domingo, 14 de noviembre de 2010

1886.- HARRY VOLLMER


Harry Vollmer. (Osorno, Chile 1966)
Poeta y profesor. Ha publicado: Chaucha y Con Ajo. Dirije la revista literaria Pájaro Verde. Sus textos aparecen en diversas revistas literarias y en diversas antologías nacionales. Ha sido invitado a numerosos encuentros de escritores. Actualmente reside en Castro, Isla de Chiloé.








Comienzo a temerme a mí mismo
a mis innumerables cicatrices,
a mi estómago rasgado,
a mi soledad más inmensa que el cielo.

A pestañeadas entra el sol
por las viejas costillas de la sede.
En sus entrañas, en el cuarto anillo,
algunos cantan la única canción
aprendida atrás en el colegio.
Otros prefieren dormir bajo las mesas
tranquilos, soñándose bajo una mesa.
Al fondo, unos desconocidos alegan
si era penal o no era penal
en el partido que nunca vieron ni jugaron.
La Chilindrina baila
dispuesta a acostarse hasta con su padre,
tras la barra, un oscuro hombre
junta el trago sobrante en una botella,
mirando la sangre, deseando la sangre
que baila desbocada, frente a su ojo tuerto.
Un poeta escribe en una esquina
con un trago robado de alguna parte,
entran y salen los cabros chicos
buscando algún bolsillo ancho
donde robar monedas, una cuenta de luz
o un dulce de menta
olvidado hace un par de años.
En el aire, retumba un corrido de los buenos
de un presidiario y su madre
que nunca fue a las visitas.

Sólo yo tengo paz conmigo mismo, pienso
mientras termino en la puerta,
de orinarme en los zapatos nuevos.





Textos de “Con ajo”

Me acostumbré a vivir en las tinieblas,
perdí la vista cuando era sólo un niño,
yo nunca jugué a la pelota, al trompo
a las bochas...

Decidí mudarme del puerto, de esta bahía en que naufragan los sin rumbo,
del puerto que nunca fue mi propio puerto, ni faro ciego perdido a la distancia
como no huir de los camaradas y su silencio de clero
de las mismas prendas olvidadas por siempre en los pasillos húmedos
del rechinar de las puertas reconocibles todas hasta el final de los tiempos,
por el eco agudo, por el óxido de sus notas destempladas.
Como no huir de los cerrojos y el segundo exacto
en que golpean los corazones.

Como no huir de mi mismo y de mi propio cansancio,
que nos desborda en cada noche.

Con mi hogar en una bolsa de plástico y en el alma
el recuerdo de los que ya se fueron,
comencé a vagar por las calles y bajé por todo el pueblo
que son 47 peldaños y 6 descansos
y un muro largo que nos sueña, tardes completas, siglos
afirmado a las espaldas.
Anduve por los papeleros, las gallinas, los narcos y los rematados,
en la pendejería, los cogote y los cementerio,
en sus prostíbulos camuflados a lo largo de las galerías.

Desconcertado, me senté a escuchar guitarras, el evangelio por un rato
a clamar perdón, a gemir perdón junto a los imperdonables
y vi cruzar un pájaro entre el gris carcomido del cemento.

Solo un “F” hippy me recibe en la soledad de sus trincheras
con su Neruda autografiado, la Quimantú completa bajo la cama
y el Papillón, un libro a medias entre las manos,
solo tres páginas recibe en las visitas y es su propio castigo
la paz y libertad para estos años.

Yo nada tengo entre las manos,
agua de agua alguna vez, ríos, miles de ríos y corrientes subterráneas
cascadas completas cayendo de entre los pájaros y añejas vertientes
amuralladas entre los dedos,
eso tuve sin saberlo, sin conocer siquiera el sabor a Dios en cada gota.

Ya nada tengo, ni los amigos que alguna vez fueron
ni las risas que al cerrar los ojos aparecían.

Nada tengo, sino el ruido de las puertas y el gemido de los que llegan
y una ranchera clavada en los recuerdos.
A lo lejos, parece que muy a lo lejos
donde alguna vez pude amar a alguien, según me obligo a creerlo
hay un niño ciego, jugando a la pelota con un tarro








En casa nunca faltó el pan,
pero siempre lo comimos llorando...

