domingo, 13 de marzo de 2011

3373.- MANUEL DÍAZ



Manuel Díaz Martínez
(Santa Clara, CUBA, 1936)

Poeta y periodista.

Fue investigador del Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba, redactor-jefe del suplemento cultural Hoy Domingo (del diario habanero Noticias de Hoy) y de La Gaceta de Cuba (revista de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba). Actualmente dirige la revista Encuentro de la Cultura Cubana, y es miembro del consejo editorial de la Revista Hispano-Cubana, editadas en Madrid.

Ha publicado catorce libros de poemas, el último de los cuales es Paso a nivel (Editorial Verbum, Madrid, 2005). En su antología personal Un caracol en su camino (Editorial Aduana Vieja, Cádiz, 2005) recoge gran parte de su obra poética. Una selección de sus poemas fue publicada en 2001, en edición bilingüe, por la editorial Bulzoni, de Roma. En 2002, publicó su libro de memorias Sólo un leve rasguño en la solapa (AMG Editor, Logroño)

Es autor de dos ediciones comentadas de las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer (La Habana, Arte y Literatura, 1982; Akal, Madrid, 1993), y de una edición de las cartas que Severo Sarduy le enviara a La Habana (Verbum, Madrid, 1996).

En 1967 obtuvo el Premio de Poesía “Julián del Casal” de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba por su libro Vivir es eso, y en 1994 le fue concedido el Premio “Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria” por su libro Memorias para el invierno. En el año 2006, el Centro Cultural Cubano de Nueva York le otorgó la medalla “La Avellaneda”, en reconocimiento a su aporte a la cultura cubana.

Es autor, además, de la antología Poemas Cubanos del Siglo XX (Hiperión, Madrid, 2002).

Poemas suyos aparecen en numerosas antologías publicadas en diversos países, y han sido traducidos a más de una decena de idiomas.

Es miembro correspondiente de la Real Academia Española.

Desde 1992 reside en Las Palmas de Gran Canaria.

( Direcciones de correo electrónico: diamar@ya.com - info@encuentro.net )






del libro Paso a nivel, 2005

SIN COMERLO NI BEBERLO

Sin comerlo ni beberlo
eres factor de cambio
y eres factor de riesgo.

Sin comerlo ni beberlo
te vas haciendo curvo,
te vas poniendo torvo,
te vas quedando calvo.

Sin comerlo ni beberlo
en todos los relojes
se hace tarde y llovizna,
y a lo peor acabas
completamente sabio,
que es la manera incómoda
que existe de ser tanto
tonto como trágico.

Sin comerlo ni beberlo
podrías ser noticia:
A confiado transeúnte
que se miraba a un espejo,
a plena luz del día
lo asaltó un pensamiento.
Éste se dio a la fuga
luego de sustraerle
hasta el último sueño.







MI DISCRETO CADÁVER

Tengo la sana costumbre,
por Feria y por Navidades,
de hacerle largas visitas
a mi discreto cadáver.

Siempre que voy me lo encuentro
más sabio y más saludable
y disfrutando del muere
como no disfruta nadie.

Mi cadáver atesora
una colección de tardes,
de mañanas y de noches
olvidadas u olvidables,

un coche de medio punto,
un camino de ir por partes,
dos mediodías enteros
y un sinfín de eternidades.

Cuando voy a visitarlo
—jamás con acompañante—
lo obsequio con un silencio
dividido en tres mitades.

Él me regala un reloj
de minutos desechables.
Al despedirme le digo:
Never more! Y él dice: ¡Vale!






PLAZA DE ORIENTE

En la Plaza de Oriente
una noche de mayo
se paseaba mi sombra
con mi cuerpo a su lado.

Él llevaba una gorra
de taxista y un ramo
de silencios y gritos
casi casi olvidados,

y ella un traje de luces
totalmente apagado.

En la Plaza de Oriente
esa noche de mayo
se perdió un cuerpo entero
y dos sombras se hallaron.








