martes, 6 de diciembre de 2011

5289.- CLAUDIA LARS


Claudia Lars
Margarita del Carmen Brannon Vega, conocida por su seudónimo Claudia Lars (Armenia, 20 de diciembre de 1899-San Salvador, 22 de julio de 1974), fue una poetisa salvadoreña. Su obra es considerada de un depurado lirismo y dominio de la métrica.1

Sus padres fueron el irlandés Peter Patrick Brannon y la salvadoreña Carmen Vega Zelayandía. Durante su infancia fue amiga de Consuelo Suncín, esposa que fue de Antoine de Saint-Exupéry. Inició su educación en su propio hogar y posteriormente estudió en el Colegio La Asunción de la ciudad de Santa Ana. En su adolescencia, y gracias al general Juan José Cañas, logró que un cuadernillo de poemas de su autoría fuera publicado con el nombre Tristes mirajes. Asimismo, inició una relación sentimental con el poeta nicaragüense Salomón de la Selva en 1919, pero sus padres rompieron la relación2 y mandaron a la joven hacia Estados Unidos donde conoció a Leroy Beers, su primer esposo. En este país enseñó castellano en la Escuela Berlitz de Brooklyn.
Entre el volcán y el mar nació la niña de este libro: el volcán de sus abuelos morenos; el mar de sus abuelos blancos. Nacer y crecer en una costa tan aromada y dulce, entre yerbas, frutos y pájaros de mil colores, es recibir desde la cuna maravillosos dones de belleza. En el valle natal mi corazón se fue abriendo como una flor gozosa, y su raíz de sangre y arrobamiento se anudó, con fuerza oculta y permanente, al seno acogedor de la madre tierra.3
Claudia Lars, Tierra de infancia.

Viajes y publicaciones
Brannon regresó a El Salvador junto a su esposo en 1927, al haber sido nombrado cónsul de Estados Unidos, y ese mismo año dio a luz a su único hijo Leroy Beers Brannon. Al mismo tiempo, departió con los intelectuales de la época, entre ellos Salarrué, Alberto Guerra Trigueros, Serafín Quiteño y Alberto Masferrer. En 1933 comenzó a usar el seudónimo Claudia Lars.4 Publicó el libro Estrellas en el Pozo en 1934 y también participó en programas líricos radiofónicos para público infantil. De igual manera, colaboró en la Página de los niños de El Diario de Hoy. Por otro lado, en este tiempo se le atribuye haber iniciado un afecto por el escritor Salarrué, el cual no prosperó por los compromisos familiares de este último.4
A inicios de la siguiente década, Claudia Lars obtuvo el segundo lugar de los Juegos Florales de la Feria Novembrina en Guatemala, realizado en 1941, gracias a su obra Sonetos del arcángel. También serían publicadas algunas de sus creaciones como La casa de vidrio (Santiago de Chile, 1942), Romances de Norte y Sur (1946), Sonetos y Ciudad bajo mi voz (1947), ganadora del certamen conmemorativo del IV Centenario del título de Ciudad de San Salvador. En estos años, Lars, como agregada cultural de la embajada de El Salvador, partió hacia Guatemala en 1948 donde conoció a su segundo esposo Carlos Samayoa Chinchilla, de quien se divorciaría en 1967. Sin embargo, antes de contraer nupcias, sobrellevó una vida agitada en la que trabajó empacando duraznos en Estados Unidos, traduciendo historietas para Walt Disney y colaborando para periódicos antifascistas salvadoreños.

Últimos años
De regreso a El Salvador, trabajó en el Departamento Editorial del Ministerio de Cultura (actual Dirección de Publicaciones e Impresos) donde dirigió la revista Cultura. Publicaciones de esta época fueron: Donde llegan los pasos (1953), Escuela de pájaros (1955), Fábula de una verdad (1959) y las memorias Tierra de infancia.
Otras obras suyas resultaron galardonadas en los años siguientes, tales como Sobre el ángel y el hombre, segundo lugar del Certamen Nacional de cultura de 1962 y Del fino amanecer, primer premio compartido de los Juegos Florales de Quezaltenango en 1965. Asimismo, una recopilación de su obra fue elaborada por Matilde Elena López con el nombre Obras escogidas. Antes de su muerte obtuvo un doctorado Honoris Causa de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, siendo además distinguida con la Orden José Matías Delgado.4
De manera póstuma sería divulgada Poesía última, impresa por la Editorial Universitaria, y también David Escobar Galindo elaboró Sus mejores poemas, editada por la Dirección de Publicaciones en 1976. En 1999, en conmemoración del centenario de su nacimiento, el Consejo Nacional para la Cultura y el Arte publicó dos volúmenes de su Poesía Completa, recopilada por Carmen González Huguet.

Algunas obras
Estrellas en el Pozo, (1934).
Romances de Norte y Sur, (1946).
Donde Llegan los pasos, (1953).
Fábula de una Verdad, (1959).
Tierra de Infancia, (1959).
Presencia en el Tiempo, (1960).
Girasol, (1961).
Sobre el ángel y el hombre, (1962).
Del fino Amanecer, (1964).
Nuestro pulsante mundo (apuntes sobre una nueva edad), (1969).
Poesía última, (1972).








"Sobre el ángel y el hombre"


Primera parte

Nadie contó la inmensa muchedumbre
de espíritus que, en torno de su lumbre,
cantan sus alabanzas inmortales.
Sus infinitos rostros reproducen
la faz tremenda y la visible espalda.
Yehuda Halevy
(Los ángeles del Cielo del Altísimo)


1. Me salva de mí misma:
huésped del alma en alma devolviendo
la palabra que abisma,
lo que entiendo y no entiendo
por este viaje en que llorando aprendo.

Amoroso elemento
forma su fina y leve arquitectura;
con ágil movimiento
de flor sin atadura
abre su vuelo reino de blancura.

Sube de mí, conmigo,
a cumbres de silencio, a ruido vano;
siendo el eterno amigo
con invisible mano
siembra fuego cantor en barro humano.

Su llamada secreta
colma venas de noche, luz vigía;
es canción y saeta,
profunda compañía,
íntimo sol... para mi breve día.

Le he visto por la nube
con rabel de pastor cuidando sueños;
por su arboleda anduve
sobre aromas pequeños,
y era el abril de verdes abrileños.

Cuando el clavel tenía
edad de tierna boca adolescente;
cuando el gorrión ponía
aleteo en mi frente,
él ya me daba su lección paciente.

Mi soledad le pide
alta verdad y voz corregidora;
sé que su tiempo mide
vida razonadora
y miseria viviente, hora tras hora.

