exista el descenso
de nuestra piel en la interrupción del fruto 
o porque podamos vivir a la intemperie de cualquier catástrofe. 
Tal vez en la cicatriz del aire 
el habla del verdugo sea la facilidad para atraer nuestro rostro 
a ese umbral donde la ceguera es preñada 
por la respiración que nos viste, 
quizás una señal donde gime sereno el corazón que atardece. 
Pero los días transcurren ajenos a toda blasfemia, 
negando oscuridad en su mensaje difícil: 
el tiempo es tentación cuando ninguna estrella 
retorna del jardín cultivado por la noche. 
Sólo en el sueño se abre el cielo con su apetito voraz 
al ser humedecido el país de la muerte



Esbozo para un poema que trate sobre 
la melancolía 

                                  Behold, Terre is no breath:
                           I and this Love are one, and I am Death
                                               Dante Gabriel Rossetti
                                                                                 

         Una tarde de lluvia es igual a tus ojos de tristeza, a una sombra de agua sobre el temblor que agita cristales, al placer enmudecido tras un espejo de oro, a la palidez de una cítara cegada por la sonrisa de un ángel, al pensamiento que yace agotado en un labio tibio, a la dulce obsesión que principia con el fuego de marzo, al reino que perdimos en el fragor adolescente, al gesto de la piel sobre el ámbar de una mañana oscura, al fruto del ciruelo en su generosidad indolente, al amor, indistinto y cruel con su magro conocimiento de sensaciones puras, a la corrupción de un perfume exótico amado por D’Annunzio o Baudelaire...
        Una tarde de lluvia es igual a tus ojos de tristeza, al clamor de una rosa vencida por la luz, al sueño que no llega y que pensamos volverá en otro rostro.


Lautréamont

Era en la tierra florida de septiembre 
forma que arde desnuda como constelación inexplorada 
-poema inacabado por la muerte prematura 
que asalta el verdor de infancia- 
el sistema, la Palabra, la versión, 
definitivamente un primer plano deformado 
por lo monstruoso (natural falta de experiencia) 
destruido por lo monstruoso, tentado en la pureza 
que ve la venganza como un acto de sacrificio por antonomasia 
y el resto, nada: un fuego entrecruzado, 
datos bibliográficos en el cuerpo abierto 
como la flor callada de la música, 
la fotografía mítica, el quehacer que aguarda 
por nosotros en función del coro.


Acerca de Fabulaciones del aire de otros reynos 

por Eduardo Jeria Garay
Texto leído en la presentación de Fabulaciones del aire de otros reynos en la Universidad 
Católica de Valparaíso, diciembre de 2002.

Introducción

Un libro de poemas constituye siempre una posibilidad. Por eso cada publicación es una oportunidad para acentuar diferentes caminos en relación con el oficio de la poesía, lo cual redunda necesariamente en distintos matices e impresiones en los lectores. Por ejemplo, un libro de poemas puede ser una reacción ante autores contemporáneos o inmediatamente anteriores, tal vez el rescate de un estilo o quizás un espacio de experimentación. Sin embargo, algunas pocas veces es posible hallar un poemario cuyo sello tiene menos que ver con los poetas o poemas que con la Poesía; un libro que da lugar a la presentación de un discurso que podemos calificar con propiedad de "estético", pues gira en torno al problema de la Belleza y el Arte y cuyas reflexiones dan sustento no sólo al proyecto del libro sino también a cada poema en particular. Podemos decir entonces, que esos libros buscan de manera prioritaria ser la encarnación en la propia poesía de un discurso sobre lo Poético, lo que sugiere que al interior de la obra subyacen al menos dos corrientes subterráneas y paralelas. En otras palabras, el poetizar como la posibilidad de afirmar una poética o, más allá de eso, de sostener una visión sobre el arte o, incluso más aún, de indagar acerca de cuál debe ser la relación del arte con el mundo, sin seguir el camino de la ironía y la deconstrucción del sentido de la poesía, sino por el contrario, su afirmación y su autocrítica nunca ingenua, pero comprometida. Aquello no deja ser todo un reto y que puede ser apreciado en el caso de Fabulaciones del aire de otros Reynos de Ismael Gavilán.

Este libro tiene la particularidad -como Dionisio- de haber nacido dos veces. Ya en 1999 se nos ha presentado una versión primigenia de él, la cual en su momento, nos pareció de una delicadeza y calidad excepcionales. En esta segunda versión, Gavilán radicaliza su propuesta: añade poemas, suprime otros y les agrega un cuerpo de notas al final del volumen. Es decir, los rasgos que constituyen el tono fundamental del libro según nuestra apreciación, se ven acentuados si tenemos en cuenta que se trata de una segunda edición, ampliada y corregida respecto a la primera entrega de 1999. Este gesto lo leemos como una afirmación acerca de la naturaleza de lo poético: sí, aún podemos habitar en la Belleza; sí, aún creemos que la Rosa -imagen predilecta de Gavilán- no se deshoja al pasar las páginas del tiempo; sí, las palabras aún pueden sostener otro mundo, y no por ello dejamos de creer en éste. Este gesto es del que queremos hoy hablar. 

