viernes, 4 de enero de 2013

MANUEL JOFRÉ [8961]





Manuel Jofré Berríos (Santiago de Chile) 
Profesor de Castellano, Master of Arts y Doctor of Philosophy, ha sido profesor de las Universidades de Carleton, York y Toronto en Canadá, y de Duke University y Simón Bolivar en Quito, como también investigador en Columbia University. En Chile ha sido profesor en la Universidad de la Serena y la UMCE. 
Sus libros de poesía son: Historia natural (Toronto: Ediciones Agüita Fresca, 1979),  Cabos Sueltos/ Canadian Poems (Santiago: Submarino Amarillo, 1984), Balas Perdidas (Tuxtla Gutiérrez: Ediciones de la Universidad Autónoma de Chiapas, 2012) y Yo no soy quién (Oneliners), Editorial Pfeiffer, 2012. 
A la poesía chilena ha dedicado los libros: Pablo Neruda: Residencia en la Tierra, En el ojo del huracán, Neruda-de Rokha: la escritura total y Pateando piedras. 
Su especialización en Teoría literaria y comunicaciones se observa en sus libros: Teoría literaria y semiótica, Cultura local, Para leer al lector y Tentando vías. 
Además ha dedicado a la Literatura hispanoamericana los libros: Marcehal, Borges y Cortázar, Encuentro y Fundaciones y la literatura colonial en el sistema dependiente latinoamericano. 
Actualmente se desempeña como profesor en las universidades de Chile, Diego Portales y del Pacífico.


Un nuevo tiempo: poema instantáneo

Un nuevo tiempo no está a la vuelta de la esquina
ni en las recónditas bibliotecas
tal vez en las uvas del mercado
tal vez en los gritos estentóreos

un nuevo tiempo no es una simple simpatía
ni dos frases dichas con acorde
sino tal vez largas entonaciones de propuestas
o tal vea frías tardes crepusculares con brisa

un nuevo tiempo es algo para los preciosos
que descubren conjuntamente el nuevo tiempo
el nuevo tiempo es un anuncio de un tiempo nuevo
que está por venir con todo su poder

el nuevo tiempo es mejor que una utopía
y más claro que un ensueño
el nuevo lo hacemos tú y yo
en las madrugadas oscuras yendo al trabajo
en los atardeceres donde los pasos quieren llevarnos a otro lugar

el nuevo tiempo es un adiós bonito al pasado
y un saludo reconfortante al presente que está aquí
visible sólo para aquellos
que lo quieren construir

en Al fin del mundo, 2011




Presentación del libro Balas perdidas EN "LA CHASCONA" EL 22 DE MAYO DE 2012:
Poemas de Manuel Jofré

Por
Andrés Morales
                      
                                      Balas perdidas que no son para nada “balas locas” es un libro de la madurez en la voz de Manuel Jofré. Tanto en el tono, el estilo, como en el “acabado”, es decir en la forma, el libro es prueba de una actitud poética y de un oficio que pueden considerarse como consagratorios.
                               El poeta, tal vez más reconocido y conocido por sus libros de crítica y teoría logra independizarse del académico y eso se consigue “ex profeso” a través de un discurso muy fresco, tremendamente actual, a veces atrevido, a veces comprometido. Aquí no vemos la intromisión del estudioso de Bajtín, del ensayista o del profesor interfiriendo en la fluidez del decir ni en la temática de su poesía. Asunto no menor, pues, muchas veces ocurre que la poesía puede “acartonarse” con un excesivo  aparato crítico (léase notas, citas o una exagerada intertextualidad). Hay que agradecer y rescatar esta aparente ligereza –que no superficialidad- en este breve, pero intenso libro de Jofré.
                               La voz, se ha dicho, es seria, reflexiva, honda, pero en ningún momento es ni grandilocuente ni “pesada”,  ni menos digresiva. Al contrario, en la sencillez de la misma, por profundo que sea el tema tratado, está la clave de un hablante “que se atreve” con todo, pero que no interfiere, no molesta, y es más, que, a lo largo de este texto muy homogéneo, se encuentra siempre presente, pero como testigo y en un valioso “segundo plano”.
                               Hay presencias que inundan todo el poemario, desde lo popular hasta lo culto, estos poemas, sin duda alguna, se inscriben en la “gran” tradición poética de la que Manuel Jofré se hace cargo. No hay miedo a pertenecer a una o diversas tradiciones, por el contrario, el autor se siente libre en el palimpsesto y hasta en ese hermoso juego con voces, discursos e historias ajenas.
                               Como he dicho antes, este no es un libro “altisonante”, pero tampoco,  y por ningún motivo, “anodino”. El poeta indaga en los grandes temas de la poesía: el amor, la muerte, el tiempo, pero este no es un libro grave, aunque sí muy “rotundo” que jamás ambiciona a dar respuestas. No. Se trata de un “libro de las preguntas” – al decir de Pablo Neruda-  donde el hablante se cuestiona y cuestiona al mundo sobre estos y otros asuntos.
                               Por lo mismo, no es este un poemario “concesivo”, es decir, que busque el aplauso, en la forma, ni menos en el mentado y fácil reconocimiento, en ese burdo tratamiento de los temas de la actualidad. Hay un amor, un abrazar el mundo, pero también está la percepción de la monotonía [en esto muy al estilo del gran Antonio Machado], en donde, por momentos, el poeta parece no sentirse “perteneciente”  a esta  realidad –solo en apariencia- pero, por eso insisto, en “apariencia” pues hay una intención constante en querer cambiar las circunstancias con el tiempo como instrumento y como un arma de doble filo (presencia y ausencia; historia y actualidad; ritmo cíclico de unas balas que dan cuenta de la realidad hispanoamericana que es, igualmente, universal) y que atraviesan el pecho del lector, no para matarlo, sino para que este medite en una candente cotidianidad.
                               Finalmente, quiero saludar a Manuel Jofré auténtico  poeta  en  clara propiedad de su discurso, como un autor que consigue crear atmósferas, que apela a la emoción y al pensamiento, que huye de las modas para hacer, lo crean o no, lo que es más difícil cuando uno escribe: componer, construir y lograr una buena obra, una verdadera poesía. Muchas Gracias.