Calor sin mengua vierte
en puertasola, bajo nieve hundida;
amando me convierte
en amante aprehendida,
y ya no puedo estar semidormida.

Contraluz de mi pecho
a veces me lo vuelve casi nada;
mas del soplo deshecho
su pena derramada
es goce de otra cita enjazminada.

Isla de mar adentro,
donde dulce marea crece y canta;
iluminado centro
que hasta el cielo levanta
angélico poder de mi garganta.

* * *

2. Ángel enamorado
de la doliente casa de los hombres;
criatura sin pecado
que dejas, olvidado,
el nombre eterno en terrenales nombres;

tu escondida presencia
es un fulgor que canta o que suspira;
la muda confidencia
se escucha en la conciencia
y a veces... con el aire se respira.

Proclamo tu blancura;
quiero explicar espacios que no entiendo:
aquí... mi luz oscura,
allá... lágrima pura,
y el mundo su ceguera defendiendo.

Si tu mano en mi mano
coge parte del río que se bebe;
si la hoja y el grano
del pulsante verano
son en tu fino amor latido breve;

prolongado latido
es en mi corazón lo que despiertas;
y vives recogido
en mi frente o perdido
por esta noche de cerradas puertas.

Escucho los rumores
que vienen de la pálida ribera;
con mis versos menores
y mis grandes amores
persigo la existencia verdadera.

Tu designio me obliga
a encontrar el camino innominado;
tu desvelo me liga
a dolor y fatiga
del que va con el grito desgarrado.

Alumbras y sostienes;
brotan dulces praderas de tu aliento;
estás conmigo... vienes
del soplo que mantienes
en vasto y poderoso movimiento.

Buscándote en mi sombra
-entre el miedo de ser y de acabarme-
cuando el alma te nombra,
al nombrarte se asombra
de que quieras oírme y ampararme.

Morador de mi sueño:
por tu brasa de luz, por tu alborada,
este día pequeño,
este fugaz empeño,
son tu abismo de vida y tu posada.

* * *

3. El constructor radiante,
dueño de la virtud que aquí sostiene
la línea vacilante,
el asombrado instante
en que la forma realidad obtiene;

dibuja lo más leve,
suelta un águila blanca sobre el día,
frondas y ciervos mueve
en verde lejanía
y es piedra y flor... ¡tenaz sabiduría!

Por latidos de aroma
y por vuelos finísimos del trino
inaugurado asoma,
y en inefable idioma
nos da su pulsación y su destino.

Otros ángeles miran
la vida en plenitud diferenciada;
y al contemplar admiran
y en beatitud aspiran
la múltiple energía desatada;

pero el más refulgente
-en la idea central de lo que existe-
de sonido viviente,
de mar inteligente,
ve surgir la experiencia que persiste.

Las torres de su altura;
el agua de los lirios, hasta el fondo;
mi cuerpo -esta envoltura
de la humana criatura-
con el cual le descubro y le respondo;

brotan de su desvelo
y están en su dominio contenidos:
hijos de fuego y hielo,
por la tierra y el cielo
despertando, despiertos y dormidos.

Pregunto: ¿dónde, cuándo
su incomprensible rostro será mío?
Me voy enamorando
de lo que ando buscando
por secretos de llanto y de rocío.

Si el corazón pudiera
seguirlo -con deseo largo y fuerte-
mi sombra, tan severa,
olvido... olvido fuera
como el suave olvidarnos en la muerte.

Ángel: días rectores
me dan breves atisbos de la espera;
con fríos punzadores
y ceniza de flores
ando el invierno, porque soy viajera.

Sin cansarme persigo
la solitaria luz que adentro arde;
angustiada te digo:
territorio enemigo
voy a cruzar... y a veces soy cobarde.

Siento que no me dejas;
conozco tu fulgor, de ahora y antes;
si pienso que te alejas
advierto que reflejas
la eternidad en luces caminantes.

* * *

4. Cuerpo: casa profunda
donde el ángel esconde su secreto;
tu sombra le circuncida
y tu sangre le inunda
de humano palpitar, vivo y completo.

La luz que nace, ardiendo,
y habla en fulgor más que en palabra oída,
aquí me está diciendo
que con su ayuda enciendo
alta verdad, apenas comprendida.

Memoria de aquel vuelo...
Descenso en constelada resonancia...
Un persistente cielo
recogido en el ansia
de alcanzar con el pecho la distancia.

Pedir sobre la tierra
rostros que alumbran, lumbre que humaniza;
saber que estoy en guerra
con mi propia ceniza:
¡puñado de la tierra movediza!

Es el ángel... lo siento
aletear como blanca mariposa;
urgido sobrealiento,
tenaz presentimiento
de un despertar en patria más dichosa.

¡Mirad mi paso triste
buscando... por el bosque tan oscuro!
Guardián de lo que existe
inclinado me asiste,
dándome briznas de su día puro.

La historia del suspiro,
el sueño todavía encarcelado,
mi noche y mi retiro,
tu mar atormentado,
forman su cuerpo y alzan su cuidado.

Gramilla, banderola
de palma joven, de poder que mece
en el nido y la ola
lo que nunca envejece:
ángel que en tierra lucha y permanece.

¿Quién no vio cuando llega
-alado amor- a formas silenciosas?
Fragante se me entrega
en un ramo de rosas:
ángel de flores y pequeñas cosas.

Sobre el áspero helecho,
entre juncos y venas de agua pura,
hunde manos y pecho
y verdea y madura,
vistiendo y desvistiendo su hermosura.

Hasta el cardo rastrero
tiene un ángel silvestre que ha tejido
con delicado esmero
y afán inadvertido
la flor de las espinas y el olvido.

Mi soledad consciente
del portador de esencias inmortales,
halla en mi propia frente
-tras la puerta doliente-
el reino de su vuelo y sus señales.

** *

5. De un trasmundo escondido
llega con su horizonte y con su fuego;
en cuerpo de hombre hundido
por camino tan ciego
suelta el humano y solitario ruego.

Nadie sabe que viene
hasta mi corazón, de mi pasado;
el amor que mantiene
lo define a mi lado
y lo entrega de amores coronado.

Viajero suplicante
al pie del hospedaje sensitivo;
¿en qué playa distante
y en que río cautivo
diste una vez tu oscuro fuego vivo?

Traes laúd amargo,
con pájaros de sal en el cordaje;
del recuerdo -tan largo-
y el desafiante viaje
nace la sabia flor de tu linaje.

