domingo, 5 de febrero de 2012

5763.- VALERIA ZURANO






Valeria Zurano ( Buenos Aires, Argentina, julio de 1975)
Ha publicado los libros Barco en llamas (Ed. Escritores Unidos Independientes Argentina, 2003), Las damas juegan ajedrez (Alción, 2007), El gran capitán. Crónica de un viaje al litoral (Ed. Cortina de humo, Chile, 2008 y El andamio, Argentina, 2011), El libro de las hormigas (Ed. Cortina de humo, 2009), Operación claridad (Ed. Ramos conspira, 2009), Conjuro para detener el temblor (Ed. Crónica digital, Chile, 2010).
Ha obtenido numerosos premios, entre ellos, el Primer Premio Concurso Leopoldo Marechal, Morón (2008) y el Primer Premio IX Concurso Internacional de Cuento Corto Babel, Córdoba (2009). Integra la antología bilingüe Tránsito de fuego, de poetas latinoamericanos 1972-1990 (Casa Nacional de Letras Andrés Bello, Venezuela, 2009) y Voces con vida. I Concurso cuento breve (Salón del libro hispanoamericano, México, 2009).
Administra el blog buscandoeltiempoperdido.blogspot.com









Los días contradictorios


y entonces el día permanecía fijo como un alfiler clavado 
a una mariposa de colección
y las grandes alamedas se cerraban para nosotros
y la oscuridad era una bolsa de polietileno que nos tapaba la boca
y en los estadios nos cortaban las manos
y la poesía era un poco de carne podrida, oscura de moscas, al sol.


Leonor García Hernando




Poema para una heladera vacía


Esta no es la poesía que hubiera querido pero, una vez más, 
la heladera está vacía.
Una vez más, alguien golpea a la puerta para vender, y comprar algo, 
porque aquí todo tiene su precio.
Acá los pájaros mueren de hambre y uno se enferma
y yo busco una palabra, un ala de pájaro muerto, el precio de este desgano
busco la forma en que pueda caer tranquila, aunque la heladera 
y la vida estén vacías aunque los mercaderes te traigan de nuevo: pájaro muerto, palabra anudada.
Alguien golpea a la puerta para entregarme la muerte.












Final del sueño


Todo, al final, resultó ser parte de la gran hipocresía sistémica 
donde los crédulos miran televisión,
y se piensan, y creen que se están viendo.
Después, lo único que se pudo hacer, fue cortarse las venas, 
una sobredosis de viagra, una inyección de pentotal para despertar 
del sueño ingenuo.
Esto es lo que quería papá cuando dijo: “mi hijo el doctor”, 
y me alzó en brazos. Esta especie de limbo, de burbuja que es el mundo, 
pero ¿qué voy a hacer con vos, amor?
Al final, tampoco era cierta esa idea añeja del amor, del que mamá 
hablaba mientras se pintaba los labios.
La aguja entra en la vena, el líquido incoloro dilata las válvulas, 
el calor recorre las arterias, la solución enamorada del espasmo, 
los tendones se contraen, el ardor de los nervios y, luego, esa paz 
donde todo se derrumba.
¿Dónde voy a guardarte amor?
Sino en esta parodia de ahogarte en un golpe seco del brazo extendido 
que busca el torrente.
Todo se te parece tanto, esta aguja hurgando, inflando la vena y, 
después, los ojos clavados en el techo: abiertos, alucinados, 
luchando por hacer remoto el control de esta vida.












Nosotros; los gusanos


Llegás tarde, porque prendieron fuego el tren en Moreno. Usualmente,
 suceden ambas cosas.
Lo único que hay, hoy, para comer, es un paquete de lentejas 
con gorgojos sacaría los gusanitos, y los pondría en una de tus plantas.
Los gusanos no esperan. Se retuercen como si fueran niños cuando 
los aparto de las legumbres.
Estamos juntos porque no tenemos adónde ir
jamás voy a decirte lo de los gusanos en las lentejas, jamás
ni siquiera en esas conversaciones que surgen de la noche.
Los gusanos no esperan nada. Los gusanos viven así, hasta 
que las lentejas hierven, porque no tienen adónde ir.










El rock del gordo Pipo


Un charco puede ser la peor emboscada y, a veces, esto hay que 
tratar de adivinarlo
aunque, para nosotros vivir en esta ciudad, esté íntimamente 
relacionado con la idea de que prever es imposible. Los de al lado 
son unos enloquecidos con la música, siempre cumbia y cumbia
pero acá el rocanrol es hasta el final, hasta el último aliento
como el gordo Pipo que se murió el año pasado, con un vaso de cerveza 
en una mano, y en la otra la púa tocando un tema de Hendrix.
La muerte podría ser un charco al que uno siempre subestima
te mirás en ese espejo, aparece tu rostro demacrado
tanto reviente, como el gordo, como los vecinos, como nosotros. 
Pero nosotros no podemos prever y, además, nunca un charco 
puede tener semejante profundidad
nosotros nos tiramos derecho al charco, y caemos de jeta sobre 
el agua podrida como el gordo Pipo cuando se desplomó sobre 
el charco del vaso de cerveza
y, a todos, nos dio tanta pena
ése último vaso del gordo Pipo desparramado por el suelo.












