jueves, 5 de agosto de 2010

PEDRO MONTEALEGRE [330] Poeta de Chile


Pedro Montealegre 


(Nació en Santiago de Chile, 1975 y falleció en España donde residía en Enero 2015) poeta y periodista.  Cursó el doctorado en Lengua y Literatura Hispánicas de la Universitat Jaume I, en Castellón, y formó parte de la Unión de Escritores del País Valenciano. Residía en Valencia desde el año 2001. Ha publicado los libros Santos Subrogantes (Ediciones de la Universidad Austral de Chile, 1998); La Palabra Rabia (Editorial Denes, Valencia, 2005), y El Hijo de Todos (Ediciones del 4 de Agosto, 2006).







PENITENCIA

Caigo
de cara en tu charco
Mis rezos son musgos flotantes
que miras extasiado desde el cielo
Retorno de rodillas a la urbe que me diste
Me vuelvo estaca, poste de luz, no puedo conmigo
y me das la cojera. No me mendigo a mí mismo
para encontrarte entre todos los cartones
Quizás si me invitas cerveza
hablemos de gloria y redención
Cuando esté borracho convénceme de lo que quieras.



PISAS MI ESPALDA

Ya no
duermo en la
memoria del paraíso
tal vez de una calle
donde los niños agitan
su corazón como basura
Ya no lustro los silicios de la lluvia
Putrefactos los peces de la conciencia
no son una pared en la que rayes
garabatos y corazones anónimos
Y yo no soy un muchachito que por gloria
se subiría al auto de cualquiera.



LOS POSESOS

... A Quercipinion

No es malicia
que luzcamos placentas al salir de la misa
mientras adúlteros y extasiados
lamemos los cirios del último sacrificio
Es delicia
que desde el fondo de la lápida
en la pared más oscura de la iglesia
abramos las piernas a los demonios
y clavemos entre ellas la cruz.



SALMO HÚMEDO

Si yo te regalara esta lluvia y bendijera las vertientes que fluyen de ti, sólo así la humedad me daría tu inocencia; la tormenta vararía en los corales de mis brazos, si no te regalara. Si yo me volviera acaso un pez en tus manos, un charco transparente que te moje sólo a ti, el sonido del delfín no sería necesario: sólo la caricia de mi lengua te estremece. Mi desnuda suplicante, que te vuelves olorosa como un limón partido en cuatro, como una jaiba que encumbra su poder de oleajes, si te partieras en mi boca como una grosella, cerraría los ojos; dormiría en mi muerte; abriría tus ramajes, treparía hasta tu copa y bebería las luciérnagas que habitan en tus dedos.





SALMO SUICIDA

Lanza al aire tus esferas del escándalo. Se ríe de sí mismo cuando explotan en la nada y se vuelven nueces o pájaros nocturnos. Sus ojos ladran como un perro enfermo; sus manos son dos hechiceros sobre el fuego; su voz no existe; su cuerpo repta como un galápago a la espuma. Helo aquí, saltando hacia la hoguera: hierve su saliva como un pez sobre el salar; cruje su diafragma con sonido de viento. El arlequín, el arlequín está abierto. Aún sonríe, de cara al polvo, entre tus esferas apagadas.

de Santos subrrogantes (Valdivia, Universidad Austral de Chile, 1999)





GÉNESIS

Comencé como un doble. Negando y negado, al renacer tanto higo
y no madera de su árbol, la cerveza y no cebada de una espiga, una sola,
y el alma en almácigos con la voz de mi mortal, con el pie de mi inmortal,
con el agua por delante: una fuente en el mundo y dios todo para mi sed.
Comencé las ilíadas sin parte, ni linaje.
Así me despedían: blanco entre las sábanas colgadas al aire
y hambriento por la forma, la verdad de un leño ardiendo: un fénix
con su pico atragantado de cenizas. Yo el funesto de los ojos
arrugados como vientres. La mancha sin causa en la madera fosilizada:
tu huella, la mía, formando un mosaico. Un vitral que consagra
tu memoria a una imagen. La nave de un templo que guarda los deudos:
mi cirio goteando tu poco de muerte.





