lunes, 12 de marzo de 2012

6117.- MANUEL NAVARRO LUNA




Manuel Navarro Luna (CUBA, 1894-1966). Poeta y periodista cubano, representativo del vanguardismo de la década de 1930.
Manuel Navarro Luna nació el 29 de agosto de 1894 en Jovellanos, Matanzas. Su padre, capitán del ejército español, fue asesinado por sus compañeros de armas cuando descubrieron que el joven oficial abrazaba la causa de la independencia de Cuba, por lo que su madre, Martina Luna, se trasladó entonces a Manzanillo (Granma), con sus cinco hijos en busca de apoyo familiar. Navarro Luna, quien apenas tenía seis meses de edad, pasó allí su niñez y casi toda su vida. Estudió las primeras letras en una humilde escuelita de barrio fundada por su madre. A los trece años, comenzó a estudiar música y aprendió a tocar el violonchelo y el bombardino. Fue uno de los fundadores de la Banda Infantil de Música de Manzanillo y, más tarde, integrante de la Banda Municipal de la ciudad.
La precaria economía familiar le impidió continuar estudios, pero leyó y estudió intensamente, hasta convertirse en un verdadero autodidacta. Realizó los más disímiles trabajos, como limpiabotas, mozo de limpieza, barbero, sereno y buzo sin escafandra, para pescar piezas de cobre en el fondo de la bahía de Manzanillo que luego vendía en una fundición.
Desde muy joven, se involucró en las luchas obreras y fue encarcelado en varias ocasiones.
En 1915, inició su labor poética reconocida cuando publicó sus primeros versos en las revistas manzanilleras Penachos y Orto. Su primer libro, Ritmos Dolientes, apareció en 1919. Fue director de La Defensa y La Montaña. Fundó, además, la Biblioteca Pública “José Martí” y una filial de la Asociación de la Prensa. En 1921, participó en la fundación del Grupo Literario de Manzanillo. En 1929, con gran esfuerzo personal, obtuvo el título de Procurador. Ese año ingresó en la organización antimperialista Defensa Obrera Internacional y, en 1930, en el Partido Comunista.
Navarro Luna desplegó una amplia actividad política contra la dictadura de Gerardo Machado. Formó parte del Comité de Auxilio del Pueblo Español a raíz de la guerra civil. En 1940, tras la elección de Paquito Rosales como alcalde de Manzanillo (primer alcalde comunista en Cuba), trabajó en el Departamento de Cultura de la ciudad. En 1949, fue acusador en la causa contra el asesino del líder azucarero Jesús Menéndez y, ese mismo año, asistió al Congreso Continental por la Paz, celebrado en México.
Durante la tiranía de Fulgencio Batista (1952-1958), colaboró activamente con los grupos revolucionarios. A raíz de la caída del joven revolucionario Frank País, su poema “Santiago de Cuba”, que circulara en volantes mimeografiados por el oriente cubano, motivó la orden de persecución contra él y pasó a la clandestinidad.
Después del triunfo de la Revolución, se enroló en las Milicias Nacionales Revolucionarias y participó en la lucha contra bandidos en las montañas del Escambray y en la batalla de Playa Girón. Colaboró incansablemente en la prensa radial y escrita, y ofreció conferencias y recitales en unidades del ejército y la milicia. En 1962, viajó a la Unión Soviética como parte de la delegación cubana al Congreso Mundial por el Desarme y la Paz.
Murió en La Habana el 15 de junio de 1966, próximo a cumplir los 72 años de edad.
Colaboró en Letras, Revista de Avance, social, Renacimiento, Hoy, bohemia, Verde Olivo, La Gaceta de Cuba y union-de-escritores-y-artistas-de-cuba-uneac.
Fue íntimo amigo del poeta y ensayista Juan Marinello, con quien sostuvo una abundante correspondencia por más de 50 años, todavía inédita.
Manuel Navarro Luna es representativo del vanguardismo cubano de la década de 1930 y su obra se movió, inicialmente, en una de las tres direcciones principales (además de la poesía pura y la poesía negra) en que se expresaría este movimiento: la poesía social, junto a Nicolás Guillén y Regino Pedroso.
El vanguardismo se caracterizó por el abandono de los moldes estróficos, de rima y de medida; la disposición tipográfica alterada, y el papel preponderante de la metáfora. Reuniendo de modo sorpresivo entidades lógicamente irreconciliables, o usando con carácter inusitado diferentes partes de la oración, la vanguardia estableció una variedad considerable de metáforas de sello propio con las que se proponía expresar los nuevos y convulsos tiempos.
Navarro Luna fue el autor del libro más típicamente vanguardista de la poesía cubana: Surco (1928), tras el cual, a partir de Pulso y onda (1932), se movería decididamente hacia la poesía social. El verso, fuerte e impetuoso, y la ingenua audacia de las imágenes, revelan la presencia continuada del vanguardismo, en un libro que se sitúa ya en la dirección política y en el que sobresalen “Canción del niño negro y del niño blanco”, “Canción campesina para cantarla en la ciudad” y “Levanta los ojos…”, entre otros en los que Navarro denuncia injusticias e invoca un mundo mejor.
Su siguiente libro, La tierra herida (un largo poema en cuatro cantos) está también dentro de la dirección política de la poesía social. El tema del campesino pobre provoca la iracundia de los versos. Según Roberto Fernández Retamar, un aliento de raigal sinceridad da sentido al énfasis de estos cantos, salvados de la exclamación de la proclama por la libertad vanguardista en que se expresan.
En Poemas mambises, Navarro Luna no se aparta de la poesía social, pero se centra en temas históricos y exalta los héroes de la independencia de Cuba: Martí, Maceo, Masó. Con su acostumbrado aliento –afirma Retamar-, propicio para los grandes temas, alcanza una poesía civil de vigoroso tono, subrayado por la sinceridad que sentimos viva en el fondo de los amplios himnos.
En Doña Martina, se aparta de su poesía social para escribir una elegía, en décimas, a la muerte de su madre. Obra emocionada y en tono menor, mereció el elogio de José María Chacón y Calvo, quien le dedicó un penetrante comentario.
Con el triunfo de la Revolución Cubana, Navarro Luna se sumergió en las múltiples tareas, políticas y culturales, que demandaban los nuevos tiempos. En Odas mambisas (1926-1960) y Odas milicianas (1961-1962) están de nuevo la sinceridad y la fuerza de expresión clara y directa de su poesía, que se torna de buscada llaneza para dialogar con los obreros de las fábricas y con los campesinos, con los soldados y los milicianos, entre quienes, en numerosas ocasiones, leyó, vibrante, sus poemas.
Enrique José Varona escribió que la importancia de sus versos residía en el espíritu que los vivificaba. De Pulso y onda, dijo Rafael Alberti que lo ubicaba en el meridiano de su tiempo, y Juan Ramón Jiménez declaró: “gran poesía la suya, donde la increíble riqueza de imágenes corre pareja con su musicalidad augusta y resonante”; Cintio Vitier por su parte valoró que “Cuba está íntegra en su palabra y en su gesto de gran poeta”; y Juan Marinello, que era el poeta de la Revolución.



