sábado, 5 de marzo de 2011

SUSANA SZWARC [3.253]


SUSANA SZWARC 

Nació en Quitilipi, provincia del Chaco, Argentina, en 1954. 

Susana Szwarc nació en Quitilipi como hija de inmigrantes, que llegaron a la Argentina en 1947 y 1948 desde Polonia y Uzbekistán, a través de Paraguay y Brasil. Nunca conoció a sus abuelos, ya que los paternos habían sido asesinados por ser judíos, probablemente en algún campo de concentración, mientras que los maternos habían muerto en Bujará, a raíz de diferentes epidemias. Actualmente, vive en Buenos Aires, donde dirige talleres de escritura.

Premios

Primer Premio Nacional Iniciación de Poesía (1987)
Premio Unesco (Buenos Aires, 1984)
Premio Antorchas a la Creación Artística (1990)
Premio Único de Poesía de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires (1998)
Premio de Honor en la categoría Libro para Niños, Municipalidad de San Miguel de Tucumán (1996)
Beca del Fondo Nacional de las Artes (1995)
Primer Premio en el II Concurso Literario XICOATL en la Categoría Cuento (Salzburgo, Austria, 1994)
Tercer Premio en el Concurso Fundación Inca en la categoría Narrativa breve (1995)
Premio Único de Poesía de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires (1998)
Mención en el Concurso Internacional de Cuentos Julio Cortázar (2003)
Subsidio Fondo Creadores del Gobierno Autónomo de la Ciudad de Buenos Aires (2005)

Obra

Novela

Trenzas. Buenos Aires: Editorial Legasa, 1991 (Nueva Literatura). Nueva edición: Buenos Aires: la mariposa y la iguana, 2016
La muertita o la novela que. Buenos Aires: Ediciones la mariposa y la iguana, 2016

Cuento

El artista del sueño y otros cuentos. Buenos Aires: Tres Tiempos, 1981 (Repertorio Nueva Ficción, 6)
El azar cruje. Buenos Aires: Catálogos, 2006
Una felicidad liviana. Rosario: Editorial Fundación Ross, 2007 (Semillas de Eva)
La mesa roja. Antología personal. Buenos Aires: Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, 2012 (Desde la Gente)

Poesía

Bailen las estepas. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1999. Nueva edición: Cáceres: Liliputienses, 2016 (Los cuadernos de Mildendo)
En lo separado. Buenos Aires: Último Reino, 1988
Bárbara dice. Córdoba: Alción, 2004
Aves de paso. Buenos Aires: Ed. Cilc, 2009 (Colección Gama)
El ojo de Celan. Córdoba: Alción, 2014

Teatro

Paisaje después de los trenes, estreno Teatro Olimpia de Buenos Aires en 1985, Regie Guillermo Asencio
Trenzas, el secreto robado, estreno 1994, Teatro de Liberarte, Regie Irma Paso
Justo en lo perdido, estreno 2003, El camarín de las Musas und Centro Cultural de la Cooperación, Regie Irene Rotemberg

Literatura infantil y juvenil

Había una vez una gota. Ilustraciones de Elena Hadida. Buenos Aires: Editorial El Quirquincho, 1996
Había una vez un circo. Buenos Aires: Editorial El Quirquincho, 1996
Salirse del camino y otros cuentos. Ilustraciones Laura Cantón. Buenos Aires: Editorial El Quirquincho, 1997
Tres gatos locos. Resistencia: Instituto de Cultura de la Provincia del Chaco, 2010. Colección Apto para todo público

Editora de

Los hombres y el río (junto con Adolfo Colombres), Buenos Aires: Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, 1992 (Desde la Gente)
Cuentos verdes. El hombre y la naturaleza. Buenos Aires: Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos,1993 (Desde la Gente)
Cuentos de los llanos. Selección y prólogo de Susana Szwarc. Buenos Aires: Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, 1995 (Desde la Gente)
Cuentos ecológicos. Hilos secretos de la naturaleza (junto con Adolfo Colombres), Buenos Aires: Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, 1996 (Ediciones Unesco/Desde la Gente)
Mujeres 3, Visiones en el siglo. Buenos Aires: Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, 1998 (Desde la Gente)
¿Sombras nada más? Historias y relatos de celos. Selección y prólogo de Susana Szwarc. Buenos Aires: Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, 2000 (Desde la Gente)