PADRES

No venía al caso gritar, escribir, morir con el tinte
del amnios en nuestras caras: sí hallar a los hijos
que enredaron su planta en la misma hiedra
que nos hizo caer. Hablarles al oído: su sueño
tornándose un estado de gracia.
O que fueran las horas estos hijos de leche.
Les pedí que levantaran la hojarasca,
que me vieran las piedras: mi corazón allí,
el ramaje, la espesura. Ellos se levantaron,
sus ojos de arena. Ellos me dijeron
que mantenga la mirada. Y yo les mostré
nuestras barbas de padres.
Y ellos nacieron de nuevo,
pero de pie.





HERMANOS

1

Caían verdes los niños. Yo era uno de ellos,
buscando el molino, la memoria de verse
como una espiga más sobre el viento. Otra piedra
que ponga su peso en la memoria: renaciendo
la voz y el miedo a los rastros. Las estrellas dispersas
en medio de la taza, vestidos de blanco, rezando a las frutas
para que abran su estigma como un poco de voz.
Caían verdes los niños. Y los padres trenzaron
la niebla del mediodía, rompiendo ese vidrio.
Nacieron de las flores, a la espera del vuelo
que los hizo siemprevivos, sin rayo, ni lluvia.
Y yo supe que la vida es un cerco de líquenes
y que las horas son hermanas que peinan sus muñecas.
Caían verdes los niños: mis manos de aserrín,
cayeron después y no alcanzaron a recogerlos.



OFERTORIO

3

El camino hacia tu infierno está lleno de avellanas:
caminando me llevo a la boca algo de ellas.
¡Son mis pies los que dejan esta huella en el carbón!
Yo prefiero ser tu látigo, aunque no pondré mi rostro
en tu esponja de vinagre ni en tu paño de ramera.
¡He hurtado las monedas como todos los muchachos!
El sudor de mi mano tiene espumas de mar,
y mis dedos son finos como un hilo de seda.
¡Deja mortalizarme! Yo no quiero ser Midas,
no pretendo que mis dedos vuelvan oro cada cosa.
Córtame las plumas, que prefiero embriagarme:
dame un vaso y acompáñame. No pretendo ser Dédalo,
sino un ángel borracho que te beba como un hombre.

4

No pretendo esta miseria: yo no soy tu ciudad.
Ponte en cuatro, que aparezco; en setenta veces siete.
En tres ejes tu gloria se jura perfecta.
Tiene voz de niñita. Pero un niño como yo
va buscando sus heridas: aunque tú eres mi padre,
aunque yo soy el tuyo, no me seas vendado.
No me sean tus ojos quemados con carbones:
esta gloria no es un beso entre niño y niñita.
Camino con todos adonde las calles se repartan,
acaso como un delta, el mismo río que te nombra.
Así fueran los siglos un trigo para aves,
yo soy tu amortajado -¡Dime, tú, en qué vientre!-
tu piedra, como Biblia, transparente y único,
bajo un mar de medianoche. Pero no tu ciudad.



ANDRÓMEDA

Dijiste que hagamos otro padre sobre la tumba; que veamos los lirios
como cuando se humedecen las enaguas de tu madre alrededor de la noche.
Pero tu madre se contenta con cerrar los ojos, amarrarnos a la roca
con sus cabellos de madre, lo mismo que amarrara un ahogado a una burbuja.
Y por más que lo pidas, no vendrá ni un nautilo a apoderarse de tu cabeza,
ni me hará menos libre del semen de mis hermanos. No verá esta rompiente,
ni blancos los nudos de espuma en la recogida. Menos confundirá
nuestras entrañas con algas: los ojos de mi padre tras la impureza de la ola.



LA LLAMA

Tengo fiebre y tu mano me fue helada: era tuyo este signo de mi espanto.
Tengo muerte, y tu mano me fue canto, y me ciegas con tu ojo, y soy la nada.
Tu signo es como vaso, y lleva un signo, más otro por ventura de tu abrazo,
sin fin, en la ceniza yo lo cazo; y el rostro -que es el mío- le persigno.
Por más fría que estuviese tu mano, tu signo es mi retorno, y yo me agacho,
aunque ardiente en tu beso, lo reboto, y retrocedo al beso de mi hermano:
el signo de mi espanto era un muchacho, mirando cómo humea su Dios roto.