Hemos leído Fabulaciones al menos desde dos ejes. En un sentido longitudinal (o de conjunto) el autor ha tomado la metáfora del viaje para ilustrar un verdadero y sugerente periplo mental. En un sentido transversal (o fragmentario) nos encontramos con 38 piezas independientes en las que se desarrolla un tema, al igual que en las composiciones musicales más clásicas, constituyendo el libro entero una suite.

I

Respecto a la primera mirada, hemos afirmado que el libro sigue la figura de un viaje y un regreso. Creemos que el periplo trata sobre la relación entre el cuerpo, el mundo y la Poesía. 

Viaje ¿de quién? Esta travesía asume que el lector del libro no es un neófito, sino que ya conoce las claves culturales de las artes. El autor no nos invita a ser iniciados, sino más bien a volver a reevaluar nuestra comprensión de ellas. Desde este punto de vista, el libro propicia que cada lector vaya de regreso a sus propias lecturas, a sus propias interpretaciones del goce estético, donde el punto de partida y de llegada es el acervo personal y colectivo.

Viaje ¿desde dónde? Comienza con el poema "Mar calmo y viaje feliz" y concluye con "Kavafis regresa a Alejandría". La metáfora sugiere que algo cambia y sin embargo se mantiene igual. El estado inicial está lleno de una sensorialidad rebosante y parece asegurar que en el placer está la trascendencia. Esta afirmación, sin embargo no es más que un punto de partida para la verdaderas intenciones del autor: progresivamente cada hablante -recreado, a decir de Marcelo Pellegrini en su prólogo, con el recurso del monólogo dramático- es enfrentado a una situación donde el goce sensorial no basta: Narciso se enfrenta a la muerte en su propia hermosura; August von Platten se da cuenta que el paisaje que soñamos "necesitaría más que nuestro sueño: necesitaría del beso cristalino de la muerte" ; Omar Khayan sabe que la belleza de una hurí sería "capaz de destruirnos" ; Heliogábalo reina "para sentir la verde sombra del goce destructivo" ; Klimt se da cuenta que la indolente perfección de sus obras y de sus modelos "sólo se incendiaba en la palidez de otra perfección"; finalmente el propio Oscar Wilde agazapado en un poema parece reconocer "que el amor no es nunca la imagen creada de si mismo" y que sólo queda "el puñal virgen del cansancio"; mientras Darío al declinar su vida afirma que "perder placer es triste"; etc. Además, en el cuerpo de notas Gavilán critica a Cernuda por no ser sensible a lo que en Darío -y en el propio Gavilán- es una arista primordial: "la energía erótica, la exaltación del placer". Esta decadencia del placer es la muerte, el fin de la elegancia, un barbarismo que no parece ser sino el fin de la belleza -sea lo que eso signifique- el fin del placer sensual, el fin de la corte, el fin de los propios libros.

Al final del viaje y del poemario, "Kavafis regresa a Alejandría" y nosotros con él para reconocer que "lo que un dios designa es mandato", es decir, se vuelve a situar a todo aquel esplendor nada más que como un estallido de Belleza perecedero. Sin embargo en este momento el autor plantea una salida: hay que aventurarse "para llegar a concluir con la escritura". La Poesía nos permite y nos condena a volver a la sensorialidad y recrearla y sin embargo frente a ella se mantiene una actitud ambivalente. Por una parte es la Rosa inmortal que engalana los jardines, el pétalo predilecto de la eternidad y por otro, "el canto no es anhelo que se alcanza"; o como Céfalas sabe que "en el palacio vacío las palabras no bastan"; no obstante también cree que "resisten la caída de cualquier imperio" más allá de la "arquitectura de demasiado frágil del mundo"; o como el hablante que toma el lugar de Walter Pater "me advierte silenciosa que yo y mis palabras somos lo realmente ficticio.". No es otra cosa que una variación del tema rilkeano -poeta esencialísimo para Gavilán- de lo terrible del ángel y su Belleza más poderosa que nuestra propia existencia. La Belleza es la fuente del placer y la destrucción a la vez. El tema se resume de la mejor manera en el poema final del libro, el ya citado "Kavafis regresa a Alejandría". 