Traducciones

Al alemán

"Appellation", traducido por Erna Pfeiffer, en: Xicóatl, 3er Año, No. 15, Sept./Oct. 1994, págs. 12–14. [="Apelación"]
"Stunden". Traducción Rike Bolte. En: Driesch. Zeitschrift für Literatur und Kultur (No. 10, junio 2010), págs. 56-57. [="Horas"]
"Gepäckstücke". Traducción Rike Bolte. En: Driesch. Zeitschrift für Literatur und Kultur (No. 12, diciembre 2012), pág. 67. [="Equipajes", de En lo separado]
"Wie?". Traducción Rike Bolte. En: Driesch. Zeitschrift für Literatur und Kultur (No. 12, diciembre 2012), pág. 68. [="¿Cómo?", aus En lo separado]
"Umsonst". Traducción Rike Bolte. En: Driesch. Zeitschrift für Literatur und Kultur (No. 12, diciembre 2012), pág. 69. [="Vano", aus En lo separado]
"K". Traducción Rike Bolte. En: Driesch. Zeitschrift für Literatur und Kultur (No. 12, diciembre 2012), pág. 70. [="K", aus En lo separado]
"Gerade so viel Luft". En: Mit den Augen in der Hand. Argentinische Jüdinnen und Juden erzählen. Editado y traducido por Erna Pfeiffer. Viena: Mandelbaum, 2014, págs. 148-152 [= "El aire justo"]
"Gibt es denn eine Sprache des Feindes? Susana Szwarc im Gespräch". En: "Sie haben unser Gedächtnis nicht auslöschen können". Jüdisch-argentinische Autorinnen und Autoren im Gespräch. Edición y traducción por Erna Pfeiffer. Viena: Löcker Verlag, 2016 (edition pen, Bd. 39), págs. 329-346.

Al francés

Bárbara dice / Barbara dit. [traduit de l'espagnol (Argentine) par Cristina Madero & Pablo Urquiza]. Éditions bilingue espagnol, français. Paris: Abra Pampa Éditions, 2013 (Collection Poètes)

Al italiano

L'occhio di Celan. A cura di Alessio Brandolini. Roma: Edizioni Fili d'Aquilone, 2016.




De “En lo separado” (Último Reino, 1988)


¿CÓMO?

Veamos lo real:
por ejemplo el río
-de acá hasta acá
podríamos inventar
una puerta para la casa
pero no-
veamos cómo
porque sí
un viento
tal vez provocado por el mismo río
no arrastra un sombrero hacia su centro
Veamos después
algo más:
la lluvia
que comienza por inundar el sombrero
hace crecer las aguas a tal punto
que nos es imposible seguir viendo
porque lo real salido de cauce
nos ahoga



VANO

me da
una blanca 
flor
que no huele

la dejo
en la sombra
del agua
del jarro



HORAS

Esa niña flaca, decimal con su flor
roja al ladito del borde: mira claramente al que
levanta la pala
un pie va a hundirse –con la pala –en el montón de barro.
Es la hora del entierro y la flor
por arte de magia será libro.
La niña –que no sabe-
lee “sobre el dolor inmensurable
los nietos no nacidos”.

Nos distraemos por el sonido de un saxo
que comienza a trepar –metálico –
hacia atrás y salen más niñitas de los ranchos.
Es la hora del pedido:
ejendú ché, omé é ché un pedacito de pan
-golpean, esos niños, sin padres
-otra vez, piden pan
-¿no les dan?

Ordenemos la historia ¿Evita había muerto?
¿Perón había caído? ¿Su estatua destruida en
la placita Sarmiento? ¿Yo tenía el sarampión?
¿Cantaba Ramona Galarza? ¿Tu perro 
aquella noche era un lobisón? ¡Oh!, sí, tal vez tu perro
aquella noche, era. Lame la sal del cuerpo y
las tan estrellas caen, por mí.
El lobisón desvanece de cercanía. Apenas 
alcanzamos los breteles. Maldito gallo, que se
calle. Y que nadie sepa nunca.

