lunes, 23 de agosto de 2010

606.- RICARDO ZELARRAYÁN


Ricardo Zelarrayán (Paraná, Provincia de Entre Ríos, 1940 - Buenos Aires, 2010) ) fue un fecundo escritor de costumbres argentinas. Estudió Medicina en Buenos Aires, carrera que más adelante abandona para trabajar como corrector de una editorial. En 1970 fue colaborador activo de la revista "Literal". Sus obras se destacan por el lenguaje coloquial, aunque él mismo admite influencia de escritores reconocidos, como Isidoro Ducase de Lautréamont y Macedonio Fernández. Libros publicados: La obsesión del espacio (poesía, 1973); Traveseando (cuentos infantiles, 1984) ; La piel del caballo (novela, 1986), Roña Criolla (1991) y Lata Peinada (2008)




LA GRAN SALINA




La locomotora ilumina la sal inmensa,
los bloques de sal de los costados,
los yuyos mezclados con sal que crecen
entre las vías.
Yo vacilo…
y callo…
porque estoy pensando en los trenes de carga
que pasan de noche por la Gran Salina.
La palabra misterio hay que aplastarla
como se aplasta una pulga,
entre los dos pulgares.
La palabra misterio ya no explica nada.
(El misterio no es nada y la nada
no se explica por sí misma.)
Habría que reemplazar la palabra misterio
(al menos por hoy, al menos por este “poema”)
por lo que yo siento cuando pienso
en los trenes de carga
que pasan de noche por la Gran Salina.
La pera trepida en el plato.
La miel se despereza en el frasco cerrado,
para desesperación de las moscas que la
[acechan posadas en el vidrio.
Pero yo no me explico
y hasta ahora nadie ha podido explicarme
por qué me sorprendo pensando
en la Gran Salina.
El hombre de chaleco del salón comedor
se ha quitado los anteojos.
Los anteojos trepidan sobre el mantel d
e la mesa tendida.
Todo trepida,
todo se estremece,
en el tren que pasa a mediodía por la Gran Salina.
Yo me he sorprendido mirando
la sombra del avión que pasa por la Gran Salina.
Pero eso no explica nada.
Es como una gota que se evapora enseguida.
Hay que distraerse, dicen.
Hay que distraerse mirando y recordando
para tapar el sueño
de la Gran Salina.
Un piano colgado como una araña del hilo
se ha detenido entre los pisos doce y trece…
Un camión pasa cargado de ventiladores de pie
que mueven alegremente sus hélices.
En 1948, en Salta,
fuimos a cazar vizcachas y ranas,
la conversación se apagó con el fuego del asado,
abrumados como estábamos
por el cielo negro y estrellado.
Nerviosamente encendíamos
y apagábamos las linternas
hasta quedarnos sin pilas.
Tampoco puedo explicarme
por qué sueño con pilas de linternas,
con pilas para radios a transistores.
Ni por qué sueño con lamparitas de luz,
delicadamente guardadas en sus cajas
respectivas.
Ni por qué me sorprendo mirando
el filamento roto
de una lamparita quemada.
Nunca he visto…
nunca he podido imaginarme
la lluvia cayendo sobre la Gran Salina.
Yo no tengo objetivos
pero me gusta objetivar.
Desde chico intenté cortar
una gota de agua en dos
(con una tijera).
Aún hoy intento,
apartando las cosas de la mesa
o ahuyentando amigos,
imitar, imaginarme, la lluvia sobre la Gran Salina.
Tomo una plancha caliente
y le salpico gotas de agua.
Pero aunque pueda imaginarme todo,
nunca podré imaginarme
el olor a salina mojada.
Anoche llegué a mi casa a las tres de la mañana.
En la oscuridad tropecé con un mueble…
y allí nomás me quedé pensando
en lo que no quería pensar…
en lo que creía bien olvidado!