Balas Perdidas de Manuel Jofré

El escritor chileno Manuel Jofré visitó México la última semana del mes pasado, con motivo de la publicación de su poemario titulado Balas Perdidas, obra que presentó en el auditorio de la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH) en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

Sus presentadores fueron los escritores Ricardo Cuéllar Valencia, Hernan León y fungiendo como moderador Mario Nandayapa.  

Debatí internamente varias formas de compartir este acontecimiento en esta nuestra página de la Corporación Puerta Abierta Chile México, la razón es muy sencilla, el escritor Manuel Jofré también es miembro de esta organización, por ello, su visita a nuestro país fue muy significativa, no hay mejor ejemplo para los lazos que deseamos establecer como agrupación. Por tanto, decidí que no haré una reseña de la presentación ni de las cátedras que dio en la mencionada universidad, tampoco hablaré de la forma en que impactó a todos los presentes en la sala cuando se levantó de su asiento para leer poemas incluidos en Balas Perdidas, mejor dejaré que la ponencia del escritor Ricardo Cuéllar, quien tan amablemente me la proporcionó, nos de un paseo dentro de Balas Perdidas de Manuel Jofré. 



BALAS PERDIDAS DE MANUEL JOFRÉ O DISPAROS AL CENTRO DEL CORAZÓN DE UN AMANATE QUE EN MEDIO DE FUEGOS CRUZADOS DEFIENDE EL AMOR NUEVO

La poesía es ficción
Pero la ficción es realidad

M. Jofré.

Por Ricardo Cuéllar Valencia

La poesía es ficción porque está hecha con palabras, signos y figuras. La identidad sustantiva de los seres humanos es la palabra que le hace posible de manera singular y única  nombrar las cosas del mundo al hablar o escribir y, al mismo tiempo, es la palabra la que lo nombra, lo reconoce, la da sentido a su existencia humana. Es un juego de espejos.

Jorge Luis Borges escribió: “cuál es la cara que mira/ cuando miro la cara del espejo; / no sé qué anciano acecha en su reflejo/ con silenciosa y ya cansada ira”.

Es el lenguaje el que nos da identidad. Más aún: es el lenguaje el que el  genera, el que hace posible la humanización del Homo sapiens. El lenguaje humano es la totalización  finita del ser-siendo-para siempre. Sin lenguaje estaríamos muertos como escribió  Pierre Klossosky.

Pero la ficción es realidad. La ficción es nuestra realidad en su doble sentido: la vivida en todos los recovecos de la subjetividad y la observada por las distintas vertientes, la del Ver rimbauniano (Ver es conocer) y aquellas que saltan las barreras de la razón y se dejan llevar por la imaginación, los delirios y los sueños como se logra desde el alto romanticismo del  siglo XIX, especialmente con el surrealismo en el XX, hasta nuestros días.

En otras palabras: la experiencia interior es un manantial de realidades que sólo sabe cifrar la ficción. Vivir es inventarse. Somos, simplemente, invenciones de nosotros mismos.