¿Dónde surgió el impulso
de agua que busca la llanura sola?
¿Fue en un limo convulso,
que nutre y enarbola
rama vivaz y salto de amapola?

¿O fue en tu mar borrado
-hoy en relatos, para el día triste-
en mi país deseado,
el planeta olvidado
que encontraste en su fábula y perdiste?

Debajo de los ojos,
por el agrio misterio de la entraña,
entre sargazos rojos
y ardorosa montaña
el ayer de otra vida me acompaña.

Cuando el ciprés refiere
esta profunda historia de gusanos
el espino me hiere
con sus muchos veranos
y revivo el entierro de mis manos.

Pero también evoco
algo... como el rosal de la semilla;
despacio, poco a poco,
con potencia sencilla,
abre la noche rosas en su orilla.

No importa dónde y cuándo:
somos el soplo de aquel día ausente;
hablemos, recordando
nuestro viaje obediente
a la frágil llamada del presente.

* * *

Segunda parte

Preguntáronle al amigo qué cosa era
bienaventuranza, y respondió: malandanza
sostenida por amor".
Raimundo Lulio.
(Del amigo y del amado)

1. Se abre la suelta flor de mi alegría,
se abre con su aventura;
es la más fina posesión del día,
su encendida locura;
se abre... porque de nieblas del invierno
y sellado letargo
llega el amor -el jubiloso eterno-
con este deslumbrante beso largo...

Maduro está el rosal en sus ardores,
madura la corona de la espiga,
beben un aire azul los labradores
y descansa la hormiga;
escogidas distancias
celebran golondrinas forasteras,
y cálidas fragancias
dan a mi pecho todas las praderas.

Ni mayo con sus leves mariposas
ni junio con sus grillos
tienen -como este agosto de mis rosas-
tan hondos amarillos;
ya viene el corazón de la arboleda,
ya viene... palpitante,
trayendo paraísos de reseda
y el tímido candor del agua errante.

Sobre apretada hostilidad de abrojos
el salto de la cierva;
perdidos en olor de lirios rojos
tres duendes de la yerba;
el huésped de la luz regocijado
bajo el día sonoro
descubre en mi cintura, en mi costado,
el revivir de sus abejas de oro.

Vestido de sus limpios elementos,
prometiendo su alianza
mostrándonos el nudo de los vientos
y el duradero mar de la esperanza;
seguro... porque cumple su promesa;
por su pasión alada;
dentro de su dominio resplandece
hasta la oscura zarza desgarrada.

Despierta las semillas en reposo
y canta dondequiera;
estableciendo el tránsito amoroso
proclama la mañana pajarera.
Estoy en el incendio florecido
-salamandra en su llama-
y me entrego al amor incomprendido,
porque sé que me ama...

* * *

2. He descubierto tierras extasiadas
en este amor, tan vivo...
Tengo suaves alcores y majadas
y el follaje impulsivo.
¿En dónde las orillas amorosas?
¿En qué huerto el espliego?
Un fino sur de palmas orgullosas
me da su verde fuego.

Se enciende la torcaz como una brasa;
se encienden los espinos;
hay un silencio que volando pasa,
con nombre de caminos;
isla de mis abejas, claro monte
de aroma duradero;
llamada de horizonte y horizonte,
desde el amor primero.

El río de los sueños, la blancura
del alba desenvuelta...
Aprendo los colores de espesura
y doy por dulces bosques media vuelta.
La tierra de mi luz y de mi sombra
inventa sus riberas
y con alados tréboles alfombra
azules cordilleras.

¡Qué baile infatigable el de las rosas!
¡Qué gajo tan desnudo!
El aire de las hojas rumorosas
lleva y devuelve su violín agudo.
Residencia del nardo, flor candente
en su propio latido:
la tierra de tu pecho y de mi frente
es doble semillero florecido.

Voy con esta alegría desatada
del naranjo a la higuera.
¿Quién me llama la bienenamorada
y quién, la colmenera?
Montaña indagadora nos recuerda
que el mar es su vecino,
para que no se esconda ni se pierda
el vislumbre marino.

Ya sube el gavilán como saeta
a la más libre altura;
ya entrega soledades la violeta
en su verde atadura,
comarca del encuentro, mediodía
de trémulos parajes:
mi cuerpo... mi camino... la osadía
de entrar en el temblor de tus ramajes.

* * *

3. Nace el amor en tallos de la muerte
como flor presurosa;
nunca el amante corazón advierte
espadas del jardín sobre la rosa;
nace el amor... y apenas resplandece
quiebra su rojo vuelo.
¿A qué extraños mandatos obedece
por el aire y el suelo?

Nace el amor... y aquí su llama ardida
no deja casi nada;
lo que era ayer el centro de mi vida
se vuelve ciudadela abandonada.
¿Apaga el corazón los finos verdes
que este cielo derrama?
¿Diré que oscuramente tú los pierdes
por el musgo y la grama?

Vengo del fuego dulce, de la inmensa
claridad recibida;
soy la que nada sabe... la indefensa
criatura agradecida.
¿En dónde se refugian los panales
con sus líquidas flores?
¿En dónde el higueral, los manantiales
y mis siete colores?

Miro el día deshecho entre mis brazos;
recojo la ceniza;
guardo el eco dolido de unos pasos,
que ya no van de prisa;
si he de alcanzar las dulces amapolas
y el camino vehemente
tengo que desgarrar mis manos solas
y hasta olvidar mi frente.

Abro la noche... siento cómo vive
encerrada en su hielo;
su dilatada entraña me recibe
con algo de recelo;
descienden las raíces hasta el fondo
del jardín sumergido
y un ciego palpitar, que casi escondo,
es mi día perdido.

¡Ah, frágil regocijo de blancura!...
¡Ah, mi amor volandero!...
¿En qué nuevo dominio la clausura
de aquel verano entero?
Aunque soy del amor, ya no persigo
su cítara o su espada,
y estoy en mi pregunta, en mi castigo,
como muerte olvidada.

* * *

4. Quiero decir -amor- aquel encuentro
y su dulzura breve:
el girasol con una abeja dentro
del amarillo, que a girar se atreve;
cálido el musgo, la hojarasca en llamas
y el abrazo tan ciego,
que hasta el humilde olor de las retamas
volaba ardiendo, como puro fuego.

Una paloma -fina gemidora-
en su orilla de espera.
¿Canta el granado?...¿Palpitando llora
ausente datilera?...
Enamorados ríos
van por mi frente, con su dulce peso,
y endulzados rocíos
dan a la rosa su color espeso.

