domingo, 6 de enero de 2013

JAVIER FLORES LETELIER [8962]



Javier Flores Letelier (Chile, 1982). Es uno de los fundadores del Colectivo artístico cultural Río Negro, editor de la revista homónima y de la Revista de creación literaria La Ira de Morfeo.










Para recorrer la caverna

Cuidamos del animal herido-
no habrá descendencia
después de que el pueblo sea tomado:
los niños que lloran de hambre
son matados uno a uno
por regla hasta antes del amanecer.

Ayudamos a la que tomamos por nuestra cría
a reconocer en el sueño profundo
la respiración de las fieras que perecieron en el frío,
a entrever la ceniza en la tierra conquistada
por la que alguna vez llegó caminando descalzo hasta acá
con los pies cortados y gritando nombres.

Dejaremos los refugios
porque ya no tiene sentido agonizar lejos de los gritos de la gente;
y él – portavoz de los muertos, completo de su sangre-,
tendrá la razón para dar nueva vida
y caer exigiéndola
como un todavía joven homicida
que mirándose las manos pálidas y rojas 
con confuso cariño ve aparecer frente a él
todos los rostros de los seres de la inocencia
pidiéndole quemar la ciudad.






Del frío de la fe

la sangre en las fauces de la bestia
su memoria, el hambre de ver en la oscuridad
la caída del niño poeta y la creación del alma del criminal
en esta gran avenida iluminada
en la que los adolescentes y los viejos
sueñan su suerte cada nuevo siglo,

la niña pequeña concentrada en el sonido de los golpes
desde el otro lado de las almas de los muros
obligada a responder que es la mujer culpable de no albergar 
toda la violencia en su vientre como dicen las escrituras
y por no ser la agradecida superviviente para todas 
las jerarquías innombrables, 

el habitante de la frontera que juró destruir la ciudad con sus manos
si no volvía a ver a los espíritus de sus hijos
anunciar algo coherente que le pudiera dar de comer otra vez 
como lo hizo el pasado amor a la inmortalidad
con la posibilidad de no ser un muerto de la guerra
y la certeza de que ningún líder
poseyera la explosión de su muerte,  

las historias de los niños asesinos 
que recordaron la ira esencial 
del pacto obvio pero oculto del juego de sus hermanos 
y que fueron callados con el trabajo letal
de cavar las zanjas que separan y distribuyen el veneno de los pueblos 
se evocan para sentir la lejanía durante algunos minutos de paz.

los hombres solos en los portales de las iglesias cerradas
no esperando por el inicio de la vida 
toman lo que les pertenece.
se es más la ausencia
de los seres queridos:
contemplo el débil resplandor
y el filo del puñal, 
los objetos mundanos en la penumbra
son obvios y descifrables
habitables sin necesidad 
de la luz
quizás por el resto de los años. 






El Mañana 

Y si estuviera enfermo, ¿me cuidarías hasta mi muerte, amigo?
y si nunca sanara, ¿verías mis ojos amarillos día tras día?,
cuando tu mujer mire cansada por la ventana,
me culparías de pasar demasiado tiempo con ella…
¿Recuerdas quién era el fuerte?
¿Recuerdas quién era el fuerte de los dos?
Uno de nosotros tenía cierto temor que lo paralizaba,
cierto temor que no recuerdo.
Uno de los dos tenía cierto amor imposible,
y ella fue a buscarme y lloró de desprecio,
fue a buscarte para decir que se iba y que no la buscaras,
partiría a un mundo en donde hay dinero fácil
si es que aceptas las reglas del juego,
si le das a todos lo que quieren
y lloras con ellos en sus corazones cada vez que lo hagan,
lloras de emoción como una artista en el escenario,
bebes hasta despertar con la mente en blanco y odiando el pasado
Ese es el futuro inevitable, uno de los dos caerá antes
y no importa si luchamos o no
por encontrar la pasión de nuestras vidas,
la encontramos de todas formas, fue fulminante mientras duró.
Ese es el futuro inevitable, morir juntos como mártires,
o morir armados y condenados por el mundo,
como amigos del silencio traicionados por la espera del tiempo.





Dejar la ciudad.