Otra hora: tu siesta, los mosquiteros hacen
marchas hexagonales sobre mi morena
piel más vieja que el sulki
verás la polvareda y en ella el surco
¿dónde aún me harías caer?
(la longitud del muro hace a la partida
de los perros)
Recordemos: la niñita –la de la flor roja-
detenida como en un recital infinito y el saxo:
único movimiento acompañado por el taburete
donde una madre oye:
-¿quién no ha leído a Nietzsche a los 17 años?
dirá él, ágil sus dedos arman cigarrillos
sus ojos alucinan patios y potras.
Dirá, es la hora de jugar: serás Yocasta
y juegan al día más perfecto de la historia.
Guardan azúcares aceites en el jarrón de lo indecible
juegan a encontrar los fierros para disparar: a los gatos
las alarmas al hueco del jarrón y a sacar al muerto
de su torpeza: su obstinación de muerto.
Arrancan flores hasta la niña decimal
jadean:
ningún patio es completo
ni siquiera el de la madre.

Recordemos: el saxo, las horas,
la niña que dice es la hora
y vuelve a leer.



INTERVALO

Vacilante
dejó de leer porque decía:
se ha quedado.

Alguien que amara 
esa fotografía:
materna tierra de nieve
los torpes crímenes/ derroches /
espacio incierto de orín 
en los vagones / humo

De este lado del paisaje
-sin importar lo que apetece-
el aire daría vuelta la página del libro.





De “Bailen las estepas” (Ediciones de la Flor, 1999)

DECLIVE

Por el ojo de la cerradura vemos
cómo deja la palangana en el suelo: tiene agua. Ahora
no se ve. Hasta que levanta la mano
blanca, la misma con que la prisionera (jovencita
en Siberia) llevaba maderos hacia el barco.

¿Y las niñas? en la escuela
atrás de la vía.

Tiene una gillette y el ojo apoyado en la cerradura mira
su negra axila de abeja-madre. Arrasa. Algo se corre.
En el encuadre, un ojo mira al otro.
Si me estiro veo
la palangana (llena) de estrellas y abedules
también blancos: habría nevado.
(El hermano, sobre la nieve, corre
a la muchachita y ahora los ojos ya no ven.)

Atrás de la vía:
campanas.

Va a salir.
Abre la puerta y desparrama
el agua (turbia) al gallinero. Nubes la alejan, hacen pasillos
hasta que tiende más ropa en puntas de pie. Los brazos en alto. Abrocha.

¿Cómo hallar ahí dónde posarse?



INVITACIÓN

I

Alguien, como un teorema, nos ha cercado
con una magia suave, todavía.
Casi nada sabemos
sólo el ruido -musical- que dejan los trapecios
y confunden.
Toda la historia entra en una copa,
suspendida por la ventana en su equilibrio.

Una tos aleja del ensueño.

Nos avisan: no leer ya tragedias,
evitar la inquietud.
Mi pura verdad vacila y la copa se mueve.
Caerá,
se hará trizas en la vereda de las grandes ciudades
donde nunca (nunca, que recuerde) he comido.
(-¿qué comíamos?
-letras.)
Se nos escapa la risa como un huevo
pasado por agua que evita el incendio
de la casa,
(a todos a veces se nos rompe).


II

Recordar. He mirado los árboles vacíos del invierno
y los he visto cumplidos otra vez.
También la otra
-niña- ajena, los ha visto.
Árboles nos permitían el saludo, el adentro y el afuera,
y la prohibición encubierta que separa
las toses.
Qué hace, en la luz de la mañana, el milagro
de la diferencia.
En esa luz alguien sueña con un padre que bendice,
que alimenta,
y que no sabe de la desmesura del sentido.
Porque alguien sueña
yo también.

Un país no es un solo lugar para el derroche de pasiones.
La vuelta al mundo recomienza su andar
y todo el pueblo
entra en nuestros ojos como un fruto maduro,
a punto de morder.
Justo en lo perdido, una migración.



