domingo, 6 de enero de 2013

GERMÁN ROJAS [8963]

Fernando Sabido Sánchez y Germán Rojas en Santiago de Chile



Germán Rojas (Santiago de Chile, 1950) 
Ex alumno del Colegio San Ignacio, forzado al exilio en 1974. 
Vivió en Noruega donde estudio Ciencias Politicas en la Universidad de Oslo. A fines de 19977 se radico en Roma al ingresar a la Organización de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación (FAO). En 2006 fue nombrado jefe de la Oficina de Información de la FAO para España y Andorra. 

Ha publicado: “Maria, maria”,(Prologos de Daniele Giancane y José Antonio Viera-Gallo), Ediciones Chile y America, Cesoc, Santiago de Chile 1988, y “El Arbol quebrado.” (Prologo de Raul Zurita) Imprenta Vértigo, Santiago de Chile, 1999. 

En 1987 obtuvo el Premio Nacional de Poesía “Vittorio Bodini” de los poetas de “La Vallisa” Bari, Italia, 1987.





CARTA
                                                                                               A Mario Bennedetti

Hoy ha llegado a mis manos
La carta en que me dices
Con honda pena
Que debes vender
“La casa donde creci con mis padres….”
Me suena a sueño.
Yo en mi vida he vivido en 56 casas,
Incluida la cárcel.
Me habría gustado tener una casa
En la que hubiera crecido con mis padres.
Me gustaría haber tenido un patio y una higuera
Pero cuando sali expulsado de Chile
No me quedo mas remedio que imitar a Mario Benedetti
Y girar por tierras extrañas con un ladrillo en el bolsillo
Para mostrarle al mundo como era mí casa.
Un ladrillo apenas
Sin puertas ni ventanas
Sin patio y sin higuera
Sin un rincón que acogiera los abrazos.



[del libro María-María]



Madre 

Déjame llamarte dos veces madre,
madre-madre
como te dirían los habitantes originarios de mi patria,

porque eres madre-tierra y madre-luna
materia y espíritu
fecundidad y crecimiento
sustento y enseñanza,
eres presencia y sombra
roca y luz,
eres todo y nada
porque la nada también es infinita,
eres en una palabra madre
porque aún no existe ese otro vocablo
que yo, a lo mejor, inventaré para tí algún día.






Ternura

Ternura es sentir el rumor atropellado de más de mil corceles blancos 
en tu pecho
y tu ser habitado entero por el alma indomable y 
masacrada de todos los búfalos del oeste americano;
es percibir el galope alegre de todos ellos juntos en tu sangre
dándole alas de pegaso mitológico a tus ojos de niña;
es correr unidos de la mano, galopando también
al ritmo enérgico del corazón más poderoso,
por las calles de nuestra ciudad
que iluminas con tu sonrisa inacabable de arcoiris infinito;
es notar tu temblor pequeño, resistiendo estoica como lo haría la última 
hoja en el último otoño
estremecida entera por el batir furioso del viento;
es el estallido festivo de tus ojos radiantes
que opacan la pirotecnia de artificio más inimaginable de esta tierra;
es ver que tus suspiros profundos y agitados se ensanchan
como queriendo absorber todo el oxígeno del mundo de una sola bocanada;
es descubrir que de esos diez dedos que se acarician dulcemente,
jugando coquetos, reconociéndose, aprendiéndose mutuamente de memoria,
cinco me pertenecen y los otros son todos hermanos de tu mano;
es comprender que ellos son símbolos de lo que los dos queremos,
porque los míos te envuelven protectores, delicados, sensibles, presurosos,
y los tuyos se agazapan y recogen aceptando risueños la protección deseada.
Es saber, además, que todo esto es compartido
porque cuando tú galopas yo galopo y
cuando tiemblas lo hacemos juntos.
Es no pensar más allá del momento único
en que se tiene la certeza que la vida nuestra
cabe entera en un segundo.
Es volver juntos a ser niños y jugar a lo prohibido.
Es compartir este secreto en el ángulo más íntimo de una sala oscura.
Es advertir que tus ojos juegan con los míos,
divertidos, como cuatro cómplices traviesos.
A todo esto las golondrinas dan el nombre de amor.
A mí me basta llamarle,
simplemente,
ternura.                 







