jueves, 23 de junio de 2011

ANA CECILIA BLUM [3.988]


Ana Cecilia Blum (Foto: Ernesto G.)


Ana Cecilia Blum 

(Ecuador, 1972). Poeta, Ensayista y Narradora. Licenciatura en Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Laica Vicente Rocafuerte de Guayaquil. Posgrado en la Enseñanza del Español como Lengua Extranjera, Universidad Estatal de Colorado, USA. Autora de: Descanso sobre mi sombra (Poesía, 1995); Donde duerme el sueño (Poesía, 2005); La que se fue (Poesía, 2008); La voz habitada (Co-autora, Poesía, 2008); Libre de espanto (Poesía y Prosa, 2012); Todos los éxodos (Antología Personal, 2012); Absurdities (Ficción Breve, 2013). Su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano y portugués; consta además en antologías ecuatorianas y extranjeras. Actualmente ejerce la enseñanza del idioma español; es editora de la gaceta literaria Metaforología; y escribe para varias revistas digitales.





MÍSTER MERLOT

Inúndame de levedad. Acuéstate, estírate, riégate.

Contigo no importa de dónde vengo, hacia dónde voy
o de las hojas secas que están hechos los huesos.

Camino en el silencio del hielo,
nada hiere, nada molesta,
nada acusa, nada quema, nada persigue.

Casi no siento mi cuerpo y me encanta.
Todo es etéreo y no arrastro
atrofias de acero.





NOSTÁLGICA

Son las seis de la tarde y no hay nadie a quién decirle
venga para tomarnos una taza de chocolate con rosquitas.

El portal está escrito con los relatos del bisabuelo,
cuentos de aparecidos que iluminaron la infancia.

Las sombras crecen en las jorobas de la noche,
los coyotes muerden el tesón del viento allá afuera.

Un tren en la distancia, yo soy ese tren,
descendiendo las crestas de cañones.





ROAD TRIPS

El viento, viene corriendo entre los árboles.

Valles gigantescos, autopistas larguísimas.
Rocas fálicas, rocas suaves, rocas brutales,
rocas osadas balanceándose en otras rocas.

Millas de cielos inmensos,
cañones errantes,
monolitos de arena roja,
alturas graníticas, esculturas suicidas,
glaciares milenarios,
islas de pinos, jardines silvestres,
rutas amadas por el sol.

Presencia indómita
diminuta, enorme,
reverente, peligrosa.
La ardilla, el puma, el oso,
el ciervo, el búfalo,
el propósito del pájaro carpintero.

Imperios que ya no existen,
ciudades vivas, otras ya muertas.
Lugares que nunca antes vimos
y que tal vez no volveremos a ver.

Cronistas de kilómetros,
acampamos
sobre la huella del dinosaurio,
escalamos
nevados con los ojos,
entramos
a ese nudo de abedules, sauces, robles que es el bosque
pero que también es uno mismo
y entonces al tocar la tundra,
el paisaje como siempre, nos hizo
tragar las palabras.





TODOS INVENTAMOS MADRUGADAS

Las olas
como mujeres excitadas
golpean la roca.

¿Qué gotas de tiempo se llevan las estrellas?

Hemos bebido todas las aguas,
ya no hay sonrisa de corales
ni espacio en el ojo de la ballena,
de la cima a la sima
solo queda
el fuerte abrazo del arrecife.





LA QUE SE FUE

Camina en otras calles.
Sucumbe en otra lengua.

Lejos de su casa,
escoltada por el anonimato,
con la alforja vacía de país y herencia
asiste
al velatorio del espejismo.

Entre los monumentos de la muerte
ha olvidado:
de qué savia está hecha su sangre,
de qué oficio se yerguen sus huesos.

No quiso retornar cuando pudo,
es tarde
para alcanzar las carabelas.

Lo que dejó
se lo comió el apetito de la ausencia.

Volver al mismo mar
es volver al desencuentro.





