miércoles, 29 de junio de 2011

4030.- ALEJANDRO RODRÍGUEZ-REFOJO FERNÁNDEZ


De izquierda a derecha Maiki Martín, Félix Hormiga, escritor
y Alejandro Rodríguez-Refojo Fernández




ALEJANDRO RODRÍGUEZ-REFOJO FERNÁNDEZ (La Laguna, 1972) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna. Fue coordinador de la hoja literaria «Ítaca», del periódico El Día, de mayo de 1996 a noviembre de 1998. En 1999 se le concede a su libro Isla del aire (Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, 2000) el Premio de Poesía Julio Tovar en su edición de ese año, y en 2001 gana el II Concurso de poesía de la Fundación Canaria Mapfre Guanarteme con su libro Diario de eterno recomienzo (inédito). En prensa se halla su libro Memoria del origen. La trayectoria poética de Andrés Sánchez Robayna. Colabora en suplementos y revistas literarias con reseñas y artículos.







TO LONDON

Ve, muchacho,
allí donde este sol
alumbra frío bajo tierra hacia septiembre,
baja por el sendero que conduce
a la ciudad, y no te olvides de ir cantando
aquel antiguo son con el que hablabas
al mar y a los halcones, a tus muertos de siempre,
para que cruces con el niño los umbrales.

Ve, sí,
y vuelve con la sombra necesaria,
con un poco de sombra entre tus manos:
del cuenco que ellas formen beberé,
y sobre el cuerpo ausente del amigo
podré leer mi instante, al tuyo entrelazado.

Camina por sus calles y su cielo,
contempla las gaviotas volar sobre los arces
en los verdes jardines, las casas de rojizos
ladrillos, las tumbas en la lluvia, las estatuas,
y más allá de lo visible mira
la ciudad de los muertos y sus aves nocturnas,
el anillo encontrado en el vagón, acaso
abandonado por la sombra
de aquel que nunca fuiste.

Tal vez
el rojo resplandor que Rothko ofrece al caminante
te señale, sobre los bordes del vacío,
la senda de regreso hacia las islas.

Ve, muchacho,
y vuelve con un poco
de sombra que hallarás
seguro en tu viaje.

(de Isla del aire, 2001)





A UNA LUZ SIN FIN

La sombra del geranio se cimbrea
sobre este muro gris, iluminado
de pronto por el sol de media tarde.
Pasan las nubes en silencio, así la luz
dice la sombra sobre el muro.

Sobre los tallos, gotas de fulgor.
Esplende el tarajal, y la bandada
levanta ya su vuelo hacia la zona
que su sangre o la senda no visible
del viento le señalan. Nada ocurre,

sólo un instante en el pequeño tiempo
de los hombres sobre la tierra, que exhala
hacia los cielos a sus hijos: al mirlo,
al escorpión, a la montaña, como
un hálito entrañado, pero libre.

Y tú, como un ser más en esta inmensa
morada de la tierra, en su humildad prosigues
el viaje, enlazado a una luz sin fin,
y en la sagrada soledad parece
que al fin recobras la existencia. Ahora

que todo vuelve a su raíz lumínica,
y el ser se muestra en el envés del aire.





DILE AL VIENTO

Dile al viento que guarde tus palabras,
que guarde las semillas de tu voz,
las raíces del sueño, aquellos días
que difunden su olor sobre las cosas,
sobre las hojas caducas de los libros,
sobre cuerpos aún no conocidos.

Que guarde los regalos que has reunido:
las lágrimas de abril, los mirlos ojos
mirando dentro de la madrugada,
la asamblea de insectos a la luz del farol
cuando la tarde cae con un rumor de sombras,
las arcadas solares, el estanque, la garza, todos
los pequeños objetos de la tierra quemada,
que los custodie.

Sí. Hoy el aire es propicio,
la tarde escucha tu mirada,
la convierte en un tordo, en una hoja,
una moneda que tintinea en el recuerdo
antes de detenerse sobre el mármol,
de pararse en el vientre de la joven extraña,
en sus ojos rasgados como un río.
un pájaro que rompe su ala contra el mar

Al viento dile, sí, que guarde esta palabra
para las ojos de la diosa.

Para el viento y la diosa, las semillas
del sueño, las raíces, el mar de los veranos,

no lo que hiciste o lo que harás: la cruz
solar sobre el oscuro
silencio del deseo.