¡Adelante!


Era joven y fuerte. Y yo sé que tenía
La obsesión de una estrella que fulgía
En la sombra de un cielo horripilante.
Dicen que estaba loco, porque sólo sabía
Mirarla y exclamar: ¡Adelante…! ¡Adelante…!


En la mazmorra fúnebre donde fue sepultado
En una noche horrenda, y allí martirizado
Por la guardia feroz y repugnante,
Se levantó del suelo ensangrentado
Para exclamar tan solo: ¡Adelante…! ¡Adelante…!


Aunque nada en las sombras se despierte
Sobre la llama inerte,
Siempre se escuchará su clamor delirante
Sobre los propios hierros de la muerte;
¡Adelante…! ¡Adelante…!






En 1952 publicó una conmovedora elegía a la muerte de su madre, Doña Marrtina, que lo reintegró circunstancialmente al tono intimista de su primera época.








CANCIÓN CAMPESINA PARA CANTARLA EN LA CIUDAD (fragmento)


-7-
Las azadas muerden la carne de la tierra,
y, poco a poco,
la despedazan.
¡En todos los caminos,
en los caminos blancos y en los caminos grises
montones de carne se levantan!
El silencio contrae los músculos curtidos de su rostro;
pero no deja de clavar la azada.
¡Sin hambre,
sin fatiga,
sin cansancio,
el silencio trabaja.


-8-
¡Trae todas las palabras que encuentres perdidas;
todos los gritos que encuentres desamparados,
y échalos,
si quieres,
en las bocas hambrientas de los charcos!
¡Es una carne inútil
que se pudre en el campo!
¡Pero no traigas el silencio campesino
porque está trabajando!