Dios me hizo un animal del desierto, semejante a él, 
a cualquier rostro,
a los rostros de las llamas que aúllan en los portales 
de las cuencas de los océanos.
Despierto ebrio en la madrugada, él despierta conmigo.
Salivo en mis labios partidos y su presencia los amarga.
Mis hermanos, a cada uno de ellos los escucho gritar esta noche
 por salvación;
no puede haber paz en el corazón de un imperio...
soy un hombre creyente, y he ya pagado el daño que he hecho
a lo único que me importó en vida; que una mujer joven hiciera poner
mis manos sobre su espalda débil y enrojecida por el frío;
tener un camino por donde volver iluminado por la luna
desde los golpes en el bar, la miseria de los siglos,
el recuerdo de la mujer piadosa y su sonrisa de fuego
hasta el cementerio para ver los ojos de mi padre,
nuestro gran padre, cerrarse otra vez en el final del camino
entre las grietas de los montes donde duermen tranquilas
las criaturas más crueles que se puedan imaginar...

Para alcanzarte esta noche, debiera dejar el alcohol.
Para alcanzarte esta noche, con mi presencia incandescente
con la que desgarro mi garganta en cada sorbo y salvarte 
de una muerte indigna,
de ver mi rostro destruido en los sueños,
debiera ser ahora la última vez que te convenzo para hacer el amor
con las palabras, con la rabia de las palabras
que llevan a dos personas a buscar sus rostros,
me aconsejó con el cariño y la desesperación de un padre al borde 
la muerte el sacerdote al que visitaba los domingos para ver nacer 
de sus manos el relámpago que encandilaba su temeroso rostro,
el de nosotros viendo en las miradas entre la niebla y los destellos 
de tibia oscuridad en los cuerpos desnudos de ángeles hechos 
de mármol, sangre y rosas,
en los labios y mejillas el color del pudor y la resignación,
la rabiosa voz de la fe.
Creímos en el poder del canto de las bestias redentoras del frío cruel 
de las iglesias, que la fuerza de los pechos de los muertos
está en la voluntad de las armas de los pobres, escuchamos 
venir el mar mercante,
la tristeza, la pasión, el misterio del alimento de las ratas,
la sotana que entre las sombras nos entregaba el lugar
donde llorar a los seres queridos fallecidos y desenterrados
que aún nos hablan dolientes en las cruces de nuestro trabajo diario.
Los recuerdos de la vida pasada son intocables, el deseo
era algo desesperante que no tenía nombre, recuerdos 
que se convertirían en eternos
por el esperado secreto que tenía Dios con las mujeres
viajando por el aire entre los vestidos, como la calidad de los venenos
que antes de matar, dejan el espíritu exaltado
con las profundas voces de los cuartos oscuros...

Esta tarde estabas triste, te veías cansada, ardiente y soñolienta,
habías esperado en vano la noche de mi suicidio
y el reencuentro con mi voz aguardentosa,
el reencuentro con esa vieja mujer que rodeaba el cementerio
y que se parecía a tu madre, el milagro en tu velador, el amanecer
después de contarte los secretos crueles por los que agacho
la cabeza entre tus manos esperando ser juzgado 
por algún animal de las sombras...
Diez años atrás, cuando aún era algo más joven que tú
y estaba frente a nosotros el silencio que llenar
con baladas, sexo y nostalgia, las mismas calles de toda la vida 
que volver a construir para correr a abandonar los derroteros 
en las esquinas del agua de lluvia estancada
en los inviernos en donde detrás de la calidez de la conciencia 
dormida hablábamos en silencio de la vida y la muerte, 
de la tierra húmeda y de la sangre de los corazones.

Diez años atrás, cuando todo lo que tenías eran tus esculturas 
apiladas en una bodega demostrándote en secreto el arte contenido 
en los animales cansados,
tus párpados violáceos después de llorar por la impotencia de no poder
agarrar el mundo con tus manos, sobre tu ombligo y hacerlo arder 
con tu pasión,
cuando mi piel era pálida y mi dorso ágil y mis pensamientos 
debían servir al bien que se esconde detrás de los corazones, 
a los corazones que se esconden detrás de los objetos, 
a los objetos de la memoria que tienen su propio olor.