Salgo pero vuelvo, prometió el gorreao Inostroza del 2°
y afuera, donde la fe ya no existe,
su sonrisa no fue barco clamando a la distancia, sino la paz de los autistas,
recorrió las calles tocando sus muros con los dedos,
visitó a las madres, a las hijas de algunos compañeros.

Tardes enteras afirmó los ojos sobre el vidrio húmedo de la micro,
no bebió alcohol, pero rió solitario junto a ellos.

Una tarde sin lluvias, escuchó pastar caballos en algún rincón de la memoria
y deseó abrazarles, dormir en su panza materna por un rato.

Subió y bajó una cuesta por ambos extremos
y repitió la inversa, quizás feliz mordiendo un fósforo.

En la iglesia durmió tardes enteras
bajo un sol con ángeles multicolores.

Sólo un ajedrez de ébano lo atrae en las vitrinas,
no miró mujeres, sólo niños trotando de sus manos
y recordó al suyo, al Jorge, cuando era su verdadero padre.
Inostroza, Inostroza, el de la 12 en el 2°,
voy y vuelvo prometió a los más cercanos
y en la mañana de un domingo lleno de pájaros
bajo el seco árbol de los recuerdos
exhaló un pequeño suspiro,
tal vez el último.
Voy y vuelvo, prometió al cruzar el olvidado portón de lata
pero ya nadie, nadie.

Nadie deseaba su retorno.






Tal vez lo mejor que alguna vez hicimos,
fue dejar pasar a alguien...

Ahora toco el banyo y elevo los brazos en oda al pulento

los pasillos nos cambian, nos matan después de la segunda vuelta.

Ahora tengo un amor que se llama Sandra
ella toca junto a mí los sábados, también los domingos
y tiene un carácter que varía según la quebradura de sus huesos
según las visitas, la familia que nunca llega.

(Si hasta hemos pagado para que alguien venga a verla).
Ahora toco el banyo
y elevo al patrón de patrones mi súplica
las noches ya no son largas ni la lluvia es muy espesa.

Sólo me quedan los recuerdos
en este espacio donde se prohíben los recuerdos.

La Sandra siempre duerme a mi lado
y su gemir debe ser el silencio,
su sollozo el miedo para los de abajo.
Ya no estoy solo
toco el banyo y tengo a alguien que me quiera
las noches no son largas
ni las horas que no avanzan una tormenta.







¿Sangre en el cuchillo
o saliva en la almohada?
¡Jote culiao!...

Yo no estuve ahí

no estuve ahí
cuando mis hijos te lloraron.

Sólo me vine a enterar un día de negras nubes,
sin azúcar y en huelga de hambre
y el golpetear de la lluvia en la cancha de fútbol.

Por varios días
me dediqué a observar
el agua enjabonada que corría por el pasillo,
quise patear la puerta,
pero siempre había alguien que lo estaba haciendo.

Con un espejo observé la luna
y recordé el amor
dejado atrás como el beso de un padre.

Comencé a odiar a mis vecinos
a desear un puñado de tierra entre las manos.

Negué la palabra, no arbitré más partidos.

Dejé el negocio, el culto, la biblioteca,
le pagué a los pacos por la carne tierna por los de tránsito
por la esperanza que les goteaba en cada lágrima invisible.
Caí en el olvido, sentí a Dios
pasar soplándome en la oreja
y me volví contra mi imagen y mis semejantes,
la puse toda
la de carne
y la de fierro.
Fui bravo entre los bravos
y tierno con mis señoras.

Pero cada noche
después de la última mano de brisca,
tomaba mi espejo,
único túnel hacia algún recuerdo
y sentía que se mojaba
que se quebraba algo
adentro en el alma.
Caía,
me dejaba golpear sin que nadie supiera.
Y con el húmedo rostro bajo las piernas,
bajo las temblorosas rodillas
comencé a imitar la risa de los autista. En los lugares más extremos,
en los peores sufrimientos,
más te apegas a la vida.
Luego te ahorcas.







En cada mujer
un puerto...

El amor compadre
eso nos corrompe, el amor, el amor...

Fue por aquellos tiempos
en aquellos fantásticos tiempos,
cuando destazaba el estruendoso y lastimero norte
pescando, arreando destellos en la proa de mi vieja lancha,
desafiantes rugían esos HP de 1500
la aceituna dulce de las frías pupilas.

No quiero contarlo, pero veníamos de haber perdido algunas redes,
de haber sentido Orcas en picada contra el horizonte,
pequeños chorros de agua apagando los cielos sin jinetes ni valquirias.