Figuras de puntos en planos distintos


(No todos los puntos están en el mismo plano)
Ir de la matanza hacia el norte es pretender atravesar el mundo
las cosas en esta ciudad se complican demasiado
y acá, después del genocidio, lo único que hacemos es sobrevivir.
Hay meridianos que en esta ciudad están latentes. Hitos de los que está prohibido hablar
yo no quería, pero tuve que cruzar esos límites y, al final, lo único 
que ha prevalecido es este bolso que llevo para venderte algo.
Las cosas se complican, y los meridianos se trazan con sangre
como la ciudad, y un puerto que no existe
la necesidad de correr para no ir a ningún lado.
En medio de esta matanza los cuerpos caen sin defenderse
alguien dice que deberíamos resistir mientras el olor del poder brota 
de las axilas.
En esta ciudad suceden cosas increíbles
los meridianos y los puentes me condenan a la cárcel de amanecer, 
para borrar esas líneas injustas y, sin embargo, sucede que un día 
da lo mismo leer poesía o traficar cocaína.








Nosotros y las garrapatas


Hoy entró el sol por la ventana
así fue como supimos que estaba llegando el verano.
Sacamos los colchones húmedos, y eran tan tristes esas manchas
las huellas de humedad parecían manos y caras todavía durmiendo.
Aunque repitas que no es necesario igual arrastro algunas frazadas 
apolilladas y las extiendo sobre los árboles para que puedan descansar 
de nosotros, de tanto invierno, de tanto arder sin razón
miles de garrapatas comenzaron a salir de las paredes. Eran tan 
pequeñas, tan diminutas, tan con carita de insecto que resurge feliz 
después del hastío, tan parecidas a nosotros.
Durante tres días quemamos sus cuerpos
las perseguíamos con una vela, con un encendedor entre el júbilo
y la angustia
pero algunas intentaban escapar del fuego
y otras se quedaban quietas para simular la muerte
movían sus patas, contorsionaban su pequeña existencia, luchaban 
hasta el último suspiro
a diferencia de nosotros, ellas ardían con cierta dignidad
hasta que la llama las hacía estallar, y el cuerpo quemado parecía 
mi cuerpo.
Ellas lo saben,
y por eso algunas prefieren hacerse pasar por muertas, se quedan 
quietas, contienen la respiración, agachan la cabeza, cierran los ojos, 
y se tienen sin pensar
no piensan en nada
lo mismo que nosotros debajo del invierno.










Menos corazón te digo
Así, se llega cuando los pies se enredan con otros pasos, y se termina 
escondido en el territorio neutral del mundo
la puerta de un baño en estas ciudades sitiadas de puertos se cierra
mecánicamente todo es una mercancía donde se hace el trueque justo 
y sano que luego, con tanta técnica habrán de negar a favor 
de la mesura.
El agua infla los dobladillos, se hincha la tela de ese jean extraño
tu boca es la misma que la mía, tu forma de quejarte, de saber 
que estás muriendo, de contraer el corazón hasta la insignificancia, 
menos corazón te digo, y los brazos se pegan a los azulejos, se hacen 
hilos de agua que gritan, que chorrean del botón del sanitario, 
de las juntas de los cerámicos, de las uniones de las cañerías
nuestros brazos son ríos delgados y tímidos que caen por los muros, 
que no cuestionan sus desbordes
y en ese instante, las manos intentan hacer ventosas
deforman esos cauces, detienen lo que se derrama, sostienen 
las formas de los cuerpos, hacen eficaz el motivo de la entrega
caemos en medio de la mugre.
No hay nada que importe cuando la promiscuidad es blanca 
y límpida
como la cuna de un niño que ha nacido para deleitarse 
con el sueño una cara junto a la otra, nos miramos, prometemos 
olvidarnos para siempre
metés la mano en el bolsillo del pantalón, me das un papel, 
cierro la palma de la mano, la puerta del baño
jamás, voy a decir tu nombre.














“El gran capitán”
(Crónica de un viaje al litoral)
FRAGMENTOS






En nombre de quienes lo único que tienen
es hambre explotación enfermedades
sed de justicia y de agua
persecuciones condenas
soledad abandono opresión muerte.
Yo acuso a la propiedad privada
de privarnos de todo.
Roque Dalton




Esa tierra de nadie que dormita alrededor de las estaciones…


Aquellas monedas que me envolviste en tu pañuelito rosa con flores,
monedas para el viaje, yo no quería conocer otras cosas, ir en tren por el campo, escucha, escucha: las monedas, el viaje que somos los muertos, tendríamos que sonreírnos todavía,…
Arnaldo Calveyra








Es difícil comprender lo que los parlantes anuncian cuando las horas de espera parecen reírse de nuestra sangre que fluye, en los golpes de la rabia, dejándonos sordos.


