domingo, 26 de junio de 2011

CORAL BRACHO [4.023]


Coral Bracho 

(Ciudad de México, 1951), es profesora de Lengua y Literatura de la Universidad Nacional Autónoma de México. Entre sus libros de poemas se encuentran Peces de piel fugaz (1977), El ser que va a morir (1982), Bajo el destello líquido (1988), Tierra de entraña ardiente (1992, con tintas de Irma Palacios), Huellas de luz (1994), Jardín del mar (1993), La voluntad del ámbar (1998), ¿A dónde fue el ciempiés? (2007, ilustraciones de El Fisgón), Cuarto de hotel (2008), Si ríe el emperador (2010), y diversas antologías.

En 1981 recibió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes por El ser que va a morir; el premio Xavier Villaurrutia en 2003, por Ese espacio, ese jardín y el reconocimiento al conjunto de su obra poética por la Fundación para las Letras Mexicanas en 2007. Ha sido becaria de la Fundación John Simon Guggenheim de Nueva York (2000), y del inbafonapas (1978). En 1993 ingresó al Sistema Nacional de Creadores de Arte del fonca.

Libros suyos han sido traducidos a diversas lenguas, entre ellos. Igualmente, numerosos poemas suyos han aparecido en antologías de poesía mexicana, hispanoamericana y mundial, como Poems for the Millenium. The University of California Book of Modern and Postmodern Poetry (J. Rothenberg y Pièrre Joris eds., ucp, Berkeley, 1998), Conjunctions. New World Writing (B. Morrow ed., Random House, Nueva York, 1994) y muy diversas revistas y suplementos en Japón, China, Canadá, Estados Unidos, varios países europeos y casi toda Latinoamérica, donde ha participado en lecturas y mesas de poesía, y en universidades como Oxford y Stanford. Ha impartido cursos y talleres de poesía en Estados Unidos y México, y ha participado en giras por Europa y Reino Unido.


ESTO QUE VES AQUÍ NO ES

Esto que ves aquí no es.
Alguien te oculta una pieza.
Es el fragmento
que da el sentido. Es la palabra
que altera el orden
del furtivo universo. El eje
oculto
sobre el que gira. Este recuerdo
que articulas
no es. Falta el espacio
que ajusta
el caos.
Alguien jala los hilos. Alguien
te incita a actuar. Cambia los escenarios,
los reacomoda. Sustrae objetos.
Cruzas de nuevo
el laberinto a oscuras. El hilo
que en él te dan
no te ayuda a salir.


Imagen al amanecer

El agua del aspersor cubría la escena
como una niebla,
como una flama blanquísima, dueña
de sí misma, de su brotar cambiante, de su pulso
ritual
y cadencioso.
Un poco más allá y más allá hasta
tocar las rocas. Lienzos de sol
entre la cauda humeante; lluvia de cuarzo; interno
oleaje
silencioso. Un mismo
denso
movimiento lo centra; lo ahonda
en su asombrado corazón. Profundo, colmado
vórtice.
Renace, tenue, su palpitar. Marmóreo y lento
borbollón luminoso.
Un poco más allá, más allá, su tacto límpido
se estremece. Son remanso
las rocas
a su enjambre estelar, a su incesante,
encendida nieve. Por un momento se cubre
con su seda el jardín. Suavemente
los troncos ceden
y van tendiéndose sobre el pasto;
largas sendas oscuras bajo el tamiz
que inunda el amanecer. Cuando su lluvia
se ha expandido hacia el este
pesan menos las sombras
y los troncos se adensan y se levantan.
Vuelve entonces el arco
a resplandecer. Una llama reciente nubla la escena,
un olor de magnolias
y rocas húmedas.



Una avispa sobre el agua

La superficie del agua es tensa
para una avispa,
es un sendero múltiple fluyendo siempre
como el tacto del tiempo
sobre la hondura quieta
de un corto espacio.

Corto es el tiempo
en que flota; corta
la distancia en que gira
por incesantes laberintos,
remolinos inciertos, llamas,
y transparencia
inextricable.



Mariposa

Como una moneda girando
bajo el hilo de sol
cruza la mariposa encendida
ante la flor de albahaca.



La brisa

La brisa toca con sus yemas
el suave envés de las hojas. Brillan
y giran levemente.
Las sobresalta y alza
con un suspiro, con otro. Las pone alerta.