En términos platónicos la poesía miente, en términos aristotélicos la poesía imita la realidad. Entre nosotros hispanoamericanos, desde Vicente Huidobro, contra Aristóteles, sabemos que el lenguaje crea la realidad, la realidad del poema. Eso pensaba  también Borges: la literatura agrega otra realidad a la realidad.

Antes Novalis dijo: el hombre es una metáfora y poco después Carlos Marx entendió que la realidad es una metáfora. Pero antes fue el genial Miguel de Cervantes quien nos enseñó que la ficción es nuestra realidad. Y sobre todo que es posible desde la realidad ficcional crear otras realidades y dentro de esas realidades descubrir los tantos otros que nos habitan, es decir, las otredades que somos y nos dan identidad humana, como lo logra con esa polifónica  sabiduría literaria, en la Segunda parte del Quijote.

Es posible y necesario afirmar que la ficción es realidad y la realidad ficción. Lo que implica establecer las diferencias y relaciones entre las maneras de ser de la ficción y las formas que asume la realidad. Tema de la teoría literaria, basto y rico.

Es por lo anotado que el poeta Manuel Jofré desde el primer verso, del capítulo primero, de tres, Siete cantos iluminados, de su libro Balas perdidas, dice:

Los que me habitan te besan cada día

Al revelar  la presencia de las otredades  y saber que ella, la amada, descubre mis muchas versiones es posible llegar a entender poéticamente que ella le enseña a amar como yo también te enseño a amarnos.

Este es un planteamiento fundamental que va más allá de una declaración romántica del amor. Aquí el ojo poético de Jofré, en una exquisita economía de lenguaje,  sitúa al lector en una intensa y compleja relación intersubjetiva de dos que se aman y saben, hasta donde es posible, que descubrir las otredades, de uno y otro, es decisivo para que el amor fluya en su multiplicidad. En esa dirección es viable que termine el primer canto con estas palabras:

Y te pienso entonces
Como una compañera amiga,
Esposa amante,
Hermana madre.

En este poema todo lo que aparece como realidad es una creación subjetiva, ficcional que, más allá de su apariencia, se propone crear una nueva realidad amorosa. Entendido así el texto cobra pleno sentido poético, en una precisa síntesis, desde  título del poema: La metamorfosis es la rueda de la fortuna. Amar a todas las mujeres que habitan en una, en la amada; así como a los hombres que moran o surgen en el amante; deleitosa y sabia metamorfosis de los que saben inventarse.

Oda a la flor multicolor, es una recreación lúcida y bella de la sabia metáfora del Sol negro de Nerval que, no lo olvidemos, antes nombraron los Mayas.

En un momento, en el devenir del discurso poético,  asoma el pensador filosófico y desde su conciencia fulmínea y reveladora sabe que él es todo y es nada y es, finalmente, él, ese que ama y también el que escribe.

De pronto el poeta lírico inmerso en los encantos de la dulce maga, sumido por un aroma de nenúfares se da cuenta que ella transforma sustancias y prepara su poción mágica en el cáliz de mi corazón. Herencia del gran romanticismo que nos entregó brebajes y filtros que un buen poeta de hoy no puede eludir. De suerte que, en nuestro caso, Manuel Jofré, realiza  ese puente con una actualidad sensual,  reservada a la auténtica poesía, sin afectaciones gratuitas o banales.

Y para ser más radical se va al mundo de la alquimia. Le canta a la piedra.  No se trata de aquella piedra materia mineral que constituye las rocas,  de la piedra ciega, piedra  de rayo o  hacha de piedra pulimentada, piedra dura, la de la naturaleza del pedernal, como la calcedonia, el ópalo, etc. o de la piedra falsa, o de la piedra   preciosa, transparente, o al menos traslúcida, o de las piedras oscilantes,  rodadas, o secas, de las piedras voladoras  o de la  rueda de piedra, sujeta por un eje horizontal, que gira con movimientos de rotación y traslación alrededor del árbol del alfarje en los molinos de aceite o de la  piedra de toque, ese jaspe granoso, negro, que emplean los plateros para tocar, o  aquella piedra me teórica, piedra volcánica, esponjosa, frágil, de color agrisado y textura fibrosa. A ninguna de esas piedras le canta Manuel Jofré. Él ha elegido, para su canto, una piedra muy diferente, la que nadie ve ni puede tocar porque está en el centro de la pirámide. Y para ser más puntual con su proceder poético anuncia al lector no desprevenido que Soy la piedra intocada por los alquimistas.

