lunes, 20 de junio de 2011

3954.- RAQUEL SINELLI



Raquel Sinelli 
Nació en Pergamino (Argentina), en 1954. Poeta y periodista. Vive en La Plata.



Publicó: 


El día pleno, Editorial Nusud, en 2003.
La envoltura,  Del Dock, Buenos Aires, 2012


EL ECLIPSE

Mi madre y mi hija
no se conocieron.

Sin embargo se parecen
de un modo
que no se ve en las fotografías.

Mi mirada sostiene las paredes
de la casa
donde ellas se cruzan
y en ese espacio aprendo
mi lugar de unir y separar.
Un abrazo como un eclipse
una mujer
hecha de figuras recortadas
que se apoyan una en la otra.

En “El espiniyo”, revista de poesía, nº 1, 2005.
Director: José María Pallaoro.





Como el árbol, yo no viajo

quieta
veo pasar a los otros.
Podría decir “no me interesa
ir aquí o allá”
pero mentiría;
no es eso.
Hay otra cosa:
en un cuadrado del piso
el cuerpo se hunde
espera inmóvil
en la piedra conocida.







La espera

Cuando el jazmín era joven
y yo también,
cortaba los pimpollos ni bien florecían.
Los cuartos perfumados
las puertas abiertas
diciembre con su promesa y su pérdida.

Ahora dejo las flores en sus tallos.
Hasta que oscurecen
- y caen-
pasan varios días,
más de los que hubiera imaginado






Cambio de estación

Pasa toda una tarde sola, en silencio.
Horas con palabras larvadas
puestas en el cuerpo, no en la voz.
Al anochecer, habla con el vecino, en la vereda.
Comentan el clima inestable de principios de otoño.
Cruzan frases cortas, amables,
mientras las hojas quebradas de los plátanos
se amontonan.
Nada dicen de sí mismos;
grietas que ya no se humedecen
ni se dejan llevar por el viento.






Un pozo

Al fondo de la casa
alguien hizo un pozo.
Al costado quedó
tierra amontonada;
cascotes, ramas, lombrices.
Despacio, te acercas a mirar;
entre paredes de barro
un cuadrado se despeja y atrae.

Desde el borde hacia abajo
se ve un cielo oscuro
que parece no terminar.






Escenas en el patio

En la enamorada del muro
se refugian pájaros
tan fugaces que casi ni se ven.
Hacen huecos
pequeños túneles de hojas
donde se aquietan un instante,
sin recuerdos. Luego se van
al mismo espacio misterioso
del que surgen.
Llevan su sonido
y esa levedad pesa como
si algún significado fuera a revelarse.
En silencio, ella cuelga la ropa.
Con los pies aferrados al piso áspero
alza la cabeza
mira el cielo, puntos oscuros
un trazado que desconoce.






El mapa

Escucha al que duerme

hablar en sueños;
los sonidos
salen de su boca cerrados
(sus labios casi no se mueven)

No parecen palabras
sino partes de un mapa.

Parada junto a la cama
ansiosa
quiere saber qué dice
pero su atención
no sirve para entender.

La escena no se repite;
en silencio entorna la puerta
y camina el pasillo de su propia vigilia.






El ruido alrededor

El llanto contenido
guardado en cerrazón involuntaria
no se seca.
Aparece y no pide
un abrazo que sostenga
ni testigos.
Deja atrás
palabras fuertes
una antigua fe.
Llora sola en la calle
y hay alivio, un ruido
alrededor, ajeno,
un viento
que le va secando el rostro.






Pasaje

Antes de dormir, con la cabeza inclinada
y el pensamiento en otro lado
se saca, de memoria, reloj,
aros, anillo.
Para entrar al sueño
deja los metales, la ropa,
marcas de una pertenencia.
Un ritual frente al espejo
la lleva al lugar
donde le está vedado verse.
Quieta, tendida entre fibras de algodón,
recorre kilómetros, visita casas que ya no existen.
Un andar que nadie ve
que no mueve las maderas
donde el cuerpo se apoya, desvestido.



http://www.tuertorey.com.ar/textos/2010-archipielago/Raquel-Sinelli.html








 La envoltura, Raquel Sinelli. Del Dock, Buenos Aires, 2012, 56 págs.

por Cecilia Restiffo


Pensar en nuestra casa a menudo nos consuela, sobre todo cuando hemos tenido un día difícil, o estamos en otro lugar de viaje. La envoltura provoca en el lector esa misma sensación, esa certeza que nos previene de la angustia, ese consuelo a futuro que conjura el pesar del presente.