Es este mandato y el regreso que en él está implicado el núcleo del poemario. Pérdida del placer y Regreso. Regreso en la palabra a lo que eres y no al deseo. Regreso al mundo en decadencia, destrucción de lo clásico. El poemario es la proyección formal de un mundo perfecto pero en camino a una degradación: Cartago, Roma, el mundo árabe, el orientalismo, la evocación del modernismo rubendariano, aparecen siempre cuando "las arenas cubran las ruinas de estos templos". Es el regreso a lo que en realidad somos. Es el volver a la propia angustia del regreso tras banquetes, joyas, túnicas. El regreso es sacrificio y nadie puede comprender por qué en la escritura ha de volverse a lo que ya se ha ido. Y eso no es sino la idea del exilio, del destierro incorporado a la idea de lo terrible de la Belleza. El hablante no ironiza sino asume este exilio y esta decadencia con nostalgia. Como dice Gavilán... "lo que un dios designa es mandato" y se espera que el regreso sea "para el instante en que el deseo tome otra forma, otro signo y sea la dulzura de un cuerpo al que, transparente, ya no necesitemos darle un nombre". Es el deseo de volver a un mundo donde la poesía sea más que palabras y sea un cuerpo en el cual el Habitar no necesite ser nombrado para constituirse en presencia. Somos disueltos -como Rilke- en la existencia más fuerte de la propia sensorialidad, pero no la del hedonismo que conocemos sino en una existencia más profunda y verdadera, la cáscara de lo invisible, la piel del propio ser. Así, el exilio es la distancia apropiada para el canto, parece decir Fabulaciones. Un exilio donde "quizás todos los poetas estén allende del mundo que creen poseer, sueñen con un mundo otro y éste lleve por máscara a todo lo real." La belleza es traición, máscara de la ruina, pero ventana a una realidad más noble. 

Ismael Gavilán nos lleva por el camino de un falso esplendor que esconde la decadencia y éste no es sino el camino y el paso a otro plano de existencia: la belleza como signo de lo terrible, de quien nos ha mantenido en el exilio desde el cual, sin embargo se funda la escritura y la palabra que no es sino nuestro más secreto mandato.


II

Como decíamos anteriormente también es posible leer este poemario como una suite compuesta de temas relativamente independientes entre sí. Cada uno de ellos lleva un sello distinguible: una musicalidad pausada que refleja el influjo de Rosamel del Valle, Humberto Díaz-Casanueva, Eduardo Anguita, pero cuyos lazos estéticos trascienden hasta llegar a Darío, Gimferrer, Colinas, de Villena, del Casal, Cernuda.

Cada tema es recreado partiendo de un verso inicial que es el equivalente al tono de una melodía. Desde aquel verso se despliega lentamente el tema, el cual, se desarrolla para terminar muchas veces con una reintroducción del verso primigenio, trasfigurado por la materia poética. 

Esta trama donde se mezclan voces da lugar a un efecto coral, con fuertes matices de solistas, como una visita a un cementerio demasiado vivo. Por esto, el poemario nos introduce a un mundo que han compartido muchas almas a lo largo de una historia; una invitación a un escenario del espíritu, a una región de la vida humana reservada a unos pocos elegidos y que nos invita a compartir un secreto y una complicidad: la belleza está en lo que ya no tarda en morir.

Así, podemos decir que éstos son textos de relectura, de evocaciones de mundos, de conciencia crítica. Y aunque el tono dominante no sea la melancolía, subyace a ellos el sentido de pérdida, pero con una actitud de elegancia de tocar la orquesta mientras el barco se hunde. Gavilán cree que se puede salvar a todo un mundo cuando se rescata un gesto, sólo un gesto de toda una vida humana, aunque tras él se entrevea lo que el poeta piensa del personaje más que el personaje mismo.

Este cuadro es completado con la introducción de una serie de notas a los poemas que sugieren la idea de que todo el texto es un juego de referencias y citas. Como un espejo deformado, Gavilán anula el hermetismo que resulta de una poesía encerrada en claves culturales, de lenguajes sobre lenguajes al hacerlo un espacio lúdico, un laberinto. Introduce al lector no iniciado en un juego de espejos donde no es posible saber qué notas son reales y cuáles no. Esto delata la conciencia del oficio poético y de que la propia idea de lograr una Forma -a lo Valéry- es inseparable de una concepción del arte, de su relación con el mundo y, por que no decirlo, de la vida.

Celebro esta poesía por ser "vino espeso no rebalsado de su copa"; por ser síntesis del placer y de la destrucción, mas no del desenfreno; porque tras la belleza de esta embriaguez se nos anuncia la pérdida y la decadencia de todos nuestros mundos.

Diciembre de 2002




PRESENTACIÓN
Vendramin de Ismael Gavilán [1]

Por Marcelo Rioseco


I. Elegía para Eduardo Anguita

En este esfuerzo de nada para nada,
tu nombre recorre mi voz como fuego a la ceniza.
Palabras que van a dar a otras palabras
y cuyo tintineo espectral semeja una galería destruída,
el chasquido de un espejo roto, lo siniestro de una mañana de agosto.

Tu nombre recorre mi voz como fuego a la ceniza
y el cumplimiento de su vieja promesa
vuelve taciturno todo deseo de espera,  todo anhelo de retribución:
palabras arrancadas de cuajo en medio del aire nocturno
como si un mago hubiese fracasado en su triste sortilegio
como si la escritura celeste que formaba parte de ti mismo
hubiese sido transcrita en el pedernal gastado de un silencio indecible.