Nuestra amistad humana
en la casa de arrimos y de antojos;
yedra madura, siempre en la ventana,
y pardas golondrinas en mis ojos;
el amor y su muerte
por el ángel del beso conducidos,
y el beso que convierte
en verano frutal nuestros sentidos.

Un verano cautivo
descubro por camino de rumores;
lo encuentro, rojo y vivo,
detrás de un palpitar de ruiseñores;
espacio de añoranza,
pulsación de radiante mediodía
son mi césped de ayer -en lontananza-
repitiendo sus valles todavía.

Visitante que dejas
este rumbo tenaz, de pensamiento;
tañedor que en la música te alejas
y vuelves con tus arpas, como el viento;
la casa te reclama
en sombra iluminada y en neblina,
y antigua flor proclama
el bosque amigo y tu especial colina.

¿Por qué sien, por qué vena
debes volver -amor- a tu posada?
¿En qué oscura azucena
he de salvar mi abeja lacerada?
Decid, decid cantando
el prado, el río, el colmenar sin dueño,
y sabed que demando
un amor vivo en este amor de sueño.

* * *

5. Era la esbelta casa de mi sueño,
viva al fin en su todo...
Horizontes de amor en lo pequeño
encontraban refugio y acomodo.
Era un nombre, tan mío,
siempre en llamadas de la voz urgente,
y eran las dulces yerbas del estío
con su tarde madura y floreciente.

Dueño de mi secreto
invade mi alegría y la apresura:
humano amigo del amor completo
uvas gustando, de la viña pura;
casi al azar... en sombras de pradera
donde afinan antenas las gramillas,
esperaba, transido por la espera,
entre aroma de salvias amarillas.

Adentro de la casa
un quiero estar allí... porque así quiero;
pájaro-corazón que el pecho abrasa,
¡pájaro eternamente aventurero!
De noche -la guardiana-
congregaba abandonos y fatigas,
y luego, en la mañana,
abría en cada voz luces amigas.

Otras veces la casa levantada
hasta el cielo absoluto:
muros de luna y sol, alta posada
de un siglo en un minuto;
país del soplo errante, voladora
heredad del halcón y de la flecha...
Iba la casa a repetida aurora,
sin ser jamás para la aurora estrecha.

En derredor la gente nada sabía de la casa en vuelo;
sus alas libres, su estructura ardiente
eran el palpitar de nuestro cielo;
espacio trascendido,
mínimo ardor en suelta llamarada:
el vuelo de la casa sostenido
por el labio feliz o la mirada.

¡Casa de mi alegría,
ahora en lo angustioso de la espera!
Color de sus ramajes... ¿quién podría
hallar la rebosante enredadera?
Dime, casa cerrada:
¿por qué crecieron sales en tus muros?
¿por qué la enamorada
perdió tu llave en dédalos oscuros?

No acabo de llorar la puerta herida
y la casa borrada del paisaje;
su alero familiar y su medida
son y serán mi sombra de hospedaje.
Vocación de soñarla
me hace sentir su orilla de corolas,
y a fuerza de vivirla y de buscarla
en mundos de otras casas vivo a solas.

Tal vez regrese un día -casalumbre-
al sitio enmudecido y receloso;
tal vez tengas al fin la certidumbre
de que te guardo en llanto poderoso;
salvada en pensamiento
persigo en ti lo que en mudez escondes,
y estoy como la lluvia, como el viento,
llamando... para ver si me respondes.

* * *

6. Amor, dardo escondido
que hieres el silencio y lo entristeces;
ausencia del perdido,
creciendo como creces
lloras su helado nombre cien mil veces.

Me has dejado muriendo
de muerte lenta, que por lenta es muda;
tus señales no entiendo
ni el corazón me ayuda:
¡aprendo sin gemir muerte desnuda!

La noche del suspiro
duele por dentro en sal desesperada;
la sombra que respiro
como noche salada,
es mi propia tiniebla apasionada.

Para nombrarte quiero
playa ceñida de aventadas olas;
el paraje severo
sin flor de caracolas:
¡isla de estar y de llorar a solas!

El adiós sollozante
ofrece todavía su amargura;
por tuyo y por amante
es viva quemadura:
el filo de una llama que perdura.

¿Enseñaré al olvido
a borrar los secretos de tu fuego?
¿Permitiré al caído
amor, doliente y ciego,
a esconder en mi voz el dulce ruego?

Si era tuya la rosa,
y mío el verde-azul de los laureles;
si la luna amorosa
tuvo ardientes lebreles,
¿por qué esta soledad en noches fieles?

Ya es la tarde de octubre;
ya el árbol inclinado casi reza;
ya la vida descubre
su lección de tristeza
y el río amargo donde el llanto empieza.

Alondra confidente
recoge en sus ardores mi reclamo
y te ofrece el ardiente
lucero que derramo:
el mundo de la noche en que te llamo.

Llevándote mis sienes
y el rumor de una oculta marejada,
en sombra que mantienes
hunde rosa quemada
y es flauta limpia en limpia madrugada.

Para el tiempo que viene
promete el corazón del verde grano,
el eco que sostiene
memorias de un verano
y estas liras pulsantes en mi mano.

* * *

Tercera parte

La primera creación de Dios fue la luz
de los sentidos; la última fue la luz de
la razón. Su obra del Sabbath es, desde
entonces, la iluminación del espíritu.
Bacon
(Ensayo sobre la verdad)


1. De nuevo el silencio vigilante...

De nuevo aquí, en su noche
poblada de semillas inmortales
y pájaros dormidos;
profundamente el ángel invencible:
esa leve presencia sin pasiones,
alumbrando las frentes que descansan.

De nuevo su mañana de luz virgen;
su lirio mensajero;
el fino colibrí -casi arco-iris-
la mujer, ya sembrada,
y mi voz... con el árbol de palabras.

Llega por el olvido;
por senderos que brotan de sus pasos;
bajo el temor gozoso
de sentirnos humanos;
tal vez en el afán inexplicable
de perseguir su nombre
como nombre del alma.

De nuevo...

Su blanco resplandor detrás vivía;
sus alas poderosas
sean la protección de mis espaldas;
pero el ojo que entiende
la luz -y con la luz mundo del ángel-
escogió palideces de la luna
y el horizonte falso.

Cambié al celeste amigo,
al fundador de mi ciudad profunda,
por rostros inasibles,
mentiras del laurel sobre las aguas
y jardines de humo.

Lo vendí, lo olvidé, no quise oírle ,
porque un cantor ardiente iba dejando
su voz en mi regazo,
mientras nacía -dentro de mis sueños-
aquel tiempo de júbilo.