Como los dedos sensitivos de un ciego
hurgan entre el viento las hojas;
buscan y descifran sus bordes,
sus relieves de oleaje, su espesor.
Cimbran
sus fluidas teclas silenciosas.


Como un acuario

La luz de la tarde escoge algunas plantas
y en algunas de sus hojas penetra.

Como un acuario encendido por sus peces;
como un fluir
de la noche
entre rastros de estrellas,
transcurre
en su quietud
la maleza.



La actitud de los árboles

La actitud de los árboles,
su gesto,
es momentáneo.



La penumbra del cuarto

Entra el lenguaje.

Los dos se acercan a los mismos objetos. Los tocan
del mismo modo. Los apilan igual. Dejan e ignoran
las mismas cosas.

Cuando se enfrentan, saben que son el límite
uno del otro.

Son creador y criatura.
Son imagen,
modelo,
uno del otro.

Los dos comparten la penumbra del cuarto.
Ahí perciben poco: lo utilizable
y lo que el otro permite ver. Ambos se evaden
y se ocultan.



Una piedra en el agua de la cordura

Una piedra en el agua de la cordura
abisma las coordenadas que nos sostienen
entre perfectos círculos

Al fondo,

Pende en la sombra el hilo de la cordura
entre este punto
y aquél
entre este punto
y aquél

y si uno
se columpia
sobre sus rombos,
verá el espacio multiplicarse
bajo los breves arcos de la cordura, verá sus gestos
recortados e iguales
si luego baja
y se sienta
y se ve meciéndose.



Sobre él discurren con suavidad

En el espejo del tiempo
centellea la conciencia.

Fina serpiente de cristal, rodea las cosas.
Las envuelve, las crea, las fija.

–Se ve mirarse en el reflejo.
Ve su imagen mirar.-–

Los movimientos se hacen cautos
y lentos
y van dejando en su discurso fisuras.

Los dibujos que trazan al brillar las fisuras
van reemplazando
el movimiento.

Son subyugantes sus arabescos contra el lomo
del mar.

En él respira su silencio.
Es un espejo el tiempo
bajo el azul: sobre él,

con punzones finísimos argumentan,
sobre él discurren con suavidad.



Sombra

Por la sombra
que formulan los pliegues
sobre el muro de cal
nadie descifraría la forma de esta apacible
cortina azul:
triángulos, fauces, crestas,
estalactitas, bloques agudos
y caóticos.



¿Le puedo hacer una pregunta?

"¿Le puedo hacer una pregunta?"

El sol transcurre entre las nubes
como tibia cascada. Estamos encima de ellas,
encima de la tierra y el mar
y el cielo es una vasta
plenitud sostenida. "Una pregunta,
óigame bien:
¿Si a usted,

si a usted le hubieran consultado...?"
Como los ojos suaves de esta niña ante el mar,
como su calma nítida.
"¿Le puedo hacer
una pregunta?"

(Un asiento adelante
el gris luido de la cortina encubre
este mar silencioso.)

Miro sus ojos a contraluz,
fijos e inquietos
y casi secos.
"¿Si a usted...?"

Veo el metal, su perfil,
entre la trama blanca. El azul.
Cambios de matiz, de textura, en el caudal
de la cortina. La cabeza que escucha,
que voltea "¿Quiere algo de tomar?"

Sus ojos, tercos, me ven de frente:
"¿Si a usted,
si a usted le hubieran preguntado
si quería o no nacer?"

"Haga la prueba –me dice–,
pregunte también usted; a sus parientes,
a sus amigos;
¿y usted, sí, usted –ojos ariscos
y brumosos frente al arco de luz–
qué hubiera dicho?"



Luz derramada sobre un estanque de alabastro

Una pequeña piedra transparente
y en ella,
la deslumbrada alegría del sol.
Eres el canto del agua
y entre sus hebras, el canto fresco
de la alondra, el viento suave
al amanecer. Luz derramada
sobre un estanque de alabastro.
Sobre sus aguas:
el azahar
y el jazmín.



La voz indígena

Es un dolor
de voz que se apaga. De voz eterna
y profunda
que así se apaga. Que así se apaga
para nosotros.