ADORNOS

"y el ángel dirá: ¿sientes la vida?
y yo tendré que responder: la vida desgasta." 
              R. M. Rilke

La jarra de loza en el instante precioso
del agua que hierve.
Los ojos cautivos en el movimiento
van hacia la carta
sobre la mesa.
(Hay Händel en la radio y el gas no alcanza para el frío).

Escrita esa carta
los ojos retornan.
Allá: el agua hierve.

Habrá que recortar (hermanita
de la caridad) otro trozo del trapo
rejilla. Enhebrar ahí
es sin sentido:
de tan roto el trapo se enreda con la jarra
y hay más trozos de loza
sobre el piso.
Cambiaríamos de trapos. Romperíamos
las cartas.

Habrás de sacar
de la boca tu comida
como si sólo nos dieran
lo que ya recibimos.



BILINGÜE

Mecerse en el cálido pozo
de las ficciones
hasta paladear el ritmo
(lentísimo) de la infancia.
El dolor (sólo) por sus tramas.

He bebido agua, (agua)
donde posaste tus remos.

Es envuelta en lo ausente
(amado)
que alardea la presencia perpetua.
Los cielos arriman (entretanto)
un pueblo al otro.

Y no hablo -esta vez- de la revolución.
Hablo de la juntura de las lenguas.



¿POR QUÉ SONREÍA?

Alguien arroja un huevo
crudo (podría ser también por agua),
hacia la zona de montañas, altísima,
justo en el lugar de las nieves eternas.

Ese gesto es trivial, tan cruel (casi)
como el gesto del asesino que arroja
cuerpos
al océano
pero que, por algún motivo del azar, se ve
en los ojos de la víctima, que le sonríe.
¡Ah!, cada día, cada noche,
la misma inconcebible pregunta:
¿por qué sonreía?
o aun: ¿por qué me sonreía?
Y cada vez
el verdugo cierra los ojos, aprieta los oídos
como esos niños atormentados por los gritos
de una madre todavía inexplorada, y se muerde
los labios.
-No hay que aceptar la pregunta- piensa.
No le dice a nadie lo que piensa.
Mientras la frase no le salga de la boca
nadie (nadie) contará el cuento.
Ahora (que alguna vez es siempre),
la dignidad de la montaña
resbala junto con la yema.

Hay manchas de luz.
La noche es negra y blanca:
como no saber si es de día
o se hizo pedazos la montaña.
Ninguna jarra para guardar un trazo
de la nieve, ni regazo.

Si algún tierno, tesoro,
deforme (¿yo, vos?)
mirara hacia allí diría,
entre lágrimas claro,
-¿cómo cuelga así? Cáscara, yema,
montaña.
La caída de qué letra, o paisaje
sin reparo.

¡Ah!, pero el tiempo no se queda quieto. Sopla.




LA TRASTIENDA

¿Qué vale más -me dije- en la memoria?.
Porque había pasado una noche completa,
como si se nombraran siglos,
pero la frase seguía
adentro y afuera de mis ojos:
se exponía en un letrero infatigable
solamente cínico
colgando de una tienda.

Mi cuerpo tambaleaba,
tropezaba a cada instante
mujer ebria
y sin embargo no había bebeido,
sino que se volcaron sobre mí,
en cada punto de los pequeños ejes,
esquirlas de esa frase.

Sonreí. Si el lenguaje desconfiaba
de sí mismo, ¿por qué creerle
hasta resbalarme en el asfalto,
mancharme las manos de rodillas,
como derribada 
por el hedor a flores muertas?

Digamos: si hay quienes oyendo
la voz de alto
no perciben la traición, no caen,
no se lastiman, ¿por qué entonces no aceptar la frase,
lo que se considera correcto,
incluso en su gramática?
Acaso, ¿porque escribir un poema correcto
no le es suficiente al poema?