Pero ya no está dentro de nosotros reconocer ese lugar,
ni ningún otro, apenas el mapa insignificante 
de un gesto insulso que sueña con la escritura de lo efímero
dentro de lo efímero, del polvo restregando esquirlas de la historia
en la sacudida suprema que implica vivir en el olvido
tras el olvido de toda nuestra memoria.

Ciertamente hay muchas esperanzas,
pero ninguna es para nosotros:
¿acaso el trazo de lo impredecible
cuando renunciamos a la prestancia exigente de lo bello?
¿acaso los recortes de periódico, anunciando
una nueva guerra, una revolución más,
el recuerdo de un pasado, ahora imposible?
Ninguna esperanza es para nosotros
donde el silencio de cualquier sirena es la invitación destructiva
de la fugacidad otorgada por un cuerpo del que nada sabemos.

Cuerpo atravesado, sin duda, por tu extraña misericordia,
¿no era hambre de infinito tu deseo?, ¿no era sed de eternidad
el regocijo estival de pechos y muslos?
Placer donde no existe la búsqueda del placer 
sino el afán del conocimiento: maldición de los poetas 
que confunden la pureza con la sabiduría,
la forma con la vida, su deseo con los misterios del lenguaje.

Ninguna esperanza es para nosotros,
ninguna promesa válida, consuelo a nuestra indolencia.

En este esfuerzo de nada para nada,
tal vez ser redimidos del fuego por el fuego
es la palabra que Orfeo no pudo oír y que trajo su catástrofe.
Para nosotros, quizás, es la certidumbre de saber callarnos
en medio de un bosque de lenguaje inútil
cuando la claridad de los ojos de la muerte
nos hace creer en la bella ficción que es el beso de Eurídice.



II. Tristia

                                Vobiscum cupiam quolibet esse modo
                                                               Ovidio

No puedo retornar: estoy fuera de todo principio,
abandonado en una frontera que me buscó sin yo saberlo,
expuesto a oscuridades y ruinas que jamás osé soñar,
expuesto a cantos ininteligibles cuya violencia
no posee la belleza –o al menos el decoro- 
de los rituales que conozco,
menos el sentido que a veces creíamos nuestro
en los antiguos ofertorios en los que fuimos educados.

La rusticidad de los habitantes de esta comarca es imposible:
no recuerdan otro tiempo, sino el que viven,
su nobleza –por llamarla así- lleva a cabo ritos de magia
que asquean o adormecen; sus templos son de barro y madera,
sus lugares de reunión, cloacas de embriaguez barata,
a veces campos de batalla para sus querellas ruines
o pasarelas para mostrar su extraña vanidad.
El cieno se acumula en las calles
y sus mujeres son célibes sólo por contrato:
placer y dinero van unidos y no celebran a dios alguno 
en sus epitalamios vulgares y pretenciosos.

Todo lo que no hay en este mundo debo llevarlo por mí mismo;
imaginar, por ejemplo, 
una copa de plata con bordes transparentes
o los versos de Calímaco acompañando el aroma de los pinos,
quizás recordar la vendimia en mis tierras 
cuando mi padre anunciaba la visita de mi abuelo
o la alegría de una conversación interesante
acerca del último tratado de Epicuro o las elegías de Propercio,
o simplemente, dar fe que alguna vez viví la ambición ingenua
de un poema al que ninguna palabra le fuera innecesaria
como el dibujo que Aquiles suponía talismán de su escudo sagrado.

Llevarlo todo en uno mismo,
traduciendo la propia memoria en gestos
con la certeza de saber que las ciudades que conocimos
y los pueblos por los que caminamos
se encuentran desfigurados, derruidas sus estatuas,
vaciados sus viejos foros, desconocidos sus nuevos habitantes,
quemados sus sagrados símbolos, 
                                                  olvidadas sus antiguas ceremonias.

No puedo retornar: estoy fuera de todo principio
y la enfermedad sube por mi cuello, mis piernas, mis brazos:
no puedo imaginar otras palabras porque mi lenguaje
acá nadie lo conoce y mi dolencia sólo recibe la mirada
de un esclavo analfabeto que no sabe de su propia esclavitud.

No puedo retornar y no puedo imaginar: mi enfermedad avanza
y hace días que no escribo versos, cartas o pensamientos filosóficos.

En una lengua que desconocen, 
¿qué tiene que ver el dolor con el dolor para los bárbaros?



III. Stimmung (Variaciones sobre un tema 
de Auden)

Mon âme pour d’affreux naufrages appareille
Paul Verlaine

Entre el ir y venir del otoño se cumple la circularidad de toda rutina:
la sangre sube por la enredadera
y vuelve a bajar en la prestancia de su indisposición sensorial,
las palabras repiten teatrales la palidez de su propio silencio
y el avance de los años dibuja la derrota de toda acción
en la amabilidad de los gestos que se vuelven símbolos de algo:
exigencias, nostalgias, indiferencia del medio, 
                                                                     el error de la historia.