Diez años atrás, cuando me hablabas de tu padre desaparecido,
al que extrañabas y que fue exiliado por su cariño
por el trabajo con la madera y por todos los espíritus
que descansan en las manos heridas que persiguen las vetas.
Cuando te hablaba la voz de mi padre, el castigo de la vergüenza bastarda,
la angustia de lo divino, el poder de los elementos,
ese hombre sonriente, grave y sarcástico,
músico frustrado, jugador reprimido
que preparó su juventud levantando durmientes abandonados
de las estaciones de ferrocarriles; en ese entonces, no hubiera sido 
casualidad encontrarte en mi camino, encontrarte en mis vicios,
en la carga cegadora del aire antes del anochecer 
y en las imágenes del desierto;
no teníamos que sacrificar nuestras vidas, nuestra dignidad,
para comenzar a olvidarnos...
has logrado tenerme en vela mirando las calles,
en mi mente las cordilleras y los montes demolidos por la persecución 
ansiosa para alcanzar a los animales que en sus estómagos 
tendrían el valor del polvo milenario,
has logrado cansarme el cuerpo, despertarme el deseo; despertarme 
el cuerpo, cansarme el deseo, de todo, de estar vivos,
he comenzado a dormirme triste y tranquilo, hablar con la oscuridad,
llorar en libertad como los niños, pensar que nacimos dueños 
y castigadores
del mundo que no conocemos, cuando sólo necesito un trago...
que te acerques con otro nombre para pedir un vaso hasta el tope,
un lugar donde dormir, hablar ebria, regalar los objetos coronados
de tu ropa;
confiar, confiar, confiar...

Tengo rabia, el resto de los animales no podrán volver a escucharnos...
por qué detienes mi embriaguez, por qué no me dejas pelear 
cuando alguien pretende que puede despreciar tus vestidos.
Pon tu mano sobre mi espalda, en los rincones de la carne desgarrada,
el frío del viento es igual entre los árboles, la muerte cruza igual nuestras 
vidas armándonos de nombres y fuerza en nuestros pechos,
el agua del mar envenena la carne entre los pliegues de tu piel
cada vez que cierras los ojos y no quieres ver el día terminar otra vez...

Lo que estoy pidiendo, es que devuelvas el alma que robaste de los rosarios,
devuelvas mi alma al pozo negro, donde el elemento de las águilas
parece susurrar la palabra padre...






Animales del amanecer 

Cree en tu pasión, los astros se extinguieron
hace millones de años y pronto descubriremos
a las crías perdidas en la niebla
que irrumpían en nuestros sueños después de hacer al amor
pidiendo salvar sus pequeños y enfermos cuerpos sabios
movidos por el corazón de la ciudad,
llorando en nuestros pechos abiertos por sus furiosas y frágiles garras
también en otras épocas en las que no pudimos salvar
a nuestras familias de las pestes y la locura,
en la luz intermitente del presente que llamea en el iris
cada vez que nos acercamos al origen de nuestras cicatrices.
Mira la luz que viene del sol y llega a los ríos
sentirás el flujo de tu sangre y conocerás la extensión de la tierra
los escritos de las criptas de cristal donde los cuerpos opacos
beben de las aguas del mar primigenio.
Nada habrá cambiado desde la sangre de la primera herida,
sólo la máscara del demonio
con la que recorremos los pasajes nocturnos,
la razón de las constelaciones.
Los colores de nuestra alma habrán de volver al mar
como toda la madera desperdigada en los campos y barracas,
como cada ánima rebelde que narra en las paredes de la ciudad desbastada
la nueva vida que el sol le ofrece;
la fuerza del regreso, las visiones de las antiguas guerras oceánicas
en la vigilia de los refugiados,
la ira con la que abrazo al agónico;
todo vuelve a suceder menos tú, sedienta cáscara del mal,
la pérdida del miedo a la sangre en la oscuridad.