De “Bárbara dice:” (Ediciones Alción, 2004)


BÁRBARA

Ese cuerpo excesivo
aún después del strip-tease
es tan leve como el mejor
afiche ante mis ojos.
La estética del poster
me hace sonreír
y mecerme en la silla de mi casa
(al compás del ritmo ajeno).
¡Ah! es exactamente igual
que ofrezca Bárbara su carne 
-de verdad, de mentira-
para mí. 
Su nombre acerca a mi memoria 
el poema de Prevert
aunque ella insista: “mirá, también me llamo Sonia
y no hay en mis manos ni crimen ni castigo”.

Pero ninguno de estos recuerdos
sirve esta noche,
ella está allí, quitándose siempre 
su ropa dorada, justamente para llevarnos al olvido
y su cuerpo es un mapa perfecto,
un territorio para abrazar,
arrojar monedas,
atrasar relojes.

De pronto ya no sé qué sucede.
No hay ruido de pulseras en la habitación de al lado
y la música que sale de la radio,
la música que despierta a los vecinos,
me afecta el sentido del gusto, la clarividencia.

Un hombre, otro hombre,
abraza a Bárbara.
Bárbara tristeza la del hombre
que la abraza y no apaga así 
sus lágrimas de carne.
Pero el llanto es de los dos
y valen nuestras monedas.



REGIONAL

Están sanos los cítricos del norte.
“Erradicada la enfermedad”, dicen los diarios
y eso (hoy) es lo único que importa.
Entonces mordamos los frutales
como si fueran pulpa de Las Gracias
o de Venus, su mismísima madre.
Que el jugo caiga desde mi boca
hasta tus pies
que se deslice (¿sin salpicar la suntuosidad
de los objetos: mosaicos, collares venecianos,
automóviles?)
y ascienda de tal modo que toque las estrellas.
Así la deuda mía, hermanas,
se hará inmensa como un cielo de provincias.
¿Pago demasiado para recibir la textura de tu voz
o es por el aliento de naranjas?

¿No es raro acaso que la geografía,
como otra Venus, como nuevas Gracias,
nos entregue sus tajadas?



QUISIERA ENTERARME

Quisiera enterarme de que nada 
tiene forma, decías. Y acepté,
hasta el fondo de la copa del árbol,
de la copa del río.

Ninguna de las otras (creía)
se ahogaba como yo. (Me hundí.)

No hay placer, dijiste
mientras vaciabas al padre 
en la botella y mi cuerpo te servía.

¿Te habías ido? ¿Y las otras?
Tuve vértigos
como si alguno más
se cayera del mundo.

Dormida, en la noche de fiesta, 
alcancé a oír: ¿qué hay después?

Al despertar
había panes
en mi cama.



ENGAÚ

Estamos adentro del sueño.
Es bella la noche, tu partitura.
Sé que es mejor mantenernos 
callados. Sin embargo
esa compulsión de llenar
me hace decir: “no me arrepiento de nada
ni siquiera de no haber probado cocaína”.
No sólo escucho sino que veo
cómo se ríen de mí.
Sobre la mesa, las sillas, la cama:
los libros apilados como “camisas 
que no caben”.
Siempre esa misma dificultad
cuando alguno quiere sentarse,
porque se alejó de la ventana.
Entonces soy yo la que se ríe
y comienzo a cambiar las pilas de lugar.
Acomodo los libros en el suelo
con la misma delicadeza 
con la que cambiaba los pañales.

De pronto, en la biblioteca, irrumpen las botellas:
vino, fernet, ginebra, anís, grapa.
Sé perfectamente que estamos adentro del sueño
y no creo que exista aquí, en la ciudad,
en ninguna ciudad, 
algo como la grapa del pueblo de la infancia.
Tampoco la niña que pregunta
y revuelve en la pregunta:
¿por qué los cosecheros golondrinas toman grapa
hasta el hartazgo?
¿Por qué si estuvieron días bajo el sol,
ellos, sus mujeres, los hijos,
arrojaron las monedas –no a la fuente-
sino al paisaje de la zanja de la grapa?
Antes habían comprado una frazada con más colores
que el cielo. Más tarde, vacíos los bolsillos,
se acomodaron en mi umbral. 
La frazada repartida entre sueños por los que también
caminé: algodonales, algodonales,
pero sólo mordíamos naranjas. ¡Ah!, cómo recuerdo
engaú, esa sed. Y después, mucho después –todavía-,
la frescura en las bocas.