Las cartas del azar intentan jugar la suerte del viaje, como si fuera el destino que aún les perteneciera, cuando el destino ya está en otras manos.


Pasa una carretilla chillando con olor a grasa añeja en los engranajes. El ir y venir marca un tiempo.
Al final del andén descargan las cajas para la bodega. Sobre las vías destellos de chapitas parecen piedras preciosas, emergiendo en un fondo de granito, que nos guiñan a veces, y nos dejan perplejos, observando ese mundo de durmientes.


Nuestro mundo.










En Paso de los Libres los viejos venden helados. Picolé- dicen y tocan una campanita que cuelga del carro.


Esos no son rostros, esos no son cuerpos de vendedores de helados.


Picolé- salen al grito de atrás de la estación, acompañando las palabras con pasos que arrastran encadenados a la marcha cancina del tren, que comienza a alejarse, mientras permanecen vestidos de blanco, cubiertos de blanco, luminosos y encendidos bajo el sol, en una estación de cualquier mundo, fuera de este mundo.












Los niños venden botellas de gaseosas que apenas pueden levantar. Van descalzos y se estiran hasta las ventanillas, insisten, se cuelgan de los estribos, esperan las monedas, cuentan, piden, llenan botellas que venden por centavos.


Ya están esperando el próximo tren; que tal vez, no vuelva a pasar nunca.










Norma abre una bolsa. Los niños esperan. Le preguntan si falta mucho. Ella dice; que en cualquier momento llegan, que la abuela los alcanza en Paso de los Libres. Los niños se alegran, también me alegro.


El olor a milanesa fermentada impregna el aire. Cada uno, come su ración en silencio, y ella les dice; que también hay manzanas. Y sigue revolviendo. Se escuchan sonidos de miles de bolsas. No quita los ojos grandes y oscuros del fondo. Tiene las manos delgadas pobladas de costras, cansadas de llevar, atadas siempre atadas.


Ahora, los niños piden agua, tienen sed. Ella les dice: tomen el jugo de la manzana.


Los niños entienden y dejan de pedir.












Invitan el vino tinto y caliente en la noche de los trenes. Esta sed que no culmina. El deseo inquieto de colmarnos.


Siguen las estrellas bajando del cielo. Caen en la inmensidad.


El infinito plan de acercarnos.


La perversa ecuación de pensarnos ajenos.









No hay alguien en todo este tren que no cobije una pena.


Dudo sobre el destino.


Desde la ruta los camioneros nos saludan, Ellos tampoco lo saben. El camino en la palma de la mano, en las venas de los ojos.
Dudo sobre la lentitud de este tren, a veces me parece veloz, tan veloz, que se eleva por las vías y resume puentes y ríos y corta el viento en tajadas.


Saluden a los camiones. Agiten sus manos, asomen sus torsos por las ventanas y saluden, siempre saluden, porque vamos muy solos y nadie más ni menos, siempre solos, parejitos, igualitos. Saluden al caminante, al andariego, al extraño para mitigar la distancia.


No creo que este tren me remonté a otros trenes. Trenes de esclavos o prisioneros. No creo, pero dudo. Dudo que lleguemos antes del anochecer. Dudo que realmente nos merezcamos esta agonía.


Pero siempre saluden para llegar más rápido.









La miseria son brazos que entran y mendigan, son estas manos que me cuelgan mugrientas de los hombros, son los hombros que llevan y arrastran, es el peso infinito de comprender que los objetos se gastan, que la ropa se hace harapos y siempre son los trapos colgando de la soga. La miseria entra en las grietas de la piel, en las muecas, en las uñas; es la falta que justifica los motivos, cualquier motivo.


Hay que engañar el tiempo. Me engaño.


El rostro se refleja en los vidrios de la ventanilla. Nos miramos. Ambas nos miramos. En la miseria de estos huesos flacos, en el movimiento continuo del vagón, en esta triste cuna del rincón olvidado; sintiendo el hambre que crece dentro de las tripas.








El espejo en el fondo de mi plato de pobre. Así, como este que ahora ves, en el lustre de un cuenco, reflejado y distante con algunas cebollas. Así, en las ansias de los que están perplejos mirando las sobras de algún otro plato.


El amor; los huesos bien pelados y blancos sobre el plato ajeno.










Dejaste un caracol sobre mi pecho para que en su recorrido marcara los límites donde se fundaría mi pueblo. Como la primera gota de lluvia que cae en la tierra seca, entre el espacio infinito de una grieta, deslicé las manos por las hendiduras de la tierra húmeda y perfumada.


Ese es el diminuto espacio donde un pueblo fundó mi pecho.








Los viajes dejan rastros en el cuerpo. Los viajes hacen escaleras y túneles en el alma. Es la sombra de los que se quedan, lo que nos acompaña. Es el recuerdo de la distancia, que luego sigue pasando y pasando como el agua, como las nubes sobre nosotros.
Nuestras vidas; viajes con destinos premeditados, para los habitantes del Sur.






Libro Editado en Chile, en Enero de 2008, por Ediciones Cortina de Humo.-







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