¿Podrías haberlo impedido?
Si el arte es la ilusión de lo representado,
entonces la tensión entre lo viejo y lo nuevo,
entre la tradición y la aventura es sólo retórica 
que se ve a sí misma con sarcasmo en el espejo de lo real:
el miedo culpable de comprobar el vacío de las afirmaciones.
Para el viejo Brueghel aquello no era tema a considerar;
era parte del orden del mundo situar el sufrimiento a escala humana
entre lo más banal y la experiencia más espantosa.
Dar la espalda al desastre 
como el labrador que sigue en su oficio
o el navío que mantiene su curso de modo impersonal,
sabiendo que en ello no hay indiferencia, 
sino cumplimiento de algo arcaico que no se puede intervenir.

Pero sin duda, para nosotros, 
no hay posibilidad de volver a ese pacto entre las cosas 
y su expresión lingüística, a esa asunción serena 
de la contradicción como parte de un libro
del que no deletreábamos página alguna, sino más bien
admirábamos la artesanía de los contornos
diseñados con una paciencia que hoy es incomprensible.
Lo que resta, quizás, es redactar un catastro con costumbres, 
usos, hábitos, prácticas 
y pensar que con ellos se pueden caminar playas, 
visitar aeródromos y centros comerciales, 
hacer pasables moteles de quinta categoría,
resignarse a ver en una película de fin de semana 
una experiencia estética y, en fin, 
todo ese catálogo de lugares y quejas cliché
que se vuelven un repertorio necesario 
                                           para conjurar el suicidio o la locura.

Mientras el otoño va y viene con su dulce apatía,
la calidez de sus hendiduras imaginarias
levanta un relato legible con el cual bastaría entender
las aprensiones de nuestra propia existencia,
como asimismo la desconsideración para con esas palabras
que íbamos a resignificar en un ingenuo juego alquímico.
Es verdad, tal vez no hay posibilidad alguna de volver,
cosa que los Viejos Maestros sabían de antemano,
incluso cuando pintaban a Icaro como símbolo de la soberbia.

Pero la distancia, la mudez del espejo, esa tarde calurosa
que conoció la destreza de nuestros cuerpos,
la proyección de esos apuntes amarillos 
en las pantallas del sueño son, cómo no, 
el desplazamiento entre tu memoria 
                                           y la inexactitud de la cámara lenta…

Pero la distancia
                                          y esa mudez siniestra…


IV. Bird

El fondo es tan nítido como las figuras centrales:
en primer plano, algo elocuente, 
se enfoca la atmósfera de cabaret,
se despliegan los ángulos superpuestos  
–los colores son variación del tintineo metálico del saxo 
y semeja la arquitectura soñada por Bruno Taut                                                                                                                
tal como lo muestra la revista Aktion poco antes del armisticio de 1918-
las espirales que hacen del pequeño grupo de músicos
una ondulación laberíntica que sólo gracias al paneo de la cámara
facilita la comprensión de la imagen: una especie de espejo veneciano
donde Whitaker desarrolla la grandezza de Charlie Parker 
como una efigie algo tímida y carente de experiencia, 
ensimismado en su instrumento con esa pose entre serena y activa
que Lessing describe de modo magistral en su Lacoonte 
y que se vuelve garantía verosímil de todo arte.

Sin duda, entre tos y desmayos, 
Whitaker representa la fórmula perfecta de Charlie Parker 
–que bien podría ser Artaud, Hölderlin o Carlos de Rokha-                                                                                                            
aquella que solicita inmolaciones en pos de la perspectiva general
y que el dolor y la genialidad sintetizan como la vivencia necesaria
del translúcido desprecio a la vida convencional.
Porque tal vez de eso se trata y todo músico, actor o poeta 
es, en el fondo, una paráfrasis sobre un tema caro a Nietzsche 
y a Thomas Mann que hace de la enfermedad y el sufrimiento
el valor fecundo del talento artístico, 
una curiosa y atractiva justificación de la anulación personal, 
el precio a pagar por unos instantes de certeza
o por intuir la transparencia dibujada en el agua como necesaria epifanía
ante la imposibilidad del retorno de Eurídice.

Todo eso tiene su sentido, como lo tuvo en su momento
las desesperadas llamadas telefónicas de Pavese aquella noche
o la fría conciencia de la decisión final de Hemingway.
El resto es historia, literatura, discurso crítico, 
pretexto para justificar nuestra holgada vida de lectores u oyentes,
pretexto para entrever la necesidad de los sacrificios
tal como planteó el grupo Acéfalo en el París de entreguerras,
pero, en definitiva, sólo es viable el desplazamiento 
entre luces y biombos, entre conversaciones 
y un par de copas de esa imagen rescatada de la infancia                                                                                                           
donde, en una sala azul, aún se esconde en una pequeña caja de caoba
esa carta secreta para la prima bienamada que nunca se detuvo
a mirar nuestro rostro de provinciana timidez.