Pero decía del sueño de esta noche. Es el momento justo
en que una ciudad se burla de mí.
No me arrepiento digo: he olido jazmines,
fresias, lirios. Si olí hasta las flores de loto
de una película vietnamita y presté –también- mis manos
cada vez que un amante pronunciaba palabras
y las dejaba caer, sueltas, en la madrugada.
Yo corría a buscar hojas, más hojas:

anotaba como los viejos copistas.
Me vi llorar dentro del sueño,
me vi desierta, decirte: si supiera escribir tu música,
las notas exactas de la fiesta de la angustia.

Brilla (mi amor) tu amor en el agua del jarro.
Afeitan tus manos de mis lágrimas lo amargo
y convidan al mendigo.
-Ni una gota más-, dije en el sueño.

Estiré los ojos para mirar el pájaro de cada mañana.
Insistía: pío, pío, pío.
Y ellas (Bárbara, Sheila, Luva, Patricia) dijeron:
-lo descolocado nos excita.
Pagaste. Pagamos. Pagaron.
¿Quién se atrevió a decirles prostitutas, sólo para poder
separarse cada vez sin dolor?
Cerraron los monederos azules, rojos, 
amarillos. Cerraron la puerta del sueño.
Adentro, ¿quién se atrevió a decirme?:
“es hermoso estar así, solo, con alguien.”

Disimuladamente, arrojé mis monedas,
engaú.





Susana Szwarc: “EL OJO DE CELAN”
    

Trozos

El ojo hacia ahí: el lomo
brilla como el oro.
El ojo se tienta: ¿lomo 
de vaca? ¿Oro de yegua?
¿Lomo de ave?
Las miradas (porque reímos)
hacia nosotros.
¿Es que falta la sal?
(¿y el hambre?)

Brilla el lomo como una embajada
de fiesta.
“Zona antifascista”, pintamos 
con el jugo,  la sal del lomo.
Una mordida a la carne, a la frase
del convite. 

Pero el lomo hace de espejo atrasado:
se empaña entre recuerdos,
los dos hermanos también ahí:
el del puro donar trabajo,
el del puro donar vicio.
(Esa cosa, la pureza, improbable.)

Como al final de una película
(o el libro amado), te pregunto:
¿la vergüenza habrá de salvar
el océano crudo-cocido,
el lomo de la humanidad? 




Pasajeros

Se nos cansó, decimos, el caminar.
Pares, impares, acostados
miramos las estrellas.
Me arrimo a tu omóplato:
hay un sitio para descansar, digo
y saltamos al vagón.

Esos chicos del tren juegan: bailan
ahora sobre mi esternón
y reímos de los panes en las bolsas. 

Residuales, eso somos esta noche,
este día. Y estamos contentos. 
Las hojas del árbol, amarillas, entran
por las ventanas, adornan
los cuerpos.

Es de noche, es de día,
los gorriones en las ramas saltan.
Uno vuela sobre la hoja que cae.



El desorden de las relaciones de propiedad 

                                     a José K.

Y yo, volví al hospital.

En el largo pasillo repleto esperaba
-esperaba de pie y te leía-. 

En un solo  movimiento: girar la cabeza  la página 
un dedo de la mano izquierda,
los anteojos de leer cayeron
-sobre el mosaico-. 
Cada pedacito de vidrio mostraba  una garza
 sin sombra, que empezó a recorrer el pasillo con sus zancos.
De lejos la vi apoyar su lomo 
en el vendaje de una pierna. Despacio
 me acerqué.
 Es mi garza decía - un poco
a los tumbos-  pero cada uno deseaba a la  sanadora.
Es mía, insistí, riéndome 
por las cosquillas que me hacía  -garza- en su  desorden.

Salieron los médicos al pasillo -salieron por el revuelo-
 y llamaron: Garzas.
Nos hicimos
-sombra-.  




El calor 

Dicen que el calor
en su aire sube.
Dicen que nadie 
fundó el calor 
y me río, pero subo (subo)  
para evitar lo frío, 
lo necio (¿tuyo?)
lo vano (¿de mí), lo miedo.