Anunciación 

Fue en el tiempo pretérito,
el de los vientos innombrados,
edades minerales, ligeras como piedras lunares,
tiempo de confusión, germinación y trilla apresurada,
cuando hiciste tu aparición, sirena meteórica,
vestida de desnuda primavera,
en mi vida vacía, desértica, errabunda y chata,
como extensión inmensa de pampas invioladas.
Cual desmañado cachorro de lobo marino
que se aventura en el mar por vez primera
me aveciné a tí con mano trémula,
a reconocerte, a palpar todos tus perfiles,
a adivinar tu nombre,
fugaz mensajera, de antes de María.
Me cogiste de la mano como a un niño,
recorrimos juntos las espesuras y los valles,
tú, obsequiosa enseñante, y yo, aprendiz de mago,
te fui reconociendo en cada ola,
en cada canto, en cada olor, en cada viento.
Me enseñaste la luz de la primera aurora,
el dulce silbo de los pájaros de mi agreste territorio,
los guijarros humildes de mi patria ensangrentada,
la rítmica cadencia del mar que me arrulló en sueños.
Hasta que nos conmovió el día de los arreboles selváticos
y de las áureas guirnaldas de claveles en tu pelo,
hora mágica, excitante, de placeres nigrománticos,
en que me despertaron a la vida tus eróticas esencias,
la azul envoltura de los rayos indómitos de tu cuerpo,
la invasión total de tu destellante silueta de seda,
que develó a mi vista el fulgor, el sexo primogénito,
el néctar seductor, enigma fantástico y asombroso,
que me habían negado hasta entonces las estrellas.

Fue aquel día que grité, derribando montañas,
- "¡Te amo, María,
desde antes que las rocas tuvieran memoria en esta tierra!"

Y desde el otro lado del tiempo y las praderas
me devolvió la luna el eco de tu voz divina,
suave, dulce, tierna, como si fuera una caricia nueva,
- "Lo siento, amigo mío -me dijiste- pero yo no soy María".

El frío del cuchillo partió en dos mi vuelo tímido,
y así, por primera vez supe lo que era el dolor de amor,
el mismo que en los milenios venideros regresaría
cuando yo perdiera más de una vez a María.
Me negaba a creer que tú no fueras ella, la esperada,
cuando existías más en mí, mucho más,
de todo lo que yo nunca hubiera querido dejarte estar.
Pausadamente me fue invadiendo una pena incalculable.
Dos gruesas gotas resbalaron llorando desde lo más profundo de mis ojos.
Se estremeció mi cuerpo entero con la desolación del alma.
Afuera caía la lluvia gris del sur de Chile. Lenta, dolorosamente.

Hoy el tiempo ya ha pasado, curandero manso,
cicatrizante alado, resucitador de ilusiones,
y puedo ya mirarte con cariño desde mis alturas metálicas
de guerrero victorioso, tu eterno agradecido,
por todos los tesoros y secretos que jugando me enseñaste.
De tí aprendí lo esencial, lo primario, lo inmanente,
ya que en tus ojos leí que el amor de verdad
es siempre uno,
tan solo uno,
aunque se nos presente enmascarado
con más de mil caretas y adjetivos.
El amor auténtico, el de María,
es aquel que nos perturba el alma
porque nos danza adentro a cada hora,
es aquel que nos alimenta de detalles la vida
porque nunca se cansa de inventar nuevas melodías,
es aquel que nos hace minimizar las penas
porque se saben compartidas,
es aquel que desconoce la palabra rutina
porque nada le abruma ni le hastía.
Si, mi ensoñada anunciadora de María,
me enseñaste a reconocer que el amor de veras
es el que siempre lleva bailando entre sus hilos
el perfume y el nombre enigmático de María.







Juego 

Te propongo ahora un juego infantil, como nosotros:
cada noche que el cielo nos invada vestido de luces y colores
y la sombra del otro hecha nostalgia nos inunde,
nos domine,
nos desborde,
a causa de la ausencia,
fijemos un solo segundo la mirada
en la estrella que ambos prefiramos,
aquella que será simpre nuestra,
para reducir en sueños la distancia,
el agobio,
y la tristeza,
para así amalgamarnos y hacernos uno,
columna, lucero permanente.

Recuerda nuestros cielos chilenos infinitos y profundos,
sin lugar a dudas,
los más insondables y eternos que podamos evocar en la memoria,
aquellos que fueron testigos mudos e incendiados
de todas las horas de insomnio,
fugaces, simples, errantes, perseguidas,
de nuestro pasado tan remoto,
aquel en que siendo niños todavía
nos divertía el pensar que éramos mayores.

Fueron esos mismos cielos nocturnos,
los que con el transcurrir del tiempo en horas leves,
se fueron transformando, sin quererlo tal vez,
en el símbolo aéreo de nuestro estelar encuentro,
de nuestro cohabitar la misma piedra,
del compartir la misma hogaza,
del derramar la misma lágrima.

Sí. Juguemos,
hoy como ayer,
juguemos,
juguemos nuevamente a inventar el primer beso en las estrellas,
el mismo primer beso que otra vez será preludio
de aquella nuestra primera noche de amor,
la indeleble,
la original,
la inolvidable.

Así podré esperarte hoy, mañana y todos los días de tu ausencia
en la estrella que tú elijas, María-María,
mecido levemente entre tus brazos,
tuyo,
afable,
sosegado...








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