Existe la alquimia hermética y la alquimia natural. Jofré pertenece a los  dos procedimientos alquimistas  porque sabe leer en la piedra rodeada de lodo o  el guijarro en el fondo de la montaña. Incluso se inclina más hacia la alquimia  natural y, obvio,  cumple con lo que creyeron firmemente los alquimistas, en los  cuatro principios básicos, por medio de los cuales construyeron sus sistemas simbólicos: fuego, aire, tierra y agua, además de los otros tres que debemos mencionar: la  sal, el mercurio y el azufre.

La  alquimia parte de la teoría de que los tres elementos fundamentales (aire, tierra y fuego) pueden ser combinados en distintas proporciones para formar nuevos cuerpos. 

En el poema Soy la piedra base un alquimista recorre la vida de la tierra transfigurado en piedra desde distintas condiciones y maneras de existir que a su vez es una piedra que se transfigura en otras y también filosofa. Llega a ser, finalmente, lo  no dicho: La piedra del incontinente, la inevitable piedra obscena. Y cierra con una última y novedosa transfiguración, así:

Soy;
El magma  tesonero que se derrite
en el centro de la tierra de mi vientre
y que espera entrar en ti.



En estos versos la llamada transfiguración opera  literaria y semánticamente como una resignificación del deseo en tanto que magma se refiere a una  masa de rocas fundidas que se encuentra en el interior de la Tierra y que sale al exterior a través de los volcanes. Exacta y precisa analogía entre el suceso natural y la manera  de ser erótica  del hombre.

En el capítulo  Amoraciones, palabra compuesta, inventada por  Jofré, que leo como oraciones al amor, inicia con una bienvenida a la visitadora.  Es un canto a la mujer con la cual el  nuevo amante inicia su primer oración con una implacable ternura nacida de una nueva manera de entender el amor, por medio de la cual hace explicito que las mujeres que lo visitaron anteriormente sólo anunciaban la presencia de la que ha llegado ahora para iniciar el aprendizaje mutuo en el altar sagrado de los que desean aprender a orar, a bendecir los cuerpos desde el deseo creado en los cuerpos deseados.

En un momento dado el amoroso se encuentra en una lucha tenaz con el mismo, dejando tiradas palabras halladas, enfermo de rabia, en medio del bosque, esperando, al asecho… caminado, oteando el mundo y sus escabrosas calamidades. Y recuerda que



antes tenía un dolor
y tu me escuchabas
antes tenía un desgarro
y tu me sentías
antes tenía frío
y tu me mirabas

Ya en la desolación este amante abandonado sabe que
ahora ya no hay nada en este espacio

la fuera
la tensión
la vibración
ya no están
el tronco a fondo
la boca hasta el final
ya no están,
como tampoco está la entrega
los ojos entrecerrados,
el dedo con la presión exacta
ya no están
con eso lo digo todo.

Toda la pasión erótica se ha acabado y queda instalado en medio de una nostalgia placida donde no cabe una palabra de agravio o desesperación al estilo de los quebrantos del bajo romanticismo.

Sólo acude a la nostalgia creativa que recorre momentos reales e irreales. Lo arropa la soledad  y en su mansión vive la ebriedad del solitario que escribe y piensa, que espera la vida del otro día. El amor sigue vivo en la añoranza y de pronto nace, aparece otra que se anuncia, imperturbable,  sin saber nada de ella aún, sólo en el deseo. Lo atrapa un dolor indecible que apenas le permite nombrar la ingratitud y con una limpia conciencia este amante o el yo lírico del poemario,  sumergido en la nostalgia y la necesaria serenidad, dice:

Yo no puedo hablar de traiciones
Ni de escapadas
O de fulguraciones
Ni mucho menos de teoremas



Y decide, como sabe hacerlo,  irse a esa soledad que llama terreno hóspito de la selva para internarse  en actos que subvierten la razón como es voltear altares y maquillar brujas, actos propios de un loco, de un loco de amor, en los terrenos propios de los aquelarres del amante desterrado.

Y aunque confiesa estar cansado del viaje de vivir Y casi hastiado de mí camino sabe, en el fondo de su corazón,  que es posible cabalgar el futuro/ Como nadie manda. Y se despide de ella, aunque dice que

no me despido de nadie
no estoy en ningún lugar
alguien hace mis necesidades

La deshabitación es total hasta llegar a dejar de ser el mismo en un momento en el cual el cuerpo se convierte en otra realidad, diría incorpórea, en una salida que es puramente interior, mejor dicho, sagrada, dado que el cuerpo desasido habita el espacio de una conciencia que lo instala en el fervor de lo inasible, de esa otra realidad que es la soledad.