Cada espíritu en la niebla tiene su pueblo y tiene su aliento.
Los animales indómitos que esperamos
que nos rescaten del depredador escondido
permanecen erguidos bajo el temporal, escuchando cada uno 
de nuestros pasos
la inocencia de la agonía de la última hora en la tierra,
siguiendo cada rama que se quiebra en la búsqueda
de las piedras del sol muerto,
cada fractura resonando en el eco de las cavernas…
Antes de alcanzar el poder de las garras de nuestros salvadores
veremos nuestros cuerpos transformarse,
nuestros sentidos unidos en una sola luz frente al rostro de la bestia.
Anoche en los sueños pude ver a mi padre después de quince años
de pesadillas con mis hermanos y las dagas escondidas
con nuestros nombres inscritos…
Se derramará sangre, y será la tuya, has dejado de estar en mis ojos
y ahora eres el espectro del pavimento
esperando la hora de la revuelta nocturna.
Estaba viejo y se veía derrotado, no quiso hablar más;
esperaba de él un beso en la frente como el signo que creía en la niñez
aceptado como recíproco por los desahuciados,
esperaba que nuestra fe sanara las expresiones de dolor
de los cuerpos extintos a nuestro alrededor: esperaba por el caos…
Frente a las constelaciones,
seré juzgado al finalizar la noche de mi juventud sangrienta
por el barrio que me vio nacer y alejarme hasta el delirio 
con la justa eternidad,
en nombre de lo que logremos entender, despiertos y heridos
de la fuerza y la angustia de las siguientes generaciones.

Permanece en la persistencia de tu sangre, sigue tu intuición,
los rumores de que la peste avanza
se extienden por todo el mundo y el credo de los líderes enferma,
los hijos ya no creen haber tenido alguna vez un nombre
y preparan lienzos en la plaza nocturna,
con todos los colores de sus cicatrices.
Permanece en la persistencia de tu sangre,
sigue tu intuición, sabes que las hogueras están prendidas
justo a esta hora, sabes que los más jóvenes lo entienden
desde que vieron llegar una noche
el rostro demacrado y asustado de su madre
mientras el sonido de los balazos lejanos
se acercaba cada vez más y la frente de ella se inclinaba
como un animal de la luz
encarnado en su descendencia,
que los viejos lo recuerdan con los ojos rojos de carbón
de trabajo ensangrentado
resistiendo las amenazas y la tristeza
del planeta que se eleva como un dragón negro
hasta el fruto del la conciencia flamígera
en los ojos de los transeúntes.
Seguimos esperando el testimonio irrevocable de los muertos
nacidos de los esteros de los cuerpos secretos,
los sueños con los consejos de las sabias calaveras,
el conocimiento de los ocasos grabados en los metales de la penumbra.
El cuerpo desnudo y herido libera el calor
que comunican los recuerdos en el espacio.






El camino al pueblo oculto...


Los hambrientos han dejado el silencio
y nos han hablado
acerca de nuestro creador,
Ven a ver esta noche quién está llamando
desde fuera de los dominios,
no son tus peores miedos
en la voz del padre de los sueños,
es el ruido metálico de las aves nocturnas
haciendo la revolución…

Toma mi mano, no me mires a los ojos si no quieres,
recuerda que soy un hombre enfermo con los días contados…
Toma mi mano, he venido a sentir el calor de tus lágrimas
prende una llama que enfrente el reflejo de tus pupilas 
en la oscuridad, y mírame arder.
Piensa que estaré bajo el mar, en cualquier lugar donde mi rostro 
ya no tenga valor.
Decidirás continuar buscando tus raíces…

He construido mi propia miseria
creo que me revela una luz que brilla en el cielo,
pero aun así no puedo dejar de escuchar el grito desesperado
que lanzan los fieles cuando encuentran los milagros
en el castigo de las figuras envueltas en llamas en cada sueño nocturno
y en cada despertar entre lágrimas;
la lealtad entre los esclavos,
la lealtad entre los esclavos; recuerda el amarillo de la piel,
la serenidad después de que las heridas paraban de sangrar…

La solidez natural de la carne de las manos
será para los que cumplen el deber de enterrar con su propia fuerza
a un amigo que fue su padre,
la enfermedad y el destello sobre el granito
que cubre los huesos, la carne y las piedras
en donde se alimentan los cauces de los ríos
hasta las cuencas cercanas al centro de la Tierra
en donde crece el pulso de los corazones que estallarán
justo después de haber procreado,
el perdón y la rebelión ante los secretos que forjaron la forma de caminar,
la sonrisa de quienes te pueden traicionar y robar la vida
el amarillo de los ojos enfermos, de la ternura y de la piedad;
honra a tu madre, la fatiga de recordar tu nombre
hasta la adultez de los cuervos que desprenden la carne de tu espalda.