El amor es su entornada sustancia

Encendido en los boscajes del tiempo, el amor
es su entornada sustancia. Abre
con hociquillo de marmota,
senderos y senderos
inextricables. Es el camino
de vuelta
de los muertos, el lugar luminoso en donde suelen
resplandecer. Como zafiros bajo la arena
hacen su playa, hacen sus olas íntimas, su floración
de pedernal, blanca y hundiéndose
y volcando su espuma. Así nos dicen al oído: del viento,
de la calma del agua, y del sol
que toca,
con dedos ígneos y delicados
la frescura vital. Así nos dicen
con su candor de caracolas; así van devanándonos
con su luz, que es piedra,
y que es principio con el agua, y es mar
de hondos follajes
inexpugnables, a los que sólo así, de noche,
nos es dado ver
y encender

Coral Bracho, "Poemas", Fractal n° 7, octubre-diciembre,
1997, año 2, volumen II, pp. 27-42.




LAS AVES VEN.

Es el arco
que encierra
y que sostiene la imagen:
la plenitud del mar. Luz
de insaciada transparencia. Bajo la tierra
se entreteje la historia:
aguas que engendran sus recintos. Bullir de peces
Ecos que dejan su opacidad, briznas, rastros
que emergen. Estallidos que fijan
su estupor en los muros, la flor, la piel
de sus calcinaciones. Las aves ven.
Los peldaños encienden sus oleadas sedosas
frente a los lechos que germinan; la sombra
oculta su espesor.



SOBRE EL AMOR.

Encendido en los boscajes del tiempo, el amor
es deleitada sustancia. Abre
con hociquillo de marmota, senderos y senderos
inextricables. Es el camino de vuelta
de los muertos, el lugar luminoso donde suelen
resplandecer. Como zafiros bajo la arena
hacen su playa, hacen sus olas íntimas, su floración
de pedernal, blanca y hundiéndose
y volcando su espuma. Así nos dicen al oído: del viento
de la calma del agua, y del sol
que toca, con dedos ígneos y delicados
la frescura vital. Así nos dicen
con su candor de caracolas; así van devanándonos
con su luz, que es piedra, y que es principio con el agua, y es mar
de hondos follajes
inexpugnables, a los que sólo así, de noche,
nos es dado ver y encender.







Pre-textos: Ese espacio, ese jardín.



II


Oigo tu voz; la siento entreverarse,
encender. Algo
dijiste entonces,
de tal modo,

de tal modo que siempre crece; crece y se extiende
como una hiedra, como una selva,
como una arena
luminosa.


*


¿Qué es lo que entorna mi vida en el dintel
de esa voz?
¿Qué es lo que toca de su brillo profundo
y entre el rumor
de su cascada oscura? Agua


de fluida luz. Agua
de entramados relieves.

-Que en sus costas se tiendan y humedezcan las sombras,
que en sus cuencas florezcan. Que en su dorada red
como ofrenda ancestral se esparzan
y en ella arraiguen, y en ella cifren su simiente.

Que ante el profundo umbral,
donde las urnas y las piedras
descansan, la lluvia encienda
su cadencia.
Deja
que entre sus brillos
y entre las suaves hebras de su espejo
anochezca.


*


Es la noche el lugar
que ilumina el recuerdo.

Es una vasta construcción
sobre el mar. Es su despliegue
y su secuencia.
Amplios corredores se extienden sobre blancos pilares.
Las terrazas abiertas sombrean las olas,
y uno se interna y cruza
por insondables extensiones.

Va la mirada inaugurando los trazos,
van las pisadas centrando la inmensidad.
Y su perfil
cambiante se va trabando.
Y su emprendida solidez
nos va infundiendo una claridad: la del espacio
que se entralaza. Vemos
transparencia en los muros, transparencia en las densas,
despiertas olas y una alegría nos roza como un augurio,
como la aleta fina y sigilosa
de un pez.

Es la memoria el viento
que nos guía entre la noche
y en ella funde
su tibieza: Nos va llevando,
nos va cubriendo con su aliento. Y es su suave premisa, su
levedad
la que entreabre esas puertas:
Balcones, cuartos
aromados pasillos. Salas
de inextricable y nítida placidez. Ahí,
entre esplendores recién urdidos,
bajo el espacio imperturbable, recobramos, a gatas,
la expresión de los muebles,
su redondeada complacencia: Todo
nos cubre entonces
con una intacta
serenidad. Todo
nos protege y levanta con gozosa soltura.
Manos firmes y joviales nos ciñen
y nos lanzan al aire, a su asombrosa, esquiva, lubricidad.
-Manos entrañables
y densas. Somos
de nuevo risas,
de nuevo rapto bullicioso,
acogida amplitud.