Entre ramas 
que buscaron abrigo estoy
y bien, huelo.

Sentada en el cielo raso
cabeza abajo 
te leo. 




Sin flores del cerezo

¿Sueña con los sueños de Kurosawa cuando recuerda?:
Ese hombre en el placer de hundirse 
-¿en la cuneta?- le pregunto
y Magdalena  ríe porque se trata de la nieve.
Si no se da cuenta, si no se apura, si no junta
-¿barro?-
fuerzas, va a terminar mal.
Ahora me río yo y hace tanto sin
la risa que suena
(ajena). El cuerpo se estira, se aleja.
Nos confundimos él - yo. 
¿De quién la parte que se reparte
entre cuneta y nieve?
("Se" insiste, como si, aún sin acento,
de  lo borrado se tratara). Mientras alguien duda
entre seguir o quedarse
(cuneta-nieve)
por la ventana llegan el sonido de las cumbias
y el olor del asado: los vecinos, otra vez.

¿Qué los hace así, alegres? ¿No ven el fragmento,
el sueño, el cuerpo, la rotura, el grito?, ¿y por qué
lo verían? Ellos están con su propia carne,
un asado ya no es cosa de todos los días. 
Es en Sueños donde se debate la salida: golpear
la puerta de al lado, una entrada a la fiesta.




En este pueblo 

En este pueblo (podría ser Avia terai, Napalpí,
Machagai, Pampa del Infierno) como en cualquier
gran ciudad
hay 
clases sociales y hay 
los sin clases (excluidos los nombran).
El que vive del trabajo de los otros
dice: ¿ves?, no les gusta trabajar.

En la playa del tren
desmantelado
no se pierde la esperanza
y la casa de la mujer que tocaba
la campana
que bajaba y subía cada tanto
la barrera,
se ha vuelto museo.
(Tiene el nombre del maestro
que murió acuchillado –dicen-
por un crimen pasional: no fue amor a tu cuerpo
solamente sino al cuerpo de la escuela.)
(Un buen hombre, dicen algunos.)
(Robaba por la causa india dicen
los asesinos y agregan:
es que no hacen nada los indios, 
toman tereré 
y miran las alondras.)

Pero no hay alondras en este pueblo.

Hay laureles. Lauras las flores,
los primeros pasos 
en cada verano.

En el bar cubren mi ventana
con una lona de tan verde/
noche
y es la siesta.

Espío por las otras ventanas.

Aunque veo el sombrío entrelineado,
u'yalh i'hi





Bailen las estepas. Ediciones de la Flor, 1999. Nueva edición: Cáceres: Liliputienses, 2016 (Los cuadernos de Mildendo)


Informe para otra academia

Los ojos  insisten en verse
como a un mono entre rejas. Grita: “tengo derecho a sacarme
los pantalones ante quien se me antoja”.
“A un mono siempre debe serle posible la fuga”, leo (en voz alta).
Pero él tiene una sola sensación, como si fuese un adorno.
Cuando saco la mirada, la ciudad está llena.
¿Hemos avanzado?
 Mi semejante, mi auxiliar, mi enemigo, 
dice: “intento sollozar sobre algún rasgo humano”.
En la City nos tapamos las bocas
asustados por el ronco grito paterno.

Aún así, como del mismo lugar, se escuchó:
“... soy aquel que conoció los caminos...
La pluma en mi mano. Para escribir la palabra grata...”

Ese es el trueno que me retuerce en tu selva.
Me escurro de la mirada –que no me ve- para rescatar
-entre tanto- una mirada histórica.
Esplendor de peligro.
Reaparece una mesa, un libro, la fotografía, 
por ejemplo, del viejo Pound  (me veo 
en sus palabras: “...teme al tiempo...no a mis ojos”).

Los supuestos monos se fueron a dormir (¿entre las flores?).
Ya no estoy entre ellos sino lejos, hermosamente gorda
como una dorada Pavlova. (¿Por qué apiadarse 
de los que reverencian su hastío?)
Lo desnaturalizado cuece sus habas en otra parte y yo,
viejo Pound, estoy próxima a tu deseo.
-¿Me estás mirando?