ESTACIÓN TERMINAL


A Manuel Fuentes García


Cementerio


Estación Terminal


En ella
tomamos
el pasaje
de primera
o de última clase


los nichos son los PULLMAN
Tienen salones espléndidos
departamentos cómodos
literas bajas
y literas altas


En ellos van
los ricos
los que pueden
los privilegiados


Los otros pasajeros
viajan siempre en los carros de tercera
o en el de carga
que es la fosa
común


Surco, 1928








EL REGRESO


A José Antonio Fernández de Castro


El tren les da las buenas tardes
a los postes del teléfono
que salen
a mi encuentro
con los brazos
abiertos
Ya estoy en la estación y mi ciudad
que acaba de darse un baño
en la ducha del aguacero


con su cabellera
de hilos eléctricos
mojada todavía
me estrecha fuertemente contra su pecho
y me acaricia
con los dedos
de sus calles


Después
entre un grupo de árboles que me acompañan
agitando en el aire sus sombreros
camino lentamente hacia la casa
que con el rostro embadurnado de polvo y colorete
estaba esperando mi regreso
Allí me abrazan todos
Primero
que nadie
mi
perro


Surco, 1928








SANTIAGO DE CUBA


Deja que los muertos entierren
a sus muertos


¡Es Santiago de Cuba!
¡No os asombréis de nada!


¡Por allí anda la madre de los héroes!
¡Por allí anda Mariana!
¡Estaréis ciegos
si no veis ni sentís su firme y profunda mirada...!
¡Estaréis sordos si no escucháis sus pasos;
si no oís su tremenda palabra!


“¡Fuera! ¡Fuera de aquí!
¡No aguanto lágrimas!”


Así exclamó aquel día, junto al cuerpo de Antonio
—¡de Antonio, nada menos, que sangraba
herido mortalmente!— cuando todas
las mujeres allí gemían y lloraban...!


“¡Fuera! ¡Fuera de aquí!
¡No aguanto lágrimas!”


¡Es Santiago de Cuba!
¡No os asombréis de nada!


Allí las madres brillan
como estrellas heridas y enlutadas.
Recogieron el cuerpo de sus hijos
derribados por balas mercenarias,
y, después, en la llama del entierro,
iban cantando el himno de la Patria.


¡También lo iban cantando, junto a ellas,
el corazón, sin sueño, de Mariana...!


“¡Fuera! ¡Fuera de aquí!
¡No aguanto lágrimas!”


Hay muertos que, aunque muertos, no están en sus entierros;
¡hay muertos que no caben en las tumbas cerradas
y las rompen, y salen, con los cuchillos de sus huesos,
para seguir guerreando en la batalla...!


¡Únicamente entierran los muertos a sus muertos!
¡Pero jamás los entierra la Patria!
¡La Patria viva, eterna,
no entierra nunca a sus propias entrañas...!


¡Es Santiago de Cuba!
¡No os asombréis de nada!


¡Los ojos de las madres están secos
como ríos sin agua!
¡Están secos los ojos de todas las mujeres!
Son fuentes por la cólera agostadas
que están oyendo el grito
heroico de Mariana:


“¡Fuera! ¡Fuera de aquí!
¡No aguanto lágrimas!”


¡Venid! ¡Venid, clarines!
¡Venid! ¡Venid, campanas!
¡Venid, lirios del fuego,
a saludar las rosas de vuestras propias llamas!


Agosto de 1957








A CAMILO


Tienes que estar caído,
tremendamente desgarrado y caído,
para que no respondas al pueblo que te llama
y ahora te busca entristecido,
en la sombra, en la luz, en la llama;
en los desfiladeros trágicos, en la fuerte,
en la fría razón de la caída...
¡A ti, libertador de nuestra vida...!
¡A ti, libertador de nuestra muerte...!


Tienes que estar despedazado, destruido,
para que tú, Camilo, siempre un mástil erguido,
un nardo nazareno enardecido,
ahora no le respondas,
con tu voz limpia y alta de metal afilado,
a estas tercas y hondas
angustias de tu pueblo consternado.


¡Tienes que estar tremendamente muerto...!
¡Tremendamente muerto...!
¡Muerto!
¡Muerto!
Camilo Cienfuegos... ¡muerto!


¡Bueno, Patria profunda y herida,
Patria mía dolida,
si es cierto
que Camilo Cienfuegos está muerto,
coge el llanto y exprímelo en tus llamas
y abre al sol tus eternos oriflamas...!


Te quedan otros hijos, otros fuertes escudos,
otras espadas fuertes, ilustres y gloriosas.
El camino es de golpes terribles y sañudos
y no de lirios y de rosas.
Pero responderán, en violentos anillos
de cólera y de muerte, los guajiros viriles.
¡Será un trueno tremendo de cuchillos...!
¡Será un trueno tremendo de fusiles...!


Tú, Fidel, tú, Guevara,
tú, Raúl, y tú, Almeida… ¡Comandantes…!
¡Siempre daréis la cara...!
Siempre saldréis al fuego, no después, sino antes.
Pero a la calle fría, donde las sombras viles
se arrastran como sierpes cobardes y traidoras,
salid siempre con un cinturón de cuchillos
y con un cerco de ametralladoras.


2 de noviembre de 1959









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