V. Elegía para Clarence Finlayson

Qui me fait peur le silence des espaces infinis
Blas Pascal

Del mismo modo en que la luz se precipita
desde más allá de nuestra comprensión
y desde donde el orden de Dios 
establece estructuras y ordenanzas
en que el dolor es proporcional a la perfección del ser,
es que la extrañeza de tu muerte traduce 
a un lenguaje articulado el absurdo necesario de todo misterio.

Extrañeza, sin duda, de sentirse extraño 
en las formas de la ilusión y su vaguedad,
en el hábito de decir o pensar con palabras 
restablecidas de su primer pecado y que se vuelven inútiles
en esos espacios infinitos donde la voz deja de pertenecernos.

En verdad, en nosotros el acto de toda disposición
se cumple como la promesa de una inevitable lejanía;
en nosotros la simpleza que rehúye argumentos y especulaciones
se cumple como la prístina fidelidad de un adolescente.
Pero no es en nosotros que acontezca el desprendimiento 
de las cosas y sus nombres, haciendo del graznido del bosque                                                                                                       
y de la tibia noche de marzo, la más secreta entrega
que estampa su asombro ante sí mismo y ante nadie.

En verdad, sabías que ningún ser piensa la muerte 
como la mirada que otorga la esperanza: 
apenas ese frágil equilibrio que brinda el azul matutino
en el fragor de los vidrios, 
en el rito del cuerpo amante o en los delicados intersticios
que deja libre cualquier derrumbe.

Pero esa extrañeza de sentirse extraño entre las formas,
aquellas que amaste como sutil música celeste
convertido en paráfrasis humana de una perfección insostenible,
esas formas poseen un nombre que implicó tu suprema desazón:
ese único nombre que buscaste, que soñaste en el fracaso del pensar,
que deletreaste entre gotas de placer,
que saboreaste en el jugo sexual de las adormideras,
que intuiste en la escritura de adustos evangelios;
ese nombre que deseaste en la embriaguez soberana 
de la soledad más abandonada y que, tal vez, 
era la creatura de ti mismo en esas horas de angustia transparente.

Y del mismo modo en que el consuelo es una llaga
más dolorosa aún que el error de anhelar el conocimiento, 
es que siempre faltaron gestos, palabras, 
siempre faltaron esas designaciones pretenciosas del sentido
cuando otro Edén seducía tu imaginación
cuando, en verdad, Clarence, el suicidio era la Rosa perfecta del Jardín.




Resulta increíble, y hasta fascinante, que en un libro como Vendramin el discurso de la alta cultura esté asociado a cierta visión trágica del arte o, en otras palabras, al fracaso de la representación estética.  La asociación no es nueva si se piensa en la historia del arte. Lo inusual aquí es que esta asociación haya sido hecha en 2012 (el año en que mayoritariamente fue escrito este libro) por un poeta viñamarino. Y que el resultado de ello, más aún, se publique en Chile, un país donde la idea de la alta cultura parece diluirse con una espantosa rapidez. ¿Cómo entender entonces este libro que se escapa por todas partes de los moldes establecidos por gran parte de la poesía chilena contemporánea? ¿Es la alta cultura asociada como tragedia decadente, posiblemente romántica y, por lo tanto, crítica de su tiempo y, a su vez, esteticista y autodestructiva, lo que hace este libro tan singular? Sí y no. Sí, porque los temas de Vendramin parecen haber salido casi de circulación en el mundo de la literatura chilena: el arte como algo inútil y maravilloso. Esa piedra solar, refulgente y oscura, pareciera no tener hoy espacio en el mundo moderno. Y no porque la explicación (si es que la hay) de este inusual libro tenga algo más que ver con Ismael, algo que no está en su libro. Bueno, está, pero indirectamente. Ismael Gavilán es un poeta de la generación de los 90. Es mi generación. Y si Armando Roa no dice lo contrario, también es su generación. Algunos de los poetas de esta generación se caracterizaron -en contra, diría, casi conscientemente- por desarrollar escrituras donde prevaleciera un cuidado con la palabra y en que el estilo fue una preocupación. El lenguaje se podía deconstruir, claro. Y muchos poetas así lo hicieron, pero la poesía del feísmo de los 80, la poesía callejera, forzadamente marginal y, a veces, convenientemente política, saturó un camino que en los 90, poetas como Ismael Gavilán, se saltaron con bastante falta de remordimiento y con conocimiento de causa. Para poetas como él, la palabra poética es la palabra poética y no un signo de opresión de la hegemonía dominante.

Esta poesía iría entonces por la vereda de enfrente.