CON LA SOGA AL CUELLO

1
Vamos a correr,
tú como una liebre,
yo como un lebrel.

O si lo prefieres
la liebre seré.

Con la soga al cuello
tanto da ser liebre
como ser lebrel.

2
Con la soga al cuello
miramos llover,
tú sinceramente,
yo sin mucha fe.

A izquierda y derecha
llovía al revés,
y bebiste horchata,
y bebí café.

Con la soga al cuello
lo mismo da ver
que llueva de espaldas
o llueva de pie.









FERNANDO QUIÑONES SE NOS FUE DE VIAJE

¡Eh, Fernando!,
esta vez el viaje es bien distinto.
Este viaje es el más largo:
dura las mil noches de la eternidad.

El tren sube —¡qué bien
seguirle siendo fiel al Talgo!—
balanceándose brumosamente
sobre rieles invisibles
que atraviesan los aires de Vejer,
de Ubrique, de Arcos, de Medina,
dejando atrás, y abajo, ¿ves
las luces de El Puerto, de Tarifa?,
dejando atrás, y abajo,
Chiclana, Grazalema,
Cádiz (y, en Cádiz, la Caleta)...

Irás mirando por la ventanilla
el paisaje sideral
mientras tu último poema,
el mejor de todos
(el que nunca podemos acabar),
en esa noche que transitas
te irá brotando de los dedos
como un fax.

Ah, Fernando,
si ves a Juan Ramón le dices
que tú y yo siempre supimos
que la poesía es impura,
como lo demás.










EN EL EXTREMO DE UNA SOGA

Buen François Villon, hermano:
en tanto llega el verdugo
que revele a nuestro cuello
cuánto pesa nuestro culo,
cantemos esas baladas
que compusimos los dos,
tú en tu siglo y yo en el mío,
a las efímeras carnes
de nuestra gorda Margot.









SALVA DE BIENVENIDA

Conocí a Gaetano Odysseus Longo
frente a un crepúsculo del siglo XX
que esperaba mar afuera el permiso para entrar
al puerto de La Habana.
Gaetano Odysseus
Longo, contrabandista de almas,
con pasaporte falso de comerciante en rimas
y fingida indumentaria de guardia vaticano,
había entrado en Cuba con su navío a velas
burlando un guardacostas, un Argos aduanero
y un huracán de cantos de sirenas.
Gaetano
Odysseus Longo me mostró un cofre en que llevaba
su cara mercancía: ¡almas!, almas titilantes,
almas pensativas, almas enérgicas, almas
conturbadas, almas erráticas y vertiginosas,
almas-dagas, almas como lindas canciones,
almas mullidas, almas-lágrimas, almas-amor,
almas como pistolas insomnes...
Gaetano Odysseus Longo,
navegante con matrícula de Trieste —Zeus lo guarde
en la tierra y en la mar—,
introduce clandestinamente almas de diverso calibre
camufladas de palabras
en cuanto puerto encuentra flotando a la deriva.
Que se sepa, no ha traficado jamás con almas muertas
ni le ha vendido nunca un alma al Diablo.
Gaetano Odysseus
Longo, seas bienvenido al puerto de Las Palmas
con tu nuevo cargamento.








MI VECINO

Me llevo bien con este hombre taciturno,
infatigable y fornido al que llaman Caronte.
Es mi vecino. Sus hijos retozan con mis perros.
Los críos lo despiden cuando el día declina
y en las mañanas vienen a esperar su regreso
donde amarra la barca, allí, entre esas rocas
que el Leteo lame al pie de mis ventanas.
Muchos amigos míos han viajado con él.
Amigos y amigas que nunca más he visto.
Viejas amistades que ni siquiera escriben
para contarme algo de sus vidas lejanas.
Me han olvidado, pienso, quizás me han olvidado.
Un domingo de feria, bebiéndonos un vino,
le confesé al barquero esa amarga sospecha.
Nada me dijo el hombre y me sirvió otro vaso.
El sol hacía un guiño festivo en la botella.






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