sábado, 14 de agosto de 2010

TERESA ARIJÓN [438]


Teresa Arijón 

(Buenos Aires, 1960). Poeta y traductora argentina. 

Publicó, en poesía: 

La escrita (1988), Alibí (1995), Orang-utans (2000, con Bárbara Belloc), Poemas y animales sueltos (2005), Os (2008) y Óstraca (2011, poesía reunida). Otros títulos: Teoría del cielo (1992, con Arturo Carrera), El libro de las criaturas que duermen a nuestro lado (1997), Puentes/Pontes (2003, primera antología bilingüe de poesía argentina y brasileña contemporánea), El perro continuo (2009, con Manuel Hermelo), Otra línea de fuego (2009, quince poetas brasileñas ultracontemporáneas) y Teoría y práctica de la tragedia (2012).

Entre 1994 y 1998 editó, con Bárbara Belloc, La Rara Argentina (hoja de divertimento y cultura para mujeres). Tradujo, entre otros, a William Shakespeare, James Purdy, Tennessee Wiliams, Patti Smith, Isak Dinensen, Susan Musgrave, Fernando Pessoa, Clarice Lispector, Angela Melim y Ana Cristina Cesar. En 1995 participó en el International Writing Program de la University of Iowa, EUA. Entre 1999 y 2001 dictó, junto a Diana Bellessi y Arturo Carrera, el Taller de Poesía de la Fundación Antorchas. Entre 2001 y 2002 realizó la edición de Puentes-Pontes, primera antología bilingüe de poesía argentina y brasileña contemporánea. En el año 2004 escribió, con Manuel Hermelo, la pieza teatral El perro continuo, inspirada en textos y dibujos de Ludwig Wittgenstein. Integró el Consejo de redacción de la revista 18 whiskys.




Teresa Arijón, poemas de su libro Óstraca (poesía reunida), Buenos Aires, Curandera 2011



Parte III 

tamborcito tacuarí

Para un poeta así, lo mejor sería hacerse soldado.
                                                           Marina Tsvietáieva


•)
contar la historia como quien cuenta
los hilos de un monograma bordado,
la embestida trapera del puñal,
la vaga exaltación del alma en su noche oscura —
promesa incumplida de un destino
que va del polvo al polvo.


•)
encendido está el viento — con paciencia
persistente lleva chispas furiosas
que formarán hogueras —
vueltos ríos de fuego arderán los pastizales,
entre los alaridos de los monos pequeños
y el vuelo de los loros en bandada.
como si cargara un costal de arena, una bolsa
que por su volumen esconde una trampa,
el no nacido llega al tope de las casas,
el límite furioso, el alambrado, el agua.
un animal en celo recorre los ijares del centauro
en el cielo profundo de la pampa —
revela en rebeldía los cascos orbitales
la ensoñada pasión de la flecha
que no dará en el blanco.


•)
enredado en los fueros de la patria,
cimarrón sin traílla, la pelambre salvaje
a manotazos —
el no nacido inicia su carrera sobre el llano.
siempre de cara al sol y a los salares,
a la extensión deseada donde luego habrá alambrados —
límites tendidos por los esclavos de la guarnición,
los rasos sin sosiego que empalman, pesarosos,
el via crucis del cuerpo.
como si fueran rutas, caminos
hacia nunca.
cabos sueltos.


•)
sabe que más al sur están los témpanos —
lo más blanco del blanco —
recorre paisajes dislocados —
trazados de rieles
veloces siempre vacíos.
solos, algunos árboles salvados de las tormentas
puntean el desierto negro
arrasado por vientos del oeste.


•)
el que no nació y empero
olfatea con saña, como perro o hurón
la historia de un país —
los hechos inasibles,
el cánon siempre inhóspito que cifra realidades
contenidas en voces, en cielos, en temblores —
itinerarios lanzados al pavor de la llanura,
la pampa bárbara de las múltiples conquistas,
del malón
y sus noches estrelladas.
(…)




De: POEMAS Y ANIMALES SUELTOS  (Buenos Aires, pato-en-la-cara, 2005)


•)

Siempre amé a los que amaban la tierra. Por ejemplo,
a los cazadores de jirafas del desierto de Kalahari, que ven
en las manchas del pelaje las de la luna, y en la carrera 
atroz
frente a las lanzas la estampida de la propia muerte.
Siempre admiré las raíces de los árboles, pero más
admiré las ramas, y más aún las hojas y la flor perecedera.
Lo que se va y no queda
sino en el ojo de la mente,
o en el alma, según la religión.


•)

Todo fue escrito. En Singapur ofrecen
un banquete a los monos durante dos días;
el resto del año se ven obligados a mendigar
o a robar comida. Así, quisiera para mí el festín —
la gratuidad de la escena pública, ofrecida.



Lawrence Ferlinghetti

Dice que envejece y que percibe
que la vida se muerde la cola,
ouroboros en la frágil insistencia de la luz.
Dice que envejece y ya no compite
por el limbo inmortal de las palabras
y que ahora, bajo la piel rugosa y las alas
que el viento abrió en sus ojos,
el único desafío es el cielo.
Dice que envejece y que no ignora
que las puertas se cierran y se abren con rítmico abatimiento.
Que va a leer lo que no sabe en el caparazón de una tortuga,
en la constelación salvaje que alumbra la pampa salvaje,
en el sonido que el cielo se traga
y devuelve en ecos.
Dice que el poeta es un pescador
para quien el cielo está despejado
aun si está cubierto.