SE SENTÓ QUIETA ANTE LA VIDA
no muy distante de la espera.

Pensó
en el minuto que colma y decapita.

El atardecer rojo
ya no tenía ningún significado.

De sus pupilas
emanaban rocas,
nubes negras,
fantasmas,

mientras alguien
se ahogaba en la memoria.

Siempre
continúa quieta,
sentada
en el barandal mudo de los pensamientos.

Un nombre se escribe en la ventana.

Así es el recuerdo,
a veces de tierra y nos sepulta.





LA CASA RENTERA

Hay un lisiado rentando el piso alto de la casa,
un lisiado que se emborracha por las noches
lamenta sus piernas débiles y sus manos chuecas.

Yo lo ignoro,
mientras pague las pesetas justas
para comprar las caretas,
poco me importa su llanto.

Salgo, camino estirada, presumo:
botas de tacones altos –para disimular la pierna corta-
un abrigo largo –para esconder el declive de las vértebras-
guantes negros –para cubrir los dedos secos-

Casi modelando voy por la calle,
con un maquillaje perfecto,
un pelo perfecto,
a simple vista todo en mí es perfecto.

Pero adentro, de regreso, en la casa,
un fastidioso lisiado habita
y es, un inquilino perpetuo.








Poética

Y si hay algo quebrado
no soy yo

es la tarde
la noche
las mañanas
los caminos
el tiempo

aún estoy entera
me sostengo
me soporto
si apenitas me riego
me colecto

¿O soy yo?






El tiempo nos hizo diferentes

Ya todo es ajeno,
yo misma soy otra.

Cada cosa tan pequeña,
nada es como el recuerdo.

La casa familiar
es sólo una casita.

Mi cuarto:
cuatro esquinas que se juntan.

El jardín:
minúscula geometría de tierra seca.

No siento nada mío,
ni al barrio con su bulla de acero
ni el aleteo de los viejos libros
ni la música de long-play que me dejó el abuelo

Mi vida antigua se ha borrado,
sílabas
que no retuvieron las paredes.





Las niñas bien

(Puerto de Manta, playa El Murciélago)

Con la nieve asoman
las mañanas junto al mar de Manta
cuando el colegio apestaba
y nos íbamos
a patear las olas
entre sorbos de ron.

Debajo de las palmeras
los quiosquitos fueron
cocos inmensos
y las chicas de colegios nocturnos
que allí atendían
nos regalaron
el ojo de la envidia.

Si acaso hubiesen sabido
que detrás de nuestro buen nombre,
detrás de nuestras risitas
y poses de clase,
adentro, en las mochilas caras
se agazapaba la miseria.

Allá en el Murciélago
hicimos juramentos de olas:
largarnos algún día.

Ahora, lejos
en estos campos de greñas gélidas,
recuerdo esas arenas calientes
donde el sol se divertía
y nosotras nos pasábamos
el último cigarrillo…





Renuentes

Ellos conservan
el rumbo de la costumbre.

Me han contado que salen
a las horas de siempre.

Por las mañanas al trabajo,
retornan, hacen la siesta
y se apuran a buscar atardeceres.

Suben,
bajan de los buses,
atienden conciertos,
cines, recitales.

Se sientan en algún café,
sacan la pluma,
conciben los hijos de las calles.

Pobrecitos mis zapatos viejos

ellos aún no entienden
que me he marchado.





Expectations

La mala hierba
crece en todas partes.

A veces
el fuego de la razón llega
y la extermina

pero hay rituales
que nunca mueren

y entonces
la mala hierba
vuelve a crecer.







El aguacero

Con la piel de la frescura
—en medio de la pampa—
hasta la culebra sonríe,
ella que juró no creer en dios,
después de la lluvia, ya cree.

Sin embargo,
la precisión del sol arriba
y todo lo seca, tan rápidamente.

La pampa es la pampa otra vez,
ardiente.

La culebra es la culebra otra vez,
atea.


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