¿Y cómo sé esto? O, mejor dicho, ¿cómo se ve esto? Bueno, basta ponerle atención al título de este libro: Vendramin, el cual es el nombre de una rica y aristócrata familia veneciana del siglo XV que poseyó un palacio en Venecia donde Richard Wagner murió a finales del siglo XIX cuando el palacio se arrendaba en esa época como hotel. Vendramin es así una extraña metáfora: puede ser visto como la torre de marfil del Modernismo, especialmente si pensamos en cómo entró en Hispanoamérica la influencia europea, pero al mismo tiempo, como una tumba, un lugar exquisito que también es el lugar de la muerte. Vendramin sería el archi-símbolo, el epicentro ordenador de este libro que podría verse también como una construcción arquitectónica cuidadosamente pensada. ¿Y cómo decora el autor su propio Vendramin? Ismael estuvo cerca de las influencias de la Neovanguardia (la cual, por cierto, nació en Valparaíso). Todos estuvimos cerca. La generación del 80 fue la generación de la posmodernidad, de la Neovanguardia, de La Nueva Novela y por tanto fueron ellos los que comenzaron intensamente a usar la cita, la intertextualidad (velada o profusa), la referencia erudita y la referencia apócrifa, estrategias textuales de las cuales Vendramin se nutre de una manera natural y hasta espontánea. En este libro, citar es realmente escribir. Vemos en estos poemas referencias a Ovidio, a anónimos poetas de la antología palatina, al cine de Luchino Visconti, a escritores, filósofos y ensayistas chilenos, a músicos como el pianista Glenn Gould, a escritores de la talla de Thomas Mann. Entre otras muchas referencias a pintores y poetas, unos son más conocidos que otros, unos más secretos que otros, debiera decir.

Este mundo poblado de los símbolos del arte podría ser mirado con sospecha. Alguien diría: ah, se trata de poesía culta, erudita, pedante. Claro, en Chile no se necesita permiso de la Municipalidad para decir desaciertos como éstos. Pero yo veo –leo- aquí algo muy distinto, y es que me arriesgaría a decir que Vendramin propone lo que propone porque fue escrito por un poeta desesperado, no por un poeta suicida (o quién sabe), sino por alguien que se desespera ante la realidad y el caos del mundo y cuyo único refugio no puede ser sino el mundo simbólico del arte. O sea, la reflexión por sobre el arte en sí, la poesía como objeto del poema. Vendramin es una guía de lecturas y una ruta espiritual, pues ambas cosas -en un verdadero lector- van casi siempre juntas. Poesía de la cultura sí, pero no poesía culta, poesía de la reflexión y la meditación, sin duda. Pero, por sobre todo, poesía vital.  Y digo esto a menos que haya alguien en esta sala que piense que la vida es más intensa que el arte. Por supuesto, esto es una provocación, pero es que para mí, Vendramin, sólo pudo haber sido escrito por un poeta que es un obseso del arte, un apasionado de las formas y el pensamiento. “Solo quienes realmente aman la literatura se enorgullecen de sus citas”, dirá Vila Matas.

Vuelvo al libro con algunos ejemplos, algunas sugerencias desde mi propia lectura para señalar elementos muy puntuales. Uno de ellos es éste: quizás todo el libro se encuentre secretamente contenido en los cinco primeros versos de este mismo texto. En el comienzo de Vendramin, Ismael escribe:

A esta hora en que el silencio de las aguas
refleja su luz en las piedras transparentes,
el esplendor de cuerpos antiguos
se convierte en fugacidad del movimiento
llevando la floración de una lejana belleza.

Si ponemos atención a estos versos, la pregunta aquí es por el esplendor de esos cuerpos antiguos cuyo fugaz movimiento -quizás no sea éste más que el movimiento de la lectura o, debiera decir más apropiadamente, el de la meditación- arrastra el emerger de una lejana belleza. Apenas termino de escribir la palabra “meditación” y siento que se necesita una aclaración. Los poemas que componen este libro podrían ser vistos no como poemas. Creo que, a pesar de todo, esa categoría -“poemas”- limita o confunde lo que en este libro se encuentra. Me atrevería a llamar a estos textos “meditaciones”, “ejercicios meditativos”. No sería arriesgado tomar prestado el acertado título de Armando Roa “ejercicios de filiación” como una metáfora para entender una cierta manera de escribir. En Vendramin encontramos largos fraseos, un pensamiento inteligentemente insinuado, en los cuales emerge una voz reflexiva, meditativa que parece recordarnos algo que hasta hace poco parecía vital: la experiencia del arte y ¿por qué no?: la experiencia de la cultura también.  Vendramin, así, aparece como un breve, pero denso ejercicio meditativo sobre -como mencioné antes- ciertas obras y algunos personajes del arte. La escritura de este libro, como es de esperar, sigue esa obstinación a la que ya nos tiene acostumbrados su autor: la de la preocupación por el lenguaje.

Como buen poeta moderno que es, Ismael Gavilán también hace de su escritura una reflexión sobre la misma escritura, esto es, sobre la poesía. Y debiera decir sobre la poesía ejercida en este mismo texto. Así al final del poema “Vendramin” -y no es casualidad que este poema sea el primero del libro-, se pregunta:

¿Es entonces este puñado de palabras una interpretación
que proponemos de estas imágenes?
¿o es el poema sólo un desesperado esfuerzo de coherencia
para aplacar el vacío de un cortinaje de máscaras?

