lunes, 16 de agosto de 2010

489.- EMMA BARRANDÉGUY



Emma Barrandéguy. Poeta argentina. Nació en la mítica ciudad de Gualeguay de la Provincia de Entre Ríos, en 1914. Anarquista, Secretaria Privada de Salvadora Onrubia de Botana, luego de su paso por el Diario Crítica, donde fue archivista y redactora, su reconocimiento "nacional" le llegaría con la publicación de "Habitaciones", novela publicada en 2002, pero escrita hacia fines de 1950. Con esa edición, Emma hace pública su vida privada; su escritura trabaja en un cruce muy delgado entre la literatura y la autobiografía o el diario íntimo; lo que le otorga una marca tan auténtica y original. Desde ese lugar también escribió sus poemas. En vida, publicó cuatro colecciones: Poemas -1934-35 (1936), Las puertas (1964), Refracciones (1986) y Camino hecho (1996), dejando inéditos más de la mitad de sus textos, que fueron reunidos por Irene M. Weiss, en "Poesías completas", un libro muy recomendable, publicado por Ediciones del Copista, 2009, de donde fueron extraídos los poemas publicados.
Ganó en dos ocasiones el prestigioso premio Fray Mocho, la mayor distinción literaria otorgada por el gobierno de Entre Ríos: en 1970 por la obra teatral "Amor saca amor", y en 1984 por la novela "Crónicas de medio siglo" con un jurado integrado por por María Granata, Isidoro Blaisten y Juan José Manauta. Murió en su ciudad natal, en 2006.



Encuentro con lo vivo

Aquí no hay mitines, ni calles llenas de gritos
o de puños.
Pero hemos aprendido a decir: “compañero”
con fervor y hemos deletreado en cada hora
la página de la vida campesina ruda
y desamparada.
Primero, tierra y pan; que después, cuando
las cuchillas no tengan amos, gozaremos su belleza.
Ahora somos dueños de una nueva poesía:
la del épico avance proletariado.
Poesía de la vida misma que arraiga a veces
en todas las cosas mezquinas y amargas.
Poesía que está aquí también sobre los campos,
y en nuestros días; en estos días nuestros
que ya no son inútiles, porque ahora,
compañeros, sabemos cantar junto a los hombres
fuertes que deshacen cadenas para ganarse
un mundo.

Emma Barrandéguy, Poemas, noviembre de 1934.




Ya me voy

Ya me voy de tu cuarto
y de tus hombros.

Allí esa intimidad de tu ropero
y los libros.
¿Qué haríamos sin ellos para el viaje?

La caricia empezada
y los ojos curiosos
te los dejo, hoy y siempre.

Se me encienden las manos
y me olvido. Despiértame.

Ya me voy de tu cuarto:
verás cómo, despacio,
se irán domesticando
mis violencias.
Y absurdo me ha de ser este deseo
y este crearse un sueño.

Y al fin, un día, me serán tan fácil:
las manos quietas y los ojos ciegos.

Emma Barrandéguy, Las Puertas, 1964.




Foto

Esa soy yo:
una mujer gastada y melancólica
con la mirada
que arranca de una infancia razonable
y una cabeza peinada
como corresponde
a una señora de tantos años.
Procuro que las canas
tengan su orden natural
que tranquiliza a los que miran,
aunque yo casi estoy segura,
después de todo,
que moriré sin haber sentado cabeza.

Emma Barrandéguy, Refracciones, 1986.