De El hijo de todos (inédito)



LA MORADA

1

No trates de hacer tu cama sobre el frío, que los gorriones dolerán:
yo tengo en mi casa unas jaulas con gorriones y se morirán todos
si es que tienes frío: y las jaulas torcerán sus barrotes sobre mi cara
si es que no te prevengo, si es que yo no te tapo con un trozo de pan.
Sobre un gorrión dormido en la estrella polar, yo no haré mi cama,
y no me haces caso. Tú no me sigues y caes sobre el viento,
y le mendigo a la noche un pedazo de cobija. Y te vuelves morado.
Le mendigo a los perros un trozo de piel para no ver tus dientes.
No trates de hacer tu cama sobre el frío ¡No estaré para lavarte!
No estaré para darte el vapor en la frente, leyéndote las aguas.
No estaré para contarte la saga de mis padres que un día partieron
a la aurora boreal -más allá de estos pastos- con zapatos de hielo.
Yo tengo en mi casa unas jaulas con gorriones y se morirán todos
si es que yo me olvido y no fundo los zapatos que tú te pusiste.

2

Yo tengo en mi casa una estrella de mar. Yo mismo la busqué:
puse aire en la alforja y fui a lo abisal a encontrar esa estrella,
porque la quería en tu barba, para que me vieras la albura
por debajo de la ola: yo quería también que tocaras la medusa
que me late acá adentro.Y si era dado de que a ti te gustara,
si es que te araba esa estrella y te la guardabas al fondo,
no tendríamos frío y cantaríamos la espuma igual que delfines.
Me dirías lo mucho que sabe una sal en los ojos: el mar,
ese ojo que espera tragarnos como yo. Tan igual. Otro ojo:
y espero tragarte. Y espero que sientas la estrella marina,
porque mi casa es la estrella, porque mi casa es el mar.
Y espero que haya un mar que te extienda hacia adentro.

3

Yo tengo en mi casa una página de libro: y tú lees y lees,
y como si fuera metáfora, veo que vas por el borde de una hoja,
como si fuera por el borde del tintero celeste, del mismo
que marca tus huellas y deja una estela de su propia saliva.
Digamos que tú te querías celeste, porque la tinta lo puede:
te quería en la impudicia, con la hombría de mi esposa.
Tu longitud de niño que se tienda en la tinta igual que en su cama,
y por más que chapotee, no vea reseca ni oleada su cal.
Pero no quieres leerte en mi casa, y te leo: asimismo te abro.
Imagino el jardín y las manzanas podridas por tanta llovizna.
A ti no te importa, porque vas colocando sobre ti las manzanas,
y las cuentas de a una mirando lo que hago. Y yo no hago más
que imaginarte -y te leo-; te lavo -y te leo-; y te quito el barro,
porque en mi casa no hubo barro más que yo y mi tinta.
Y lo sabes bien, y por eso vienes sobre un insecto y cuidas
que la tinta se espese. Y que yo me espese. Y me quede quieto.

4

Yo tengo en mi casa un puñado de hojas, y veo que el día
me las hace tierra. Yo veo que el día desnuda su esqueleto,
y las vuelve óxido. Y a ti no te importa porque vas desnudo:
tu nervadura articula el lenguaje del silencio. Y sabes que ella,
la muerte redonda, cabe en el clavo que afirma mi casa:
un pilar, una esquina, el cajón de un mueble. Y tú vas desnudo,
porque la muerte es el ropaje que no logra cubrirte,
así como mi casa me cierra los ojos y roza mi mejilla
con el mismo soplo con que apaga la vela. Yo tengo en mi casa
un puñado de hojas y vas con tus párpados y ya las barres.
Y todo el misterio es claro como un huevo, y la cáscara de calcio
te será nutritiva si la mueles con las palmas. Y todo el misterio
es tu voz de muchacho, tus cimientos de muchacho: esas manos
que saben tomar el insecto de la muerte y treparlo por los dedos
hasta que vuele a la bujía. Mi casa es la bujía. Y adentro te llamo.




