jueves, 9 de febrero de 2012

5815.- IVO BASTERRECHEA

Ivo Basterrechea: Nació en Cuba, vivió en México y actualmente radica en los Estados Unidos de América. Poeta, escritor, guionista y editor de libros. Ha publicado Alma desnuda (Poesía), Cubaneando. (Diccionario Cubano-español), La Virgen de Paul Anka (Cuentos) y Milagros (Poesía).






El rito


Las miradas se enfrentan
tanteando el espacio,
escudriñando el deseo y
midiendo las pulsaciones
del instante,
dialogan,
sobre la suavidad
del cabello húmedo,
la tersitud de la piel,
los olores íntimos apretujan,
las indefensas ataduras
que no soportan
la presión de las ganas.
Los dedos, imaginan
recorridos cardinales
de cabalgatas desorientadas,
miden cuán grande
es la intimidad que asola
el contorno de los cuerpos
y la intensidad
de los poros crispados,
desuellan la carne cruda
y provocan desbordes de ríos
salidos de causes.
Los labios queman laderas
de temores y dudas
enfrascados en delimitar
el entorno de un todo,
marcado, por la pauta lenta del rito.
El movimiento inquieta
desordenando la piel,
acelerando el ritmo,
exponiendo ecuaciones
a los deseos simétricos,
explayando imágenes
preconcebidas pero sin propósito alguno,
eludiendo la brusquedad
del delirio, incubando
la fuerza del oleaje
en mar embravecido
por lamidos de huracán.
Sangre que fluye, quema,
y arde, absorbiendo
toda la pasión reprimida.
Sudores que cauterizan
la herida,
libaciones en la flor
para el sacrificio
de los sacrificados.
Exacerbación del grito
enfundado en la réplica del eco.
Desfallecimiento
de la carne y los tendones,
flacidez de la mirada
que tantea el deseo
y escudriña las pulsaciones
de otro instante.








El duende.


Siempre con prestancia
entra y sale de montes
y dispersa mitos
en praderas.
Arrulla soledades en campos
y extensiones de piel,
desordena ganas agitadas
en afiebrados cuerpos,
santigua enfermedades
con rostro cubierto,
desbasta orillos en orillas
de ríos secos y cañadas estériles,
provoca el brotar
de manantiales que corren
cuestas adentro,
ardiendo entrañas
y pliegues de sedimentos.
Mito que atrae mentes
de mujeres fóbicas
vestidas de leyendas.










La culebra.


La culebra enroscada
forma números
un seis y un nueve
para beberse al cielo.
Un nueve y un seis
para extraer
savia de árbol
y néctar de fruta.
La culebra
yergue figura.
y excita herida
y enroscada
forma números
y adormece nido
con bípedo siseo.
Los números,
sólo mito,
que anda de boca en boca.










Pasos de gigantes.


Dicen, sale
por aquella esquina
encima de techos
de aquellas casas.
Cuando llueve noches
escucho pasos
y asustado, salto por ventanas.
Tu desnuda,
duermes tranquila
acurrucada en el sexo
humedecido de noche,
como si no pasara nada.
Intrigado por la postura
el gigante asoma a la ventana
hiriendo con su presencia
la humedad de la lluvia.










Fantasma.


Cada que vez apareces,
machaco sexo,
ante presencia
de ojos ausentes.
Y apareces
entre niebla pasmada
de ojos volando
entre sábanas,
despabilando ideas
de cama,
burlando imágenes inseguras,
absorbiendo humedades nocturnas
con todo el sexo en un puño
para estrujarlo en mi cara.
Y apareces con pasos
sobre senos,
ganas de lengua
y ardor de almohada.
Yo no creo en fantasmas
el olor húmedo
cubre las sábanas.










Retrato de una bruja.


Siempre,
vuelo de piernas
e intimidad almidonada.
Ojos de plata
con signos esotéricos,
uñas alimentadas
con delirios de carnes,
profesión de escoba aguileña
caída por olores de yerbas,
y pociones en mentes
de senos de sapos
y pellejos de lagartos
en cuerpos adormecidos.
Amaneceres contritos
al advenimiento
de otra noche mojada
por vuelos de espantos
sobre tejados y callejones oscuros
con signos de plata.
Noches
almidonando vestidos
con crujir de escoba
debajo de las sábanas.










Sirenas.


Ojos de acuarios
donde descansan escamas,
cinturas con tiempos de arenas,
aletas de senos
cubiertas con vaho
de mirada,
cabellos de algas
en manto sumergido,
flotando en ganas
de gritos mojados por sueños,
sueños que mutilan
acordes de meridianos excitados.
Cinturas de tiempos,
caderas de puños,
ganas asfixiadas en lo íntimo,
aletas de miel,
y escamas de sueños ancestrales
alojados en el acuario de tus ojos.










La loca del barrio.


Cuando la soledad encarama,
destroza silencios
con manojos de ganas,
rasga encierros
de puertas cerradas,
lastima salivas
dilatando carnes
con ojos retorcidos
en busca de imágenes.
Escupe pupilas sobre dedos,
deshace nudos de gargantas,
libera gritos de miradas erguidas,
gotea espacios enmarañados,
convulsa menstruos en deseos dormidos,
restaña carnes que exorcizan figuras.
Adormecida queda
por el hechizo de caderas,
donde la soledad acuna silencios,
arrulladores de ganas.










Espíritu.


Vacías mi hondo
sobre un pajar
y detienes agujas de relojes
en pecho,
descuartizas horas,
(en cuartos, por supuesto)
con campanadas de lloviznas
que humedecen sábanas
sin ser tendidas.
Lloras por saber donde ando
y relojes que un día sustrajiste
del tiempo detienen mirada
para asomarse a un puerto
abandonado y viejo,
donde dicen
atraca la ausencia.
El espigón clama rectitud
de deterioradas marejadas
que lavan rocas
para allá... para acá
de aquí... para allá
convertidas en ganas.
Ausencia mía
toca puertas en llamas
de vientres adoloridos
por tantas huellas
de noches jadeantes,
de noches manoseadas
por afiebrados delirios
que lamen penas.
Vuelves a palpar mi ausencia
presente a un lado de la cama
y con tranquilidad subes
sobre el vacío de la sábana,
soberbia madrugada
desvanece la vía láctea,
desempañas cielo
con amanecer de otra mirada
donde mi yo ha humedecido sábanas.
No importa, sonríes
al palpar la ausencia
sobre la cama.












Vampira.


Sólo la estaca
expía criatura,
danza sobre mesas
ante cientos de miradas desnudas
en alcoholes.
Alma migrante,
apretujas madrugadas
y succionas humedades
de sombras.
Alma ancestral
tañe cintura
para lustrar
bronces.
Prestancia plañida
de conjuros y ángeles
que revoletean vientres.
Cuerpo correoso
de residuos nocturnales
paridos de grises y sombras
donde moran, ganas.
Sólo el madero
santifica deseos terrígenos
labios sustraen carmesí,
a una noche herida.
Alma ancestral
danza la verticalidad desnuda
de miradas alcoholizadas,
que succionan líquidos seminales
a través de colmillos
clavados en estacas.







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