Pero en realidad me estaba escapando
del sueño estremecedor de la Gran Salina.
Y ahora me interrogo a mí mismo
como si estuviera preso y declarara:
“La Gran Salina o Salina Grande
está situada al norte de Córdoba,
cerca (o adentro, no recuerdo)
del límite con Santiago del Estero.”
Estoy mirando el mapa…
pero esto no explica nada.
La caja de fósforo queda vacía
a las cuatro de la mañana
y yo me palpo a mí mismo, desesperado,
con el cigarrillo en la boca…
Habría que inventar el fuego, pensarían algunos.
Yo en cambio pienso en los reflejos del tren
que pasa de noche junto al río Salado.
No puedo dormir cuando viajando de noche
sé que tengo a mi derecha el río Salado.
Pero aún así sigo escapando del gran misterio…
del misterio de la sal inagotable de la Gran Salina.
Recuerdo cuando arrojábamos
impunemente naranjas chupadas
al espejo ciego y enceguecedor de la Gran Salina.
(A la siesta, cuando la resolana enceguece
más que el sol.)
Esperábamos llegar a Tucumán a las siete
y a las dos de la tarde tuvimos que cambiar
una rueda junto a la Gran Salina.
Un diario volaba por el aire…
el sol calcinaba las arrugadas noticias del mundo
del diario que caía sobre la Gran Salina.
Y vi pasar varios trenes
y hasta un jet…
Los pasajeros de los Caravelle
o de los Bac One-eleven,
no saben que esa mancha azulada,
que a lo mejor están viendo
en este mismo momento,
desde ocho mil metros de altura,
esa mancha azulada que permanece
durante escasos minutos,
es la Gran Salina,
la Salina Grande.
Pero el jet anda muy alto.
La Gran Salina no conoce su sombra que pasa.
Los pasajeros del jet duermen…
se sienten muy seguros.
En el jet no hay paracaídas
Los jets no caen. Explotan.
Hace unos años,
un avión que no era un jet volaba, creo,
sobre Santa Fe.
De pronto se abrió una puerta
y una camarera tuvo que obedecer calladita
las sagradas leyes de la física,
y demostrar su inequívoco
apego a la ley de la gravedad.
Una ley dura como las piedras metidas
en la boca de Demóstenes
que, según dicen, hablaba mucho.
Aquí hay que hacer un minuto de silencio.
Primero por la dócil camarera sin cama del avión.
Después, por las palabras muertas,
muertas por no decir nada…
misterio, por ejemplo,
que sirve para no explicar lo inexplicable,
lo que yo siento cuando pienso en la Gran Salina,
lo que traté de no pensar un día
que caminaba por la Gran Salina
tratando de distraerme y de no pensar
dónde estaba,
escuchando una canción de Leo Dan
que pasaba LV12 Radio Aconquija
y el Concierto en sol de Ravel
por la filial de Radio Nacional.
¿Qué pensaría Ravel, el finado,
si caminara como yo en ese momento
por la Gran Salina?
Ravel, púdico sentimental,
te imagino tocando el piano que hoy vi colgado
entre el piso 12 y el piso 13.
Sí, pobre Ravel de 1932
con un tumor en la cabeza que ya no lo dejaba
componer.
Ravel tocando solo,
de noche (pero eso sí, absolutamente solo)
los “Valses nobles y sentimentales”
en medio de la Gran Salina.
Días pasados fui al Hospital.
Hace años yo andaba por allí,
despreocupado y con mi guardapolvo blanco
Pero ahora, de simple paciente,
sentí el ruidito angustioso
¡Trank!
de la máquina de hacer radiografías.
¡Y que pase otro! gritó el enfermero.
Pero el otro no podrá explicarme
por qué tengo sed,
por qué voy detrás del agua cautiva de la botella
y de la sal capturada en el salero,
yo, tan luego yo,