Tómale el pulso: el aire pega: Ta-tá, Ta-tá. Ritmo de qué, -caliente, rojo, golondrino de axila, hedor de testículos, azufre, hollín, mango de cacerola expuesto a la llama. En la fiesta: transe: ¿sí o no? -sobre el miedo- transidos, transar la fuga: chico contra la azucena: friega, friega. La muerte es así. Era guadaña. Refriégate contra ella. Tú viste eso: yo vi una azucena totalmente afilada. Un ángel salió del vapor bostezando: Ángel, gira; yo soy condensar: gotas en vidrio, tapa de olla al retenernos en Qué: ah, el hambre -sola para la sal, tonta para tentar. Comida. Comida -Apréstate, ahí: están los peces: se disputan la mosca. Sobre el agua, desde de la orilla, me come el pez -abre la jeta -lo negro es cosmos, ¿lo adivinas tú? Allí, sobre el cielo, desde el globo vacío, me zampo: ¿Qué? Una célula es Qué -la calle es igual. Si decimos roto, lo roto viene y dice: ¿Qué? Y la Q abre una grieta- y áspera. Del pliegue, un lisiado sale. Enseña: mira mi pata de madera.
Decimos madera: aludida viene y dice: ¿Qué? Y en la Q hay filiar -velo enredado, un cordero en la zarza, hijo de Abraham- di: ¿No se llama madreselva, acaso, ese tejido antiguo? Se llama luz -partiendo la nube, gran insectario- alfiler para un grillo. El cielo era negro. Y yo dije, tú, color de asesinados -manual de anatomía: todo traslúcido- Desaparecer, di Pedro apareciendo. Manuel preso en ojos: manos de tierra para ser deshechas. Cuentas de vidrio los ojos de pez -tus ojos, ¿qué hunden?-no, no: llanto. ¡No! O reconocerlos lisiados: un niño, dime, ¿qué hace un niño escondido en un muerto? Cuajo de plumas: era sarna lo que picó la línea buena de tu mano; harina la protuberancia abierta de tu omóplato. ¿Nos confundimos con ángeles? No, moscas: larvas. Sanguijuelas. Nos volvemos bichos. Y si miramos al pez desde afuera, en la orilla -él salta, nos come. Se come. Se atraganta. Ja Ja: su espina. Ja Ja: su espina era necesaria: o la inanición. Ja Ja ¿Nación? Perros de ciudad, hum: nutricios.
No, no. En el pueblo nunca se han visto perros. Un ladrillo de luz te golpea el labio. Del Paf un grito escapa diciendo: ¿Qué se rompió?Esa Q controlada, que baile, que baile. Dime esa Q que engloba la fuga del ruido Paf. Yo sueno -sano- y mendigo el pulso. Ta-tá, Ta-tá, palpita ésa, la irresistible guadaña -hoy día, azucena.. ¿Dónde estás? ¿Qué hedor te consume ahora? Si te hierve algo, ¿adónde irá el resoplido?Una célula está. Un niño lisiado también está -un sonido inaudiblelo corta en sílabas. El corte -sabemos- se inclina a parir. Cortaron, Manuel. Cortaron, Pedro. Y vino el corte y dijo: ¿Quién me llamó? Unas membranas haciéndose músculo, dijeron -músculo: a través de esa Q, yo nací sin días. Tras el hambre, unos hombres se asomaron a la orilla. Boca de pez, boca de fe, reflejo y reflujo. Lo decían ellos: yo sé lo que hubo. Países celestes, decolorados con flama, dialéctica de llamar al hueso: digan, quién fue el nacido que te sacó de cuajo ¿Hubo guadaña?. El cuajo, el crujido dicen yo y yo.

De La palabra Rabia (Denes, 2005)







El horror conmina, su lengua de mariposa: revoloteo. Fuga de quien pulsa el ojito: Calavera, ¿te duele? Y dirá. Ay, Muerto; conquista tu natura. Pon la boca así cuando digas: costilla
cuya hermosura es chuparla. Manises representa lo ardido; el súcubo
de la vía, arlequín, burla, chirigota donde no hay chirigota. Ni goteo. Ósculo:
el desgraciado sobre lo ardido: larga calle, largo plano, mausoleos así-vivienda, piso, serrucho y golpe del clavo -Ay, sentiste milímetro a milímetro su hierro. Sentiste rasgándole el bícep: crujir un tendón. ¡Rask! Aquella fisura parecida a sonreír: la azucena de la muerte abonada en la boca. Crece en el hueco -demasiado abierto- el abrazo.
El horror pregunta, qué obituario: abecé, etcétera: se puede ignorar el chasquido, la lengua imitando gallinas -tartamudeo- se desmembralo que se llama hablar: traba su verbo con una feca en llamas. Quiere decir ira pero le sale consomé; le salen virutas de quien raspa una silla; el espesor de saliva cuando rabea es así: decir Oink de cerdo -me llamo Oink de cerdo- tú palpas tu cuero -pulido- de corzo. El horror parte en erres los jirones del templo. Rabia, crispar -los dedos- trenzarlos, carbón en su punta: vamos, comiencen a escribir. Manises. Puerto Varas. Feo bofe de buey -no preguntó el miedo- asintió al cuchillo. ¡Qué se yo
si lo partido fue el aire! Bofe. Hígado. Menester ver entrañas antes de ver la luna. Asadura, desguace, cámara de autopsia. El horror nos informa: mira tu padre: su pata de palo, su ojo de vidrio impermeable a la luz. Su mano metálica, cascanueces de qué. Un petardo estalló -silencio, dinos: ¿Qué fue de ti, allí derrotado, escindido como un higo? Boca de nadie te come y dice: Papá, Mamá: lo que llamamos Tú, transparente como Tú. Una aguja de guerra te coserá los labios. Aviones a chorro trazarán geometrías difíciles de entender. En la mesa el arroz,
expresión grotesca de lo inacabado. Los sobrinos en papel del blanco, ¿qué es desaparecer? Los muertos de miedo recomiendan asir. El horror girando y girando en un carrusel, se agota, se marea y es marea; clava la mariposa en el ojo del caballo.