Todo
nos retoma y nos centra,
todo nos despliega y habita
bajo esos bosques
tutelares: Agua
goteando; luz
bajo las hojas intrincadas del patio.

[...]


ALEGORÍA DE LA CONTEMPLACIÓN. LA OBRA LITERARIA DE CORAL BRACHO.[1]

Por María del Rocío González


                                                                “…aún hallándonos a mil
                                                               leguas de la poesía,                   
                                                               dependemos de ella
                                                               todavía por esa súbita
                                                               necesidad de aullar último
                                                               estadio del lirismo.”

                                                                                                                     E.M. Cioran.



Coral Bracho, poeta y ensayista, ha publicado varios volúmenes de poesía. Algunos de los cuales fueron traducidos al inglés y francés. Fue becaria por la Fundación John Simon Guggenheim y pertenece al Sistema Nacional de Creadores. En 1981 fue galardonada con el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes por El ser que va a morir y en el 2003 con el Premio Xavier Villaurrutia por Ese espacio, ese jardín. Con motivo de la celebración del aniversario de la autora, nos reunimos para comentar su obra.    

De las múltiples lecturas e interpretaciones que puedan darse a una obra literaria; este trabajo lo titulé precisamente alegoría de la contemplación, como mencionó alguna vez Óscar Wong, quien ha estudiado su obra.

A lo largo de todos sus escritos, desde sus inicios, con la publicación de su libro Peces de piel fugaz (1977) hasta su más reciente volumen, Así oye el emperador, la autora, anuncia, evoca y remite a los sentidos. Ella instiga a percibir profundamente con los ojos, a sentir, a probar, a oler y a oír un todo: como uno de sus fines de llegar a la quintaesencia del cosmos y hacia una realidad que no esté ensombrecida de lo material. En los textos de Bracho, la recreación de todos los actos con los sentidos son los ejes generadores de toda su poesía; para intentar ofrecernos la realidad más pura.

En sus poemas se conjuga el acto creativo y la observación de un todo. Su ejercicio poético es totalizador. Se distingue por su afán de escudriñar la naturaleza de los objetos, animales y personas; Bracho logra así una sincronía del poema, complementar: el fondo y la forma en sus versos.

Mucho se ha mencionado de la lírica de Coral como un universo poético que resulta complejo, cerrado, hermético, de gran complejidad sintáctica y abundante en diversos códigos, difíciles de descifrar. Julio Ortega en su Antología de la poesía hispanoamericana actual, apunta: es una poesía reflexiva, “… se produce en primer término como un ensayo de escritura analítica y fragmentaria”.[2] Esto me hace reflexionar sobre las virtudes de creación poética, además de sus aciertos formales; debe ser emotiva, lúdica, reflexiva, intelectual, creativa, que dialogue con el lector y alimente el goce del receptor. Pero, además, la que representa un deslumbrante ejercicio poético.

Los estudiosos han señalado sobre estas virtudes del poetizar en su propia obra poética y ensayística como Octavio Paz, José Gorostiza, José Emilio Pacheco, Marco Antonio Montes de Oca, Jaime Augusto Shelley, Julio Trujillo entre otros autores.

Esto viene a colación porque en el caso de la poesía de Bracho, sí evidencia un universo poético rico en imágenes, simbolismos, juego de palabras, mostrándose como dueña del oficio. No obstante, en sus textos, no existe un discurso o un discurso del antidiscurso como mencionó José María Espinasa en alguna ocasión. No hay por completo retórica alguna. Coral nos presenta no un mundo visto de manera materializada sino un mundo que sea observado desde sus orígenes y su natural esencia. Ella, insisto, urde en su trabajo poético para acercarnos a la percepción natural de un todo; es decir, del cosmos. Como podemos constatar en los siguientes versos del poema: “En las últimas palabras están contenidas las primeras”:



Del espacio impalpable, una certeza:
tu voz;

tu voz que funde
y permanece.
                      -Cortada en vilo
por el tiempo,
cortada al calce por una flor,
como un oleaje refulgente, como una estrella,
renace.
Se abre, se ilumina, se adentra
-desde un silencio incandescente- en las cosas.
Todo lo animas, todo lo alumbras,
todo lo abismas en su fuego.