El lenguaje utilizado por Raquel Sinelli (Buenos Aires, 1954) se desnuda para ampliar el espectro de alcance, cada palabra presenta una espesura que no agobia, pero hace volver al texto para entender, para sentir, para mirar otra vez: 



Del otro lado de la pared

Vuelves a oír
a la niña pequeña, de meses,
sentada en la rodillas de la madre;
a caballito, un suave trote y una canción.
La risa se confunde con el llanto
y cuesta distinguir.
Los sonidos atraviesan la medianera
y traen la escena que añoras
Sin recordar, sin saber siquiera
si existió.



El libro se estructura en tres capítulos numerados, cada uno de ellos presenta un plano diferente y exige del lector, una intensidad en la lectura para acompañar el movimiento de los pliegues. En la primera parte el recorrido se produce dentro de la casa: por sus refugios, ahondando en los ritos de un tiempo lejano, se abisma en los recuerdos, en las escenas que constituyen el yo, esas partes de la conciencia que son ejes, que son piedras sobre las que nos edificamos: «La que fui escribía en la cocina: / sobre la mesa de formica / extendía los papeles después de limpiar los restos de la cena». Este ambiente interior no deja de ser natural al ser humano, hay una confidencialidad que está atravesada por lo cotidiano, y es esa perspectiva la que provoca una superación de lo individual en la experiencia, lo que permite que el lector traspase esta intimidad sin sentirse un extraño:



La partida

En la madrugada de la cocina,
todavía oscuro, deja el deshabillé sobre la silla.
Gira y ve a las dos mujeres -una madre con su niña-
aparecidas en el sueño.
Ellas quieren irse
y el forcejeo por evitarlo le tensa el cuerpo.
Cerca de las hornallas
sostiene la postal fugitiva, brumosa,
que no cede, no quiere ser dicha
con las palabras del día.




En la segunda parte del libro, el desplazamiento es al no lugar, hay una pequeña fisura en la envoltura que permite mirar hacia afuera, sin embargo esa mirada se traslada sin espacio y tiempo. Parecería que se inicia una oscilación entre la intimidad y el exterior pero a través del sueño, de la imaginación, de los deseos; es un moverse sin andar, es tal vez correrse a la otra margen del río, es tratar de escuchar los ruidos del afuera que son como «un viento que le va secando el rostro». Este capítulo permite intuir la corteza, la piel, la membrana, la vestidura, con la que la autora acuña las palabras, hay una certeza: el afuera existe, está allí. A veces suave, a veces áspero pero siempre esperando. El afuera puede ser el sueño, pero también puede ser la muerte:



El secreto

Se lleva
como un prendedor del lado de adentro.
Su peso no es material.
Alguien confió, reveló su trama
y las palabras volvieron a ser silencio.

Te lo llevarás a la muerte, dice la sentencia,
como si se tratara de otro lugar.



En el tercer y último apartado, Sinelli asocia algunos elementos naturales a ese paisaje interior que se plenifica y se expande, para albergar a otros personajes que son parte esa trama protectora. Así encontramos a la luna como un testigo niño del amor maternal, y recorremos el cielo con los pájaros que una vecina observa antes de la cena; entramos en un territorio poblado de encuentros y pérdidas, los hijos tan propios y ajenos; o los abuelos que desandaban el trajín en el silencio del aprendizaje:


El regreso

Vuelve al agua, hermana
despliega otra vez
el estilo mariposa.

Brazadas solitarias
entre andariveles,
como de niña
cuando entrenabas
en el Club Gimnasia.

Vuelve a nadar
hasta cansarte
y no escuchar
los gritos de la orilla;
un largo que supere tus marcas
hasta que la tarde cubra la pileta.


La respiración final que propone la autora, está cortada por la cadencia perfecta de la palabra y la experiencia, entonces aparecen las mujeres: las que éramos en los sueños a la hora del té y las que somos a la intemperie de la calle que nos conduce a destino, una calle poblada o solitaria, que exige una envoltura en caso de accidente: «Se ríen fuerte, / sus ropas son chillonas. // En la esquina sentadas / en el umbral de un antigua carnicería / conversan entre ellas / mientras esperan al cliente».

El último poema se espeja con el que abre el libro, ambos se multiplican a medida que nombran y sostienen las partes de un todo que, hacia la última página, en primera persona, se perdona y se permite corregir los errores pasados, para que esa envoltura no se rasgue ni se diluya:



Sobre el camino

Quizá debamos esperar
que la duda macere,
que la intuición
pueda llevarnos de la mano
como cuando éramos niños,

ver opciones, enlaces
para que cada pieza
tenga sentido.

Esto permitiría decir:
no era un error, era necesario.


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