De La palabra Rabia (Denes, 2005)



GÉNESIS

Comencé como un doble. Negando y negado, al renacer tanto higo
y no madera de su árbol, la cerveza y no cebada de una espiga, una sola,
y el alma en almácigos con la voz de mi mortal, con el pie de mi inmortal,
con el agua por delante: una fuente en el mundo y dios todo para mi sed.
Comencé las ilíadas sin parte, ni linaje.
Así me despedían: blanco entre las sábanas colgadas al aire
y hambriento por la forma, la verdad de un leño ardiendo: un fénix
con su pico atragantado de cenizas. Yo el funesto de los ojos
arrugados como vientres. La mancha sin causa en la madera fosilizada:
tu huella, la mía, formando un mosaico. Un vitral que consagra
tu memoria a una imagen. La nave de un templo que guarda los deudos:
mi cirio goteando tu poco de muerte.

De El Hijo de Todos (Ediciones del 4 de agosto, 2006)




La imagen en el aire de un cometa: ¿es el aire? Ah, la estupidez del oxígeno, el hidrógeno.

El volantín de Luis le rebanó su meñique: aquello: tan real. La pesadilla de la sangre.

Fue la sangre belleza. Todo era bueno, inclusive morir. Matar: por ejemplo, una vez, saliste

a jugar al porche. ¿Luis existió? Sí, fue real. Pero ahora el rojo es figura geométrica

–una constante estadística–, un poliedro adjetivo (a todo acompaña). Me rebané el dedo:

fue el hilo de mi volantín: aún me quedan nueve. Lo que me interesa de la palabra:

su pulmón y su talla: ya no me digas que vienes del barro. Se sabe tu interés. Un poema de amor.

A ver: ¿cuánto mide un poema de amor? La magnitud de su estrella, igual a ese grito:

el hilo curado cercenando la carne: polvo de vidrio: sinónimo de Poder es un vidrio entero:

se refracciona la luz, pero la lágrima del negro se llama luz. A través de la claridad

te diré mi nombre. Tengo uno. Otro. ¿Un insectario completísimo?, ¿las alas de la Danaus,

la cara de un solo? Ni de calles ni vuelos –una mariposa abisinia– me hables: esta gramática,

el aleteo de una mariposa sobre el glande –negación– descifrar: qué detrás, persuadir al conserje:

ve, dímelo ahora: ¿una figurilla de barro pondría Dios en el horno? Hubo estetización

proveniente del grito: Luis gritó: tú gritaste: fue la sangre escritura y la escritura fue horror:

La imagen en el aire de un cometa: ¿es el aire? En mi pueblo, volantín: la estupidez de pasar:

Ah, la estupidez del oxígeno, el hidrógeno: átomos escudados en transparencia, ¿quién hiere?

La niñez: qué dices: digo un laboratorio donde se ensaya el habla. Yo te hablo a ti.

Tu poder consiste en domesticar un grillo. Yo tenía poder, pero la revolución del grillo

consiste en el salto: sí, fue real: no, no lo fue: amigo Luis, con tu rojo, y tu cometa hacia el miedo.

Mi estética es ver. ¿Una lucha muy gélida? Caída de ventisquero: sangre del papel llamada nieve. ~

Transversal (El billar de Lucrecia, 2007,)














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