domingo, 14 de noviembre de 2010

1884.- ARMANDO ROA VIAL


ARMANDO ROA VIAL (Santiago, 1966): Poeta, narrador, antologador, ensayista y traductor. Ha publicado: “Cartas a la Juventud” (1993), antología; “La Invención de Chile” (1994), en coautoría con Jorge Teillier, antología; “El Hombre de Papel y otros poemas” (1994); “Ezra Pound. Homenaje desde Chile” (1995), en coautoría con Armando Uribe, ensayos y traducciones; “El Apocalipsis de las Palabras/La Dicha de Enmudecer” (1998-2002); “Elogio de la Melancolía”, (1999), ensayos; “El Navegante” (1999), traducción; “Para no morir tan despacio” (1999), relatos; “Ezra Pound. Poesía Temprana” (2000), traducción; “Zarabanda de la Muerte Oscura” (2000); “El Mito y la Sombra” (2001), novela; “Robert Browning. Poesía Escogida” (2001), traducción; “Estancias en Homenaje a Gregorio Samsa” (2001); “Macbeth”, de William Shakespere (2002), traducción; “Lecturas Anglosajonas,” (2002), traducción; “Fundación Mítica del Reino de Chile” (2002); “This be the verse” (2003), en coautoría con Marcelo Ríoseco y Diana Dunkelberger, traducción. Su obra, aparecida en diversas antologías y revistas tanto chilenas como extranjeras, aparte de haber sido finalista en el Premio Altazor 2001, ha recibido el Premio Nacional de la Crítica (2000), Mención Honrosa en el Premio Municipal de Literatura (2001) y el Premio Pablo Neruda (2002).


LA DICHA DE ENMUDECER.
A LA MANERA DE JOHANNES BOROWSKI

De par en par nos abrieron las palabras.
Las palabras, con sus lívidos desechos,
saltando de boca en boca,
dejándonos a la intemperie,
cambiándonos de soledad.

Nada cede su sitio a este frío,
a esta vasta sombra, a esta noche interminable
de palabras gastando y viciando a las cosas.

Lo sonoro nos invade por todas partes.

Ya no brilla el silencio
desde el fondo de lo oscuro.

Ahora que las palabras nos han arrebatado
la dicha de enmudecer.





DE UN TRABAJO INEDITO EN PREPARACION:
“LOS HIPOCONDRIACOS NO SE MUEREN DE MIEDO”

ACEDIA: RAVOTRIL O.5 mm.

Indoloro ateísmo de todos los dolores,
mi universo, tendido como un leproso,
ya no puede convalecer.
Nos desbordamos muerte abajo
como un océano sin amo
-intento situar el poema
directo a la vena: inoculación y contagio:
un astuto escenario
en manos de un niño travieso.
Retracción más allá de nuestro alcance:
¿se es en verdad el que se es?
Incrustado a esta corrupta servidumbre de palabras
–aunque el signo sea de naturaleza teológica-
lengua mía que pugna por dejar de hablar
-indoloro ateísmo de todos mis dolores-
enfermo imaginario soy:
si la palabra rosa es la ausencia de toda flor
la palabra muerte es la ausencia de toda aflicción.






HIPOCONDRIASIS I: TEGRETAL 1 mm.

A qué todo eso de que
“en mi principio está mi fin”
cuando somos incapaces
de unir el principio con el fin.
La sílabas de una neumonía
-aliento hecho palabra-
asedian
la palabra pulmón
manchando dos vocales en la radiografía:
pero ahora es capaz de respirar su enfermedad,
un lenguaje sin dietas saludables
para que estando en desacuerdo consigo mismo
pueda ser el que es: vapor descendiendo y ascendiendo,
cambiando siempre, uniendo el adentro del afuera
con el afuera del adentro.
Para ello es necesario marcar las distancias:
desenfocarse del espejo
para que no se sienta demasiado a gusto con tu imagen,
proscribirse del papel –aunque todo esto no sea más que literatura-,
enjaularse en los corredores del miedo
y sofocar esas ilusiones que se amotinaron al atardecer
para eludir o engañar el firmamento desvalido de los enfermos
y su bandera desplegada bajo el estandarte de un pulmón alquitranado
que ya no lleva aire a esos labios que gastaron el amor
-el amor que volaba a punta de soplos
como un trapecista inexperto entre distancias demasiado largas-.
El cementerio es más apacible que el hospital, que duda cabe.
Al aséptico blanco de la enfermera, el luto digno de la viuda.
A la dentellada humillante del médico,
la solícita caricia del gusano que saca brillo al hueso
y nos libra de la infamia de la carne.
A qué todo eso entonces.
Si queremos unir el principio con el fin, dice él,
ay muerte, vive de por vida en mí tu minuto de silencio.




HIPOCONDRIASIS II: ALDOL 1,5 mm.