Yo la quería tanto
es cierto que la quería tanto,
como no recordar sus mareas
sus olas interminables
sus finas tormentas de madrugada.
Parece, si parece que no hubo zarpe aquel día en las rampas,
se cerraron todos los puertos
todos los corazones
todos los labios,
todo el calor de su aliento en mi rostro.
Ya nunca más,
nunca más,
probaré la sal tibia de sus mares,
nunca más hundirse entre los párpados
el océano,
la ostra abierta de sus ojos,
ya nunca más compadre,
ahora que preguntas,
nunca más.
Pero que me perdone nadie,
porque mil y mil veces
volvería a clavar,
a fondear mi ancla
sobre el sudor, sobre el clamor
de sus cuerpos
de loberías en celo.







Era medianoche, estaba lloviendo
más no era medianoche y no estaba lloviendo.
(Sergio Parra)

Todo empezaba con un ruido como de camiones
o como de helicópteros entre las nubes que nunca miramos,
después ya nada era lo mismo, ni el cemento que pisamos era cemento
ni la propia hermana era ya hermana.

Yo nunca hablé mucho, sino hasta la segunda bolsa
hasta que la manga izquierda rebosaba en tolueno,
después, sólo busqué el brillo en los ojos del enemigo
la moneda con pan rancio, el sucio bolsillo
del padre ebrio sobre la mesa.

Es cierto que nunca respiré muy bien por las mañanas
y que las zapaterías siempre fueron mi paz y refugio,
el vertedero de las constructoras el paraíso.

Puta Tío, una vez buscando pintura encontré una tele que funcionaba,
y me la llevé pal muro de los lamentos
último anden, último durmiente en el terminal más austral del mundo
recuerdo una de 30’ y la blanco y negro bajo el brazo.

Y yo nunca, ni redentor ni héroe entre el frío cálido de las escarchas,
pero el aplauso, me hizo mirar de frente la vida por un rato.
Sí te digo Tío, yo por un momento mandé en el barrio
fueron mías las mejores minas
y fueron míos también algunos pendejos.

Ahora es puro mojado, cebada, ya estoy viejo para eso
no puedo chorear, y ni tirando la manga me dan monedas.
Pero en la guardia me reciben por las noches, me dejan dormir sobre la banca
no me arrepiento de la vida y de haberla vivido al reverso,
solo es el pulmón el que me duele
pues en el alma ya nada siento.






Yo nunca escribí tus iniciales
en ninguna parte,
ni en los árboles, ni en los baños, ni en la arena,
a lo mucho, escribí mi nombre en tu seno
y lo borré con mi propia lengua
como si fueras una lejana madre.

Aprovecha la altura le gritábamos a una congénita
con retardo del crecimiento.
Ella, algo ya mayor que nosotros
nos corría tirando piedras, besos
o alguna estrella de su propio firmamento.
Nosotros, los pungas, los olvidados del barrio,
detrás de las lluvias, cuando las bandurrias ya no cantan
solíamos levantarle el vestido
o arrinconarla, abusarla en un auto abandonado.
Creo que dejé de verla un día que por todos lados sonaban sirenas
y corrían señoras clamando los jinetes del cielo,
parece que por ese entonces ya nunca más, se vio a alguien
orinando arriba de los árboles
ni acribillando coleópteros en las charcas inolvidables del cerro.

Después de eso, solo quedaba el camino hacia la esquizofrenia,
hacia los Románticos Alemanes, hacia Nietzche,
hacia la muerte en el fondo amarillento de un vaso.

Yo ya no visito el barrio, solamente cuando la lluvia
no deja mirar hacia la risa de los cerros,
y en el bar, donde anclan los barcos para el desaguadero
ya psiquiátricos todos, nos sentamos en la esquina más oscura
para sacar la eterna cuenta de quienes quedan
pidiéndole algo fiado a la vida.

Parece que solo yo recuerdo a la congénita
y a los matapiojos amándose en los bordes del charco.

Y ya por fin solo nuevamente, a la deriva
en el viento materno de la noche
marco con piedras el camino de regreso hacia ninguna parte
y silbo una canción, alguna hermosa canción
para que ella me escuche y sonría, detrás de la luz
en alguna ventana, ahora sin vidrios
ahora sin vidrios
ahora sin vidrios


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