No pude estar con él y con el otro.
No pude dividirme.
Y el hombre del camino fácilmente
penetró en el sagrado territorio,
que siempre fue del ángel.

Jamás un compañero, un amoroso,
había descubierto
mis escondidas grutas de verdades;
nunca, en ningún momento de abandono,
entregué los secretos
que traducen la muerte en opulencia
de criaturas naciendo con sus lágrimas.

Pero esta vez equivoqué el encuentro,
los nombres, las imágenes;
di musgos y temblor de adormideras
a quien apenas recogió mi dádiva,
y caí como abeja mal herida
entre verdes gusanos.

¡De nuevo mi guardián, mi jardinero,
en el huerto apagado!
¡De nuevo con rocíos que trabajan
en las siembras hundidas,
en los brotes pequeños
y en las flexibles ramas!

¿Entendéis por qué digo que regresa?

Al fin quiero mirarle.
Eran mis ojos, bajo nieblas mías,
los ciegos y cobardes.

No podía morirme en mi castigo,
ni mantenerme en el vivir nublado.

Tenía que decir: ¡el ángel vive
ahora como ayer... y antes del antes!

* * *

2. Le confiaron mi cuerpo temeroso
y la pequeña luz de mi conciencia.

Arriba, adentro, abajo, no sé dónde,
conoció rostro y rostro que usaría
yo... con cada pecado.

También midió las noches venideras,
el mar y sus naufragios,
los vientos -de poderes increíbles-
las corrientes amargas.

¡Capitán de tormentas,
buscó en mi corazón fondo de mares!
Bajó a la casa oscura;
penetró en ella, como luz de sangre;
abrió puertas que nunca recibían
el aire iluminado;
trajo su blanco aliento
y fue calladamente a todas partes,
con el día de amor en la terrestre
palpitación humana.

Levísimas fragancias
-traslúcido regalo de sus dedos-
supo verter encima
de las flores sin nombre.

El místico jardín esconde siempre
amorosos designios.

Me dio el aire y el tacto,
el éter y el oído,
la tierra y el olfato,
el paladar y el agua,
la luz, y los colores en la vista.

Además, sin decirlo,
se nombró celador de aquel dominio.

¿Qué relámpago puro
me señala los números sagrados
y me hace ver la esencia que mantiene
alta mi frente, como flor pensante?

¿Es el joven celeste, el mensajero
del esparcido rayo?

¡Si yo tuviera un cuerpo de neblina!...
¡Si fuera tan ingrávida
como el vuelo del ángel!

Pero hundida en mi agobio,
condenada al castigo de mi carga,
aprendo por trayectos corporales
el modo de encontrar, dentro del cuerpo,
la más celeste gracia.

¿Va mi pecado -en su interior dolido-
buscando la conciencia de los ángeles?

Batalla de mi cuerpo
con su propia substancia.
El animal acaba lentamente
y va naciendo el ángel
en las manos del ángel.

* * *

3. Yo debo celebrarte -cuerpo mío-
recordando enseñanzas recibidas
por los húmedos ojos;
por las manos que palpan todo aquello
que viene de la tierra;
por los pasos, llevándose al camino
el ruego de la sangre.

Y debo rechazarte -traicionero-
porque olvidas, de pronto, lo aprendido
en la casa del ángel.

Te celebro un momento, te rechazo,
pero te vivo siempre
con la vida y sus cambios.
Tan simplemente cumples tus deseos,
sin recordar tu cielo penetrante;
tan atrevido alcanzas muchedumbres
nutriendo tus mentiras,
cegando tus batallas,
que a ratos me pregunto si mereces
edades que ya tienes
y este nombre mortal, pero encendido
en fuegos inmortales.

Te dieron frente y voz para salvarte.
¿Y qué has hecho con ellas?... ¿Di, qué has hecho
sino perder los siglos, las piedades,
borrando hasta el ensueño
de patrias donde eternos conductores
establecieron -para ser vividos-
los altos y perennes mandamientos?

Muerdes el pan como se muerde el fruto
y el bocado que viene
de un grito de agonía prolongada;
aún no apartas la harina de la sangre
y hieres en el círculo de miedo
al trémulo animal, al indefenso...

Vas con el odio -el hacedor de noches-
hundido en tu misterio,
y obedeces su sombra y lo alimentas
con fuerzas substanciosas.
Eres el que combate por la muerte,
alzando como limpios
estandartes de odio.

¡Pobre triste... pidiendo a las estrellas
sus radiantes campiñas!
¿Por qué no tratas de encender los cielos
que llevas escondidos en la interna
mansión del vigilante?

Puedes llegar a todos los planetas,
sembrar valles de luna,
perderte más allá de las esferas
que cantan, por azules infinitos,
mejor que ruiseñores.

¿De qué te servirán tan altos vuelos,
con alas que no brotan de ti mismo?
¿De qué tanta palabra constelada,
si todavía guardas las ortigas
y llevas como parte de tu sangre
estos violentos ríos de exterminio.

¡Polvo se hará tu mundo por el aire,
si no te asiste el ángel!
Más... ¿Acaso podría
el fino morador desampararte?
¿No te ofreció en la casa de las tinieblas
iluminada estancia?

Conducido por él has de llegar
a su reino entrañable,
y entonces todos los que van contigo,
contigo han de salvarse.

Porque lo más viviente de la vida
en tu pecho descansa
y el huésped inmortal el silencioso
siempre alumbró tu viaje.

Ya tienes el paraje que descubre
los caminos del alma;
ya encuentras en amor el día humano
y el indagar de aquéllos
que son tus semejantes.

* * *

4. Corro a tu luz
y busco...

Gozoso me recibe
el ángel de la espera.

El cuerpo tuyo, el mío,

El cuerpo mío, el tuyo, ya se entienden
en un silencio santo;
ya saben que hay un nombre sin sonido,
que une todos los nombres;
un rostro eterno, libre de dolores,
proyectando mil rostros...

Cielos humanos duermen en lo estrecho
del terrenal aliento;
voces de altura cantan bajo el ruido
de la incesante lucha;
una patria feliz patria de sueños
extiende litorales amorosos
debajo de la frente;
las estrellas de Dios guardan su olvido
en nuestra propia sangre...

¡Y los ángeles abren
su triunfante aleluya!

* * *

5. Mi frente:
avecillas golpeándose
las alas.

Mi verso:
pequeña luz,
apenas alumbrando.

Mi mano:
aquí mi libertad
y mi combate.

Mis ojos:
sobre la tierra
el blanco sol del alma.

Mi pecho:
mansión del vigilante.