   A cada forma le das  su nombre;
a cada nombre

su forma: Ahí,
desde ese punto sin fin
y sin principio, abres las aguas en la palabra justa.




-En la mirada que entrecruzan los niños,
en su fulgor,
frente al estanque iluminado.

Es la frescura de sus voces recorriendo el espacio, vertiendo
entre hondonadas de luz,
su azar de viento y de extensiones. Es la tersura
de sus voces ardiendo en desbandadas de gozo,
de brillo intacto, de plenitud.
Nada


toca,
entre las carnes de la vida, su centro,
nada lo alcanza y lo despeja,
como esas risas,
esas carreras embriagadas y eternas
que van urdiendo los jardines, los bosques,
las planicies que cimbran y atraviesan el tiempo.

Nada lo ciñe y lo ahonda como esos ecos. Ojos niños
                                                                            [que irradian
Infinitud.


Nada encarna la vida
y la estremece; nada afirma su cuerpo y su sed, su voz,
como esa cifra de lo eterno en su centro:
un gesto puro
y claro
Una mirada diáfana. Un arranque gozoso: Una gota,
un arroyo,
una corriente: Es el mar reverberando sus formas,
irguiendo en espesores de fuego sus masas,
su orbe

La escritora construye un universo poético que se abre como un abanico de posibilidades. En donde se integran mundos tan disímiles como lo mineral y lo vegetal, lo animal y lo cósmico, lo humano y lo mítico y lo biológico y lo físico[3]. Quizás, encuentro ciertos tonos de erotismo, aspecto que ha trabajado Silvia Quezada, y otro sobre un tema universal, el tiempo, en algunos de sus textos.

Encontramos, una deliberada intención en sus escritos de invitarnos a ejercer la percepción a través de todos los sentidos, como mencioné líneas arriba. Sus versos nos remiten por diversos horizontes, atrapándonos en una primera observación, podríamos decir, hasta llegar a la más genuina visión totalizadora de los objetos. No una visión impresionista sino una percepción total de las cosas. Eso es en esencia la estética poética de Bracho. Pero, también, hace evidente en que estamos acostumbrados a una escritura automatizada; quizás, por los medios de comunicación o incluso el Internet. No obstante, patentiza las ideas de lo ¿qué se dice? y ¿cómo se dice? Es decir, se refiere a que estamos inmersos al leer un texto cualquiera, no académico, a una escritura automatizada con un lenguaje cotidiano y coloquial. A lo que la escritora aboga por la esencia del lenguaje, de la palabra por la palabra misma. Es decir, de la pureza del lenguaje.

Es importante señalar, que en este continente múltiple, su lenguaje culto, en muchos momentos erudito. Se distingue por su riqueza verbal y sintáctica, con un lenguaje, a veces, recurrente para sobresaltar términos, abundante en adjetivos y, también, algunas de las veces emplea términos inusuales. Así como hace uso constante de los signos de puntuación. La obra de la creadora es preponderantemente lúdica al extremo: cada palabra que leemos en sus versos, da lugar a muchas posibilidades de interpretación; sus textos han sido elaborados y reflexionados con rigor crítico.

Uno de sus estudiosos, Óscar Wong, ha definido su obra como la alegoría de la contemplación. Asegura este autor, que la escritora manifiesta en sus poemas una fiesta de los sentidos, un deslumbramiento a través de atmósferas y sensaciones con un imaginario movimiento de la cámara cinematográfica irrumpiendo en un paisaje virgen.

Para Bracho, dice Wong, en el instante que accedemos al conocimiento de las cosas, tiene como efecto un deslumbramiento.[4] El deslumbramiento del conocimiento. Coral tiene la enorme influencia del poema Muerte sin fin  de José Gorostiza. Para ambos autores reflexionan a través de los sentidos para acceder al conocimiento. En ambos, hay una aspiración o aproximación por el conocimiento del mundo o más bien, del Universo.