capturado en el sueño de la Gran Salina.
Un amigo, alto funcionario estatal,
me ofreció su pase libre para viajar por todo el país.
Total, me dijo, es un pase innominado,
cualquiera lo puede usar…
si se lo presto.
El pase sin nombre me deslumbró
como la marca de la cubierta que leí y releí
cuando cambiábamos la rueda junto a la Gran Salina.
Pero después pensé en Tucumán
(mi segunda provincia)
y en las vértebras azules del Aconquija
horadando las nubes blancas.
Ahora me entero que mi amigo,
el del pase sin nombre,
se separó de la mujer.
Aquí me callo…
Pero el silencio me hace pensar ahora
en lo que no quise pensar cuando miré el pase
[sin nombre que me ofrecían,
en lo que dejé de pensar hace un momento…
cuando vi pasar el ascensor con una mujer silenciosa
que no me quiso llevar.
Olvidemos el ascensor pedido
y pensemos de nuevo, de frente, en la sal
(cloruro de sodio)
y en el misterio…
Pero como nada es misterio
hagamos una traducción de apuro:
miss Terio
o miss Tedio
o chica rodeada de teros asustados
o algo por el estilo.
Pero no hay distracción que valga.
El ayudante de cocina del vagón comedor
se rasca la cabeza de tanto en tanto
pero sigue pelando papas sin distraerse
en el tren que se acerca a la Gran Salina.
Y el ascensor perdido con la mujer silenciosa
sigue recorriendo kilómetros entre la planta baja
y el piso quince.
El sastre de enfrente que ya comió
se asoma a tomar aire con el metro colgado
en el cuello.
Yo pienso en comer, como se ve…
Son exactamente las 14 horas, 8 minutos,
30 segundos.
Y también, no sé por qué,
pienso en el acorazado de bolsillo Graf Spee
que en los comienzos de la última guerra
se suicidó antes que su capitán
frente a Punta del Este.
El Graf Spee yace a treinta metros de profundidad.
Ya nadie se acuerda de él.
Ni siquiera los hombres-rana
que bajaron a explotar sus entrañas.
Pero hasta los hombres-rana
salen a comer a mediodía.
Y a veces, para comer,
sólo se quitan las antiparras y los tubos de oxígeno.
Todavía hay gente que se asombra viendo
comer a esos hombres con patas de rana.
Los hombres-rana reclaman al mozo la sal que se olvidó!
¡Dale!...¡Dale!
Hoy almuerzo con amigos
(si es que no se fueron).
Miraré de costado la sal y pediré pimienta en vez,
porque tengo miedo de quedarme callado,
ya se sabe por qué.
No quiero quedarme callado
ni distraerme,
ya se sabe por qué.
En realidad no se sabe nada
del sueño de las pilas,
de la lluvia sobre la sal,
de la chica del ascensor,
del sastre asomado con el metro colgado
o del tren que pasa de noche indiferente
junto a lo que ya se sabe
y no se sabe.
…………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………….....
Hace años creía
que “después del almuerzo es otra cosa”…
es decir que las cosas son otras
después del almuerzo.
Este poema (llamémosle así),
partido en dos por el almuerzo
y reanudado después, me contradice.
No comí postre
¡Siento la boca salada!
Pero no voy a insistir.
El domingo pasado,
en caso de un amigo poeta,
conocí a un chileno novelista e izquierdista
que se fue a Pekín y que, posiblemente,
no vuelva a ver en mi vida.
Tímidamente, entre cinco porteños y un chileno izquierdista,
metí la frase de Lautréamont
que como buen franchute es uruguayo
y si es uruguayo es entrerriano.
Una frase (salada) para terminar (o interrumpir) este poema:
“Toda el agua del mar no bastaría para lavar
[una mancha de agua intelectual.”