El cuerpo

¿Por qué no es posible el amor?,
me preguntas.
Somos viejos, respondo.
Y que pases tu mano
por mi pierna,
me da cierta vergüenza.
Tontería, dice el amigo
y cediendo
me tiendo a su lado como cuando era joven
y lo ignoraba.
Pienso en todos los viejos
que desde un banco al sol
miran transcurrir las muchachas.
En mi padre y sus esquelas victorianas
a las niñas de los mandados.
Pienso en mi madre pulcra
cubriendo sus desnudos en un último gesto.
Pienso que los viejos son como todos
y apetecen sin pausa
si no han sido saciados.
El cuerpo gira ante sus ojos
con el gusto de los prohibido,
como siempre.
Se los instala en la sabiduría
y no la tienen;
codician como jóvenes,
tienen pequeñas ternuras
como mi amigo,
tienen lascivas preferencias
que no les cuentan a los otros,
tienen derecho al amor
aun a costa del ridículo.
Y si pasan tomados de la mano
o se encierran en su mundo
con las persianas bajas,
tendríamos que mirarlos sin asombro
como a lentos vagabundos
o discretos amantes que renuevan caricias.

Emma Barrandéguy, Camino hecho, 1991.





García Márquez

¡Oh Garcías del mundo!
Si a los noventa años
Querías para vos
una niña virgen,
quiero decirte que a los noventa y uno
tengo para mis manos
una mujer esbelta
con tres hijos al lado
y que mis dedos arrugados
acarician sus hombros
y beso sus pechos
como nunca lo hice.
Perdóname, padre del famoso Macondo,
desde Gualeguay te saluda esta vieja
con sus manos y su boca colmadas.

Emma Barrandéguy, Últimos poemas, 2005.




Fiesta Patria

Domingo en soledad, y compañía.
Mis ojos viejos miran la lluvia fuerte
de la siesta,
pienso en tus pechos
y en tu espalda
y en lo que ahora haces;
tu patrimonio,
lo que por amor logras
para tus hijos
y en cartas que no llegan
como en principio.
Yo ya no puedo darte
mi cuerpo viejo,
sólo mis manos tengo para tocarte
y el oírte distante
aún me acompaña,
y yo siempre lo pienso, mi vida,
como es que no puedes encender una llama
como conmigo hiciste.
Ojalá lo lograras
y si lo logras
te seguiré queriendo
y no sólo en domingo
ni en fiesta patria
sino toda, toda la semana.

Emma Barrandéguy, Últimos poemas, 2006.




LA POESÍA

Ella está lejos
con sus pechos henchidos
y su mirada que divaga.
No me visita ya hace tiempo.
Debo entregarle, sin embargo,
mis hojas en blanco
como todas las cosas
que voy entregando.
Ecos llegan de otros lugares
trayendo nuevas que resultan tardías.
Allá hubo alguien que se refugió
en mis brazos:
aquí hubo alguien
en cuyo hombro puse mi cabeza.
Todo guardado en oscuros rincones
de la memoria,
que acechan para señalarme
lo que se va desgranando
como uvas ya demasiado maduras.
Mis pies en la arena caliente
de las tardes
cuando el aire escurría
las sábanas tendidas
y mi llegada era aguardada
con impaciencia
a la puerta de hoteles provincianos,
y su llegada, en cambio,
acontecía en las noches
agrietadas de gestos repetidos,
para recibir de sus manos la palabra
que quería decirme simplemente:
Nada hay tan valioso como el amor.
Ella está lejos con su mirada
que divaga.
Y aunque cada día la espero vanamente
hay algunas veces —como esta noche—
que me visita.



PLANTA

A través de decenios, de patios,
trasplantes, mudanzas, basuras,
desdenes, colillas y helechos
vuelve a florecer el lirio atigrado
de noviembre,
traído por tus manos
a los canteros de mi adolescencia.
Miro sin asombro el milagro.
Envejezco,
rabiosa de vida, como el lirio.

(de:Poesías completas,
Ed. del Copista,2009)






LA RAMA SECA

Amo que tus pechos
tengan el tamaño perfecto
para mis manos.
Amo que tu piel
tan suave
me permita besarte
con ahínco.
Amo que tu ávida boca
exija de la mía
besos más intensos,
pero desconozco
esa intensidad que me pides
pues mi boca no tuvo nunca
mayor dispendio.
Amo que tus manos
busquen en mí
el oscuro lugar del goce
y me agrada que
quien en sus jóvenes años
buscó con feroz constancia
donde recostar su cabeza
llegue, al final de su vida,
a ponerla sobre tu hombro
para mirar en paz
el jardín cotidiano.