Ahora pide las excusas correspondientes
para “no morir tan despacio”.
Su lógica hipocondríaca lo desdice.
Un incubador de enfermedades imaginarias
sufre ahora la traición de la realidad a su imaginación:
las pústulas eran verdaderas;
las radiografías ya no eran elucubraciones mendaces;
el anonimato de la enfermedad tomaba un nombre
en el quirófano, y el cuerpo, con aquella arquitectura menoscabada,
se transformaba en escaparate
para curiosidad de cirujanos y anatomistas,
cuyas garras hambrientas escarbaron la ebria cirrosis
y sus jirones anclados todavía en un bar,
apegados a la espuma de un vaso triunfante
para empecinamiento de la fe del santo bebedor
que aun sueña con la torre erguida de una botella final,
la bendita babel de todos sus licores,
los aromas esparcidos nuevamente
sobre la plaza despoblada de su cuerpo
para salud y bienvenida a la catadura de la muerte.






BILIS NEGRA: AMPARAX SUBLINGUAL 2 mm.

Yo pinto el rostro humano,
aunque los rasgos no digan nada.
Sobre el caballete de la enfermedad
la tela se desgarra ante el trazo que tiembla.
Mi primer plano es la falta de plano,
la deserción de las ensambladuras,
figuras fatigadas que rehusan la caricia del pincel,
fervorosa amargura de un puñado de colores
que buscan deponer la monarquía del cuerpo
prolongada en la pintura:
rastro sin rostro
rostro sin rastro
a resguardo del cualquier patrimonio hereditario,
costumbre inveterada de un hombre vulnerable
que ignora en la muerte y su abrazo engañoso
–un signo lingüistico del cuerpo-
el presentimiento de órdenes nuevos.
Yo pinto el rostro humano
en imágenes raudas y vacías,
en trazos indecisos donde hay gritos sin bocas
u ojos sin párpados; lloviznando astros extinguidos
para una noche que no madruga
en la aurora anochecida del poema.
Yo pinto el rostro humano
para salvar la palabra amor: saliva hambrienta
en un audaz contrabando de bocas.
Me afano en este oficio
como quien busca descalzo el zapato a esa huella
de lo que nunca queda en pie.




ANAMNESIS REMOTA

Cierro la cortina y apago la luz.
Ya no temo a la oscuridad.
La dejo tranquila: que dispare a mansalva
contra las sombras de la pared.
Tampoco temo a la noche
cuando apedrea el paisaje con unas cuantas estrellas.
Ahora vivo libre de esos mezquinos celos a la muerte.
Se sabe de los tentáculos previsores del ser humano
que desgranan sus miedos en un rosario de creencias o convenciones.
Los maquillajes son siempre equívocos,
con esa dignidad artificiosa que suele envolver a la mentira
cuando ésta es una mera compensación.
El servilismo civilizador de los hombres
es sólo un salivazo estéril llamando a la vigilia
cuando nuestros corazones se han quedado profundamente dormidos.
¿Se puede pasear un "alma hermosa
dentro de un aborto cadavérico"?
Es esta la apuesta de un domador
para quien la palabra debe ser un acontecimiento
y no el registro de un acontecimiento.
Apostar al sismo por un poco de tierra
Apostar a la tormenta por un poco de viento.
Apostar a la marejada por un poco de agua.
Apostar al incendio por un poco de fuego.
Mi pulso de enfermo,
la grieta honda del corazón,
la fiebre que a nadie entibia.
El mío es un libro que ya no puede ser abierto.
Ven y baja por mí,
recoge esta carne remisa
y adóbala para el matadero.



HIPOTENSION ORTOSTATICA

Le hundes la mejilla
y luego meces su boca rebosante de espuma.
Nada desmiente el rito de este beso.
Lengua de mi lengua,
poderosa bebedora de palabras,
aliento entrañado de silencio.
Ay muerte,
mi hija, mi heredera:
el corazón del hombre
se ha ido de aquí.




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ARMANDO ROA VIAL y sus 5 poemas de Zarabanda de la Muerte Oscura
SELECCIÓN, COMENTARIOS Y NOTAS
Por Leo Lobos



1
ES EL VIEJO PHILLIPUS
empañado en el espejo,
ensayando en el silencio el sendero más estrecho,
cuando razones y palabras
ya no arden de su boca.
¿Para qué?
¿Para quién?
Apenas un jadeo.
La noche como un río que se curva.
El húmedo cuchillo de la luna
raspando las tinieblas.
La escritura sin rostro de la muerte.
La espesa neblina de la sangre.
Saturada la esperanza,
Phillipus de Arimatea
emerge de un sueño entrecortado
sin desplomarse todavía,
como un fúnebre acróbata,
en la cuerda más frágil del corazón,
donde ya sólo vibran para él amargos estertores.
El hombre, según Phillipus,
es un pensamiento nihilista en la mente de Dios.


2
SIEGA CADA IMAGEN.
Haz del lenguaje tu propio patíbulo.
Asciende pesadamente sus escalinatas.
Sé el verdugo. Cancela pronto la representación.


3
EN VANO HE LUCHADO CONTRA EL TENAZ INSOMNIO
de mi muerte.
La vida es una asamblea de sombras
Que se inmolan unas a otras.