SOMBRA QUIETA


Una plancha se detuvo junto a un árbol y del suelo brotó una
lluvia de transistores.
Nosotros también nos detenemos, y a veces un poco deslumbrados
nos vamos por ahí... tambaleantes.
Pero la cosa recomienza, y siempre volvemos a ser lo que éramos.
El mobiliario se completa.
Lo que no quiere decir que la silla vuelva a llevarse bien con
la mesa.
Habrá que ver lo que es seguir... Pero que siga, que siga...
sin detenerse.
Y cuando comienza uno a abanicarse a grandes rasgos,
sin sentarse en una silla,
el suelo comienza a anegarse
y se termina por encontrar una rueda de esas en un rincón,
completamente knockout.
Momentos después la rueda recomienza
y hay viento por ahí.
Un viento que acomoda las últimas migajas
(¿por qué habrá siempre últimas, me preguntaba los días pasados
que siempre hay?)
La quiebra del pavimento,
la quiebra de los talones,
la quiebra de las agujas y de los pelos,
de las grúas y de los bancos de la plaza,
tiene que ver con los paraguas que flotan a la deriva
o con los humos que brotan interminablemente de las orejas gastadas.
Una oreja sepulta caballos.
Los cabellos sepultan caballos.
Los caballos insepultos son todos orejeros.
Las orejas se acomodan pero ya no se estacionan durante años en un rostro.
Oreja de plaza,
paraguas insepulto,
rueda demoledora...
Hubo que hacerse un lugarcito y esperar.
La conversación lateral crecía y los rostros se abordaban salvajemente.
Una almohada de cabellos.
Una almohada de caballos.
Orejas por el suelo,
rodillas en la tierra,
y todos los rinconcitos reservados para otras miradas.
Hoy me pregunto por qué de todos lados se vienen caballos
traídos de los pelos o de los cabellos.
Y el porqué de tantos andenes sin rostro definido
para colgarse de cualquier lado.
Una vez fueron tres
y no hubo palacios sino calles zancudas,
y cómo se zancudían
en cualquier sector de cabello
o de espejo incontenible.
¿Por qué contener el agua?
¿Por qué la llama acentuaba su relieve para declinar
y caer en un embudo?
Había que enroscar los cables de las miradas.
!Y pase otro más al frente!
Un frente sin perfil,
un filo iluminado para los que buscan asirse de los bordes.
Ojos vacíos, ventanas vacías y vendaval.
Hay un viejo asunto de cajones
y de muelas del viento.
Un centenar de antenas dopadas
hacen brotar sus frutos por todas partes.
Pero si hay partes no pueden ser todas para asomarse
detrás de una loma,
de debajo del agua,
detrás de una puerta
o simplemente detrás de los párpados.




FRESCA

El que se escapa termina solo. Días,
a la larga dentelladas, y
el aire no se tiñe como el agua.

Nada pasa de largo y nadie se aguanta tampoco.
Traicionera canción de piedras que se desmoronan.
Vaya canto a la soledad. Humo negro en noche
aún más negra que borrachea en el tiempo, sola
al fin, suelta y olvidada como una noche cualquiera.

Se siente en los tobillos, el sueño, el humo, tiempo, hace pasar
los trenes, las carretas lentas, culebras, babosas, lombrices
ciegas.

Las distancias cortas de los cabellos que pudieron escaparse de
la piedra traída de los pelos y de la maldición dicha sin ganas,
estropeada y cariada.

No más ilusiones perpetuamente iluminadas por el sol. La
siesta aplana. El filo es filo.

El cuerpo…o se quiebra o se queda. Aplastado ahí nomás.
Cálculo o maldición no alcanzan a salir de boca e’bagre
apestado.

Sonrisa, un humo de tantos sobre un vértigo de borrachera y el
humo rápido.

Guiñada oscura de los ojos cobardones. Grito blando. Y ni
aguja ni aguijón suicida
Cuerpo de puro salto, gritito, cuerpo blandito. Mordida sin
pausa, serrucho melodiando siempre.

Traición merodea, traición melodea, traición empuja a pura
uña. Y queda el arranque nomás. El arranque de motor
todo. Borrar, pasar el trapo alegremente entre la serenata
de los sapos y el humo silencioso sobre el agua.

La fresca al fin, a fresca.
La flor que no se horca nunca.




