miércoles, 14 de marzo de 2012

6153.- NÉLIDA SALVADOR

Nélida Salvador
(San Rafael, Mendoza, ARGENTINA 1930)
Nélida nació en San Rafael, Mendoza. De padres españoles heredó su gusto por la poesía de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca, tres poetas que marcaron su rumbo inicial. A los 18 años se mudó a la planicie porteña y comenzó la carrera de Letras y también comenzaron algunos otros cambios. Alumna del poeta Alfredo Bufano, entre otros, e influenciada por el entorno estudiantil de entonces, Nélida va descubriendo, dentro de aquel rumbo inicial, nuevos caminos. Finalizada su carrera universitaria en Buenos Aires, vuelve a la altura de Mendoza, escribe en aquella provincia su primer libro, Tránsito ciego, que sería publicado en 1958 en Buenos Aires, ciudad en la que se radicó para siempre. Porteña por adopción, como casi todos los porteños, aquí desarrolló una destacada labor docente y académica. Condujo las cátedras de Introducción a la Literatura y Teoría y Análisis Literarios en la UBA. El tiempo universitario, que despertó más de una vocación poética entre su alumnado, ocupó por entonces el eje de sus tareas y recién cuatro años después, en 1962, editó Las fábulas insomnes. Realizó trabajos críticos sobre las obras de poetas argentinos y latinoamericanos como Oliverio Girondo, Olga Orozco, César Vallejo, Marosa Di Giorgio y Nicanor Parra, dan cuenta de este empeño libros como La nueva poesía argentina (1969) y Vanguardia y posmodernidad (2011).
Amiga joven de los poetas Enrique Molina, Olga Orozco y Alberto Girri, Nélida Salvador fue tejiendo con depurada aguja una poesía lejos de toda pomposa adjetivación y jamás alejada de lo esencial y armónico. Ha mantenido una sostenida producción poética, jalonada con títulos como Al acecho (1966), Tomar distancia (1980) y De plantas y espejismos (2002).
En toda su producción poética se destaca una inalterable disciplina en la utilización del idioma y también un cambio decidido de búsquedas y de resultados; cada libro en su obra es un mundo en sí. Salvador envuelve al mundo y a los hombres en un manto de belleza y bondad, los pone a salvo, los aleja de la tempestad, como un ángel de la poesía, tan cercano. Contradiciendo en este caso oportuno a Saint Exupery: lo esencial, a veces, es visible a los ojos.








ESTAS MÁGICAS VOCES


Acosada
por cifras minuciosas,
por decisiones,
por irreverencias,
en el borde finísimo
del caos
me sostengo


Y alcanzo a comprender,
algunas veces,
esta hermosura
del desequilibrio
estas mágicas voces
que se queman
en el centro del vértigo.










DOMINGO


En la quietud
de la mañana,
qué podría decirse
que no esté referido
por el aire o la luz,
por este manso
deambular vegetal:
pétalo y rama.


Exacto itinerario
de la sangre,
la primavera
crispa sus vaivenes
y aroma, sed,
verdor frutal,
quemado entre campanas,
aquí son, por sí solos,
el domingo.










CIUDAD


Buenos Aires aquí:
ciudad, esquema,
equidistancia
de aire azul,
de calles entreabiertas
hacia un río.
Duro conglomerado
de intenciones
que enmarañan
asombro, soledades,
codicia de vivir,
júbilo de ascuas.


Y un a pesar de todo
-balanceo sin prisa
de los árboles,
ráfaga de sonidos,
amor entre paredes-
subiendo a oscuras
desde los cimientos,
avizorando mástiles,
estrellas,
dándole cara al mundo
y aceptándolo.








SED


Por qué estar sujetándose,
reteniendo ese brío
que la sed precipita.


Por qué no ser, de pronto,
vertiginosamente,
ira suelta en el viento,
desorbitado tránsito
de soles o de espigas,
arrebol sin orillas,
ferviente sangre nueva


Sacado de "Transito Ciego"



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