jueves, 10 de marzo de 2011

3324.- JUAN MANUEL INCHAUSPE


JUAN MANUEL INCHAUSPE. Nació en Santa Fé (Argentina) en 1940 y falleció en 1991, Publicó los libros “Poemas” y “Trabajo Nocturno” (UNL, 1985), y otras producciones en la revista Alto Aire (Rosario, 1965). La UNL, en 1994, editó su Poesía Completa con prólogo de Estela Figueroa. En el XVIII Festival de Poesía de Rosario realizado en setiembre de 2010 el homenajeado fue Juan Manuel Inchauspe . Fue presentada la reedición de su obra completa con textos inéditos, traducciones e imágenes de Inchauspe y un conjunto de textos críticos. Tradujo a poetas brasileros como Manuel Bandeira y Carlos Drummond de Andrade.




Los Tuyos

Has llorado, en secreto, a los tuyos.
Lenta, inexorablemente, los has visto partir
alejarse para siempre.
Has sentido, en tu corazón
el desprendimiento de una rama que cae.
Y luego has borrado
las huellas de esas lágrimas,
has contenido en el límite infranqueable
los bordes de tu propio dolor
y lo has devuelto a tu pobre vida,
a los días siguientes, a las horas
para que permanezca allí.
Oculto
como una invisible y constante
cicatriz.







Ausencia

A veces
en medio del inútil fragor del día
tu pequeña luz ya apagada parece encenderse
inesperadamente sobre nosotros.

Nadie habla.
Nadie dice nada.
Entre el fragor y tu ausencia se alza
la única luz que nos alumbró.









El centro de nuestra vida

El centro de nuestra vida
es lo que importa
el centro
no la periferia abandonada y estéril

La periferia de nuestra vida
que no pudimos prever
que hicimos
que se hizo
y que va y viene
con nosotros.

El centro oculto de nuestra vida
es lo que vale.

Sentado
en un banco de esta plaza
bajo el desamparo de las tipas
leo al viejo Benn.

Dura, puntual, metódica, implacable
dentro de mí
la garra del crepúsculo hace lo suyo.








Suave es caer en la habitación
cuando hemos dejado atrás
esta acumulación crujiente de horas
quemadas para vivir.

Suave la presencia de los muebles
la línea de tu nuca acompañando
la inclinación de tu cabeza sobre el libro.
Suave el fondo de mar de tus ojos.

Y más suave la hora —en que ya cansado
pero terriblemente libre— enciendo
la lámpara que apagaré muy tarde.







La palabras que no dije
las que no pronuncié y devolví
al fondo oscuro de mí mismo
me esperan en el camino.

Un día
o una noche cualquiera
no importa el lugar
me golpearán en pleno rostro.








Me voy temprano y regreso muy tarde
cuando la noche ha hecho ya
gran parte de su trabajo
y no queda tiempo para detenerse a mirar.

Así paso los días. Como si lo mejor de mí
estuviera paralizado y muerto
o mejor como si no hubiera existido nunca.

Nada más que este rostro hipnotizado.
Como un pájaro nocturno
alguna palabra escala mi sangre.

Entiendo que debo quemar mis manos una vez más.
Abro el cuaderno y escribo rápidamente.
Todo arde.








He tratado de reunir...

He tratado de reunir pacientemente
algunas palabras. De abrazar en el aire
aquello que escapa de mí
a morir entre los dientes del caos.
Por eso no pidan palabras seguras
no pidan tibias y envolventes vainas llevando
en la noche la promesa de una tierra sin páramos.
Hemos vivido entre las cosas que el frío enmudece.
Conocemos esa mudez. Y para quien
se acerque a estos lugares hay un chasquido
de látigo en la noche
y un lomo de caballo que resiste.








Hay un momento...

Hay un momento
suspendido
de la luz.
Es al atardecer
cuando la claridad
tambalea
frente a la penumbra paciente del cielo
y las membranas de la sombra
se extienden como plantas transparentes
y nocturnas.







Jugaste

Jugaste
con doble filo
el verdadero no sé
el falso hacia mí.

Felizmente
no pasó nada
hay cosas que se queman
o se pudren solas.






Estar un poco con uno mismo...

"Estar un poco con uno mismo", dijiste.
Sí, alejados del estruendo y las inútiles utilidades de cada día.
Sustraídos a ese orden que siempre toma más de lo que da.



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