lunes, 11 de octubre de 2010

1457.- ALBERTO SZPUNBERG


Alberto Szpunberg (Buenos Aires, Argentina; 1940) es un periodista y poeta argentino
Obtiene su licenciatura en Letras. En 1973 se desempeñó como director de la carrera de Lenguas y Literaturas Clásicas y profesor de Literatura argentina y Medios de comunicación y literatura en la Universidad de Buenos Aires. Como periodista fue redactor del diario La Opinión de Buenos Aires del cual fue director del suplemento cultural de 1975 a 1976, año del golpe de estado en la Argentina que le obliga en 1977 a exiliarse en Barcelona. Desde 2001 ha sido profesor de Literatura y Política en la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo.
Participó en varias antologías de su país y del extranjero: Los Nuevos (1968) y Poesía social del siglo XX (Centro Editor de América Latina, 1971). Ganó en Francia el Premio Internacional de Poesía Antonio Machado 1993/94 por Luces que a lo lejos. La singularidad de su obra está dada por el amplio dominio del lenguaje poético que trasunta un tono lírico coloquial y también discursivo. La palabra directa, combativa, justa y solidaria, transmite con verdadera energía poética y sin desbordes emocionales, las luchas e injusticias, testimonio lúcido de situaciones históricas concretas.
Obras
Poemas de la mano mayor (1962)
Juego limpio (1963)
El che amor (1966), premiado con una mención en el concurso de Casa de las Américas.
El paso atrás
Su fuego en la tibieza (1983), premio Alcalá de Henares de poesía, 1983.
Apuntes (1986)
Luces que a lo lejos (1993), Premio Internacional de Poesía Antonio Machado 1993/94.
La encendida calma (2002)
Notas al pie de nada ni de nadie (2007)
El libro de Judith (2008)



Recién ahora reparo en los abismos de silencio que encubre la agitación de las páginas;
es cierto que el mar es el mar cuando avanzan o retroceden sus mareas
y es cierto que el solo trazo de una gaviota redime a la eternidad de tanto movimiento,
pero, ¿qué hacer con quien está a la deriva cuando el agua invade los gritos que ya nadie escucha?
¿qué hacer con la mano que se escapa del poema y se alza desesperada para manotear la playa, sea cual sea, pero siempre lejana?

La escritura discurre sobre las páginas como quien camina sobre las aguas,
pero hasta los milagros más bellos naufragan entre los labios que se esfuerzan pero no pueden deletrearlos.


REB ARIEH LEIB BEN NAFTULE REPASA EL LIBRO DE LAS MAREAS
de La academia de Piatock, de Alberto Szpunberg.


***

Sobre mis hombros, que ya nada sostienen
el revuelo de tu respiración aún agitada,
como una cuerda pulsada hace ya tiempo,
antes, mucho antes de esta levedad que el aire llama
como las ropas mojadas a la desnudez del alma,
mientras mi mano juega con tu pelo que a qué huele,
puntual, puntual, pese a la terrible lentitud de los días.

****************************************(Nota 5)

Por nuestra manera de caer uno en el otro
la lluvia en la ventana nos pide que abramos
un resquicio aunque sea, esa grieta,
por donde la hiedra se asoma a la intemperie:
no son pasos los pasos que por fin se alejan
sino el roce de las ramas contra el muro,
nuestro propio jadeo hasta el límite del llanto.

*********************************(Nota 7)

Me asomo a través tuyo:
¿éste es el mundo?, te pregunto
¿el jazmín del país florece todo a tus pies?
¿Hila el mirlo la música a tus espaldas toda?
Bajo un techo de incendios ocres, vientos rojizos
se entrelazan como brazos que el aire mece.

*****************************(Nota 28)


de Notas al pie de nada ni de nadie.




Vuelven, se van pero vuelven, caen al mar pero se elevan por los cielos, son nuestra sombra, y se expanden de noche pero, al mediodía, se agazapan bajo nuestros pies y, cuanto más los pisoteamos, más se aferran a nuestro desprecio y por la noche vuelven: a qué, me pregunto, si el cielo, desencajado, se detiene en esos ojos que, abiertos para siempre, lo contemplan desde abajo: ni él ni nadie entiende qué son esos cuencos vacíos, abandonados por la marea en la playa con todo un gesto de puntual desmesura, extrañas caracolas orladas de espumas y arenas y algas y rumores en las que anida el rocío y crece la niebla y se cuela la lluvia pero donde, vaya a saber por qué, nunca se detienen a beber los cormoranes: espanta que no cese el murmullo de chillidos salobres y graznidos caídos de un vuelo salvaje y gritos ahogados y llantos de madre, que nunca, allá lejos, “¿lejos de dónde?”, terminan de saciar la sed.