Adentro El Bienvenido
naciendo en mí y en todos los humanos:
profundo como el sueño,
envuelto por la noche,
rodeado de las bestias
y de todos sus ángeles.

Naciendo...
La navidad oculta
deja una estrella aquí
y allá una lágrima;
y así vemos los montes, los caminos,
y el rostro del hermano.

Es interna la aurora
y empieza a despertarse...
Si no hace en tu vida y en mi vida
de nada han de servir
las horas de batalla.

Aprendo mi lenguaje con el ángel,
cuando en silencio habla
y por eso dispongo de oraciones
bellamente eficaces:

"Que la luz primogénita
ilumine la mente de los hombres.

Que la paz de los sueños y los cantos
se establezca en el mundo para siempre.

Que aprendamos, gozosos,
a servir como libres servidores.

Que olvidemos agravios,
instalando el amor en ese olvido.

Que el ángel más radiante
con nuestro propio corazón nos guíe.

Que así sea. Así sea.
Y que yo, humildemente,
cumpla mi humilde día de servicio".







De "Sonetos del arcángel":

1. Quiero, para nombrarte, voz tan fina
y tan honda... conciencia de la rosa,
eje del aire, llama melodiosa,
cambiante y desolada voz marina.

Vaivén de arrullo, trémolo a sordina,
rumor que el mundo y el azul rebosa;
arpegio de la escala luminosa
donde el canto de amor sube y se afina.

Para nombrarte debo ser tan clara
como lira perfecta que tocara
mano imposible, de belleza viva.

Y ha de vibrar dulcísimo tu nombre
-verbo del ángel, música del hombre-
en mi delgada lengua sensitiva.

* * *

2. ¡Amor, pequeño amor, amor gigante!
Gusanillo de luz y sol de Enero.
Playa de siglos, clima del instante,
ancla fija en el golfo marinero.

Almena sobre rumbos del levante.
Alta señal de guía y de pionero.
Espejo que refleja la distante
línea de lo perfecto y verdadero.

Por ti, devotamente, a toda hora,
alza mi ensueño su celeste llama
y se humilla la carne pecadora.

Para seguir tus huestes he nacido:
¡Símbolo eterno que mi voz proclama,
alado capitán jamás vencido!

* * *

3. Amor, eres radiante como el día
y como el agua transparente y puro;
vienes de la más clara lejanía
como un panal de sol, rico y maduro.

Por ti el silencio cambia en armonía
su angustia singular, su anillo oscuro,
y anuncian resplandores del futuro
el vuelo de una azul pajarería.

Y yo, que siento ante la luz la viva
atracción que domina y que cautiva
al mirasol girante y empinado;

busco tu claridad de maravilla
y en lo solar, como una flor sencilla,
define el corazón forma y estado.

* * *

4. Se alza mi corazón... rosa de vida,
con musical fragancia y miel de aurora,
y es una dulce y nueva flor cantora
en el rosal eterno suspendida.

Río del ansia copia y enamora
su soledad vibrante y conmovida,
mas para ser tu rosa preferida
es intocada rosa trepadora.

La envuelve lo celeste, sólo sabe
de la pureza que en el aire cabe
y de tu clara y alta perfección.

Y en un tallo invisible se levanta
hasta la suave curva de tu planta
la rosa de mi absorto corazón.

* * *

5. Nada puede igualarte... ni la estrella
que es ojo y brasa, joya y flor deseada;
ni la flor -ala tímida- clavada
al barro humilde que la forma sella.

Palma de sangre, fugitiva huella,
criatura y ángel, brisa y llamarada;
para tejer tu gracia ilimitada
toda cosa prestó su línea bella.

Porque sé que en lo bello lo divino
guarda el poder de misterioso rayo
que vuelve el lodo humano cristalino;

mi gajo en madurez, mi flor de mayo,
trémulos -en el goce y la dulzura-
han sido ofrenda a la belleza pura.

* * *

6. Te elevo sobre el mundo y el ensueño,
¡escultura de luz, de aroma y canto!
Ala impaciente, roce de tu manto,
tácito y puro en vida y en diseño.

Te sostiene mi verso, tan pequeño
-piedra de espuma, base del encanto-
y en vigilias y vórtices de llanto
sierva soy al servicio de mi dueño.

Toda belleza en ti dobla su gracia,
toda gracia precisa sus virtudes,
toda virtud aumenta su eficacia.

Se alza de mi verdad tu nombre fuerte
y en espacio de soles y laúdes
quiebra el ángulo frío de la muerte.

* * *

7. Te busca el hombre, terco y confundido,
¡sol que al ojo cobarde ha deslumbrado!
¡dardo de lo infinito que has herido
con punta de virtud mente y costado!

Sosteniendo el valor de su latido,
arrastrando su carne de pecado,
es ala de ansiedad, niño perdido,
queriendo conocer lo adivinado.

Y va, con soledad de espina y hielo,
buscando por el mundo y por el cielo
lo que en milagro le será ofrecido.

Y te vislumbra, intacto y silencioso,
resuelto en torbellinos sin reposo
y entre prismas de lágrimas erguido.

* * *

8. ¿Llena tu blanco fuego mi sentido?
¿Hablo de mi camino transparente,
del nombre que me habita, del viviente
a veces escuchado y comprendido?

Crece una luz... su vuelo, su latido
son el poder de la criatura ardiente:
ángel guardián, amigo de mi frente,
memoria de un país que casi olvido.

Celeste donador: sin ti sería
la tierra negro aliento, masa fría,
isla ciega en las noches de su nada.

Ángel: cantemos el fulgor desnudo,
tus alas encendidas y tu escudo
y en mis ojos la tierra iluminada.









De "Donde llegan los pasos":

Casa sobre tu pecho

Hace diez años, hace cinco años,
un año hace...
A pesar de eso llegaste a tiempo,
aunque un poco tarde.
Christina Georgina Rossetti


1. A medio otoño, casi del olvido
volviendo con la rosa del verano.
El mar del corazón bajo tu mano
y el camino de ayer para el oído.

No es golondrina, no, la que ha venido
al cielo de este cielo cotidiano.
Porque llega del frío más lejano
sabe escoger la tarde de su nido.

Así, con simples nombres de acomodo,
voluntaria de ser, en nuevo modo,
tu sabor y tu clara compañía.

Si recojo praderas en tu casa,
ya presiento la rosa que no pasa
y soy nueva en la rosa todavía.


2. Detrás de las orillas iniciales,
de la agitada soledad de afuera,
un suave octubre, de caricia entera,
y una isla dulce, en olas de rosales.