Sin tregua

................................A Marta Luciarte y Enrique Banfi

El burro adelante para que no se espante.
Todo eso
y unas ganas de refugiarse en el nosotros.
Es decir, los otros y uno...
La piedad de sí lleva a atolondrase
por si detrás de sí
florece algo más que la piedad,
esa vieja roñosa alquilada para subsistir
en medio de la lucha interminable del más allá y el más acá
que se pelean como perro y gato.
Más adelante no es un gato,
es un burro...
un burro con toda la pinta
y una etiqueta pegada en el lomo que dice asno
(porque está en España)
y vagabundeando en una estación de pasajeros
porque no hay manera de retenerlo en el galpón de cargas.
Un burro etiquetado
en medio de pasajeros dormidos o aburridos
Pero, ¿qué piensa el pasajero?
Que el porvenir es pasajero como él
o que el pasado es pajero?
La paja no es como el trigo
y el trigo no es como el burro
que va adelante para que no se espante.
Pero, ¿qué opinan los guerrilleros
y las palabras que hay detrás de los guerrilleros
manejadas por ellos como borregos?
Meh! Meh! Meh!
Hay un amor sin palabras.
(Chocolate por la noticia.)
"Si no late dalo por muerto."
Pero un muerto no sueña
porque para vivir hay que soñar
y el amor no es una piedra
aunque la piedra puede encontrarse con un carozo,
un carozo del fruto del amor
(esto sí que es cursi)
pero más cursi es confundir al carozo,
y decirle, por ejemplo,
"Carozo mío, quedás ascendido a Coranzoncito".
Los adelantados son los que siempre se quedan...
de upa,
mientras los ladridos caen
como los pétalos deshojados de la vida.
(Otra cursilería.)
Y el comisario se arrima a tomar unos mates
pero el señalero tiene que dejarlo colgado
porque el burro etiquetado en España
se le ha metido en la vías.
¿Y qué opinan las vías?
Las respiratorias,
las vías de hecho,
las vías, bah!
Las vías sudan como el hierro
del destierro
(tierra con hierro)
y el pobre exiliado hace de señalero
que no se quiso perder el quinto mate
que se tomó el comisario.
¿Y el comisario?
Ya se fue; lo espera el sastre,
porque tiene que ser padrino,
padrino pelado
porque se quedó sin rabo.
Y el burro sigue espantado
pero siempre adelante!




Quince minutos después
A Celia, siempre

Estaba ordenando las cosas para salir...
Y mientras ordenaba mis cosas
veía al lobo,
al lobo que fui
y no sé si al lobo que seré...
La palabra "cinzas",
una palabra en una canción de Wilson Simonal,
me atrae...
Una palabra que no puede traducirse como cenizas, en castellano.
Una palabra que resplandece como los ojos de los gatos en la oscuridad.
O los faros de los coches en la ruta pavimentada,
cuando la noche se hace madrugada
entre Córdoba y Villa María.
Salí de mi casa para verte,
con todas esas cosas en la cabeza...
lobo aullando junto a la "cinza" resplandeciente...
ojos de gato en la oscuridad,
faros de coches sonámbulos que se acercan y se alejan de Córdoba.
Y llegué quince minutos después...
No quisiste hablar.
"Ya se me va a pasar", dijiste.
Y durante un tiempo largo nos miramos en silencio.
El plato vacío,
el tuyo y el mío,
eran más blancos que nunca.
Y después vino el pedido.
¡A llenar el plato!
¡Tu plato y el mío!
Y empezaste a hablar...
¡Y hablamos!

Después de comer, un paseo.
El sol no estaba...
pero en ese momento, ¿qué importancia tenía?
Yo me sentía un inmenso pancito de azúcar
rodeado de árboles muy verdes.
Los trenes que pasaban a lo lejos
eran un poco tus caricias tímidas,
tus miradas.
Un perro trataba de jugar al fútbol
con dos chicos.
Un avioncito con motor giraba y giraba.
El paseo, el descanso, era un vuelo.
Y después el cine.
Un cine de domingo nublado.
Un cine de madera blanca,
donde la película, buena y todo,
al fin y al cabo,
fue lo de menos.
Después salimos.
Nos bastaban apenas
unas pocas palabras.
Y después...
Después siempre.
Pero yo recuerdo.





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