Entonces

Soltamos las hebillas (del cabello),
de a una 
nos soltamos y  llega,
ultraleve, desde distintos lugares, 
una música que cada vez que se despliega,
abarca el punto de partida. 

 (El miedo cambiado por otra obsesión.) 

-Pájaros en la cabeza- habremos de oír,
 habremos de reír, aún después de los Campos,
 aún después del Matadero. 
 En la casa de citas.

 (¿Cuántos años hacen falta
 para hacer romántico un crimen?)

 Un vestido rojo vuela por el aire.

 Bárbaras somos
 en este anonimato del murmullo. 

Porque nos reconocemos, bailamos.
Entonces se olvida el frío. 





El desorden de las relaciones de propiedad 
                                    
Y yo, volví al hospital.

En el largo pasillo repleto esperaba
-esperaba de pie y te leía-. 

En un solo  movimiento: girar la cabeza  la página 
un dedo de la mano izquierda,
los anteojos de leer cayeron
-sobre el mosaico-. 
Cada pedacito de vidrio mostraba  una garza
 sin sombra, que empezó a recorrer el pasillo con sus zancos.
De lejos la vi apoyar su lomo 
en el vendaje de una pierna. Despacio
 me acerqué.
 Es mi garza decía - un poco
a los tumbos-  pero cada uno deseaba a la  sanadora.
Es mía, insistí, riéndome 
por las cosquillas que me hacía  -garza- en su  desorden.

Salieron los médicos al pasillo -salieron por el revuelo-
 y llamaron: Garzas.
Nos hicimos
-sombra-.  





Andyamo
(o tres revólveres de Andy Warhol)

I

En esa bolsa: uno, dos, 
tres los revólveres.
Re-vol-ver. Volver y volver y volver, así
muchísimas veces. 
¿Se puede volver sin haberse una ido? Idas
a veces estamos y otras nos llamamos. Eh, sí
vos, revolvé la sopa con el revólver ahí, 
en la otra bolsa, en el lugar común de la esquina. 

II

Me ve cruzar. No hay nada que valga 
la pena la revuelta, le digo con mi gesto. 
Me dice, te llevo la bolsita, la tiro ahí.
No corazón, vos trabajaste más que yo 
en este día.

¿Por qué le habré dicho corazón?
        
III

Andy, le digo a Andy, vamos 
a revender este revólver.

Tengo  la mano entera
trabada en el gatillo
pero Andy:
no quiere.





El aire se deja sentir

Gritan, se desgañitan.
Si lloran se ensanchan los pulmones
y la risa sale –de ahí –mejor.

¿Tiene lengua la calavera?
¿Están crudos los muertos?
¿Y el espectro?, dice el Sepulturero. 

(Parecen pequeños, todavía más de lo que son,
y eso es por desnutridos.
La diminuta Ofelia se ahoga
en una palangana. Así su escenografía.
Actores que hacen de actores 
nos confunden más.)

Hamlet, el que va y viene dudando,
más loco que el loco Borda que camina de
Aviá Teray a Corzuela a Makallé a
Pampa del Infierno, donde quedamos. 

También el público grita, se desgañita:
Hamlet no tomes la mano del jefe.
Borda no tomes ese vino aguado.
         No soy el Loco, soy Laertes
         y en esta Pampa del Infierno alguien
         nos envenena.
Traición! Traición!

Vuelan cadáveres, gallos. Preguntan:
¿hubiese sido él un gran patrón?
Espectadores, espectros, ríen, aplauden, silban.
        Mientras otro loco murmura: ¿tantas 
       víctimas entre copetudos?
       Mientras el público insiste: ¿qué
       bélico rumor es ése? ¿Cómo llegan 
       hasta aquí estos tambores? 

Y Hamlet, dirigiendo la mirada:
mi buen amigo, ¿cuidarás que los cómicos
duerman y coman bien? ¿Oíste?,
         porque ellos son el compendio, la breve
         crónica de los tiempos. 









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