Y amo mi gato negro
que me saluda con su miau mañanero
y cuando se enoja
ha aprendido a morder mis manos
con una suavidad inusitada.

(de: Últimos poemas;
Poesías completas,
Ed. del Copista,2009)



Un hombre

Las costas verdes, los sarandisales,
el mostrador donde acodabas tus hazañas,
aquellas suelas y el martillo curvo,
las pieles de las nutrias,
la manta testimonio de esa fiebre
que trajiste del norte,
el machete triunfal sobre las pajas,
las redes viejas junto a tus polémicas,
la canoa prestada y los anzuelos,
la cuadra de batatas que dejaste sembradas:
hoy no se hacen presencia en tus pupilas,
entran al territorio del recuerdo.
Porque la vida de un hombre,
de un loco,
de un rebelde,
de un disconforme eterno,
de un hombre que no supo hacer dinero
pero sí caminar, conversar, beber,
estar en desacuerdo
y desatárselo en palabras a la gente …
Porque la vida de un hombre como tú, digo,
no es más que esto:
una enumeración de circunstancias,
el recuerdo de un proceso,
una barba crecida,
un hijo muerto,
unos ojos brillantes,
gajos del Gualeguay entre los remos.
En el agua tenías que morir,
no hay que asombrarse.
Tendiendo redes en la noche,
para pescar por fin tu corazón inquieto.




Marina

Las patitas quemadas
de la andariega
con la mente que arde
y el corazón que espera.

Sigan andando fuerte
las dos patitas,
que las llevo en mi mano
a las dos solitas.

Y esa mano se tiende
como siempre en la vida
esperando el abrazo
de bienvenida.





Carolina

Besarás en el cuerpo
de esta anciana que camina
hacia su muerte
a tu padre
o al mío
en nuestra enmarañada
sangre
y yo besaré tu hombro desnudo
con delicia
como si mis manos tocaran
flores delicadas.

Te aguardo sin decirte
todo esto que ansío de vos.
Tengo miedo
pero te amo
mientras un hombre
llamado Benjamín
sonríe entre sus cenizas.




Página 35

Para los ancianos, Tuky, la Muerte
no tiene una obscenidad lujosa
ni una artimaña de lobo
como la que ejerció con tu niño.
Abre, en cambio, la puerta lentamente
como una amiga curiosa
para arrimarse a nuestro lado.
Para esta amiga
ya ni la boca ni las manos sirven.
Ningún anciano quiere ya
a esta nueva amante.
Resistiendo su convite
miramos en el patio
un último brillo del rocío
y, por fin, orillando ya el descanso
aflojamos los pétalos
como cualquier flor
que se deja caer sin intentar quejarse.


*



Sí, “ser poeta no es una ambición mía
es mi manera de estar solo”.
Es cierto, amado Caeiro,
siempre estaremos solos
y así lo queremos
a pesar de nuestros ilícitos amores
o de los aceptados.
Siempre estaremos con la mano
tendida
hasta que la muerte
nos toque los dedos.



*



“Gocemos escondidos.
Enmudezcamos.”
¿Fue siempre así mi goce?
¿Fue necesario hacerlo?
O el goce es simple
como comer arroz
como ver la rosa
o el brote,
como acariciar el gato?
La que dice desearme
¿dice verdad?
Qué puedo ofrecer a sus ojos:
Dímelo vieja Safo
y estaré y estaremos contigo.


*



“Déjenme ser una hoja de árbol, acariciada por la brisa”.
La última hoja amarilla
de los fresnos,
del ceibo, de la glicina blanca.
Soy.
Ya culmina el otoño
entre nosotros.
Las hojas esperan en la vereda
el agua que las empape y las ensucie.
El árbol, libre de ellas,
al fin puede conversar con la luna
que asoma brillante y sensual
por el este de la noche
que silba entre las ramas.






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