Necesitamos un nombre para permanecer en silencio frente al fuego
No puedo seguir creyendo más, no quiero creer en el trueno 
al que mis abuelos temían,
los espíritus ya están en el círculo esperando por la noche,
mi corazón se agita con las luces de los montes, con tu cuerpo 
desnudo en la ventana…
debo saberlo, dormir con el mismo miedo de siempre, 
para la serenidad de tus manos,
despertar en las mañanas dentro de mí, para el alma que desaparece,
para nuestros nombres en el eco de los templos de roca junto al mar
en los que los murciélagos conciben sus mundos frágiles y secretos.

El sudor bendijo las frentes de los refugiados,
entre el sonido grave del viento en las plantas
y la imagen cegadora de las inscripciones lapidarias.
Los ojos cansados de las aves nocturnas,
espiaban el mundo que pasaba ardiendo bajo sus garras,
el fuego tras las visiones de las cruces negras en la oscuridad,
el fuego levantado por los cachorros, dormidos con el polvo 
en sus narices respirando el dolor y la miseria en la carne
 desgarrada de los compañeros.

La esencia cálida del carbón en el viento
tocó la frente del condenado antes del sonido de los disparos,
su muerte dispuesta ante los ojos de aves extrañas, 
rasgando en la madera pálida
de las habitaciones abandonadas donde el retrato del dictador 
enmudece
y envenena la sangre de los que aún pueden correr por sus vidas.
La sangre llenó la visión de la luz debajo de cada roca,
las alas imaginarias de los terrenos desbastados,
el ruedo del alma de las máquinas
impregnadas con el olor de los alimentos descompuestos
que las criaturas perseguidoras del sol de la frontera
cargan como el aliento del fuego consumido en la última piedra 
de la ciudad.

La aurora del humo en el polvo se carboniza en mi vientre,
y los que han sobrevivido observan sus cicatrices
como a imperios malditos que no desaparecerán,
en un dolor agudo los ríos se derrumban en la madrugada
en los huesos y en la calidez de la carne como puñaladas ciegas…
la memoria es una bestia más grande que cualquier fuego
que se pronuncie para acallar esos ríos,
los demonios de los recuerdos acarician el espejo
y las velas se prenden para recibir las lágrimas de las sombras;
el río y el color de mis venas, el rastro de la sangre seca en el pavimento
después de las peleas de barrio,
después de las luces que el alcohol
roba de los nombres de los territorios desolados
y se encuentra la paz momentánea, el amor eterno,
el amor que nos dejará, el amor que no nos atrevemos a pronunciar…
el río y el color de mis venas,
es lo que puedo ofrecerte para ser el padre de tus hijos,
es lo que puedo sacrificar de las sombras de los animales
en los caminos de tierra, en mis recuerdos como hijos del sol
y hacer volver a nacer la lluvia
apretando tus manos y enfrentándote a los ojos,
confiarte el secreto del viajero rebelado del que todos hablan
como el hijo de la tierra,
o como el mito que los guardianes de las fronteras
enfrentan cada vez que empuñan sus armas,
su final, el final de sus ojos violetas por el mundo de recuerdos
reflejados, derrotados y soñadores por la pérdida de sangre
en su decisión de enfrentar a la justicia humana
con el color de la sangre que no distingue las heridas del cuerpo
y del alma dando el poder a sus niños que rogaban al cielo y pedían 
al mar salvar la existencia de las sombras de su padre 
ante cualquier consecuencia.
Volvería a vivir todo este destierro por cualquiera de ellos;
recuerdo el fuego del cansancio de su voz
cada vez que me alejo de las luces de la ciudad
para buscar la tierra entre la oscuridad de las noches de aire 
frío y fuegos fatuos
a la que llegaron los conquistadores perdidos
en las sombras de las trazas de sus manos,
destruyendo todo el nuevo mundo que abrían a su paso,
forzando la voz de mujeres mal heridas
intentando encontrar en los dibujos de sus vestimentas ultrajadas
las voces de sus hombres todavía invocando el alarido del cielo
desde sus corazones cruzados por las mismas armas construidas
para proteger el alma de los hogares de la memoria eterna
de las guerrillas bajo las tormentas…





La Ira de Morfeo

el recuerdo vital
de los cuadernos de dibujo y poesía
de la adolescencia,
el aliento alcohólico y cansado
en las calles interminables.


el frío de esta noche te matará
anuncia la luz del padre protector,
se revelan las aves nocturnas,
la ira de los cuerpos eternos.


el frío calcina mi carne en la cripta de los cristales
y en la caída de las almas
se funde en una sola sangre.

                       he despertado.



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