*****************de Notas al pie de nada ni de nadie.




Su fuego en la tibieza

Todo el poder nace de un sueño y de la punta de una flecha
y entre página y página cabe toda la espesura del mundo:
los caballos cruzan los ríos y los montes como si fueran capítulos de un libro
y en medio del combate se abre camino un suave prado
donde el otoño, más allá de los hombres caídos,
más allá de los aceros mellados, empalidece delicadamente el pasto
y ruboriza de amor las mejillas:
todas las ramas del bosque se unen para albergar esta pasión,
todos los arroyos espejan la luz para que llegue hasta el fondo:
entre los árboles aún está el niño que expropia y se enamora y se desangra
y una lluvia de flechas asegura la victoria, implacable como el tiempo,
más terca que la bota que ahora patea el estante.






La encendida calma

Cegados de saliva y lluvia, sudorosos,
¿sos vos la mañana ese hilo amarillento,
esa costura hilvanada con prisa, azarosa,
sobre un cielo para siempre desgarrado




Entre las plantas aún es de noche

para los labios
húmedosde rocío





RUE EDGAR POE

I

Esta es la hora, sí, la luz inunda el patio como tristeza iluminada de por sí, tan transparente que es como las cosas mismas:
“si ellos estuvieran –pienso–, también ellos serían ellos mismos” sobre un tapiz de hojas inquietas sostenido por el aire,
pero es ese árbol, por ejemplo, las hojas que tiemblan como sabiendo una presencia, tan inminente, sí, tan inminente y agitada, que hasta se insinúa en el temblor que en realidad es el viento mismo, el de la tarde, ahora entretenido con las ramas, y una ligera, una cierta ingenuidad, un aire apenas,
cuando en realidad sólo es tu voz, tu silencio, la tersura de tu mejilla, así de costado, contra la tarde, como en esos júbilos en que te vuelves hacia mi corazón.


II

¿“Mi corazón”, dije? ¿“te vuelves”, dije?
Podría ser mi corazón, aunque hace rato me lavé la cara y era el espejo, sí, este cristal cerrado sobre si mismo y nada de nada a mis espaldas,
aunque podría ser tu voz maniatada, encapuchada, torturada, violenta, aprisionada en las palabras, esta mañana, cuando llovía y el día era aún reflejo lila pasando tan rápido, tan aparecido y desaparecido, que podría ser la ventana –“desde la que mirará toda su vida”– en el espejo como tu nombre en el instante en que descubro en mi cara que no estás y
siento que vuelves, que vuelven, que vuelven, que no volvés.

En “Apuntes” (1982-1985), Libros de Tierra Firme, 1987


III

He vuelto y el patio es ahora una mirada perdida sobre el piso de cemento donde el agua de los charquitos brilla entre astillas, cristales, requiebros, haces, como si la lluvia aún caminara y la luz la sostuviera en andas como una gracia, pura gracia,
pero, en efecto, soy injusto, también es el viento que ya ni siquiera es murmullo ni susurro en el árbol quieto, ensombrecido y plomo, grave y quieto, cuyas hojas dolidas, heridas de soledad al borde de la noche, confunden el sueño con la muerte.
Soy injusto, también estás, también están, yo también me confundo.


IV

He abierto, abrí mi libreta al azar: “Ella, como la lluvia, habla en silencio”.
Esto escribí un día anegado por tu tristeza.
Pero no, no dice “ella”, dice tu nombre, dice mi letra temblorosa.

En “Apuntes” (1982-1985), Libros de Tierra Firme, 1987




V

“La locura: parodia de la muerte.”
Lejos: parodia de soledad a toda una noche de avión a la distancia.

Voy a encender la hornalla, voy a fumarme un cigarrillo mirando el fuego:
la más parecida y lúcida intimidad, como en los buenos poemas que nunca nos olvidan del todo.

Como esta taza de té que yo conocí siendo tibieza entre sus manos.


VI

Sí, me acuerdo muy bien,
afuera llovía y yo lo sabía por el ruido en las tejas
y por tu rostro que era el único paisaje contra la ventana
y en él yo adivinaba como una niebla gris entre el ocre de las ramas
y el olor del agua sobre la tierra y un ruido de pasos
–“¿ellos? ¿son ellos que vuelven, los muchachos?” – sobre las hojas quebradizas.

En “Apuntes” (1982-1985), Libros de Tierra Firme, 1987






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