4
¿CON CUAL DE TODOS MIS AMORES
habré de sobornar a la muerte?
La carne trama y conspira
desde lo hondo: la flema,
el grumo atiborrado de grasa,
el furor del polvo por volver al polvo.
¿Con cuál de todas mis herrumbres
habré de oxidarle la guadaña?


5
SIN ROSTROS NI MIEMBROS VA QUEDANDO.
Las colinas de mi cuerpo se enfrían.
Mi voz se hunde vacilante
en el pantanoso corazón de Dios.


SELECCIÓN, COMENTARIOS Y NOTAS
Por Leo Lobos - Francisco Véjar



Nota de edición poema 1: “El hombre de la era tecnológica es por excelencia un maquillador de la muerte. Sus esfuerzos por disfrazarla se despliegan incluso desde antes de la muerte misma, al buscar retardar los signos de la irreversible decadencia corporal que la anuncia. Por eso, mi zarabanda es una danza de la muerte según la vieja tradición de los autos sacramentales del segoviano Juan de Pedraza y de los manuscritos anónimos del Escorial, una apuesta provocadora frente al juego distractor de una época que ha buscado por todos los medios anestesiar el horror ante la caducidad de la condición humana.” Nos dice Armando Roa Vial en la 4ta.Capa de su libro de poemas Zarabanda de la Muerte Oscura, segunda edición corregida y definitiva. Impresa y encuadernada en Santiago de Chile en noviembre de 2006, con diseño de cubierta de Sandra Accatino, revisión de Paulina Correa y diagramación a cargo del editor Edmundo Rojas y publicado bajo su sello editorial Beuvedráis Editores.

Nota de edición poema 2: Armando Roa Vial (Santiago de Chile, 1966). Su trabajo literario abarca la narrativa, el ensayo, la poesía y la traducción. En poesía ha publicado El hombre de papel y otros poemas, El Apocalipsis de las Palabras/ La dicha de Enmudecer, Zarabanda de la Muerte Oscura, (galardonada el año 2000 con el Premio Nacional otorgado por el Círculo de Críticos de Arte), Estancias en homenaje a Gregorio Samsa y Hotel Celine entre otros. Ha traducido la poesía selecta de Robert Browning, la poesía temprana de Ezra Pound, Macbeth de Shakespeare y, también, la elegía anglosajona del siglo IX El Navegante. Es asimismo autor del ensayo Elogio de la Melancolía, del volúmen de relatos Para no morir tan despacio y de las antologías Ezra Pound. Homenaje desde Chile, en coautoría con Armando Uribe, y La invención de Chile, en coautoría con Jorge Teillier entre otros. El año 2002 obtuvo el Premio Pablo Neruda.

Nota de edición poema 3: Sobre sus influencias nos dice Armando Roa: “Las enumeraciones pueden ser múltiples. Hay autores a los que he traducido y a quienes siempre vuelvo, como Ezra Pound, Keats, Swimburne y Robert Browning; ciertas lecturas provocadoras y estimulantes como Dostoiewsky, Hölderlin, San Agustín, Baudelaire, Nietzsche, Celan, Schopenhauer o Thomas Bernhard. Y cuando se trata de volcarse a otros lenguajes no verbales -quizá por que aquello que buscamos rebasa el estrecho límite de la palabra- siempre apelo a la música, que parece comenzar allí donde la palabra acaba, dando paso a dimensiones sobrehumanas, numinosas, casi inefables, y por eso mismo, abrumadoras. Sin ir más lejos, en varios de los poemas de mi texto "El Apocalipsis de las Palabras/ La dicha de Enmudecer", ensayo un esquema rítmico que intenta aproximarse al sistema de las series de doce notas de la escala cromática ideado por el compositor austríaco Anton Webern”.

Nota de edición poema 4: El itinerario de mi escritura - nos dice Armando Roa Vial - ha sido siempre la bitácora de mis lecturas. Creo en la literatura “ecuménica”, alusiva, en el centón gozoso y mancomunado. En este juego especular de ecos, citaciones y diálogos, el lector podrá reconocer -aparte de las referencias explicitas- diversas máscaras invitadas a mi ZARABANDA: René Char, Octavio Paz, Olga Orozco, Helmut Swinburne, Alfred Tennyson, G. M. Hopkins, Edward Cummings, T. S. Eliot, Charles Baudelaire, José Angel Valente, Juan Luis Panero, Carlos Marzal, Gottfried Benn, Emil Cioran, Jorge Luis Borges y Cesar Vallejo.

Nota de edición poema 5: Los títulos latinos Sarcophaga Carnaria y Tenebris Ipneus de Zarabanda de la Muerte Oscura aluden a la nomenclatura médico-legísta de las etapas evolutivas del cadáver en su proceso de descomposición. Pavana Lachrimae se basa en el cuarteto Los Ángeles Negros, del compositor norteamericano George Crumb. Phillipus de Arimatea es el reverso de José de Arimatea, y Julius Sordello es una réplica a Sordello de Mantua, el poeta inmortalizado por Robert Browning.

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