Pues nunca los amores son iguales
este arrimo de amor, a tu manera,
de una lejana y muerta primavera
saca el reino del musgo y los panales.

Recuerda... y recordando... en sabio río
a breve sangre anuda lo infinito,
iluminado y tierno en su desvelo.

Y un poder encendido por tu llama
junta el panal, el musgo y la retama,
para esta casa tuya, entre mi pelo.


3. A ti, todo el poder de mi sentido:
este valle de yerba y de paloma,
mi profunda violeta con su idioma
en los verdes recodos aprendido.

A ti, mi río-fuego, detenido
en un labio sediento, que lo aroma;
mi ágil laurel y el pájaro que asoma
dando el país del aire en su latido.

Toda mi tierra corporal y oscura:
la que acoge, levanta y asegura,
recia en la entraña y en el tacto fina.

No ha de quedar a piel de amor el goce,
porque ya tu mirada reconoce
tierra adentro, la luz de cada espina.


4. Tu casa tiene un nombre de tristeza:
un leve nombre de ceniza y frío.
Toca el fértil azul del nombre mío
y es noche oculta en que tu voz tropieza.

Antes fue claro y vivo, con riqueza
de fácil nardo y de inicial estío;
iba copiando cielos como un río
y en él, para mi amor, tu amor empieza.

Yo recojo ese nombre de la muerte
y lo acerco a los dos, sin que despierte,
mientras un gran silencio nos anuda.

Me crece de los ojos nueva tierra,
y el nombre queda en ti, y en ti se encierra,
guardando el clima de tu patria muda.


5. Aquí a tu lado, en medio de las cosas
y del recuerdo... tuya, conmovida.
Por tu claro hospedaje detenida
y también por tus horas dolorosas.

Van a tu amor las arpas de las rosas
y todos los rosales de la vida.
Ya no pierdo mi frente, ya encendida
es tu jardín, la tarde en que reposas.

Inmensidad de cielo y tierra envuelve
esta alianza secreta que resuelve
pasos de ayer en casa tan segura.

De ti saldrán los días venideros
y en los junios de luz o en los eneros
tendré el hondo crecer de esta dulzura.


6. Casa de piedra y sueño que se entrega
en torre de alas y en jardín cerrado.
Tamaño del amor insospechado.
Reino tardío de una alondra ciega.

A tu fina quietud mi paso llega,
dichoso de llegar, pero cansado.
Me corona la luz, tengo un aliado,
y la noche de paz nada me niega.

Este es mi sitio, mi querencia humana,
para empezar de nuevo mi mañana
y borrar en su amparo la fatiga.

Por eso, casa mía, casa cierta,
en mis labios te da, limpia y despierta,
con el ángel de flores que te abriga.

* * *

Sobre rosas y hombres

A una casa de rosas no te acerques
demasiado... que estragos de la brisa
o el rocío inundándola, una gota...
abatirán su muro amedrentado.
Emily Dickinson


1. Está mirando el cielo,
pero se apoya en una escala de ceniza
y define su invencible linaje
antigua en ella misma
y pasajera.

Sé que retorna para el breve latido
entre gorriones y niños sin tiempo,
derramando su cintura de ráfaga,
su piel de olor y su cercana muerte.

¿Puedo guardar mi labio
cuando ella quema su tiernísimo cuerpo
y prepara las órbitas del suspiro
y dispone de la abeja geométrica?

A su cautivo fuego
llega mi fuego libre, con su entrega de llamas,
y toca las orillas de un aromado incendio
y recibe su júbilo y su alianza.

Mientras todo lo vivo tiene sombra en el rostro
ella, la embellecida, arde en el suyo para siempre.
¡Mirad el eslabón de su primer mañana,
su panal voluntario y su viaje sediento!

De un deshecho arrebato
vuelve a su reino por azul semilla
y en ciudadela de aire se defiende
y convoca puñales y violines.

Esposa renovada
que salta del olvido con su paso de miedo.
¿Dónde sus verdes ángeles nupciales,
su llave de oro y su misterio?

¡Ah, ceñidla de asombro!
¡Buscad su noche ardiente y su combate!
Yo podría decir su lámpara de pétalos.
Ella dirá, tal vez, mi tiempo de rosales.


2. Porque guardo la rosa:
porque la llevo, adentro,
como una llama dócil que obedece
a un fuego nunca visto
y a un coral encendido entre mareas.

Su corazón eterno
vive bajo mi pecho y mi palabra.
Su profunda raíz, color de vino,
estalla siete veces
en siete nuevos trajes del aroma.

Conozco el río interno donde canta
y el barquero dormido
que la trae a mi labio, dulcemente.
Conozco su silencio
y también su lenguaje melancólico.

De su torre de espinas
brota un clima de luz que me sostiene;
un maduro recuerdo del recuerdo,
con sus nombres caídos
y sus puertas a orillas del sollozo.

¡Qué soledad de flor puede saberla
como yo... como el gajo
de estas ascuas pequeñas que me llevan
buscándola, llamándola,
hasta encontrar su rama enajenada?

nos hermana un secreto:
tal vez todo el amor que va conmigo.
Ligaduras de edades nos acercan.
Inmóviles palomas nos vigilan.

Suelta corre en mi sueño,
inaugurando tiernos horizontes,
y a mi deseo sube, sin decirlo,
con su licor de meses
y su jardín de cuerpos y abandonos.
Creo que puede ser mi propia sangre,
mi perdido planeta,
este bulto de cálida alegría
y esta mina de fuego.

Para marcar su sitio,
su vestido de rosa entre las rosas,
estoy aquí, viviéndola en mi tacto,
en numerosas muertes
y en la sien desvelada en ruiseñores.


3. Estoy hablando de la rosa
con un hombre dormido.

¿Sabéis que escucha el hombre, en su trasmundo,
como se escucha el mar a medio sueño,
y apenas sabe que la rosa vive
perdida en mi palabra
y en el alcance oscuro de su cuerpo?

Duerme el hombre -mi hombre-
sobre la fiel presencia de la rosa
y sus limpias bondades.
Duerme sobre el abril de las semillas,
sobre su guerra joven
y su memoria de divinos pájaros.

Las sábanas recogen
el goce balbuciente, el "yo te amo",
y alzan una región de dulces pliegues,
secreta, preferida,
donde la rosa casi le despierta.

Yo interpreto la rosa,
pero cae a sus pies y no la mira.
Una extraña vergüenza nos aparta.
Una súbita helada nos castiga.

El hombre duerme y duerme...
Nocturnamente busca lo que es suyo
Tanteando va, por valles de alimento,
y apaga las señales
y encuentra su cabeza en mi cintura.