Pero al final del poema la realidad subjetiva es la  que anuncia que

pronto me iré
a amarte
a la otra vida desde allí
te protegeré
cerca de ti
en ti



LA MUERTE

NO MATARÁ MI AMOR

SOLO ME MATARÁ

A MÍ



Se trata, es lo que quiero entender, que  la vida  no escapa a la vida del amoroso y,  por lo tanto,  lo que está presente es la muerte de un amor y no la muerte de ella, la vivamente amada. El amor muere y muere dentro de cada uno. Punto.

El poeta, el que escribe, en una Reflexión nocturna dice que Trataré de decir lo mismo/ de una manera distinta, como suele ocurrir con la escritura, para hacernos saber que en esa evocación permanente del amor sucede, no cualquier forma del amor,  acontece el amor que ilumina:



El sol late
en mi corazón
y lleva tu nombre
y con mayor fineza, belleza y verdad poética leemos:
esta noche el infinito
esta abierto
para nosotros
el mundo tiene su ritmo
y nosotros el nuestro


Desde una precisa idea filosófica, que está presente en el discurso poético de  Manuel Jofré, en este libro cuyo título es necesario, Balas perdidas, este poeta se deja llevar por la idea plenamente romántica de la noche y su infinito, tan cara a Novalis, para señalar los distintos ritmos de los cuales estamos hechos el universo, la naturaleza y nosotros mismos, juegos  rítmicos que hacen, al saberlo, lo singular de esa travesía cósmica que es el amor.

En Fuegos cruzados, tercer capítulo,  el poeta vuelve a casa y allí se encuentra en la plenitud de su realidad:



Heme aquí pues roto y dislocado,
solo como siempre,  los sueños hechos trizas.

Invadida realidad que es propia del amoroso y que al saberlo con esa sabiduría que lo acompaña no se deja caer en la ruina de la vida como la entendieron y  cantaron los limitados poetas españoles del siglo XIX y algunos nacidos en Latinoamérica. No. Ya Pablo Neruda nos enseñó bastante, como no recordar Tango del viudo, por ejemplo. Y Jaime Sabines, uno de sus mejores alumnos, nos ha dado lecciones poéticas  inolvidables, entre otros.  Ahora, en la poesía de Manuel Jofré, en sus Balas perdidas que van directo al corazón  se trata, precisamente, de otra manera de sentir, de entender la vida, al lado de sus maestros. De aprender de nuevo del amor, de no tenerle miedo al amor, ni de la entrega ni de la ternura.

En un bello y sabio poema que intitula La guerra de amor,  el lector se encuentra con unos versos que dejan atrás cierta impostura de lo que es el  frágil destino amoroso para advertir que los errores son necesarios, indispensables:

Solo quiero
Cometer algunos errores contigo
Equivocarme torpemente
Como un niño la haría

Como no te conozco aún
Quisiera cometer
Las mejores faltas de mi vida
Contigo



En  esos desconocimientos mutuos donde la realidad amorosa se presenta como la realidad vivida o irreal, deseada,  y aún esperada, cuando el deseo era y es una manera de ser polivalente el poeta deja de ser, ¡qué bueno!, el que escribe para convertirse, definitivamente, en al amante.

Así que las Caricias, un poema de esplendida eroticidad, se convierten en  maneras multiplicadas del placer, en un jugo de eróticas significaciones simbólicas recurriendo a elementos modernos de escasa frecuentación en la poesía. Lo van a escuchar, seguramente.

El poeta nos entrega, al final del libro, dos textos reveladores, La sorda enfermedad  y Mi sufrimiento, en los que dispone   lo que yo señalaría   como Poética de la Amoración, es decir,  una definitiva  enunciación poética del cantor amoroso de lo que ha sido y es en ese universo sagrado y profano. Prefiero que  él los comparta con ustedes desde su propia voz.  En estos poemas  uno lee la más perfecta declaración poética de lo que es escribir  desde la sabia propia, precisa e intransferible, desde lo que es amar inventándose  en sus plenitudes múltiples y en el vacío, también hablante, que deja el desamor. Y lo más estremecedor es saber sin temor ni consuelo que A nadie le importa mi sufrimiento.

En fin, es posible decir, que nuestro poeta, Manuel Jofré, con sus Balas perdidas logra realizar poesía y al mismo tiempo una poética precisa, desde cada poema y deja en un abierto desafío que lo común del amor se entienda de nuevo, que reinventemos el amor como lo propuso Arthur Rimbaud,  para hacer de la vida algo que resignifique el sentido de la existencia humana y así también cambiar la vida. Muchas gracias.





Fernando Sabido Sánchez y Manuel Jofré en Santiago de Chile

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