El poeta Roberto Juarroz sintetiza notablemente lo que la autora nos ofrece en su lírica cuando expresa:



   “La poesía  abre la escala de lo real y nos impide
    seguir viviendo escuálidamente en el segmento
    convencional y espasmódico de los automatismos
    cotidianos. Es una ruptura para siempre, que nos
    sitúa en el infinito real, el infinito que empieza
    en cada cosa y deja de ser así un anacrónico decorado
    … Esto pone en su lugar al ser humano y desplaza lo
    secundario, desde la política o el deporte hasta los
    carriles mercantilistas de la reputación o el éxito.
    La poesía abre la escala de lo real y cambia la vida,
    el lenguaje, la visión o experiencia del mundo, la
    capacidad de realidad de cada uno, la posibilidad de
    creación. La poesía crea realidad, crea presencia.
    Es una explosión de ser a través de un uso diferente
    de las palabras. Nada está terminado: la realidad
    se crea. La poesía consiste en eso: crear más realidad,
    agregar realidad a la realidad, combinando de nuevo
    el mundo y el lenguaje, llevando al ser humano a su
    punto extremo, gestando la presencia que es el poema,
    para quebrar así nuestra soledad y trascender el juego
    tenebroso de las preguntas y respuestas. La poesía es
    por todo esto el mayor realismo posible…[5]
  
En la creación poética de la autora comentada, evidenciamos un lenguaje rico en significados, depurando lo material hacia lo esencial y sutil hasta intentar convertirse en lo que los Contemporáneos perseguían: la poesía pura. No es una casualidad que su volumen titulado Huellas de la luz, que reúne una buena parte de sus escritos[6], incite al lector a un camino de luminosidad que lo lleve al saber de las cosas. Nos traza un camino donde se va transfigurando la realidad, a través de distintos recursos formales hasta instalarnos en una realidad más pura.

Debemos recordar que, algunos de sus libros (como Peces de piel fugaz y Ese espacio, ese jardín) forman parte de la gran tradición del poema largo, así como otros autores como Vicente Huidobro con Altazor, Sor Juana Inés de la Cruz Primero sueño, Octavio Paz Piedra de sol, José Gorostiza Muerte sin fin y Manuel José Othón con su Idilio salvaje.

En síntesis, la obra de Bracho, elocuente y llena de hallazgos; representa un exordio de la palabra misma.

Podríamos considerarla como una escritura que se va gestando como verdaderos artificios verbales. Nos enfrentamos, ante una lírica que desde sus inicios poéticos representa la expresión más acabada de ese mundo natural al que anuncia y enuncia en toda su obra poética; la cual merece más lecturas, interpretaciones y reinterpretaciones de lectores experimentados y apasionados que la creadora demanda.

BIBLIOGRAFÍA

Anaya, José Vicente, “Perseguir la huella de lo sagrado”, en http://circulodepoesia.com/nueva/2011/02/perseguir-la-huella-de-lo-.
Bracho, Coral, Huella de la luz. México: CNCA, 1994 (Lecturas Mexicanas. Tercera Serie, 92).
————–, Ese espacio, ese jardín. España: Pre-Textos, 2004.
Ortega, Julio, Antología de la poesía hispanoamericana actual. México: Siglo XXI, 2009.
Quezada, Silvia, “El discurso de la intimidad sexual en El ser que va a morir de Coral Bracho”, http://sincronia.cucsh.udg.mx/quezadawinter2010.htm.
Wong, Óscar, “Peces de piel fugaz”, “Rev.MC”, 203, 18 ene, 1987, pp. 2-4.

[1] Texto leído en la XXXII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, el 5 de marzo del 2011.
[2] Julio Ortega, Antología de la poesía hispanoamericana actual, p. 481.
[3] Armando Pereira hace hincapié en estos elementos en la poesía de Coral Bracho en el tomo I del Diccionario de escritores mexicanos. Siglo XX, p. 215.
[4] Óscar Wong, “Alegoría de la contemplación. Desde Coral hasta Elva Macías”, “Revista Mexicana de Cultura”, p. 2.
[5] José Vicente Anaya, “Perseguir la huella de lo sagrado”, p. 4.
[6] En este volumen está incluidos los poemarios: Peces de piel fugaz, El ser que va a morir y Tierra de entraña ardiente.





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