El vacío como la última forma de la poesía era una idea que también preocupaba a Octavio Paz. ¿Qué hay detrás de todas las formas que asume la poesía? ¿El intento desesperado de encontrar una línea de coherencia, un sentido final que pueda combatir de alguna manera el “vacío de un cortinaje de máscaras”?

Ismael Gavilán también se atreve en Vendramin con cinco elegías: una para el poeta chileno Eduardo Anguita, otra para el escritor y ensayista Martín Cerda, y tres más dedicadas a: Ennio Monteldo, Ximena Rivera y el filósofo y escritor chileno Clarence Finlayson. Ronda, por cierto, la muerte en las páginas de Vendramin. Pero no es la muerte en sí lo que nos importa, sino la memoria. Por ello la elegía es el género donde el poeta lamenta lo perdido.

Si revisamos los poemas de este libro más en profundidad nos encontraremos más allá de las cinco elegías mencionadas, con apuntes, arabescos, variaciones, citas y reflexiones, como si este libro hubiese sido pensado como un gran borrador, una página de la memoria para ejercitar -y con esto quiero subrayar el carácter infinito de este ejercicio- una meditación profundamente poética sobre el arte que en estos formatos encuentra su mejor expresión.

Elocuente es el poema: “Apuntes para una breve historia del arte” donde encontramos la siguiente estrofa:

Movimientos desapasionados en el límite de la experiencia,
anuncios que podrían ser la antesala del fracaso
o la aspiración a decir lo inefable ante un auditorio desierto.
En verdad, ningún poder taumatúrgico,
apenas la recolección de objetos,
la intuición fragmentaria de una sensibilidad enfermiza,
apenas el vacío de signos y palabras,
de colores que simplemente son
pero que, salvo su propia precariedad, jamás designan algo.

El poeta aquí duda -muy en la línea de Enrique Lihn- sobre la efectividad de este oficio, intuye el fracaso, el lugar de la representación podría estar vacío, el arte no cambia nada, las palabras son palabras, los colores son simplemente eso, colores; el arte es precariedad, desconcierto y, probablemente, fracaso. El arte no es otra cosa que un espejo vacío mirándose a sí mismo en “la pesadilla de un espacio en blanco”. Así Vendramin, como la serpiente que se muerde a la cola, vuelve a la pregunta inicial: “¿es el poema sólo un desesperado esfuerzo de coherencia / para aplacar el vacío de un cortinaje de máscaras?”

A modo de coda

Sin duda que la poesía puede ser muchas cosas distintas. Eso lo sabe bien, Ismael Gavilán. Por eso su apuesta es más arriesgada. No quiere estar a la moda, no le interesa liderar una generación, exhibe una natural desconfianza hacia el poder y, sobre todo, hacia los grupos de poder. No tiene talento para esas cosas y, creo, las evita como Superman a la criptonita. Lo de Ismael es la poesía, me diría alguien que lo conoce mucho. Lo dudo. Lo de Ismael podría ser más bien la totalidad del arte y el conocimiento. Creo que por ahí va la cosa. Pero él no es un coleccionista, es más bien un explorador, un alpinista que no busca escalar montañas para llegar a una cumbre sino para respirar un mejor aire. Pero, detrás de este proyecto -si acaso así pudiéramos llamar a esta escritura poética- hay algo que no funciona. O que si funciona, es en negativo, y es esa incomodidad con el mundo que a veces se le escapa al autor, ese desajuste vital, orgánico, intelectual y espiritual que lo lleva a un libro como éste a esa fascinación por cierta forma del abismo que encuentra en la sensibilidad finisecular, la poesía como proyecto total y grandioso (a la manera como la entendía el romanticismo). Hay desencanto en el mundo de Vendramin, quizás cansancio.  El arte como sufrimiento es un tópico que emerge en varios de los poemas de este libro. No es raro encontrar una referencia a Nietzsche, como no es raro que una obra perfecta como Muerte en Venecia, o una ejecución perfecta como eran las de Gleen Gould, aparezcan en los poemas de Ismael. Intuyo que esa antigua y perdida belleza, el poderoso mundo de los símbolos del arte, viene a ordenar un mundo regido por el desencanto, un mundo vaciado de sentido.

Si bien es cierto que Vendramin habla de la imposibilidad del arte, de la encrucijada de la poesía, de la decadencia de la estética, debo insistir, es una escritura de una extraña vitalidad, pues lo cierto es que para representar la tensión de un mundo así hay que tener una energía rabiosamente significativa como la que Ismael Gavilán exhibe en este libro.

Texto leído en la presentación de Vendramin de Ismael Gavilán, en Sala Estravagario de La Chascona, el 15 de julio de 2014.




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