LA COLA DE LA ALPISPA

Las abiertas estancias de la tarde
ofrecen a la garza su camino
sobre los juncos y codesos,
la cola de la alpispa, la batuta del tiempo,
el olor putrefacto del estanque
que predice la muerte por el agua.

Los días estuosos del verano
te encuentran siempre al borde de la charca.
No sabes nunca cómo llegas,
qué sendas has andado, qué caminos,
tan sólo estás aquí, mirando el agua.

Pero hoy es distinto.

Ahora eres ese estanque:
contemplas

las columnas de fuego ardiendo en calma,
el pilar carcomido, el fundamento
podrido de los mundos,
tal vez ese vacío parecido a la luz
de la tarde que avanza, la cola de alpispa,
el leve balanceo de los juncos
movidos por el viento, la quietud
del estanque, los niños a los lejos,
y esta luz ambarina,

donde vuelan inmóviles insectos atrapados.





EL ARCO

Hemos perdido el rumbo.

Sólo resta esperar aquí,
junto a la ortiga y el espliego.

La calma
del día se apodera
de unos miembros cansados,
de una mente cansada.

Lagartos que sestean
o corren repentinos
junto a los mármoles del monte,
el geranio enredado en la artemisa,
gaviotas de elegante vuelo
que vuelven a sus nidos con carroña,
y más allá las nubes, lentamente,
sobre el alzado umbral de piedra,
mudándose en la nada.

Ellos
han visto al ave
atravesar alguna vez
el arco de la roca que corona
a la montaña, ir
hacia el espacio de una música imposible,
y regresar, cegada por el sol,
a las aguas oscuras de la tierra,
en busca de lo extraño.

De su madre, su padre, sus hermanos.

Hemos perdido el rumbo.

Ningún lugar,
ninguna casa nos ampara en esta hora.





HOTEL NEPTUNO

Es temprano. Camino
entre las sombras de la costa.
Envuelta aún en el sudario
de la luna, la tierra está en silencio.
Las casas duermen,
no hay coches en la carretera,
y sólo breve son del petirrojo,
el eco de ola solitaria
que abajo lame el pie de los cantiles,
hacen tangible el mundo y real el instante.

Camino hacia los muros del hotel,
tal vez estén despiertos, animados
del rumor inaudible de sus huéspedes.
Ya veo sus jardines de asfódelos y pitas.

¿Quién querría pasar aquí sus vacaciones?
No he visto a nadie nunca en el solarium,
bañarse en la piscina, pasear
sobre este césped tan cuidado,
por quién, por qué personas
que se bañan, pasean, se preguntan
por el extraño que contempla
los surfistas audaces en las olas,
las velas encendidas del talud,
el gigante dormido desde siglos.

La luz y sus columnas diamantinas
sostienen la mañana, ensanchan el espacio,
espuma de gaviotas por la arena,
por sobre la montaña, desde el mar
erguida hasta la bóveda de abril,
hasta la linde inhabitada de los reinos.

El dios con su corona
de hierro corroída por la sal,
su túnica de cobre y sus corceles,
el dios clavado en el pilar del mundo,
orgulloso gobierna en este sitio
que le ha dejado el comerciante
olvidado del soplo que a él también lo ata.

Quién vive en este hotel, estancia siempre abierta
a los que esperan el final (o tal vez el principio)
mirando entre los cabos de la costa
el mar y las montañas, al borde del cantil.

Aquí me quedaré.
Debo cuidar el césped,
regar las raíces del cardón,
tridente de los reinos, y esperar
acaso la llegada del extraño.





LOS AMATES,
DE EGON SCHIELE

Marionetas, peleles,
fantoches agitados
por cuerdas invisibles
no movidas por dioses o demiurgos.

Sus manos de madera,
sus gestos de madera representan
el instante, la muerte de los mundos.

Los acoge el espacio amarillento,
pigmentación humilde de una nada
entrevista en los huecos de la tela.

Míralos abrazados a esa nada
que lentamente los consume,
como tras el fulgor de las estrellas
se disuelve el deseo de los hombres.

La llama que los une,
el miedo que los une, la costumbre
celeste de la carne, nadan valen
contra los lazos del sentido
que teje el mercader,
que tejen ellos mismos.

Allá a lo lejos,
hacia los márgenes del día
se encienden las hogueras
sobre el fondo sereno de la noche.
Se encienden por la luz
del alba que vendrá.

Pero aquí no.
Aquí no resplandecen.

(Dejemos este sitio
pues ellos poseen
la última palabra.)


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