¿Cómo explicar la rosa y su destino?
¿Su incendio azul y su ribera frágil?
¿Cómo decirle, sin herir su lecho,
mi patria solitaria?

A la tiniebla el paso.
Mi pequeñez tras los sombríos muros.
Ya vendrán voces nuevas, nueva casa,
y el horizonte que me entregue el mundo.

¡Primavera colmada,
para vivir la rosa del dormido!
Dos torcaces mellizas le consienten
y un adiós le desangra
en la rosa humillada y fugitiva.


4. Cuando vuelvo a tu nombre
hallo mi rosa solitaria
como llama en desvelo.
También en juventud de mil jardines,
sedienta, de tan joven.

Tu sitio de laurel, tu aislada torre,
-entre verdad y nube para el sueño-
permanecen a orilla de los pájaros
que daban corazón a la hojarasca.

Me pongo a ver mi cuerpo de aquel jueves
y mi pañuelo blanco.
Si del adiós venía, sin camino,
¿qué cruz de azar me señaló tu casa?

Porque tú estabas en esbelta sangre
alumbrando secretos en los libros,
midiendo el tiempo con estrellas altas,
huido y buscado dentro del suspiro.

¡Ah, mi asombro dichoso, mi pregunta,
tu voz de caracol, llena de mares!...
Ya estoy al pie del aire, en lo terrestre.
Ya por mis piernas suben los manzanos.

Quería descansar en tu silencio,
ir por tus venas hasta el niño de antes;
tal vez medir el río verde-lágrima
que te pone en los ojos ese bosque.

Y miraba lo tuyo como tuyo:
tu alero y tus ventanas,
la compañera de tu noche antigua,
las tres ángelas, siempre en delantales.

Pero dolía todo por gozoso,
por su virtud de vida,
porque era yo como un panal colmado,
como una luna libre.

Demonios pequeñitos instalaron
aquella niebla en medio de nosotros
y fui, desde la nuez de la tormenta,
la siempre agitadora.

Donde apenas tocamos nuestro suelo
de casi paraíso
¡qué límite cerrado, qué metales
para mi nueva herida!

Sin embargo, mi cielo penetrante
te deja una paloma,
y mi sal, tan amarga y tan activa,
un ramito de aljófar.

Para tu puerta esta señal de ola
y este idioma de olvido para el mundo
¿Hacia dónde mi paso sin deseo?
¿A quién este abandono?

Entre rosales vienen los amantes
con su rosa del día.
Sobre la muerte caen, inmortales,
con sus rojas espinas.


5. Es cierto que llegaste de tu arrojo
hasta mi cuerpo dulce y sorprendido.
Amor había estado entre mis lágrimas.
Nunca en la oscuridad de mis raíces.

Llegaste con tu incendio sobre el agua,
con tu pecho de sal y tu camisa.
Yo habitaba el solar de los recuerdos
y era mi corazón como una isla.

De pronto te miré, dándome el mundo,
sin más poder que tu bandera libre.
¿Qué arboleda lloraba en tu silencio
y qué historia de oleaje en tus heridas?

Sudoroso de fuerza y de trayecto,
íntimo del adiós y del peligro,
en mi suave verano por las rosas
fuiste cálidamente precedido.

Yo adivinaba los secretos gajos
y el hondo valle, más que paraíso...
Todo el horario de palomas súbitas.
Todo el abrazo de mi propio abismo.

Pero la tierra no me aprisionaba
con el nudo caliente de sus limos.
Era del sueño, como flor de nubes,
y era del aire, como golondrina.

Alarmó mi quietud aquel llamarme,
aquella fuerza tuya, detenida.
¿Cómo negar que en el convulso encuentro
tuve la luz terrible y la ventisca?

¡Qué importa que tu rosa nos dejara
tan sólo su aromado torbellino
y que perdure, en el correr del tiempo
el corazón punzante de la espina!

Hablaré de mi suelo poderoso,
de la angustia, la sangre y el olvido.
Tendré un país dorado en la memoria
y en la frente un camino de ceniza.


6. Veinte rosas han muerto entre mi pulso,
¡veinte cálidas rosas!
Hubo todo un rosal de fuegos altos,
con su frágil aroma.

La nube me dejó sus leves ascuas,
sus deshechas alondras;
y algún amor que va por su misterio
sin la estrella vehemente
ni la antigua corona.

Sigo siendo la fiel... ¿quién ha podido
decir que le traiciono?
¡Cómo no ver que crezco en esta muerte
secreta y poderosa!

La ausencia canta y llora su vacío.
Llora y canta mi rostro.
Vine para sentir, como la brisa,
que por libre estoy sola.

Estas huellas olvidan aquel paso,
aquel puerto de hojas.
Estas manos borraron en el tiempo
las erguidas bellezas
y los pequeños nombres.

¡Ah, sentidme cabal por mi arrebato!
¡Coged mi tarde de oro!
Funda mi voz el peso de mi angustia
en el día de todos.

Estoy de pie porque rompí las redes,
porque huí con mi sombra.
Estoy de pie porque salvé del miedo
el reino de mi frente
y la palabra joven.

Hasta un altar de invierno me dirijo,
hasta una luna sorda;
pero un ramo de paz, un ramo dulce
me sale de la boca.

¡A ti, rosa del aire, rosa pura,
perpetuamente rosa,
las inasibles llamas de mi pecho,
los íntimos silencios
y el ay de mi derrota!

No seré lo que fui: bulto agitado
en medio de las cosas.
El alma libre definió sus rutas
por altos miradores.

Subiendo para hallar nuevos rosales
-ya con clima de otoño-
en delirante viaje voy, de prisa,
al eco de mi labio
y al corazón del polvo.

Por corrientes audaces mi regreso
volverá de la noche.
Dando un largo rodeo sobre el viento
despertará dormidos
mi palabra de ahora.

Hablo al que entiende, nunca al que se queda
apenas en el goce:
detrás de mi laurel baja el camino
que aflige y sobrecoge.

Entre su limpio verde nadie mira
las oscuras memorias,
ni las negadas arpas, ni los hielos
o las muertas palomas.

Ya no tengo mi suave primavera
ni las manos que exploran.
Comprendo que hay un algo no aprendido
debajo de mi paso
sumiso o victorioso.

¡Solitario tormento, casi lágrima,
alcanzando horizontes!
El que dice que me ama, el más amante
de mí sabe tan poco.

Que la desnuda vida, por desnuda
ciega orgullos y ojos.
¡Leed este poema en la mañana
y cortad otra rosa!


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