Gary Snyder

Rastro de conejos
rastro de ciervos ¿qué sabemos?
¿Qué sabemos en la noche helada
bajo los pinos,
recitando el poema de Leopardi
con memoria vaga, viendo
las estrellas limpísimas que acaso
anuncian la aurora boreal?
Rastro de osos
rastro de linces ¿qué sabemos?
¿Qué sabemos cuando la nieve quieta cubre los vidrios
y sólo se oye el sonido del cielo, afuera, lejos?
Rastro de alces
rastro de nutrias ¿qué sabemos?
¿Qué sabemos a la mañana siguiente, en cuclillas,
contemplando el lago donde el zorro se mojó la cola
sólo para demostrarnos que hay cierta verdad
en las palabras?



Amor

I

No cabía en sus manos, no cabía en sus pies, no cabía en su 
alma cuando vino. Como una cebra montaraz, pequeña, como 
el pelaje de una oveja descarriada. Como escribir un poema 
en la mañana fría; como no escribirlo y dejar que suceda.


II

Deshizo para siempre el emblema de la memoria e incendió 
las tierras alambradas, buscó el néctar pasado entre el humo 
y no encontró nada. Antes de irse, rompió el cántaro y selló 
la fuente.


III

Vino y trajo el mundo nuevo, y hablamos de ciudades como 
cartas marcadas, de Praga y de Lisboa y del tren que nos 
llevaría a Cascais mientras leíamos como si fuéramos un 
poeta cetrino y su fantasma. Como si fuéramos la piedra y 
la honda. La taza de plata de la que bebe el ogro y la medalla 
de oro que luce la ogresa. Lo que se oculta y nombra. Lo que 
nombra y lleva.


IV

Vino como el tumulto salvaje del corazón salvaje, y me hizo 
conocer el relámpago y la selva verdadera, y olimos el aire de 
una gruta donde duermen murciélagos centenarios.
Vino para hacerme tocar el río austero, enemigo y reflejo del 
cielo. Vino para nombrar a Héspero, la mirada del vigía 
en la tormenta, el filo del cuchillo en la penumbra de una 
casa ajena.
Vino para secar el mar amargo, para que la sagrada espesura 
del bosque vuelva a cerrarse, para que el lobo rompa su 
clausura como quien congela el metal de un candado
y lo parte en dos.


(…)

Hasta que la muerte nos separe
de este cuerpo mortal, quedan un par de cosas por hacer.
Por ejemplo, dejar que la cigarra cante su canto
por enésima vez este verano
y no contrariarla. No leerle la fábula de la hormiga
precavida y rencorosa que, en vez de cantar,
eligió alzar un imperio.
Después, todo queda en la vidriera.
Hasta el sol de las mejores mañanas.
Después, no hay un mañana mejor.
Ni hay mañana.



Amor

¿Seré acaso la campana que soñaste,
ese fragmento de materia ciega
venido de otro tiempo para tañer despacio,
opacamente y solo —tal vez— para tu oído?
¿Seré ese caballo desbocado que sin freno
atravesó el paisaje en pleno mayo
para caer a tus pies?
¿Ese destino esquivo
de una campana antigua y su leyenda?
¿Un caballo en el fondo de un pozo
en la noche perfecta?



De: ALIBÍ   (Buenos Aires, La Rara Argentina, 1995)
+ OTROS POEMAS DE LA ÉPOCA

•)

Ahora
queda, como un jirón de seda,
la gota en el fondo de la alberca,
las hojas
que dan rumor al viento,
el movimiento
en la estela, y las horas
de la abeja.


De: Ars poética 

(2001)

Que el poema sea, como en el sutra, revelación de lo evidente:
“no hay luna en el agua; la luna que se ve reflejada 
es creada por el agua”.
Como los budistas contemplan los mundos: llama vacilante, 
sombra, eco, espantapájaros.
Como el espejo reluciente del zen, 
que en ningún lugar resplandece.
Como el puente del koan, que fluye donde el agua no fluye.
Como el canto de las ranas y la luz de la luciérnaga.
Como la lluvia, como las primeras marcas 
de las gotas en la tierra seca.
Como la hiedra falsamente infinita que desemboca en el 
castillo del ogro. Como la ogresa medieval que amamanta
al lobo. Como el lobo feroz que lleva su corazón de tela 
cosido en el pecho.
Como el regalo en la tradición japonesa — la caja que puede 
contenerlo todo, es decir nada — “suspendido entre dos 
desapariciones” (la de quien lee, la de quien escribe).


(2007)

la disciplina del campo,
el manso afán de quien excava y encuentra
tierra cada vez más fresca.
aprendices de la oscuridad, las liebres
roban lo que ha sido cultivado, desconocen
el principio de autoridad. Refractarias
anhelan el orden generoso que los cultivos proporcionan,
áspera luz que recorta o define el futuro.







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